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martes, 1 de abril de 2025

Amigos de la infancia


Todos sabemos que la amistad va y viene. Trabajo, pareja o circunstancias personales van construyendo relaciones que a veces terminan en una bonita amistad. Sin embargo, sigo constatando que la mayor parte de la gente mantiene un grupo de amigos relacionado con su infancia o adolescencia.
Fulanito y yo íbamos juntos a la escuela y jugábamos en el mismo equipo de perdedores. A Menganita la conocí en la guardería y en el instituto terminamos siendo las mejores del club de voleibol. Era un payaso, siempre me robaba los ligues, y al final, mira tú por donde, acabamos haciéndonos amigos en un campamento de verano.


¿Qué tendrán los amigos de la niñez que a mucha gente le cuesta desligarse de ellos? Lo primero que hay son recuerdos. Hemos compartido multitud de momentos positivos (generalmente son lo que abundan en la infancia) que construyen vínculos muy fuertes emocionalmente hablando. Los primeros amores, las primeras borracheras, el sentimiento de independencia paterno… Son experiencias que nos marcan, nuestro subconsciente recurre a ellas con frecuencia, ellos están ahí y generan apego.
Del mismo modo, todo ese tiempo compartido sirve de acicate para confiar en ellos. Un amigo de verdad nunca te traiciona, y si lo hace, duele el doble. ¿Se traducirá en dependencia emocional? ¿Por eso es tan difícil mandar a la mierda al capullo que te ganaba siempre a las canicas? Sí, algo mágico rodea a los amigos de la niñez, ¿pero el qué?


Quizá encontremos la respuesta en el título de hoy, pues toca sumergirse en uno de esos libros que huele a buenos amigos. Y es que Kalandraka ha publicado esta primavera una de esas obras de Leo Lionni que, a pesar de ser bastante desconocida, quita el sentido. Un año entero es la historia de Guille y Greta, dos ratoncillos (el animal favorito de Lionni para protagonizar sus creaciones) que entablan amistad con un arbolillo llamado Fito.
Todo empieza en enero, cuando Fito no tiene una sola hoja y se encuentra cubierto por la nieve. Estos deciden hacer un ratón de nieve y las conversaciones comienzan a fluir. Así pasa el invierno, llega la primavera con sus flores, un verano a reventar de fruta e incluso las vacaciones. En definitiva, 365 días del año en buena compañía.


Es curioso como el padre de Pequeño azul y pequeño amarillo establece una relación entre organismos tan diferentes. Un árbol enorme e inanimado se deja querer por un par de diminutos roedores que no paran quietos ni un segundo. Paradójico pero fiel a la realidad (¿Acaso los mejores amigos se parecen en algo?). 
Detalles que recuerdan a mi querido Frederick, imágenes que describen una historia circular y un texto que tiende a desligarse de la repetición y deja en el lector una querencia a nuevas aventuras, a esa continuidad que nos regala el comienzo de un nuevo ciclo, constituyen buenas bazas en este álbum.
A pesar de estos recursos narrativos y el lado más pedagógico de un libro que, auguro, va a encaminar a familias y docentes hacia los meses del año y las estaciones, yo sigo con mi cantinela con tal de alejar el didactismo omnipresente en la LIJ. Y para ello, una comparación bastante extrema, pero muy inspiradora…


No sé si alguno de ustedes ha visto alguna vez El cazador, una película de 1978 de Michael Cimino protagonizada por Robert De Niro, Christopher Walken, John Cazale y Mery Streep sobre el antes y el después de la guerra de Vietnam. Si lo han hecho, seguramente hayan pensado que se trataba de una historia con tintes antibelicistas, un drama en toda regla. Sin embargo, un servidor siempre ha creído que es un alegato maravilloso sobre la amistad, sobre cómo los hombres y sus miserias pueden devastar algunos de los momentos más hermosos que han tenido.
Ahí es donde entran en el discurso Guille, Greta y Fito. Ellos también comparten el brillo de la hierba, el aroma de las flores y el sabor del verano, el ocio y el trabajo. Se brindan ayuda, se comprenden y se ríen unos de otros. Su pasión por la vida impregna todas las páginas de un libro con formato vertical que Lionni no eligió por casualidad. Alargado. Como los altos árboles, como los niños que crecen, como la sombra de esa amistad que se alarga conforme se acerca el crepúsculo…

