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miércoles, 20 de mayo de 2026

De trabalenguas y pejigueros


Mi hermana y yo hemos dado mucho por culo. Supongo que como todos los hijos. Más todavía en aquellos años en los que no había clases extraescolares y las amas de casa hacían acopio de paciencia e ingenio para mantener a raya esa mezcla de aburrimiento e hiperactividad que tan insoportable se hace en la infancia.
Mientras otras madres echaban mano de la tele, la mía optaba por el parque. Así se echaba sus chascarrillos, mientras nosotros nos untábamos de alegría, mierda y barro. La jodienda venía cuando nos poníamos enfermos y tocaba encerrarnos entre cuatro paredes. Había libros, algún juguete y mucho tiempo. Nada era suficiente, por lo que, a veces, la Fefa recurría a esos entretenimientos verbales que nunca pasan de moda: los trabalenguas.
Su favorito era el de El cielo está… y el que protagoniza el libro de hoy, Tres tristes tigres, para mi gusto el ejercicio de dicción y aliteración más difícil en nuestra lengua. A día de hoy, todavía me parece una tortura. Y supongo que para muchos de ustedes también. Pero lo más sorprendente de todo es que, después de tantos años, siga conservando la magia y logre captar la atención de generaciones de niños que se pirran por las palabras, aunque la sociedad se empeñe en desterrarlas de su universo.


Y así, con el recuerdo de mi madre y nuestra lengua de trapo, además de rogarles que apaguen las pantallas y disfruten de los juegos verbales con sus vástagos, les acerco el álbum que se ha marcado Edu Flores a cuenta de la famosa jerigonza.
Como ya se podrán imaginar, Tres tigres tiquismiquis (editorial Apila) está protagonizado por el conocido trío de felinos que, hastiados de escuchar siempre la misma historia, se rebelan y convencen al narrador para que le dé una vuelta de tuerca al guion. No contentos con lograrlo, deciden sacarlo loco con todos sus caprichos y reparos. ¿Por qué están en un trigal si ese no es su hábitat natural? ¿Por qué dicen que son tristes si no lo están? ¡Y tampoco son idénticos!… ¿Será capaz de contentarlos?


Ambientada en unos estudios de cine (fíjense en las guardas), esta propuesta tan simpática invita al lector a formar parte activa de ella gracias a las interacciones que recoge, véase como ejemplo ese “encuentra las diferencias”. Ideado para leer en voz alta (fíjense en las variaciones tipográficas) y partirnos de la risa con ese humor tan blanco, sugiere nuevas herramientas con las que desbordar otros espacios lingüísticos tradicionales.


Aunque algunos lo lleven al terreno del didactismo, un servidor gusta de ese tono irreverente que rebosa en la LIJ, donde la subversión a las pautas adultas constituye una vía de escape imaginativa. Lleno de referencias a los cuentos tradicionales, guiños a otros títulos del catálogo editorial y un golpe de efecto final, este libro interpela al lector pidiéndole que se una a la fiesta de la lengua.


Por si no les parece bastante el reconocimiento que recibió por parte de la Biblioteca Pública de Nueva York como uno de los mejores títulos para niños en español del 2025, ya les dice un servidor que se arriesguen. No todo va a ser condimentos gráficos y discursos metafísicos. Hay libros que bien valen una sonora carcajada echando mano de la verborrea de toda la vida.

lunes, 6 de octubre de 2025

Sonidos con mucho trasfondo


Si alguna vez han invertido la tarde en el parque rodeados de mocosos, habrán podido constatar que, más que un lugar de recreo, aquello parece un zoológico. No solo por el trajín que supone tanto movimiento, sino por la enorme cantidad de ruidos que se entremezclan en un ecosistema casi naturalizado.
Gritos de alegría, también de miedo, angustia o necesidad. Llantos y carcajadas. Sustos dados y recibidos. Exclamaciones de sorpresa, silbidos y afrentas. Pedos y soeces varias. Imitaciones y representaciones teatrales. Trompazos y golpes contra los materiales más insospechados… Más que criaturas humanas, recuerdan a pequeños animales que, en vez de utilizar el verbo, sienten una preferencia extrema por sonidos exentos de palabras.


