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jueves, 5 de enero de 2023

Un puñado de clásicos ilustrados


De un tiempo a esta parte es bastante frecuente encontrar ediciones de todo tipo de obras clásicas que por una u otra razón son reconocidas dentro del canon literario.
Generalmente esto se debe a la caducidad de los derechos de autor (ya saben, estos prescriben setenta años después de la muerte de quien la escribió), por lo que la obra pasa a ser de dominio público, es decir, puede explotarse de manera libre y gratuita. Aunque hay que tener en cuenta ciertas consideraciones (las traducciones o las adaptaciones de estas obras sí pueden estar sujetas al pago de royalties), es la principal razón por la que muchas editoriales optan por publicarlas de una manera enriquecida para ofrecer al lector una visión más personal y completa de la misma.
Novelas, relatos, cuentos, poemarios y obras de teatro que han trascendido a las modas y siguen vigentes, llenan las librerías. Ediciones ilustradas, comentadas, prologadas y traducidas por Fulano o Mengano hacen más apetecibles la literatura universal y nos amplían la mirada sobre este o aquel autor, aunque también es cierto que hay que tener en cuenta ciertas consideraciones sobre este tipo de libros de los que ya hablé en este post.
Sin más dilación, paso a comentar algunos de los libros de este tipo que han llegado a las librerías este año. Como muchos de ellos son de sobra conocidos, me olvidaré del argumento para centrarme en otro tipo de características que lo realcen como objeto-libro. ¡Allá voy!



Daniel Defoe. Robinson Crusoe. Ilustraciones de Manuel Marsol. Alma. No hace falta que les diga que soy un gran admirador de Marsol, el artista madrileño que nos hace felices a muchos con el uso de la línea y la forma, para mí, sus grandes fuertes. En esta ocasión, además de explotarlas, se sumerge en el mundo de Crusoe desde el punto de vista del naúfrago de tal manera que el lector se puede poner en el lugar del protagonista. No vemos al náufrago, siquiera en alguno de los mapas que se usan como antesala a las diferentes partes de la obra. Contemplamos sus manos como si fueran las nuestras. Señalando, cogiendo caracolas, navegando... Con imágenes a dos tintas (azul y negro), Marsol nos invita a mirar con los ojos de Robinson.




Jakob y Wilhem Grimm. Blancanieves y otros cuentos. Ilustraciones de Minalima. Folioscopio
Margot Suzanne Barbot de Villeneuve. La bella y la bestia. Ilustraciones de Minalima. Folioscopio.
Aunque los textos no tienen nada que ver entre sí, ni en lo que se refiere al género, ni al estilo, he decidido reseñar juntas estas dos obras porque están ilustradas por el estudio Minalima. Encabezado por Miraphora Mina y Eduardo Lima, diseñadores que centran su trabajo en las líneas visibles, las composiciones geométricas y el uso de los colores planos, se ha editado una colección entera de obras muy conocidas. Auténticas y coloristas vidrieras que hacen de cualquier libro una fantasía. Por si eso no fuera bastante se incluyen elementos pop-up que, a modo de juego interactivo y/o elementos tridimensionales, refuerzan la magia de estos dos clásicos de la literatura infantil.




George Orwell. Rebelión en la granja. Ilustraciones de Quentin Gréban. Edelvives. Regresa esta conocida metáfora ilustrada por Quentin Gréban, uno de los ilustradores belgas más reconocidos a nivel internacional que domina la composición de las imágenes y el uso de la acuarela como nadie. Luminosa y cercana (fíjense en unos personajes donde, además de dramatismo, también hay humor), esta versión tiene poco que ver con esa estética lúgubre y gris con la que se suele representar esta alegoría sobre el totalitarismo. Merece la pena revisitarla con otro punto de vista




Louisa May Alcott. Mujercitas. Parte 1. Ilustraciones de Antonio Lorente. Edelvives. Edelvives incluye este clásico de la literatura norteamericana en la colección ilustrada por el almeriense Antonio Lorente, uno de los ilustradores con más éxito en la actualidad gracias a la estética dulce y aniñada que imprime a sus personajes, el brillo de sus ojos y una estética vaporosa que recuerda a la escuela francesa de Dautremer y Lacombe. Composiciones elegantes (el número cuatro favorece la geometría), retratos con mucho carácter, y desplegables a todo color. Esta edición es un regalo.