viernes, 24 de mayo de 2024

En el pellejo de otro


Uno de los elementos fundamentales en el éxito de las redes sociales es que la mayoría de la gente tiene en deseo estar en el pellejo de otro. No pocas veces escucho a esta o aquella persona decir que le gustaría llevar la vida de Tamara Falcó, Jon Kortajarena, Taylor Swift o Kanye West. Están deslumbrados por el lujo y la exclusividad, las relaciones sociales y el brilli brilli. Como si todo eso fuera garantía de la felicidad (bueno… para algunos sí…).
En realidad todo parte del reflejo personal. De esa percepción que tenemos de nosotros mismos. Un ejercicio identitario que a veces se queda en bragas por diversas causas y nos obliga a tomar como referentes a otros. Proyectar un modelo de vida, no solo inalcanzable, sino también incompatible, puede llevarnos a la mayor de las derrotas.


Y no estoy hablando solamente de inconformismo, sino también de envidia, de traumas, de educación, del hecho cultural, de capacidad… Uno jamás podrá ser Lita Cabellut si no tiene aptitudes artísticas, ni ejercer como un rey competente si no ha sido educado para tal efecto. En esto de la satisfacción entran en juego muchos parámetros difícilmente controlables.
Por eso, mi único consejo para intentar no caer en esa debacle contemplativa que nos obliga a vivir embobados ante el cuerpazo de esta, el dinero del otro y las fiestas de la de más allá, es mantenerse ocupado. Aunque suene demasiado manido, hacer cosas que nos apetezcan, además de poner a raya el aburrimiento y mantenernos centrados en ese tiempo que nos pertenece, nos permite construir un mundo propio, además de mejorar nuestras habilidades técnicas y personales.


Y si no me creen, solo tienen que leerse el libro de hoy. Llega a las librerías Un pez es un pez, un álbum de Leo Lionni que ha publicado Kalandraka este mes de mayo. En él un renacuajo y un pez que son amigos conversan sobre qué es cada uno mientras en renacuajo sufre la metamorfosis para convertirse en rana. La cola inicial que despista al pez, se transforma en cuatro flamantes patas que le permiten salir a tierra firme y conocer nuevas formas de vida. Cuando vuelve al estanque le cuenta al pez cómo son los pájaros, las vacas o los humanos. Su amigo queda maravillado y se pasa la noche entera pensando en estos seres, hasta que una mañana, ni corto ni perezoso, decide salir del agua. ¿Logrará sobrevivir?


Como en muchos otros libros y partiendo de una idea aparentemente sencilla en la que los animales son protagonistas, el autor nos acerca a una fábula moderna sobre el existencialismo y nuestra capacidad para reconocernos como seres únicos e irrepetibles con nuestras circunstancias y limitaciones.


Aunque en esta ocasión se desliga de la poética textual que despliega en Frederick, sigue procurándolos una narrativa visual muy poderosa en la que lo quimérico nos ayuda a comprender la estructura mental que pez y las personas como él tienen. No solo basta con endosarle nuestra jeta a una idea para apropiárnosla, sino que hay muchas más cuestiones y circunstancias con las que bregar hasta alcanzar la realidad.
Colorido, texturas, composiciones (¿Se han fijado en ese universo acuático tan enriquecido?) y un mensaje muy necesario en estos tiempos de postureo y aspirantones, hacen de este libro un buen ejemplo del más puro Leo Lionni.

miércoles, 22 de junio de 2022

Libros infantiles sobre camaleones


Hay animales que son más susceptibles que otros de aparecen en los obras dedicadas a los niños. Cocodrilos, osos, elefantes, perros y gatos se llevan la palma (hagan click sobre algunos de ellos y descubran algunas entradas dedicadas a libros con estos animales como protagonistas), pero hay muchos otros que, por determinadas características, son la excusa perfecta para tratar ciertos temas. Este es el caso de los camaleones, unos reptiles que a mí, particularmente, me vuelven loco.