Es lo que tiene el lenguaje primario, mucho más útil a ciertas edades en las que la comunicación se resume a lo universal, ya que lo que toca gestionar son situaciones vitales muy básicas. Pedir comida, buscar ayuda, comunicarse con el grupo o llamar la atención de los iguales. En realidad, son cuestiones que elefantes, guacamayos, lobos o koalas solucionarían de una forma parecida.
No me extraña que los libros infantiles se llenen de onomatopeyas, esas imitaciones lingüísticas de los sonidos que rodean a los chiquillos. Utilizadas para añadir expresividad, dinamismo y generar imágenes sensoriales en la mente de quienes las leen, estas recreaciones escritas son bastante curiosas, pues dependen del idioma que utilicemos. Si quieren referirse al canto del gallo en español, escribirán “¡Quiquiriquí!” y si lo hacen en inglés, será “Cock-a-doodle-doo!”. Algo parecido pasa con el estornudo o el maullido de un gato. ¡Diviértanse buscándolo!


Y así, con onomatopeyas y animales, llegamos a ¡Oh!, un libro firmado por Massimo Caccia y Giovanna Zoboli que ha publicado este otoño Libros del Zorro Rojo. Dedicado a prelectores (o eso nos creemos los adultos), recoge un buen puñado de estampas que representan diferentes situaciones protagonizadas, generalmente, por parejas de animales donde la expresividad de los actores y las onomatopeyas e interjecciones que los acompañan, nos invitan a encontrar la historia que subyace tras la imagen.


Si encuentran a un pingüino a lomos de una jirafa gritando “¡Guau!”, ¿qué pensarían que ha sucedido? Puede que haya sucumbido al asombro contemplando su enorme cuello o quizá que se haya deslizado sobre este a modo de esquiador avezado. Si ven la imagen de una pata de elefante sobre una tortuga que asoma tímidamente su cabeza y acompañada de un “¡Auch!”, ¿quién ha hecho daño a quién? ¿La tortuga al elefante o viceversa?


Con mucha diversión, líneas definidas, colores planos, potentes contrastes y composiciones estudiadas, el ilustrador italiano seduce nuestra mirada con posturas sorprendentes, divertidas o imposibles que pueden desbordarse en nuestra imaginación a modo de conclusión (también predicción). Todo un juego de pareceres con el que pasar las horas desentrañando un total de veinticuatro enigmas animales muy emocionales.

jueves, 15 de diciembre de 2022

No ser, he ahí la torpeza


No solo he invertido la mayor parte de la semana en ese bucle vespertino llamado evaluaciones, sino que he tenido tardes enteras para dejarme seducir por todos esos reflejos impostores que nos regala la especie humana.
Mira que mi gremio es aburrido, predecible e insípido. Ego, rigidez, títulos universitarios… Convendrán conmigo en que chispa, ninguna, pero de vez en cuando te pones a analizar actitudes, mirar con lupa, a rascar una miaja, y te lo pasas mejor que con un cajón flamenco.


Mucha formalidad, demasiados modales, y a la hora de la verdad, la gracia les chorrea por los cuatro costados. Que aquí la que no es puta es diminuta. Se lo digo yo, que a calar al personal, no me gana nadie. Viciosos, corruptos, deprimentes, indecentes, hambrientos, gandules y maleantes. A pesar de las apariencias y preconcepciones, nadie está a salvo de lo miserable.


Y como en esta última parte del año me he encontrado con obras muy sui generis, hoy hablo de una que viene al pelo, El arca de No-es, álbum de Ana-Luisa Ramírez y Carmela Mayor, publicada por Iglú este otoño.
Sin duda, no deja indiferente. Así que, completamente pasmado ante un libro-álbum a caballo entre lo lírico, el cuaderno de actividades, un tratado de lexicografía, la parodia y el surrealismo, solo me resta animarles a diseccionarlo con mirada atenta.



Tomando como punto de partida la narración de Noé y su arca en el antiguo testamento, las autoras recrean un nuevo escenario a través del juego de palabras. Noé se transforma en No-es y se desencadena una nueva historia donde él mismo, su esposa, sus siete hijas y sus siete yernos empiezan a deambular por el océano recogiendo una fauna muy variopinta. Seres como las alfabestias, las puntillosas o el Inutensiluis vulgaris llenan un viaje bastante especial.



