sábado, 29 de mayo de 2021

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXVI): Eric Carle


El pasado 23 de mayo falleció Eric Carle, una leyenda viva del álbum ilustrado. El autor de alrededor de 70 títulos con más de 152 millones de copias vendidas en todo el mundo, merece un pequeño recorrido a lo largo de su vida y obra, un homenaje que reconozca su gran contribución a la Literatura Infantil y Juvenil.
Como otros genios del libro-álbum, la historia de Eric Carle está íntimamente ligada a la del siglo XX. Nació el 25 de junio de 1929 en Syracuse (Nueva York), hijo de Erich W. Carle y su esposa Johanna Oelschläger, ambos inmigrantes alemanes. Su padre trabajaba como operario en una fábrica de pintura en aerosol y su madre regentaba un pequeño negocio. Pasó felices sus primeros años de vida en los Estados Unidos, hasta que la añoranza de su madre por la patria germana llevó a la familia de regreso a Stuttgart en 1935.
Carle recordó estos primeros años en Alemania como una mezcla de nostalgia por los Estados Unidos y extrañeza por Europa, la tierra donde comenzó a impregnarse de los recuerdos que más tarde empaparían su obra.


Mientras que su madre siempre lo apoyó como artista y era buena con él, Carle la consideraba una figura distante, algo que no sucedió del mismo modo con su padre. Como reconocería muchos después en esta entrevista a The Guardian, el sentimiento hacia él era algo increíblemente profundo. Cuando era pequeño, desde el principio, me leía los periódicos divertidos, me contaba historias, hacía dibujos, salíamos a caminar. Contar historias y caminar y parar y mirar. Nada demasiado especial, pero que ha sido terriblemente importante en mi vida. Cuanto más viejo me hago, más convencido estoy de que lo fue. En otra entrevista añadiría: (Mi padre) levantaba una piedra o pelaba la corteza de un árbol y me mostraba los seres vivos que se escabullían de allí. Me contaba los ciclos de vida de esta o aquella pequeña criatura, y luego la devolvía con cuidado a su hogar. Creo que en mis libros honro a mi padre mientras escribo sobre pequeños seres vivos y, de alguna manera, recupero esos tiempos felices.


Todo cambió cuando, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial (1939), su padre fue reclutado por el ejército alemán. Desde los 10 hasta los 14 años su madre y él vivieron en la casa familiar, una de las pocas que se mantuvieron en pie tras la guerra, hasta que en 1943, debido a los bombardeos acaecidos en Stuttgart, fue evacuado a Schwenningen, una pequeña localidad más al sur, donde sería asignado por carambola (intercambió con un compañero las direcciones de las familias de acogida) a una mujer que siempre recordará como una de sus más felices y amorosas influencias.
Un año más tarde, con 15 años, el gobierno alemán lo reclutó junto a otros niños y jóvenes para cavar trincheras en la línea de Siegfried. El primer día tres personas murieron a pocos metros de distancia. Eran prisioneros rusos. Las enfermeras vinieron y comenzaron a llorar. Eric Carle intentó no pensar en ello el resto de su vida, algo que su esposa interpretaría como estrés postraumático.


Cuando Alemania capituló a principios de 1945, su padre fue hecho prisionero por las fuerzas soviéticas. Casi tres años después regresó a casa con 40 kilos y el alma rota. Carle lo definiría como un hombre enfermo. Psicológica y físicamente devastado. Él tenía 18 años. Ya no hablamos mucho. Sólo cosas superficiales. Yo tenía otros intereses. Estaba en la escuela de arte, era artista. Me interesaban las mujeres. […] Es tan triste.