Nadie puede negar que son animales muy especiales. Y es que las más de 160 especies de camaleones conocidas comparten una serie de características comunes únicas.
Por un lado son reptiles generalmente arborícolas, una forma de vida que tiene relación con la forma de sus patas (dos dedos prensiles en vez de cuatro) y una cola que puede agarrarse a cualquier rama.
Por otro, sus párpados se encuentran unidos formando una estructura cónica en torno al ojo, de manera que este se abre a la luz mediante una zona circular. Al mismo tiempo, esos ojos tienen un movimiento independiente el uno del otro y su capacidad de giro es bastante alta.
También tienen una lengua larguísima que son capaces de lanzar a velocidades pasmosas, algo que les permite capturar a sus presas a una cierta distancia y por sorpresa.
La última y más sorprendente característica, es que su tegumento (el pellejo, para que nos entendamos) está formado por una serie de células, los cromatóforos y los guanóforos, que son capaces de modificar su color e intensidad.


Quizá la característica que más se utiliza como hilo argumental en este tipo de álbumes es la del cambio de color, pero cabe recordar que los camaleones no cambian de color para camuflarse, sino como respuesta a los cambios de temperatura, para aparearse o como defensa frente a otros camaleones. Lo que podría tomarse en principio como un elemento informativo más, no lo es, ya que se adscribe a un error de concepto científico y por tanto, hasta que la zoología demuestre lo contrario, sigue siendo ficcional.
A veces la Literatura tiene estas cosas y a pesar de ser igualmente válida como acto creativo, no lo es tanto en otros términos, así como ayuda a mantener en el tiempo clichés e ideas preconcebidas que distan mucho de la realidad.
Para corroborarlo, tendrán que acercarse a los pinares y encinares de Almería o Málaga, (tengan cuidado para no molestarlos ni hacerles daño o por el contrario, como muchas tribus africanas piensan, una maldición se cernerá sobre ustedes). Y si no les pilla cerca, siempre pueden leerse cualquiera de los siguientes libros.



El primero es Su propio color, un libro de Leo Lionni que acaba de editar Kalandraka. Todos los animales tienen su propio color excepto el camaleón. Según Lionni el camaleón cambia de color dependiendo de donde esté, así que uno de ellos decide permanecer sobre una hoja para ser siempre verde. Pero la naturaleza también es cambiante (un giro discursivo muy interesante) y el camaleón se ve obligado a cambiar de color nuevamente. Entristecido, el camaleón vaga de nuevo buscando su propio color hasta que se encuentra con otro camaleón que introduce otro nuevo concepto discursivo, la aceptación personal y la identificación con sus iguales.


Con agudas coloristas, líneas sencillas y formas planas, el genio italiano nos acerca una vez más a una historia que algunos podrían adscribirla al libro de valores, pero que para mí se presta mucho a la libre interpretación, sobre todo cuando la mediación lectora no se centra en las evidencias y lo manido.



El segundo es Simón, un álbum de Amaia Arrazola publicado por Flamboyant. Está protagonizado por un camaleón que es incapaz de cambiar de color cuando toca. Prueba en mitad de los árboles, con un campo de girasoles e incluso debajo del agua, pero nada. Su piel adquiere la coloración que le da la gana. Al final tendrá que convivir con ese pequeño defecto y no intentar ser un camaleón perfecto.


En la misma línea que el anterior, este libro colorista con un estilo muy particular, trata el amor propio desde una visión intraespecífica, es decir Simón además de ser diferente del resto de animales, también es diferente entre los camaleones, lo que en este caso sí le proporciona un discurso más psicosocial que se dirige directamente a lo humano.