Mucho collage y lápiz de grafito dan vida a unas ilustraciones que rinden tributo a René Magritte y su pipa, con una serie de imágenes quiméricas donde confluyen diferentes conceptos. Ambigüedad y un sinfín de detalles, nos permiten bucear en una propuesta gráfica con desplegable incluido que se ambienta en las estancias de una casa cualquiera, espacio cotidiano en el que los niños suelen idear a su antojo.
Cualquiera (da igual adulto que niño) que coja este libro entre las manos, se dará cuenta de que es una obra muy peculiar, bastante loca (como yo, será por eso que me ha encantado) y con un trasfondo muy juguetón, que invita tras su lectura, a darle alas a la imaginación (también a la lengua) para buscar nuevas fórmulas con las que crear y pasarlo en grande.

jueves, 7 de abril de 2022

Chirimiri


Chimiriri, decían. ¡Y un pijo! De chirimiri, nada, que ha llovido en un mes lo que suele caer en toda la temporada. Y eso que estamos en la España seca, esa casi desértica, como bien rezan en los telediarios. Y es que aquí, cuando nos ponemos, lo hacemos bien. La juerga, la comida, el humor y hasta la nieve suelen ser abundantes. Que no se diga que los manchegos somos unos roñosos.
Menos mal que mi madre tuvo el detalle de agenciarme un paraguas plegable en los Invasores (el que no sepa qué es, que lo busque en la Wikipedia) al que le he sacado la pringue a base de bien. Eso y unas botas de Almansa que son gloria bendita.
Y después de ponernos hasta los ojos de agua y barro, después de lucir todo este armamento invernal, hoy la cosa pinta mejor, sobre todo porque el frente se ha esfumado hacia otras latitudes y tendremos algo de sol, que también se agradece.


Ese sol de primavera, que calienta el casco que no veas, el de las primeras flores, el que calienta poco a poco la mañana y se apaga hacia el final de la tarde. Ese que penetra entre las nubes e invita al paseo matutino, a huir de la sombra, a la cañita soleada del mediodía. Ese sol que necesita de un poco de abrigo, de una gorra, de un brazo que lo acompañe, de una sonrisa. Ese sol de primavera que anima los parques y los paseos, que hace bien en los huesos y también en la barriga.
Esperemos que no vuelva a hacer aparición la lluvia, y si lo hace, resguárdense en casa y lean Chirimiri, un álbum de Fernando Pérez Hernando (Kalandraka) que seguro entusiasma a grandes y pequeños.
Este libro cuenta cómo Mamá pájaro regresa a su árbol junto a sus cuatro polluelos, Rut, Thor, Lilí y René. Cada uno de ellos sólo sabe hablar con la vocal que aparece en su nombre. Rut con la u, Thor con la o, Lilí con la i y René con la e. De repente una nube se posa sobre el árbol y empieza a llover sobre Rut, que le pide permiso a Thor para bajar a su rama. Sigue lloviendo y estos le piden permiso a Lilí para ir a la suya. Y así sucesivamente.


Ni que decir tiene que el libro es bastante especial. Combina juegos de palabras (esto de las vocales siempre los vuelve locos, como bien saben los maestros), historias familiares (si hay madres e hijos, mucho mejor), cuentos de fórmula (¡a repetir se ha dicho!) e historias acumulativas (en este caso lingüísticas).
A todo eso, que ya es bastante, hay que añadir unas ilustraciones bien simpáticas y bien pensadas donde la caracterización de los personajes y la excelente composición (ese escenario piramidal a modo de árbol que permite la complementariedad textual y visual es más que acertado) son las principales bazas.
Y esperando que no se tuerzan los días, aquí les dejo disfrutando de un libro que probablemente pueda convertirse en boardbook.


