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viernes, 17 de octubre de 2025

Autoestima contra el bullying


Acoso escolar. Regresa la polémica y, lamentablemente, otra vida se pierde. Todos damos buena cuenta de que la sociedad sigue sin funcionar, mientras enteraos de toda condición llenan los telediarios y los programas de actualidad para culpabilizar a este o la otra, alentar al linchamiento público y recetarnos montones de soluciones infalibles.
Como los docentes sabemos por dónde va la hebra, preferimos la cautela, dejar de frivolizar y sopesar las trabas que, desde el ámbito escolar, se nos plantean frente a un suceso de estas características.


Y es que el llamado bullying es un problema muy difícil de acatar por diferentes cuestiones. En primer lugar, abrir un protocolo de acoso supone un trastorno monumental, no solo para los implicados, sino para todo el ecosistema escolar. Entrevistas con acosadores y acosados, sus respectivas familias, compañeros varios, profesorado, mediadores, inspección educativa…
En segundo término, quiero apuntar a la inestabilidad de esa línea sobre la que discurre todo el conflicto. Delgada, elástica y sobre la que se balancean montones de actores y percepciones difícilmente valorables. Se lo digo porque, como tutor, he tenido dos experiencias de este tipo y el conflicto está asegurado. Una guerra en toda regla en la que, en vez de israelitas y gazatíes, están implicados vecinos, amigos o primos.
Por último, decirles que la culpa de todo no siempre la tiene la escuela. Aunque los centros educativos tienen autonomía, conociendo el funcionamiento y la estructura de un instituto, no se crean que es poco haber podido cambiar a las alumnas de grupo. Si cambiar de compañeros, profesores, itinerarios educativos y/o materias optativas son trastornos que muchas familias no están dispuestas afrontar, ni les cuento el traslado a otro centro.


Vamos, que la cosa no es tan fácil como nos la pintan en los medios, ya que son decisiones que están sujetas a montones de personas con criterios e intereses muy dispares. Por eso, yo siempre digo que, aparte de ponerlo en conocimiento del entorno escolar y tomar medidas oportunas e inmediatas, lo mejor en estos casos es alimentar la autoestima de los hijos y enseñarles cómo gestionar sus conflictos para que le den la vuelta a la tortilla. Quizá por eso, me ha gustado mucho el libro de hoy…
Titulado Yo soy Simona, este álbum de Antoine Dole y Magali Le Huche que acaba de publicar la editorial Kókinos, nos cuenta la historia de Simona, una niña de la que sus compañeros de colegio se mofan constantemente en el patio del recreo, ese lugar de libertinaje escolar donde suelen empezar las peleas cuando los profesores de guardia no están revoloteando. La llaman Simona la fea (Merece la pena echarle un ojo al título original y adivinar el guiño que se hace a una de las top models menos agraciadas de la historia) pero ella, extrañada, no entiende las razones que les llevan a pensar eso.


Cuando llega a su casa, se mete en el baño, se pone delante del espejo y es muy feliz con los maravillosos reflejos que ve de sí misma. Simona es una consumada científica, también es la mejor enfermera del hospital, un ninja astuto y veloz, una reconocida astronauta, la aguerrida exploradora que muchos quisieran ser o una domadora de fieras sin parangón. Tiene muy claro quién es y hasta donde llegará.


Con algunas referencias visuales (¿Han visto a Superwoman o los frescos de la Capilla Sixtina), unas cuantas personales (Simonas de toda condición) y mucha imaginación, los autores de este libro le dan una vuelta de tuerca a los dimes y diretes escolares para, con mucha inteligencia, transformar la realidad de la víctima en un universo lleno de orgullo con el que tapar la boca de quienes la insultan y critican, pues en esta vida, todo opinión es subjetiva.


Honesto, sin pretensiones ni demasiadas recetas, esta historia de acoso en la que no intervienen los adultos (N.B.: Se agradece la ausencia de paternalismo literario. ¡Los padres lo llenan todo de mierda!), aparte de apuntar a esos cazurros que siempre se meten con los demás en un alarde de ficticia superioridad (en el fondo no son nadie), regala una sonrisa triunfal a todo aquel que, ignorándolos, se ha hecho más fuerte.

sábado, 20 de enero de 2024

Nombres especiales


Fuensanta, Aurelio, Octavio, Eutiquia, Bienvenida, Desamparados, Cipriano, Procopia o Román son nombres en desuso (solo 344 personas estamos registradas en España con mi nombre). Nombres que, a pesar de contar con una larga tradición en nuestra lengua, cuesta oír en la vida cotidiana actual. Desbancados por nombres anglosajones u otros más cortos o modernos, están cayendo en el olvido por ser largos, potentes, sonoros o tener demasiado significado.
Conozco a más de uno que se ha cambiado el nombre. Acomplejados por las burlas infantiles, preguntas curiosas y males menores, han decidido atajar el problema acudiendo al registro civil. No es mi caso, pues siempre he convenido que de algún modo toca llamarse y me siento muy bien vestido con esa palabra que me asignó mi padre al nacer.