El que le sigue no es otro que El camaleón camaleónico de Eric Carle, un boardbook sensacional con mucha marcha. Este camaleón llevaba una vida bastante aburrida hasta que se le ocurrió visitar el zoo. Le encanta todo lo que ve. Elefantes, jirafas, ciervos, flamencos o tortugas. Quiere ser como todos ellos y empieza a modificar no solo el color de su cuerpo sino también su anatomía. Pero llegará el punto en el que, con tanto cambio, ya no sabrá quién es y la cosa se irá de madre. 


Disparatado y elaborado con las técnicas que ya hablamos en este monográfico, este libro no es solo un juego de adiciones, sino también de adivinanzas y creatividad donde las imágenes quiméricas son el punto de partida para construir el discurso sobre un formato único (¿Recuerdan los listines telefónicos en papel? Pues eso mismo). 


Sí, amigos, Eric Carle le da una vuelta de tuerca a la capacidad mutante del camaleón y nos habla de la identidad, un concepto estupendo que puede tratarse desde prismas variados como la filosofía, la biología o la psicología. 



El último de esta tanda es El camaleón azul de Emily Gravett que está editado en nuestro país por la editorial Picarona. En este libro para primerísimos lectores, la autora inglesa enfrenta en cada doble página al protagonista con diferentes objetos de tal forma que el camaleón no solo cambia de color, sino que intenta adoptar su forma.


El lenguaje, tanto verbal, como visual, es bastante interesante. En lo que se refiere al texto, Gravett adscribe el adjetivo a la página izquierda, donde generalmente se encuentra el camaleón y la del sustantivo a la izquierda, donde siempre está el objeto, lo que establece una secuencia rítmica espacial muy interesante para un tipo de lectores que gustan de la repetición y las referencias. En lo referente a las ilustraciones, la autora introduce juegos visuales que pasan por añadir dinamismo y variar la ubicación de los elementos en la página (véase el caso del saltamontes) o el uso de tintas con relieve para sorprender al espectador.


Detalles como la forma de los créditos (es una virguería que habrá sacado loco al maquetador) o guardas a modo de prólogo-epílogo, siempre hacen de sus títulos una delicia en torno al género del álbum.

martes, 9 de octubre de 2018

Sobrevivir con una pizca de picardía



No sólo de pan vive el hombre. También de vino, parrandas, besos y riñas. Pero sobre todo de picardía, porque en este mundo atestado de intereses es lo que verdaderamente prima.
Convengo con el padre de Albertito que es la palabra que mejor define España, porque a pesar de no quedar recogida en nuestra constitución (todo este tipo de documentos ganarían en esencia si hablaran de lo verdaderamente importante), nuestra patria común es la jeta.
Andaluces, catalanes, valencianos, vascos, gallegos, extremeños, manchegos, baleares, canarios, navarros, asturianos, cántabros, madrileños, maños y castellanos, murcianos, ceutís y melillenses. A todos nos sobra morro. Para no pegar ni clavo, para disuadir impuestos, para seguir cobrando el subsidio, para encasquetarle a otros varios muertos. A unos para unas cosas y a otros para otras, pero todos españoles (¡Que se nos vea a siete leguas!).


No es que yo esté en contra (¡Líbreme el señor! Que para golfo, un servidor), pero sí que debemos distinguir entre picaresca y “picaresca”. La pillería bien llevada, además de elegante, hace gracia. Sin embargo, aquella que busca el provecho mísero o el mal ajeno, repugna hasta decir basta, porque por mucho que algunos se emperifollen, sólo buscan basura y mierda.
Sagaces, astutos, hábiles… Son demasiados los personajes de los libros para niños que defienden esta forma de proceder, sobre todo cuando se trata de supervivencia. Por el contrario, cuando alguno de estos personajes pierde los papeles, ya se encarga el cuento de ponerlo en su sitio, para que aprenda que la inteligencia no es un arma para joder a los demás, sino todo lo contrario. Algo que en el día de hoy ejemplifico con Paso a paso, un simpático libro de Leo Lionni que recibió en su día una mención Caldecott.