martes, 15 de marzo de 2022

Relatos poderosos


Desde todas las cadenas y auspiciadas por el amarillismo, la demagogia, los dictados políticos y la lágrima fácil, se están diciendo toda una serie de mentiras que, ahondando en discursos bastante manidos, contribuyen a seguir manteniendo un tinglao lleno de intereses creados, en vez de informar sobre la verdad.
Auspiciados por la manipulación de datos e imágenes bien seleccionadas (Ya saben, amigos del libro-álbum: una imagen vale más que mil palabras), minuto a minuto los telediarios lanzan mensajes apocalípticos sobre una audiencia pandémica que se ha acostumbrado al miedo como droga necesaria en esa supervivencia donde el desánimo cunde en este mundo de zombis.
El relato oficial se desploma sobre nuestras cabezas. Un filtro que, como la calima que cubrió ayer el sureste español, colorea a su antojo la luz y nos deja una imagen distorsionada de esa realidad que algunos quieren oír apostados en el sofá amén de un sustento propiciado por ese bienestar ficticio con el que papá Estado chantajea al contribuyente en cada episodio de esta distopía en la que se ha convertido el mundo.


Las palabras nunca antes habían sido tan poderosas. Lo inverosímil adopta formas monstruosas y se cierne sobre una masa de analfabetos funcionales que ignora sus propias capacidades para construir un discurso crítico y bien cimentado. Lo que otrora solo eran meras ideas, se han transformado en terrorismo informativo.
Pandemias que no son pandemias, vacunas que no son vacunas, desabastecimiento que no es desabastecimiento, y guerras que no son guerras. Sustantivos y verbos jamás habían estado tan desprovistos de significado. O quizá sí. Las palabras siempre han sido palabras, quizá lo que haya cambiado es nuestro nivel de credulidad y tolerancia. ¿Llevaría razón Dostoyevski? Lo único que sé es que prefiero el lado amable de las palabras a esta orientación tan deleznable en la que solo habla el poder, ese juego asqueroso donde el único objetivo es mantenerse y no caer.


Eso me recuerda que tenía pendiente de reseña un libro sobre el poder de las palabras, las que escriben sobre la arena de La playa mágica Ana y Ben, la pareja de niños que protagonizan esta historia de Crockett Johnson que ha publicado recientemente la editorial Corimbo.
Ambos llegan a la orilla de la playa. Ana está cansada. Se hubiera quedado en casa leyendo un cuento, a lo que Ben responde que prefiere estar al aire libre y hacer cosas por uno mismo en vez de leer. Ana le contesta que a los protagonistas de los cuentos, al menos, les pasan cosas interesantes. Ben le dice que en un cuento no pasa nada interesante, que los cuentos son solo palabras, las palabras son solo letras y las letras son solo diferentes tipos de marcas. En ese momento, a Ben se le abre el apetito y escribe la palabra “mermelada” sobre la arena. De repente, una pequeña ola borra esa palabra de la orilla y en su lugar aparece una fuente con mermelada. ¡Es una playa mágica!


Así comienza una merienda muy especial en la que palabras e imaginación se funden para disfrute de cualquier lector. Un rey, su caballo, el bosque, ciudades y castillos aparecen en ilustraciones sencillas donde el trazo a grafito es el único medio de expresión y acompañan una historia inesperada que pone patas arriba una realidad que se figuraba aburrida para ensalzar las palabras como medio ideal que construye los deseos.


Un álbum en el que cualquier elemento es susceptible de ser interpretado (incluso esa caracola a la que los protagonistas hacen referencia una y otra vez) en pro de un relato tan hermoso, como absurdo.
Es por eso que me gusta la magia de las palabras y las olas del mar. Porque el vaivén de ambas siempre cambia el mundo. Para bien o para mal.



martes, 14 de diciembre de 2021

De suicidios y palabras


Tras la muerte de Verónica Forqué vuelve el problema del suicidio y su relación con la salud mental. Como si fuera tan fácil prevenir la principal causa de muerte no natural en España… Ya se sabe que en un país de opinadores natos, se dicen muchas gilipolleces al cabo del día, sobre todo si entran en el juego los influencers, las redes sociales y toda esa caterva de anormales que no saben lo que es perder a un ser querido por este motivo. Y dirán ustedes que aquí estoy yo para unirme a la berrea. Pero esta vez no. Hoy puedo hablar de primera mano.


Hace siete años perdí a una de mis personas favoritas. Soy lo que los expertos llaman un “superviviente”, aquellos que ven alterada en mayor o menor medida su vida a causa de un suicidio y se quedan en este mundo para darle vueltas al coco. Al principio, como en cualquier otra muerte violenta (así está tipificada), te tocan muchos marrones: estudios forenses, preguntas innecesarias, investigaciones y resoluciones judiciales, habladurías, hijosdeputa… En fin, un circo asqueroso.