Otra de las figuras fundamentales durante la infancia y primera adolescencia fue Herr Kraus, su profesor de arte en la escuela secundaria, quien a riesgo de ser castigado por el Tercer Reich, notó el talento de Carle y lo invitó a su casa para que admirara el “arte prohibido” de Klee, Kandinsky, Chagall, Matisse o Picasso, en definitiva, los creadores expresionistas que tan profunda huella dejaron en él. No tenía ni la menor idea de que existía algo así, porque estaba acostumbrado al arte donde gente aria ondeaba banderas y armas, granjeros arios superrealistas y mujeres de brazos brutales. Eso sí era arte. Y fue un shock. En otra entrevista posterior Eric Carle reconoció Mi león verde, mi burro de lunares y otros animales pintados con los colores equivocados nacieron realmente ese día hace 70 años.


Después de graduarse en la prestigiosa Akademie der Bildenden Künste de Stuttgart en 1950 y realizar algunos trabajos como diseñador de carteles, Carle viajó a Nueva York en 1952 con 40 dólares en el bolsillo y un portfolio lleno de trabajos potentes y limpios influenciados por la Bauhaus, un movimiento que también impregnará sus ilustraciones.
Seis meses más tarde, se incorporó al ejército estadounidense durante la Guerra de Corea. Fue asignado a una base militar en Alemania, concretamente a la 2ª División Blindada, donde trabajó en las oficinas de correo. 
En 1954, empezó a trabajar como diseñador gráfico en el departamento de publicidad del periódico The New York Times, pero no por mucho tiempo, ya que en 1956 consiguió un puesto mejor como director de arte en la agencia de publicidad L. W. Frohlich & Co., firma con la que se mantendría ligado hasta 1963. A Eric Carle le gustaba el arte comercial y trabajó en publicidad en su época más glamurosa, viajando por el mundo como director de arte internacional. En estos años, contrajo matrimonio con su primera esposa Dorothea Wohlenberg, con quien tuvo dos hijos, Rolf y Cirsten.


Cuando su amigo Bill Martin Jr, autor de libros infantiles vio la langosta que Carle había pintado para un anuncio de antihistamínicos, le preguntó si ilustraría un libro para niños llamado Oso pardo, oso pardo, ¿qué ves ahí? y algo despertó en Carle. Se puso manos a la obra y el libro fue publicado por Henry Holt & Co. en 1967 convirtiéndose en un éxito de ventas, hecho que inició su carrera como ilustrador.



En 1969 publicó su primer libro como escritor e ilustrador 1, 2, 3 al zoo, un álbum que también tendría buena acogida, la antesala de lo que unos meses después sería su gran éxito, La pequeña oruga glotona. Este libro que dedicó a su hermana Christa, 21 años más joven que él, ha sido traducido a 66 idiomas y ha vendido la friolera de 50 millones de ejemplares en sus diferentes formatos. Aunque la protagonista se concibió inicialmente como un gusano hambriento que se abría paso a través de las páginas, Ann Beneduce, su editora durante medio siglo y a quien Carle reconoció gran parte de su éxito, no lo vio claro y sugirió la oruga que Carle terminó transformando en mariposa. 
La obra recibió numerosos premios y, como todo producto de éxito, se prestó a interpretaciones excéntricas que la relacionaban con el cristianismo o el capitalismo. Tan famosa ha llegado a ser que protagonizó el doodle de Google el primer día de la primavera de 2009, y, en 2019, un equipo de científicos descubrió una nueva especie de araña tan parecida a la oruga glotona que la bautizaron como Uroballus carlei en homenaje al autor.




Durante la década de 1970, Eric Carle escribió e ilustró casi una veintena de libros, entre los que destacan La semillita y Pancakes, Pancakes, publicados ambos en 1970, ¿Quieres ser mi amigo? y El mensaje secreto de cumpleaños fechados en 1971; The Very Long Tail, Walter the Baker y The Rooster Who Set Out to See the World, de 1972; See a Song y Have You Seen My Cat?, en 1973; All about Arthur (an Absolutely Absurd Ape) que fue publicado en 1974; El camaleón camaleónico, uno de mis libros favoritos del autor y que tantas y buenas interpretaciones produce entre los pequeños lectores, fue publicado en 1975; La mariquita gruñona, otro de sus éxitos de ventas, fue publicado en 1977, y Watch Out, a Giant!, de 1978. Durante esta época, Carle también adaptó e ilustró cuentos de los hermanos Grimm (Seven Tales by the Brothers Grimm, 1976) y Andersen (Hans Christian Andersen, 1978), así como las fábulas de Esopo (Twelve Tales from Aesop, 1980).