L. Frank Baum. El maravilloso mago de Oz. Ilustraciones de Iban Barrenetxea. Combel. Gracias a las ilustraciones del ilustrador vasco, la historia de Dorothy y sus compañeros de viaje, recuerda a un antiguo álbum fotográfico en el que, además de incluir estampas descriptivas, recoge las escenas más conocidas de la narración. Tomando ciertos referentes artísticos del realismo y el gótico norteamericano como Andrew Wyeth o Grant Wood, Barrenetxea sigue fiel a su inconfundible estilo (esta vez menos digital) y nos sumerge en un universo donde priman los colores cálidos que recuerdan al mundo rural y unos personajes muy bien caracterizados.




Mary Shelley. El elegido. Ilustraciones de Beatriz Martín Vidal. Avenauta. A partir de un poema que Mary Shelley escribió a su único hijo vivo tras la muerte de su marido y sus otros dos vástagos, se recrea esta edición que echa mano de las ilustraciones de Beatriz Martín Vidal para construir dos narrativas diferentes. Mientras que el poema apela al duelo y el dolor, la historia ilustrada describe la vida de esa mujer y su familia a partir de una metáfora acuática en la que la protagonista finalmente aparece con su hijo superviviente entre los brazos. Al tiempo que acompaña por esa sensación de dolor calmado, ahonda en los lazos familiares que, al fin y al cabo, es el leitmotiv de la obra. Se acompaña de un prólogo, el texto original en inglés, así como de un fragmento de una carta que Mary Shelley envió a Leigh Hunt.





Goethe. El rey de los elfos. Ilustraciones de Borja González. Avenauta. Este poema de Goethe está protagonizado por un jinete que mantiene una conversación con su hijo mientras cabalgan sobre el mismo corcel hacia su hogar. El hijo avisa al padre que el rey de los elfos los acecha en su carrera, hasta que al final, los alcanza. Con prólogo, el original en alemán y una interesante nota del traductor, este corpus central del libro se divide en dos partes, una primera con el texto y una segunda donde solo aparece una secuencia de ilustraciones en blanco y negro que, a modo de álbum sin palabras, relatan la historia.

lunes, 6 de mayo de 2019

Las diversas lecturas de la madre naturaleza



Agradezco sobremanera los días que se están presentando. La luz del sol se abre paso y la primavera florece a un ritmo imparable. El tiempo nos deja aprovechar los días de asueto, algo que nunca está de más. Así me dejo seducir por el campo, uno repleto de brotes, flores, abejas y pájaros. Da gusto pasear por las veredas, entre el sol y la sombra que proyectan olmos y álamos. Encuentro cáscaras de huevo por el suelo, los conejos cruzan una y otra vez los caminos y recuerdo la lectura en la que he invertido mis horas durante los días pasados, el clásico Bambi, una vida en el bosque, del que, además de sentirme cual cervatillo saltarín, he creído apropiado hacerles llegar sus ecos.
Antes de disfrutar con esta obra trágica pero esperanzadora, los bellos pasajes que guardan sus páginas y la melancolía que desprenden las descripciones de esos bosques centroeuropeos, me puse a indagar en la vida de Felix Salten, pseudónimo de Siegmund Salzmann, periodista y escritor austrohúngaro que pergeñó esta historia, y lo cierto es que tras la pequeña investigación me he encontrado con una novela muy distinta, incluso más intensa, así que he creído conveniente ponerles en antecedentes.


Todo empieza en 1869, en Budapest, capital del entonces Imperio Austrohúngaro, dónde nace Salzmann. Pronto su familia emigra a Viena, una ciudad que ha reconocido la ciudadanía completa a los judíos. Es allí donde trabaja y desarrolla su actividad como periodista y crítico, y también se convierte en socio fundador del movimiento "Joven Viena", un grupo de escritores que apuestan por el modernismo, el simbolismo y el impresionismo, y entre los que también se encuentra Stephan Zweig.
A principios del siglo XX ven la luz sus primeras obras impresas. Pequeñas historias, algunas novelas, poemas, biografías, libretos para operetas, y metrajes de cine componen este corpus. De entre ellas destaca Bambi, una obra escrita en 1923, donde se narran las aventuras de un corzo. La novela cala entre el público infantil de la época y rápidamente es traducida al inglés para colmar de éxito a su autor.