Si bien es cierto que quienes los ostentamos, también los sufrimos, creo que también nos hacen especiales, pues no necesitamos apodos ni motes. Seguimos siendo nosotros mismos aunque de vez en cuando nos los acorten. Todo el mundo nos reconoce y no hacen falta ni apellidos ni presentaciones. Y si no que se lo digan a los habitantes de Huerta del Rey, un pueblo de Burgos con los nombres más extraños del mundo en el que el cartero nunca se confunde de persona
Me encantaría que mi nombre siguiera perpetuándose, pero a falta de ganas, ya estoy yo aquí haciendo lo posible para que no caiga en el olvido (al menos dentro de nuestras fronteras, pues el mío es un nombre muy común en Francia, Centroeuropa, Rusia y las repúblicas exsoviéticas).


Precisamente de este fenómeno nos habla Crisantemo, el álbum de Kevin Henkes que acaba de recuperar para el mercado español la editorial EntreDos. Este librito archiconocido en el mundo anglosajón nos cuenta la historia de una ratoncita tan encantadora, que sus padres deciden propinarle un nombre igualmente encantador: Crisantemo. Ella se siente tremendamente orgullosa de su nombre. De leerlo en las cartas, los regalos navideños y la tarta de cumpleaños. Pero todo cambia cuando empieza el colegio y los compañeros se burlan de su origen floral y lo largo que es.


Con un detalle tan sencillo, el autor norteamericano desarrolla una fábula coral muy interesante sobre el amor propio y el acoso escolar en la que se entremezclan muchos puntos de vista. Niños, padres y maestros se ven envueltos en montones de emociones y pensamientos. Protección, dramatismo, optimismo, vergüenza, superación o ejemplo. Un sinfín de facetas sobre un tema por todos conocido e incluso sufrido.


Sobre los elementos técnicos hablar de un libro que, sin pretensiones y a pesar de los años (más de treinta velas en la tarta), utiliza recursos narrativos del cómic y detalles muy finos (¿Ven ese nombre que se sale de la viñeta? ¿Se han fijado en los títulos de los libros que lee el padre? ¿Las alusiones a Picasso? ¿El vestido de la profesora de música?). Colorista y muy humano, auguro que se van a hinchar de leerlo y regalarlo a niños con nombres especiales.

jueves, 23 de marzo de 2023

¿Ganar, perder o vivir?


Si bien es cierto que mi carácter beligerante viene de serie, también lo es que he ido madurándolo, enriqueciéndolo y acoplándolo a lo largo de los años gracias a muchas vicisitudes. Desde bien pequeño me he topado con situaciones poco agradables. Unas las he esquivado como he podido, y a otras les he tenido que echar un par de narices.
El resultado siempre era el mismo: ni ganaba, ni perdía, sino todo lo contrario. Como bien sabrán ustedes, la vida no es tan fácil como nos la pintan y no todo se resume en el marcador. Entran en juego muchos factores que modelan las circunstancias a su antojo y no hay más tu tía que encontrar la homeostasis.


Desde los medios de comunicación parece que solo existen dos cosas: vencer o caer derrotado. Pero la experiencia nos enseña que las versiones bélicas son inútiles en un mundo lleno de matices.
“Échale un pulso al acoso escolar” o “Hay que golear al cáncer” son algunos de los eslóganes con los que nos bombardean a diario. ¿Para qué? Lo interesante es proveernos de una serie de herramientas que nos ayuden a la subsistencia, esa palabra que muchos quieren desterrar del vocabulario.


Si señores. Yo soy un superviviente porque he aprendido a gestionar el fracaso, uno muy necesario. No he caído en la pataleta, ni en el llanto, ni en la autocompasión, ni en el victimismo. La venganza se la cedo a otros. Canalizo las acciones hacia lo productivo. Me desligo de lo tóxico y dañino. Considero a los que me quieren. Y ensalzo el buen humor pese a todo.
Repito: ni he ganado, ni he perdido. Solo he seguido volando entre los días con mucho alivio. Y así, entre unas cosas y otras, llegamos a Mariposa, el álbum de Marc Majewski que acaba de publicar Ekaré en este principio de primavera y que tan buena acogida está teniendo por parte del público de distintos países.