Bebiendo de las argumentaciones y personajes que recogen las fábulas clásicas, el maestro Lionni nos ilustra el comportamiento humano con las peripecias de un gusano muy salao (sobre todo avispao) que intenta librarse de las garras de un buen puñado de pájaros que quieren echarle el guante.
No se lo pierdan porque bien vale una parada, no sólo por el mensaje (que siempre nos ponemos muy intensos), sino para echarnos unas carcajadas, e incluso para hablar de las unidades de medida o descubrir los sistemas referenciales (esto va para los maestros utilitaristas). Yo, por el momento, me quedo con las risicas, que son muy saludables.



miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Cómo ser un genio del álbum ilustrado?


Tras muchos años recorriendo librerías y bibliotecas he constatado estupefacto la cantidad de bazofias que se publican anualmente en este género del álbum ilustrado, mientras otras obras, supuestamente más antiguas, consideradas ya clásicos, mantienen su ritmo de ventas más o menos constante. En muchas ocasiones se debe a estrategias puramente comerciales, otras tiene su base en el gusto exquisito y buen hacer de sus propietarios y trabajadores, y algunas se fundamenta en la trascendencia que tienen sobre los lectores. No sé a cuál de estas se debe que la editorial Kalandraka, ese gigante de la LIJ patria, haya adquirido la mayor parte de los derechos de autor de las obras clave de Maurice Sendak, pero lo cierto es que tras la reciente edición de Donde viven los monstruos y La cocina de noche me he permitido el lujo de pensar sobre qué cualidades ha de tener un gran autor. ¡Y aquí el resultado!




El mundo de la literatura infantil (ese gran desconocido… ¡Snifff!), a pesar de considerarse el hijo pequeño de la edición, nos proporciona figuras de cierto renombre que han sabido dar forma a libros chiquitos que hoy día son gigantes. Quizá en esa compleja magia que envuelve a las historias sencillas, reside el éxito y la importancia de libros como el que da nombre a este lugar.
La genialidad, ese patrimonio con el que sólo nacen unos pocos, a veces ha de ir acompañada de otras cualidades y vivencias más mundanas, pero igualmente necesarias. Seguramente si Sendak, Ungerer o Lionni no hubieran sufrido el vértigo del siglo XX, no hubieran escrito jamás La cocina de noche, Los tres bandidos o Frederick.



Si nos fijamos, todos ellos comparten ciertas características que llaman notablemente la atención:
En primer lugar decir que los tres adquieren una educación tradicionalmente europea, incluido Maurice Sendak que, a pesar de nacer en el barrio neoyorkino de Brooklyn, es educado en el seno de una familia polaca con gran arraigo a las tradiciones del Viejo Continente y que considera importante que los hijos no pierdan el vínculo con sus orígenes.
Por otro lado, decir que todas las obras más importantes de estos tres autores son pergeñadas en los Estados Unidos de Norteamérica, concretamente en Nueva York, uno de los núcleos culturales más importantes del mundo durante todo el siglo XX. Mientras que Lionni y Ungerer viajaron allí como emigrantes (Lionni desde Italia en el periodo que va desde 1939 a 1962, y Ungerer desde Estrasburgo en la década de los 50 para permanecer allí unos quince años), Maurice Sendak desarrolla toda su carrera en esta ciudad, centro del diseño gráfico, la publicidad y la edición de vanguardia, lo que supone para todos ellos, no sólo el quedar expuestos a múltiples influencias, sino al intercambio de ideas con otros artistas contemporáneos.




En tercer lugar debemos prestar atención a una cuestión que no es en absoluto baladí. Todos ellos comparten o simpatizan, véase el caso de Ungerer (N.B.: No olvidemos que a principios del siglo XX, el 80% de los judíos franceses vivían en Alsacia y su cultura estaba muy presente en la vida diaria del resto de habitantes), una religión común: el judaísmo (una coincidencia digna de estudio que seguramente muchos intelectuales/enteraos de este mundo "lijero" habrán denotado con frecuencia). El semitismo, esa religión docta y extremadamente arraigada en las tradiciones y el estudio, es más liberal que otras (léase la islámica o la católica) ante los cambios sociales (algo que, a mi juicio, favorece cierta apertura mental a la hora de exponer las ideas ante los pequeños lectores) y tiene un humor muy particular que permite jugar con las dobleces y las sutilidades e ironías de la vida, hecho al que Ungerer se ha referido con frecuencia, por ejemplo en este enlace (¿Tendrá Ungerer un origen judío nunca reconocido o desconocido para él mismo?).