Luego corren los días y del shock inicial vas pasando al duelo, uno bastante difícil, sobre todo porque te preguntas. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Una y otra vez. Más todavía si no hay sospechas, tentativas previas, ni notas de despedida. Luego te das cuenta de que en España no hay apenas soporte para familiares y amigos, que sigue siendo un tabú social (silencio, mucho silencio) y religioso (imagínense al cura en algunos funerales…), que no hay apenas estudios serios, y que todo el mundo mira para otro lado. Entonces, ¿para qué cojones sirve la inversión en salud mental si nadie conoce, habla, ni quiere ver el problema? ¿Otro saco roto más?
Ante tal desamparo empiezas a investigar (uno, que usa las bases de datos y se maneja con el inglés, no como otros pobres) y te topas con estudios americanos, ingleses, nórdicos y canadienses. Especialistas del mundo desarrollado que hablan de depresión, neurotransmisores alterados, coerción social, percepciones culturales, causas ambientales, grupos de incidencia o perfiles suicidas. Países donde hay montones de asociaciones de supervivientes (por aquí solo hay un par) e iniciativas públicas y privadas que hablan de esos miles de personas que se ahorcan, precipitan al vacío o se auto-intoxican cada año (por cierto, muertes que no se contabilizan en las estadísticas oficiales, los llamados suicidios encubiertos).
Reflexionas un poco y te das cuenta de que el problema es monumental, que se debe a una multiplicidad de factores increíble, y que deberíamos cambiar el mundo completamente para solucionarlo, algo que es imposible. Y no, no me empiecen con la salud mental, otra artimaña más para la censura y la división. No todo es financiación, ni terapia, ni paternalismo de estado, ni haters, ni control de las redes sociales, ni buenismo, ni victimización. Además de aprender a querer a los demás, escucharnos y entendernos, algo que llevamos sin practicar miles de años, también debemos convivir con una realidad que habla desde el silencio sobre muchas más cuestiones y problemas. 
Así y a pesar del egoísmo, llegas a entender el sufrimiento de quienes se van. Un infierno lleno de circunstancias muy dispares que les impide gestionar su paso por el mundo, vivir en él, y ser felices. Una decisión que, aunque dolorosa, debes respetar. Es suya y de nadie más. Dices "Yo no lo haría. No lo comparto", pero tampoco estás en su pellejo ni percibes su realidad. Te planteas "¿Me hubiera gustado que siguiera aquí en modo zombi? ¿A rebosar de ansiolíticos y antidepresivos? ¿Sería la misma persona con tanta salud mental?"


Al final y con un poco de suerte, el calendario te trae algo de calma, todo se tranquiliza, y en lo único que piensas es en lo que le hubieras dicho. En las palabras que podrías haber omitido, en las que nunca dijiste y en otras que jamás oíste. También en las que os hacían reír y las que os hacían llorar. Palabras de despedida o quizá de bienvenida. Para consolar o de las que te ponen en tu sitio. Justas o injustas, dulces o amargas, graves o livianas.
Palabras, palabras y más palabras. Es curioso cómo las palabras son lo que más echamos de menos. Será porque las palabras son mágicas, tan mágicas, que llegan a cualquier parte. Atraviesan el suelo, surcan el cielo y se aferran a los corazones.  Y si es en vida, mejor todavía.


*P.S.: Todas las imágenes pertenecen a Palabras, el libro de Guridi (Raúl Nieto) que acaba de publicar la editorial Libre Albedrío en su colección Koreander de libros extraordinarios, y que se sumerge en el mundo de la comunicación a través de una serie de metáforas visuales donde los interlocutores conectan en esa línea que dibuja la intersección de la doble página, una frontera entre iguales que cualquier palabra puede sortear (o no).

jueves, 28 de octubre de 2021

El poder de la palabra



Que yo recuerde, nunca antes habíamos estado rodeados de palabras que acusaran tanto rencor. Palabras que, a pesar de parecer inofensivas (como cualquier otra), se han ido transformando en dardos envenenados que se lanzan una y otra vez en las conversaciones de medio mundo para generar un discurso que merma el lenguaje y lo hace cada vez menos poético y más obsceno.