El argumento es sencillo. Un crío estusiasmado con las mariposas (no me extraña, son increíblemente hermosas), se prepara un par de alas gigantes y se lanza al campo con ellas, cuando de repente, un grupo de chavales echan a perder su particular fiesta. Se enfada con su disfraz y consigo mismo hasta que su padre acude para echarle un cable.
Para mi gusto, esta historia intimista y llena de colorido que algunos han querido incluir en el corpus literario dedicado al bullying o el universo LGTBI, tiene otros niveles de lectura muy interesantes.


Lejos de lo iconográfico (¡Mariposones del mundo, uníos!), este álbum también tiene que ver con la resiliencia y con los deseos infantiles truncados. También me encanta esa comunión con la naturaleza, una vía de autoconocimiento, un acicate para el disfrute y el jolgorio al alcance de cualquiera. No hay que olvidarse de la figura paterna, la representación de la institución familiar que adquiere una dimensión necesaria en la que, lejos de sentimentalismos, empuja a lo necesario y ayuda a crear un nuevo orden.
Bonito, muy bonito. Como las mariposas. Como yo. Que seguimos volando.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Terminando el trimestre con el bullying


En un par de días damos por finalizado un primer trimestre que ha sido bastante movidito en lo que a muchas parcelas vitales se refiere, pero como el aquí firmante se dedica a la llamada educación, dejaré a un lado la política, la cultura o la ciencia para adentrarme en los asuntos turbios y movedizos de mi ámbito laboral (no sea que me tachen de entrometido, que aquí ya se sabe...).


El tema educativo más controvertido de los últimos tiempos en cualquier centro escolar es el del bullying. Mitologías aparte (los que trabajamos en esto sabemos que los bulos están a la orden del día), las puertas de colegios e institutos se han convertido en salas de lo penal en las que se destripan a padres y profesores, a culpables y víctimas, en definitiva a todos los actores de acoso escolar. Las diferentes facciones se significan sin ningún pudor -más todavía cuando hablamos de localidades pequeñas donde todo el mundo se conoce- y la cosa se va de madre en detrimento de aquellos alumnos que sufren insultos y vejaciones de todo tipo, además de complicar todavía más las vías de intervención existentes por parte de los centros y las administraciones competentes. Vamos, que los humanos gustamos de echar mucha leña al fuego y meter mierda por cualquier recoveco sin tener consideraciones para con quienes se ven envueltos en situaciones tan desagradables y que tanto perforan a niños y familias... Así que mi recomendación es que se dejen los chismes y los grupos de guasap (¿Quién los inventaría? ¡Yo no tengo ni uno! ¡Malditas sean esas mesas de camilla virtuales!) e intenten atacar el problema con un mínimo de decoro y sensibilidad.


Hecho este llamamiento traigo a esta palestra dos álbumes ilustrados que me han llamado bastante la atención por sus coincidencias entre sí: Afuera de Mari Kanstad Johnsen (Niño Editor), un título que recibió mención en la ultima Feria de Bologna, y Es tu turno, Adrián de Helena Öberg y Kristin Lindström (Ediciones Ekaré).
Ambas tienen formato de novela gráfica, seguramente por hacer más comprensible unas historias que se dilatan en el espacio y el tiempo. Las dos también son obras realizadas por autores nórdicos, algo que denota cierta preocupación por un problema muy patente en las sociedades occidentales que se traduce en las creaciones culturales como pueden ser en este caso los libros infantiles.


La tercera y más llamativa coincidencia es la de utilizar como hilo conductor un animal (N.B.: Algo que también sucede con un tercero, Jane, el zorro y yo, de Fanny Britt e Isabelle Arsenault, del que ya hablé en este lugar de monstruos). Mientras que en Afuera, el mamífero escogido es el conejo, en Es tu turno, Adrián, las autoras se decantan por un perro. Mientras que en el primero ese conejo es un vehículo directo para que la protagonista sea capaz de integrarse en su entorno, en el segundo, el perro no deja de ser un elemento transformador, una forma indirecta para buscar recursos para hacerle frente a la soledad a través de la imaginación, algo que también tiene su símil en la obra de Arsenault.