Cabe señalar que los tres (como muchos otros escritores e ilustradores) también sufren las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial (unos en su propio pellejo, otros colateralmente), una de las partes más tristes de nuestra historia humana y que ha condicionado los posteriores siglos XX y XXI, periodos en los que, no olvidemos, ve la luz el álbum ilustrado, un género literario contemporáneo cuya concepción no se puede entender sin todo su contexto. 



Los avatares de los conflictos bélicos, la Shoah o exterminio en los campos de concentración nazis, las corrientes migratorias que se establecen hacia el Nuevo Mundo como vía de escape de miles de personas, la miseria como inmigrantes y el insulto, el relego y el miedo, son constantes se reflejan en las grandes obras de los álbumes ilustrados clásicos que, con una sonrisa exponen las bases sociales en las que el pasado siglo revolucionó el pensamiento infantil a transgresor y subversivo (algo que sufrimos y/o disfrutamos hoy día… para gustos, colores…).
Por último, apuntar que todos ellos acabaron en esto de la literatura para niños de forma accidental, como si de un juego del destino y un designio se conjugaran para darles una oportunidad en un negocio que despuntaba con las primeras democracias mundiales y una nueva concepción pedagógica.



Y como colofón y a modo de conclusión (seguramente muchos de ustedes no estarán de acuerdo) estas son mis tres premisas para dar al mundo álbumes ilustrados inolvidable:
1.      Olvidar los prejuicios y derrochar imaginación, en definitiva, ser un gran niño (bien por naturaleza, bien por los traumas vitales).
2.      Hay que ver el mundo en su conjunto para poder dibujarlo.
3.      Hay que sentir las penas y alegrías de la vida para transmitirlas a otros. 

lunes, 18 de octubre de 2010

Analizando álbumes ilustrados




Son muchos los que se dedican a comparar obras literarias para entresacar así coincidencias y otros datos de interés relevante, dejando al descubierto una serie de influencias de unos autores sobre otros, claro ejemplo del proceso de construcción de la cultura en la mayor parte de los casos. En otras ocasiones, con claridad descubren los estudiosos que, en la consecución del noble arte de escribir, son más los que copian que los que crean.
No soy de los que abogan por señalar al que plagia. Bien pensado hoy día hay pocos que inventan algo, bien sea en lo televisivo, lo musical o lo artístico, por lo que más nos vale callar no sea que recibamos alguna merecida reprimenda por criticones y malpensados.
En cualquier caso, hoy les traigo un análisis comparativo entre tres álbumes ilustrados (creo que no abundan muchos estudios sobre estos casos dado la juventud de este género literario y lo apartado que queda de la literatura puramente académica).
Entre El rey del mar (Imapla, editorial Océano Travesía), Nadarín (Leo Lionni, editorial Kalandraka) e Historias sin fin (Iela Mari, editorial Anaya) existen una serie de paralelismos bastante llamativos.
En el caso de El rey del mar e Historias sin fin, los autores utilizan como hilo argumentativo el concepto biológico de la cadena trófica, es decir, el bicho grande siempre se come al pequeño, mientras que en Nadarín, Lionni da menos importancia a este hecho, apartándolo de su intención inicial: realizar una metáfora sobre la solidaridad (la unión hace la fuerza), hilo argumentativo que también presenta El rey del mar pero de manera menos evidente. En estos dos últimos, es notable que los animales elegidos para narrar la historia sean peces de todo tipo y condición, no como en Historias sin fin, donde los representantes del reino animal son más variados.
Entre las ilustraciones de Imapla y Iela Mari, además de los colores vivos y las líneas definidas, podemos destacar el movimiento como efecto visual de gran ritmo narrativo, conseguido gracias a la disposición de los elementos sobre la página. En Nadarín, por lo general, tenemos colores más tenues, propios de la acuarela, más adecuados para el tipo de historia que pretende contar el autor, la fabula de lo social, aunque las líneas quedan bien definidas por el uso de técnicas como el collage y los tampones. Asimismo, Lionni deja a un lado la dinámica narrativa, evitando el sentido unidireccional de la obra, y aboga por la narración clásica de ida y vuelta, lo que hace que su obra sea idónea para lectores más formados, no para los primeros lectores a quienes van dirigidas las dos anteriores, en las que el formato de la edición también ayuda.
En síntesis se podría concluir diciendo que El rey del mar es un híbrido entre Nadarín e Historias sin fin, pero ¿quiero decir con ello que no merezca ser leído con la misma profundidad que éstos? Contéstense a sí mismos…