En esta época y tras divorciarse de su primera esposa, Eric Carle conoció a Barbara Morrison mientras trabajaba en la librería de The Cloisters, una sucursal del Metropolitan Museum of Art, gracias a un amigo en común. En 1973, Eric y Bobbie, que así la llamaban cariñosamente, se casaron y se mudaron a Northampton, oeste de Massachusetts. Una vez allí, Eric estableció su estudio y Barbara obtuvo su título en educación especial y fundó Side by Side, un centro preescolar de integración.


En los años 1980, Carle continuó su labor como autor e ilustrador de títulos como The Honeybee and the Robber (1981), Catch the Ball, What's for Lunch? y Let's Paint a Rainbow (1982), La araña hacendosa, (1984), Papá, por favor, consígueme la luna (1986) y Una casa para cangrejo ermitaño (1988).
En los 90, aparecieron nuevos proyectos como El grillo silencioso (1990), al que siguieron Rooster's off to See the World (1991), Draw Me a Star (1992), Today is Monday (1993), Pequeña nube, de 1996, Flora and Tiger y De la cabeza a los pies, en 1997.



Durante estos años, el matrimonio Carle visitó Japón varias veces y quedaron enamorados por los hermosos museos dedicados a la ilustración que había en ese país. Cuando advirtieron que en Estados Unidos no existían este tipo de museos, se animaron anima a fundar el Eric Carle Museum of Picture Book Art que inauguraron el año 2002 durante el cumpleaños de Barbara. Situado en Amherst como parte del Hampsire College Cultural Village, este espacio de más de 4000 metros cuadrados, atesora obras y organiza exposiciones de artistas como Beatrix Potter, Maurice Sendak, Leo Lionni, Arnold Lobel, Mitsumasa Anno, Quentin Blake, Tomie dePaola, Virginia Lee Burton, Chris Van Allsburg y el propio Carle, entre otros artistas.


En el nuevo milenio y recién trasladados a su casa de Cayo Largo (Florida), Eric Carle siguió publicando obras como Sueños de nieve (2000), un entrañable álbum navideño, Don caballito de mar (2004), título que apuesta por la ruptura de roles de género en la crianza, 10 patitos de goma (2005), un libro que encandila a los más pequeños, El artista que pintó un caballo azul (2010), homenaje al pintor Franz Marc que es un deleite para los sentidos y un regalo inmejorable para los amantes del arte contemporáneo, Amigos (2014) una oda a la amistad con la que no puede la distancia, o su serie Mi primer libro de… sobre conceptos básicos del entorno.




No hay que olvidar que Eric Carle ilustró obras de otros autores, como Tales of the Nimipoo, de Eleanor B. Heady, The Boastful Fisherman, de William Knowlton, (ambos de 1970); Feathered Ones and Furry (1971), de Aileen Fisher; Why Noah Chose the Dove (1974), de Isaac Bashevis Singer, y The Hole in the Dike (1978), de Norma B. Green; Otter Nonsense, de Norton Juster (1982); The Mountain That Loved a Bird, de Alice McLerran (1985); The Greedy Python y The Foolish Tortoise, de Richard Buckley, ambos en 1985; Chip Has Many Brothers, de Hans Baumann (1985), The Lamb and the Butterfly, de Arnold Sundgaard (1988) y Dragons, Dragons & Other Creatures that Never Were (1991), de Laura Whipple. Pero su más sonada colaboración es junto a Bill Martin Jr., el autor que lo introdujo en la industria de los libros para niños, con la secuela Oso polar, oso polar, ¿qué oyes?