Palabras que abundan en cualquier red social, en los perfiles de aquellos que se hacen llamar intelectuales. Palabras a las que cada vez se dan más importancia por los intereses creados. Palabras que a pesar de tener significado dicen muy poco de una humanidad que se entrega a la estupidez y pobreza cultural más simplista.


Me da mucha pena escuchar cómo cunde el ejemplo entre mis alumnos, cómo, una vez más, son las generaciones futuras las que sufren estas artimañas de las neolenguas y los ismos políticos. Me preocupa que todos asientan y ninguno intente vaciar ese vocabulario de violencia y dogmatismo para llenarlo de palabras que hablen desde la consciencia y no desde las trincheras políticas.


Palabras de unos pocos que idiotizan a muchos. Palabras inventadas o recuperadas que funcionan a modo de mantra. Para adormecernos, censurarnos o dirigirnos. Prefiero mil y una veces palabras como teta, sobaco, boñiga o adiós. Palabras que hemos construido todos y no unos pocos. Prefiero palabras a las que todo el mundo acceda y no aquellas que se incrustan en el ideario a base de medios de comunicación y discursos mediáticos.


Y así, con una de palabras, llegamos a dos de esos libros que encandilan. El primero es Va la vaca, una historia de ficción que Pablo Albo y Simone Rea nos presentan desde la editorial A buen paso. Un álbum con formato vertical y tapa blanda que nos invita a disfrutar de una historia protagonizada por animales, los juegos de palabras y las onomatopeyas.


Es así cómo, sirviéndose de la primera sílaba del nombre de cada animal, se articula una historia más o menos circular (esa torpe vaca a la que se le escapa todo lo que pilla) en la que todo habla, incluidas las ilustraciones delicadas de Simone Rea y, por supuesto, el lector-espectador, uno que cuando termine la historia seguro que encuentra otras igualmente divertidas a base de los nombres de los medios de transporte, los postres o incluso de los miembros de la familia.


Por otro lado tenemos El libro de los juegos, un libro de Juan Berrio recientemente editado por Litera Libros. Por un lado pretende ser informativo (si no sabes lo que son los anagramas, los palíndromos, los abecegramas o los pangramas, este es tu libro) y por otro nos propone una buena tanda de actividades ingeniosas relacionadas con las imágenes escondidas o los efectos ópticos.



Todo ello de la mano de Clara y su primo Federico, un par de chavales muy curiosos que acompañarán al lector en este recorrido de descubrimiento del mundo que nos rodea y de paso, invitarle a que se interne mucho más en este mundo lleno de vocablos e imágenes. Experimentar y divertirse con unas y otras es la clave para que estos dos chavales desarrollen un proyecto juntos que, antes de llevarlo a la editorial, te presentan en primicia para que le saques todo el jugo posible. 
Y lo dicho: abracen y acunen las palabras, ese bálsamo invisible que muchos se atreven a empercudir con sus ínfulas y falacias.

viernes, 1 de octubre de 2021

Disfrutar de las palabras


Una de las conversaciones (y discusiones) favoritas del Camino se centraba en la capacidad que tiene la lengua de permanecer viva entre los hablantes, qué hace que esto suceda y si las lenguas que se han recuperado por intereses políticos serían capaces de permanecer vivas. Las opiniones eran de lo más variopintas. Todos acordábamos que preservar un acervo cultural estaba de puta madre, pero se abría cierto debate sobre las limitaciones comunicativas de las lenguas minoritarias, lo artificioso de las lenguas normativas -véase el euskera batúa-, sobre la necesidad de subvencionarlas e imponerlas para conservarlas, y sobre la poca trascendencia que ciertas lenguas que se mantenían en el uso privado habían tenido sobre el ámbito público a pesar de ser de obligado uso.
En estas yo me puse a mirar a un lado y otro de la senda para disfrutar de la vegetación norteña. Montones de helechos, brezos y labiadas. Cogí una muestra al azar y no sé quién me preguntó el nombre científico. Todos pusieron cara de tontos al oír el latinajo. Prueba evidente de que hasta las grandes lenguas se esfuman como la niebla.
No se lo piensen. Disfruten de todos los idiomas que puedan. En forma de palabras de amor, de discusiones interesantes, reuniones divertidas, refranes, trabalenguas, y montones de dichos populares como los que hoy nos amenizan en forma de versos más que elegantes.