martes, 13 de enero de 2009

Viviendas


A veces digo que, aunque las hipotecas estén por las nubes, siempre nos quedará la revisión. Y es que el Euribor y los tipos de interés están dando algunas alegrías a muchos que han vivido entrampados hasta la fecha. Ya dicen que no hay mal que por bien no venga… Eso sí, si baja la hipoteca y por parados, no tenemos con que abonarla, nos comemos un mojón (y eso que me había prometido cierta suavidad…). Aunque bien mirado, si tenemos en cuenta la tipología de los hogares españoles, nos entran ganas de llorar: que si varias columnas en medio del salón (si al menos fuesen de orden jónico…), hay que entrar de canto en la cocina, el único rayo de luz –que no de sol- que penetra en toda la casa procede de la planta de energía nuclear con la que compartimos el patio de luces, no soporto las ventosidades del vecino del sexto (cuatro plantas por encima de mí), etcétera, etcétera.
Vamos, que la vivienda española sigue, además de cara, jodiendo.
Hablando de cemento y ladrillos he de advertirles que una de las novedades de esta temporada literaria otoño-invierno va de eso, de casas. La casa mas grande del mundo (¡cuánto me alegro de que las obras de Leo Lionni sigan editándose en este país!) es la historia de un caracol que desea una casa enorme, gigantesca, anhelo que se ve cumplido pero que a la larga le acarreará ciertos problemas. Y ahora la crítica (¡qué odiosos somos!)… Aunque es una historia con mensaje, muy cercana a la idiosincrasia que recoge Lionni en sus demás obras, no es de las mejores, e incluso podría decirse que son las ilustraciones, de corte realista y vivaz (les confieso que me quedé perplejo con la última ilustración donde, de un golpe de vista, están ilustrados los grupos principales de plantas: musgos, helechos, equisetos, gimnospermas y angiospermas, cosa que para cualquier botánico es una delicia), las que soportan enteramente el peso narrativo.
Y esperemos que la crisis del ladrillo no nos deje en la calle...

martes, 4 de noviembre de 2008

Peces, mariscos y otras delicatessen



Según se comenta entre los mariscadores, en las lonjas y algunas cofradías de pescadores, esta navidad nos vamos a atiborrar de pescado y marisco barato, aunque no sé si creérmelo… ¡Ojalá fuese cierto!... Y es que tengo en la panza un deseo: reventar a base de mejillones y carabineros (estos últimos no los he catado jamás). También les digo que si me ponen un besugo al horno, tampoco le hago ascos… pero bueno, si en vez de todo esto me tengo que conformar con unas sardinas saladas y tortilla española, no voy a llorar, se lo aseguro… que a engullir no me gana nadie. Dado lo marino de esta disquisición de hoy, qué menos que hablar de dos títulos cincelados a base de pescado. 


El primero pertenece a un peso pesado del álbum infantil , Eric Carle, del que hablaré en más de una ocasión (no lo había mencionado hasta ahora, cuestión imperdonable). El autor de La pequeña oruga glotona, best-seller donde los haya, se embarca esta vez en una historia con mucha miga, pues Don Caballito de Mar, un libro editado por Kókinos, es bastante redondo. Engancha en la primera lectura (A mí y a cualquier niño. Éxito asegurado. Corroborado, créanme).  