En lo que se refiere al estilo de estas obras hay que decir que son bastantes dispares. La obra de Kanstad Johnsen esta elaborada sobre una paleta limitada de colores planos y sin volúmenes (escenas donde prima el azul para recrear la atmósfera marítima nocturna son las mejores), y usa la edición digital. En cambio, las ilustraciones de Kristin Lindström tienen un carácter mucho más artesanal y alternan el uso del color con el del grafito para hacer referencia a los estados anímicos del protagonista.


Por último y aunque puede parecer una cuestión sin mucho peso, quiero hacer referencia a los episodios de silencio que acontecen en ambas narraciones pero que tienen un significado distinto. Largas pausas que en una historia introducen expectación, y en la otra enfrían todavía más la palpable soledad, esa que a veces pesa sobre todo en las aulas o los patios de recreo.


martes, 24 de enero de 2017

Libros incómodos, libros necesarios


Mal empieza la semana cuando resuena por los pasillos la palabra bullying... Esperemos que la cosa no dé mucho de sí, que visto como está el patio, no es de extrañar que se vayan de madre... Para evitar posibles sorpresas y quebraderos de cabeza, ya he preparado sobre la mesa del salón el Juul de Gregie de Maeyer y Koen Vanmechelen, un libro editado en castellano por Lóguez y que ha pasado por diversas reimpresiones desde que se publicara por primera vez en 1996.
Les seré sincero, este álbum y un servidor siempre han tenido una relación con muchos altibajos. Yo no la definiría como de “amor-odio” (sería estúpido decir que no me gusta un libro tan redondo y bien pensado), pero sí albergo ciertas reticencias en lo que a orientación de lectura se refiere (no todos los niños pueden leerlo todo...).


Juul es el típico libro del que nadie quiere hablar. No le gusta ni a madres ni a padres, tampoco a muchos maestros, y los libreros nunca cuentan con ejemplares... Está claro que Juul es un libro incómodo. Termina mal, y eso en Literatura Infantil, parece imperdonable. Tánto, que una vez se me ocurrió contarlo en una de esas escuelas de padres que tan de moda se pusieron hace unos años y al día siguiente ya me estaba parando el cura del pueblo por la calle (Si novelara mi vida como profesor rural, me forraba)... Pero, ¿por qué tanta preocupación por un libro para niños? Más que nada porque, mirando más allá del acoso escolar, podríamos decir que Juul ahonda en cómo la sociedad moldea al individuo, en los procesos que llevan a la rendición del yo ante la presión colectiva, en la mutilación de la identidad a través de la coacción, en la autodestrucción mental y física... Crítica social pura y dura.


Lo que más “molesta” de Juul es su prosa. No hay demasiados rodeos, es directa, clara, concisa, muy visual y, sobre todo, brutalmente sincera. Ese tonillo visceral que utilizó el ya fallecido escritor Gregie de Maeyer (todavía no he logrado captar si es un recurso estilístico o parquedad geográfica) te pone el vello de punta mientras lo lees. Insignificancia, inocencia, crueldad y cinismo en un mismo lote: la condición humana. No sólo agita a aquellos que sufren o han sufrido el acoso escolar en su propio pellejo, un fenómeno que nació con la Escuela, sino a todos los que lo han sentido cercano. También están los que lo han contribuido a silenciarlo (Y si yo hubiera...) y aquellos que lo han llevado a cabo. A pesar de que en él sólo podemos ver a Juul, es un libro bastante coral, sobre todo porque a todos nos atañe.
Menos mal que alguien tuvo la bendita idea de echar mano de la obra de Vanmechelen, el afamado escultor belga, para que, a través de sus esculturas conceptuales en madera, restara cierta crudeza a la historia. Es cierto que son rígidas y angulosas, pero también es una elección más que acertada porque complementan a la narración y la hacen más subjetiva. Le imprimen cierto aire de metáfora visual a pesar de lo explícita que se desarrolla la acción en la secuencia de imágenes.


Juul no es un discurso moralista a pesar de sentarse en el constructivismo que llena Europa de las tendencias pedagógicas a finales del XX. Quizá sea un poco efectista (¿A quién no le cuesta alejarse de las luces de neón?...) y demasiado sincero (Les aviso que podría haberse convertido en un libro acerca del suicidio y se prefirió conservar un soplo de esperanza), pero tengo claro que en él prima la honestidad, y eso, tal y como están las cosas de la LIJ, ya es bastante.
No. No es un libro cómodo. Pero es un libro necesario.