Tras la muerte de su esposa, un Eric Carle de 87 años se embarcó en una serie de collages abstractos de cartón y objetos de diferente procedencia que representaban ángeles y que dedicó a Paul Klee, artista que durante su vida dibujo y pintó unos 70 ángeles y por quienes el ilustrador sentía verdadera devoción. Un año más tarde de inaugurar esta exposición, Eric Carle falleció a los 91 años en su estudio de Northampton a causa de un fallo renal.


El estilo de Carle se desarrolló sobre la técnica del collage. Pintaba papeles con acrílicos de colores brillantes, los recortaba, superponía, contrastaba, y creaba con ellos composiciones impactantes, provocativas y vibrantes adscritas al arte figurativo expresionista, uno que conoció durante sus años de estudiante y que le influenció el resto de su carrera artística.
Carle sugería que el uso de esa gama cromática tan luminosa era una respuesta a los grises que se volvieron sus años de infancia por culpa de la Segunda Guerra Mundial y la ausencia paterna, un reflejo de la alegría que vivió durante su primera infancia.



Guardas de algunos de sus libros

Del mismo modo, gran parte de las temáticas y argumentos de sus libros se relacionan con la observación directa de la naturaleza y recuerdan aquellos paseos por el bosque de la mano de su padre, la magia de la vida que descubrió junto a él. La diversidad animal, la metamorfosis de los insectos, su reproducción o la germinación de las semillas, tienen mucho que decir en unos libros que ahondan en la capacidad de descubrir y sorprenderse de los niños.
Resumiendo, todo el discurso de su obra se encamina hacia el positivismo, a contrarrestar los miedos infantiles con una sonrisa. Espacios como la escuela, que él consideraba traumáticos e incluso vacíos en ciertos aspectos emocionales, debían llenarse con estrategias donde la creatividad, el aprendizaje y la diversión eclipsaran al desconocimiento sobre el mundo y protegieran a los niños en el futuro.



Además de todo esto, otra de las características de la obra de Eric Carle se refiere al formato, al propio objeto-libro, uno en el que se incluyen troqueles, luces que parpadean, sonidos realistas o pestañas descriptivas, que añaden una dimensión adicional al discurso y lo enriquecen directa o indirectamente. Técnicas innovadoras que ahondan en lo manipulativo y que constituyeron un avance para su época.


A pesar de la aparente sencillez de sus libros, una que muchas veces provocaría un encasillamiento dentro de la literatura infantil más comercial, el proceso creativo de un perfeccionista Eric Carle era bastante complejo. Tanto que lo comparaba con el trabajo de su abuelo montando motores de automóviles. Piezas hermosas para los autos Porsche. Estoy haciendo lo mejor que puedo. Mucha gente se compromete, saca un libro de niños. Pero para mí es toda mi vida. Esa es mi vida. Lo tomo muy en serio. Muchos libros para niños son desordenados y ruidosos, arrojan todo al niño, sin pensamiento ni delicadeza.


Le gustaba reflexionar sobre la respuesta que los lectores tenían hacia sus libros. Decía, por ejemplo, que los niños reaccionaban con más fuerza a Papa, por favor, consígueme la luna, un libro que escribió para su hija. Él pensaba que se debía a que en el libro, las páginas se despliegan para dar cabida a una escalera muy larga que el padre de la niña extiende hacia el cielo para conseguirle la luna. Algo que relacionaba con las teorías de Freud y sonreía.


Nada en los libros de Eric Carle fue casual, todo estaba sujeto al estudio pormenorizado, pues como él mismo decía, mientras los autores de literatura para adultos utilizan una idea que puede expresarse con 35 palabras para escribir un libro de 35000, los creadores de libros ilustrados hacen justamente lo contrario: tienen una idea de 35000 palabras y la reducen a 35.