Si bien es cierto que es un álbum muy utilizado como "libro de valores" por tratar los estereotipos maternos-paternos desde el prisma de la crianza (ya saben que los machos de los caballitos de mar son los encargados de cuidar los huevos y a los alevines), el autor introduce el juego del descubrimiento haciendo referencia a los mecanismos de camuflaje de algunas especies de peces y ayudádose de unas páginas de acetato impresas. Es así como, atraídos por el colorido de sus ilustraciones y las líneas angulosas y sencillas de las figuras, los primeros lectores se sienten irremediablemente atraídos por una historia con mucha calidad donde, tomando como excusa realidades etológicas, se vislumbra una aire cotidiano y divertido. 


Mi segunda sugerencia se trata de una reedición (los clásicos son los clásicos) de uno de los títulos de Leo Lionni, Nadarín (Kalandraka). Nadarín es un paseo por los fondos marinos. Algas, medusas, anémonas y langostas acompañan a Nadarín en la búsqueda de una solución para que los peces grandes no acaben ni con él ni con su especie. Si a eso añadimos que él es la oveja negra de su especie acuática, un chico con color diferente que nada más rápido que los demás, la fábula tiene una lectura doble (o triple o cuádruple, que con el álbum nunca se sabe...). 



Si bien es cierto que es uno de los pocos álbumes ilustrados donde Lionni se aparta de sus característicos collages para trabajar con la acuarela y las técnicas de estampación (hay dobles páginas deliciosas), el autor sigue en la línea de otros títulos como Frederick o Pequeño azul, pequeño amarillo, en los que prefiere alejarse de la moralina explícita y jugar con las formas y las composiciones para adentrarse en un texto enriquecido donde cada lector puede buscar lo que más le gusta/interesa. 


Un par de buenos ejemplos de libros con enjundia, sencillos y muy efectivos.

lunes, 28 de abril de 2008

Frederick



Soy crédulo. Es irremediable. Crédulo e imbécil. Muchos pensarán que son dos características bastante negativas, pero a mi parecer son dos magníficas cualidades. El crédulo tiene gran fe en los demás, en lo cierto de lo humano, cree en lo tangible de esta especie, la humana, su existencia y consecuencias. Y la imbecilidad tiene suma importancia: los imbéciles no sufren, viven despreocupados de todo lo que les rodea, permanecen alegres en los límites de su ser y estar. Como los perros recostados al sol de enero existe el imbécil, sin juicio ni sinapsis nerviosas que consuman calorías. 


No sé a que viene este discurso absurdo-dialéctico… Simplemente pretendía escribir sobre uno de mis libros favoritos, por no decir El Favorito. Frederick me fue presentado por una bibliotecaria, mi amiga Amparo, hace unos años y, desde entonces, Frederick y yo nos seguimos abrazando de vez en cuando en una lectura sencilla, cálida y soberanamente agradable. 
Frederick es uno de los motivos por los que sonrío todas las mañanas, por los que me lleno de autoestima todos los atardeceres y desbordo de voluntad al día siguiente. Puede parecer absurdo que un libro tan sencillo te embriague de ese modo, pero en su sencillez reside también su éxito. Un servidor gusta de lo sencillo, lo inteligible, lo cercano y lo radiante. Sí, porque Frederick es radiante. Es ese ratón que recoge rayos de sol para los días de invierno, también colores para los días grises y palabras para poder conversar mientras cae la nieve afuera. 


Desde la inversión moral de la fábula archiconocida de La cigarra y la hormiga, Leo Lionni nos muestra la cara amable de la vida, enfrentando el realismo al idealismo, alzando la autoestima por encima de otros valores, abogando por la virtud de compartir la utilidad de lo material y la belleza de lo intangible.
A veces me siento Frederick, por ello, lectores (denoten ese aire solemne), os regalo las palabras, riego con el sol vuestra sonrisa y empapo de colores esas miradas cada vez que visitáis este espacio. 
Lo dicho... ¡Seré crédulo e imbécil!