Yo sé algo que tú no sabes.
tú no sabes que yo sé algo.
Algo que tú no sabes yo sé.

¿Ah, sí?

Un pajarito me lo contó.
Me lo contó un pajarito.
Un pajarito contómelo.

***

Babia,
ese lugar
del firmamento
al que solo se va
con el pensamiento.

Fran Nuño
Me lo ha dicho un pajarito y Estar en Babia.
En: Del dicho al verso. Divertimento poético con frases populares.
Ilustraciones de Jan Barceló.
2020. Barcelona: Yekibud Editores.



martes, 14 de enero de 2020

De secretos, vocales y otros divertimentos


Hemos dejado atrás 2019. Comienza la rutina, la cuesta de enero se hace cada vez más empinada, y aquí sigo yo, dando guerra. A pesar de estos males menores, también tenemos algún incentivo… Que si las rebajas (cada vez peores, por cierto), que si la operación biquini (¡Que den comienzo los juegos del hambre!), o que celebrremos algunas efemérides literarias (Gianni Rodari, Miguel Delibes, Isaac Asimov, Ray Bradbury o el Barón de Münchhausen, entre otros).
Por lo que a mi respecta, intuyo que no me voy a aburrir… En el trabajo me hincharán a reuniones inútiles (que no falten de cara a la galería). En lo familiar no nos faltarán temas de discusión y alguna que otra alegría. Los amigos, ídem de lo mismo (me voy a tener que poner en modo celestino o ciertas necesidades se transformarán en conflicto). Y lo demás, como siempre: cagar y envolver.


Menos mal que me dejé unos cuantos títulos con los que entretenerme durante este mes de enero (hay que aprovechar la merma de novedades y dejar florecer algunos libros que se publicaron los meses pasados) porque si no, puedo salir loco. Por ello y sin más preámbulos, centrémonos.
Como ya estamos en la escuela he creído conveniente empezar con lo último de Ediciones Tralarí, un proyecto de autoedición abanderado por Cintia Martín, Consuelo Digón y Nuria de la Iglesia. Esta vez nos presentan El secreto de las vocales, una serie de libros de Esperanza Ortega y Cintia Martín que invita al juego, la sorpresa y la lectura. Partiendo de las vocales como denominador común, esta colección de seis libros integrados en un pequeño estuche, combinan la rima, las cancioncillas infantiles, la imaginería de los cuentos populares y los elementos del pop-up.


En primer lugar estos libros están habitados por brujas, hadas, lobos, dragones, duendes o reyes. Unos seres de cuento encargados de presentarnos las vocales. Me encantan estos aciertos metaliterarios, no sólo porque imprimen cercanía a las obras infantiles, sino porque ayudan a padres y docentes en el proceso de alfabetización de los pequeños. Si añadimos que a la vez que evocan, reinventan y enriquecen estas historias que están grabadas en nuestro niño interior, con un poco de suerte la hebra se puede estirar hasta el infinito y más allá. ¡La imaginación al poder!


En segundo lugar estos cinco secretos y su epílogo se recrean en situaciones cercanas al día a día de los críos. Los medios de transporte, la hora de irse a la cama, los títeres, o las situaciones escatológicas dan un toque de desenfado a estas pequeñas narraciones donde los juegos de palabras y las rimas se hacen patentes. Vueltas y más vueltas a la lengua. Para un lado y para otro, todo suma -incluso las erratas y algún pequeño fallo (pormenores de la autoedición que también tienen su encanto)-.




Por último, les diré que aes, íes o úes están muy bien acompañadas en estos libros donde las ilustraciones son un regalo. Empezando porque los grafemas forman parte de ellas (este alarde tipográfico me ha encantado, no sólo como referencia a los mirones infantiles, sino como recurso estético de primer orden), pasando por las letras tridimensionales que sorprenden al visitante, y terminando por una enriquecida edición (¡Hasta elementos infográficos! ¡Qué maravilla!), puedo decirles que no deben perdérselos.


Y con esto, un estornudo y una tarta de melocotón que tengo en el horno, me despido hasta otro nuevo viaje, que enero bien lo vale.