Lean a Eric Carle como se merece, disfruten de su calidez, indaguen dentro de sí mismos y déjense iluminar por, como recuerda el epitafio que escribió para sí, ese pintor de arcoíris que, a la luz de la luna y aferrado a una buena estrella, surca ahora el cielo nocturno.


Zapatos de Eric Carle tras realizar un mural

NOTA: Este artículo se ha elaborado gracias a la información encontrada en diferentes obituarios, como los de las ediciones digitales de The New York Times y The Guardian, entrevistas realizadas al autor en diferentes momentos de su vida como la que se enlaza en el texto, una biografía elaborada por Cuatrogatos, el libro The Art of Eric Carle (1993) y la información contenida en la página web del autor, su blog y del Eric Carle Museum. La mayoría de los libros de Eric Carle citados en negrita en el post se pueden encontrar en español en las editoriales Kókinos y Kalandraka.

viernes, 28 de mayo de 2021

Niños, jóvenes y ocio digital: ¿sí o no?


Móviles de última generación, redes sociales, videojuegos o el mundo del cibersexo están a la orden del día, no sólo entre niños y adolescentes, unos con quienes paso gran parte del día y me tienen al corriente de las novedades, sino entre los adultos.
No se engañen, todos vivimos embobados frente a las pantallas de nuestros smartphones, tablets u ordenadores. Aun así, es curioso cómo se demoniza la tecnología que consumen críos y jóvenes, unos que se presuponen irresponsables y sin autoridad moral para hacerlo. ¿Por qué ellos no pueden usarlos libremente, pero sus padres pueden sumergirse en ellos durante horas sin que pase nada?



Lejos del anacronismo, los prejuicios intergeneracionales, la brecha digital, el analfabetismo tecnológico o el uso delictivo de las TIC, hay una realidad impepinable: gran parte de la población infantil y juvenil de este país (un 71% aproximadamente) utiliza todos los días los dispositivos electrónicos y desarrolla su tiempo de ocio en base a juegos o recursos digitales, cifra/razón más que suficiente para plantearnos un debate serio sobre el presente y el futuro del ocio infanto-juvenil en sociedades como la nuestra, en la que los hábitos han cambiado enormemente durante los últimos veinticinco años.
Preguntas como ¿Es posible la socialización a través de los videojuegos? ¿Desarrollan y potencian el lenguaje verbal las narrativas digitales? ¿Construyen, diversifican y amplían el discurso cultural? ¿Ayudan a la comprensión del mundo? ¿Cualquier producto digital se puede considerar desde el prisma cultural? ¿Sustitutivas o complementarias?



Sobre las primeras no tengo ni la más mínima idea, pues consumo y conozco pocos de estos productos. Creo que es algo que deberían tratar los especialistas en hipertextos y contenidos digitales, o los creadores de apps, interfaces de usuario y juegos interactivos. No obstante y desde mi posición como educador sí me veo capaz de aportar alguna consideración a la última pregunta.
Y es que, teniendo en cuenta el desastre educativo, sobre todo en lo que se refiere a lectura instrumental y comprensión lectora que constato una y otra vez en mis aulas, puedo decir que aquellos alumnos que consumen estos productos de forma masiva no destacan especialmente en expresión verbal, ni escrita ni hablada.
No es de extrañar, pues frente a las pantallas y los joystick, ecosistemas donde el lenguaje gráfico es la clave, tenemos el libro, un espacio donde prima la palabra y que, a pesar del empeño de los gurús culturales, ha visto descender enormemente sus adeptos desde las trincheras infanto-juveniles, más todavía los del ala masculina.



En parte me duele y en parte me preocupa. Me duele porque son dos realidades que no deberían ser excluyentes pero que, sin embargo, lo son a merced de mercados donde interesa más la diversificación de productos que amplíen los foros de consumo, que el enriquecimiento cultural. Me preocupa porque veo cómo la balanza se inclina hacia uno de los lados y supone una pérdida de capital intelectual para las generaciones actuales y venideras.



Aparte de todo esto y avisándoles de que no tengo nada en contra del móvil ni del ordenador, de hecho son dos de mis herramientas de trabajo fundamentales, no sólo para ensalzar la LIJ, sino para mantenerme informado, desarrollar actividades y contenidos, o escribir, sí debo decirles que creo que vivimos absorbidos -y absortos- por todos estos dispositivos, algo que debería, como mínimo, darnos por pensar en lo improductivo que rodea cualquier vicio.
Es así como llegan a las estanterías libros como los que hoy acompañan a esta pequeña reflexión y nos hablan de un modo u otro de la necesidad de dejar el móvil a un lado. Críticos tanto con padres, como con hijos engatusados por todo tipo de pantallas, todos ellos plantean una ruptura con estos aparatos para disfrutar de otra serie de quehaceres que nos estamos perdiendo. 
Lo dicho. A veces, apagar un rato todos sus dispositivos y mírense a los ojos, no sea que se les olvide que de abrazos y miradas también vive el ser humano.


miércoles, 26 de mayo de 2021

¡Fuera complejos!


Mi madre siempre ha dicho que sentir envidia es lo peor que te puede pasar en la vida. Es un sentimiento que te corroe por dentro, te devora, no te deja avanzar ni mucho menos ser feliz. Si te pasas cada día de tu existencia comparándote con quien tienes al lado y deseas que la gente que te rodea no tenga para sí lo que tú anhelas, probablemente sufras muchas desdichas.
Con el paso del tiempo he descubierto que es verdad, y de paso añado a la batidora los complejos, unos que siempre empeoran las cosas. En parte, porque lde los complejos germina la envidia, y en parte porque los complejos te impiden alcanzar los deseos y metas que te planteas.


No voy a decir que un servidor no tenga complejos, pues todos tenemos alguno que otro, pero sí diré que no soy esclavo de ellos. A veces me pican, sobre todo cuando estoy bajo de ánimos o una racha de mala suerte se ceba conmigo, pero procuro mantenerlos a raya. Porque también tengo muchas virtudes de las que echar mano, equilibro la balanza y ensalzo mi persona, esa que discurre entre un yo y sus circunstancias.
Porque no crean que solo son los complejos, sino la caterva de parásitos que, parapetados tras ellos, se dedican a meter baza para sacar provecho a costa de nuestros puntos débiles. No se fíen de melindrosos y aduladores, pues saben cómo pasarnos la mano por el lomo, alimentar el ego herido, adormecer nuestros sentidos y salirse con la suya.


Gordos, bajitos, calvos, pusilánimes, narizones, cojos, feos, canosos o escuálidos. Hay complejos de todos los colores y sabores. Unos duran toda la vida y otros sólo un instante. Lo mejor de todo es cuando te empiezan a dar igual y te dejas llevar. Esto puede suceder por muchas causas: porque sí, porque nos hacemos mayores y queremos aprovechar la libertad que nos queda, o porque algún detonante -la muerte de un ser querido, un divorcio malencarado o las decepciones laborales- nos desgarra. Cualquier cosa puede dar comienzo a esa relación cordial con nuestros complejos


Véase el caso de Olga, la protagonista de El kiosco, uno de los mejores libros-álbum de esta primavera que nos llega de la mano de Libros del Zorro Rojo y que está basado en el cortometraje de animación homónimo que desarrolló hace años la propia autora, Anete Melece, y que ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales (pueden disfrutarlo AQUÍ).
Olga lleva muchísimo tiempo a cargo del kiosco. Periódicos, revistas, pasatiempos, lotería, chucherías, agua e incluso indicaciones para los turistas se pueden encontrar en su kiosco. Lo malo es que ha engordado tanto que ya no puede salir por la pequeña portezuela e irse de vacaciones a la orilla del mar. Un día, por culpa del repartidor de los periódicos y unos pillastres, Olga arranca el kiosco del suelo y empieza a deambular con él a cuestas por la ciudad. ¿Cómo terminará esta aventura?


Con tapa troquelada, guarda delantera peritextual, ilustraciones desenfadadas y coloristas, secuenciaciones dispares y un argumento algo loco, este libro nos sumerge en un universo de complejos y angustiosa comodidad, que además de ser extrapolables a cualquier persona, nos invita a romper con nuestra zona de confort, a asumir lo que somos, y dejarnos llevar por los deseos más profundos y recónditos. Porque a veces no hace falta cambiar nuestro físico o forma de ser, a veces basta con ser conscientes de lo que tenemos y buscar nuevos horizontes que nos permitan expandir nuestra existencia.



martes, 25 de mayo de 2021

Mimetismo laboral


Si hace unos años, décadas más bien, los jefes gustaban de trabajadores inquietos, arriesgados y críticos, parece ser que en los tiempos que corren, la necesidad de rodearse de operarios complacientes, serviles y conformistas es más que manifiesta. Así pasa, que a quien no siga los preceptos del buen esclavo y se rebele: leña al mono. Les incomoda que alguien piense por sí mismo, diga su opinión y se oponga al dictamen del pensamiento único, ciertas injusticias o una decisión equivocada, algo por lo que son desacreditados y ninguneados.


Es por esa razón que últimamente muchos optan por el mimetismo laboral, es decir, desarrollar discursos vacuos e inertes con los compañeros de trabajo, pasar lo más desapercibidos posibles, hacer lo justo y necesario, y, si toca, ejercer de palmeros del cortijero de turno.
Una actitud que se ve más todavía en ambientes laborales donde todos se conocen y respiran ese tufillo “familiar” (observen las connotaciones negativas del vocablo) casi obsceno. Espacios donde los prejuicios y sambenitos corren como la pólvora son lo peor que le puede pasar a todas aquellas personas que NO trabajan como autómatas.


No se equivoquen. Cunde la idea de que debemos reclutar gente especial, con ideas propias, creativa, sin prejuicios y resolutiva, pero la experiencia me dice que cuando muchos la encuentran… ¡Zas! ¡En toda la boca! Simplemente porque se dan cuenta que eso poco tiene que ver con lo aburrido, estéril y políticamente correcto que empapa sus vidas y frustra sus aspiraciones de vulgares caciques.
Les azora enormemente que alguien dude sobre el orden establecido, prefieren que nadie los arrincone contra las cuerdas. No sea que se busquen algún problema, deban responder ante otros más mediocres que ellos, o tengan que demostrar su calidad y valía.
Lo peor de todo es que esos no saben que  hay muchos tipos de mimetismo. Mientras que unos solo quieren salvar su pellejo (y salario) evitando ser el tonto de turno, otros se camuflan entre la muchedumbre con peores intenciones, pues pretenden engañar sus percepciones para que, una vez se acerque el momento, sacar provecho a raudales. ¡Menos mal que la naturaleza es sabia!


Y si siguen sin entenderlo, aquí les dejo con Émilie Vast, una especialista en esto del juego mimético, y su En lo alto, el libro que nos trae esta primavera Océano Travesía para hacer las delicias de quienes gustamos de descubrir camuflados.
Coatí busca frutas en el árbol cuando de repente ocelote cae sobre él por culpa de un accidente. Ambos comienzan las pesquisas para averiguar quién es ha sido el causante de la caída. Suben poco a poco a lo alto del árbol y se topan con otros animales como el ibis o el mono aullador que también creen que hay algo raro ahí arriba. ¿Darán con el culpable?


Una fábula ambientada en plena selva amazónica que además de presentar a un buen puñado de animales propios de aquellos lares, propone un juego de descubrimiento con cierto aire de retahíla, no sin olvidar un particular lenguaje estético donde las formas planas se adecuan a la mirada de los prelectores, algo que también sucede en su Korokoro.
Así que ya saben, si quieren llegar a lo más alto: mimetícense con el entorno.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...