De entre las interpretaciones y lecturas que se le han dado a esta obra, destacan dos. La primera es la lanzada por el régimen del Tercer Reich, que ve en ella una alegoría al trato que los judíos reciben por parte de los nazis en aquella época, e incluso ven en este animal  el símbolo de Neftalí (erróneo pues es una cierva y no un corzo), fundador de una de las doce tribus de Israel  y cuyo nombre significa “Mi lucha”. Esto provoca que Hitler lo prohíba junto a otros de sus libros a partir de 1936. Muchos ejemplares de Bambi son quemados y la censura se abre camino una vez más en los regímenes totalitarios (que no los únicos).
Por otra parte, la segunda lectura que para mi gusto también hace mella en esta obra es la realizada por los estudios de Walt Disney en su adaptación al cine de animación (el productor, aprovechándose de la suerte que corre el autor en la Austria nazi, le compra los derechos por la cantidad irrisoria de cinco mil dólares), una en la que, para empezar, el protagonista es un ciervo de Virginia americano. También prescinde de una serie de personajes como Rono, Kaurus, Netla, Gobo, la señora Liebre o el Mochuelo, añade otros secundarios inexistentes en la obra original como la mofeta Flor o Tambor, y empercude el discurso filosófico inicial de Salten, confiriéndole un carácter más vacuo (mucho humor blanco) aunque no se desprenda de la problemática ambiental y ese sentimentalismo tan característico del autor europeo.


Y ahora, mi lectura… Comienzo llamando la atención sobre el nombre del protagonista, uno que deriva de la palabra italiana “bambino” (niño), algo que me hace pensar en que Salzmann quería presentar su personal universo a través de unos ojos infantiles que, aunque inocentes, son vivos y se cuestionan muchas cosas que le rodean, de hecho muchos animales se extrañan de esa extrema curiosidad en un ser tan joven.
Continuo diciendo que Salzmann escribe este libro tras visitar los Alpes suizos e interesarse por el mundo natural que lo rodeaba, de hecho, en esta novela se describen pasajes sobre el comportamiento de muchos animales, así como de las relaciones que se establecen entre ellos en un ecosistema salvaje y equilibrado, por lo que podríamos decir que se asemeja a un cuaderno de naturalista (algunos lo han definido como un manual de cinegética o un folletín para cazadores, algo en lo que estoy bastante en desacuerdo).
Por último y para mí el más importante de los puntos, es la importancia del discurso humanista, el modo en el que el autor habla de la condición humana a través de la voz de esas criaturas, unas que de alguna forma pasan a venerar a estos seres superiores que son capaces de quitarles la vida desde una posición casi divina pero también de perdonársela y cuidar el medio que les rodea.


Aunque algunos reconocen que la película de Disney hizo renacer el espíritu de Salten de las cenizas de unos libros que sólo pretendían reflexionar sobre la condición humana y describir la etología de los animales de los bosques europeos, creo que es una buena idea que durante las tardes que vienen, echen mano del libro original, por ejemplo esta bella y cuidada edición ilustrada por los delicados bordados de Gimena Romero y publicada por Thule, y lo disfruten a la sombra de cualquier árbol, pues bien merece conocerlo en su hábitat natural, como al resto de seres que comparten con nosotros este regalo que es el mundo.

martes, 11 de diciembre de 2018

Mary Shelley, Frankenstein y la ciencia



Hace un par de semanas participé en una experiencia bastante enriquecedora que, tomando como excusa el bicentenario de la publicación de la obra cumbre de Mary W. Shelley, organizó la Amparito. La iniciativa que llevaba por título Cómo conocí a Mary Shelley, consistía en una charla-coloquio en torno a Frankenstein y su autora en la que cada participante hablaría sobre la novela y/o la escritora relacionándolas con  sus propias inquietudes e intereses. En la Casa de la Cultura José Saramago nos encontramos Silvia Fernández, Marina Rey, Carlos López, Amparo Cuenca y el aquí firmante. Y mientras que el feminismo, el cine, la novela gráfica o el contexto creativo fueron las temáticas elegidas por mis compañeros de mesa, un servidor se decantó por la ciencia.
Es por ello que aquí les traigo a modo de acta algunos de los puntos que fui desgranando en aquella charla. Esperando que les guste y dando las gracias a todos los participantes, asistentes y organizadores, empiezo con mi pequeño homenaje científico-literario.



 Apunte inicial…

Cabía esperar que Frankenstein o El moderno Prometeo, considerada la primera novela de ciencia-ficción, un género que ha ido creciendo en estos doscientos años, tuviera referencias al mundo científico, pero lo cierto es que, conforme me adentraba en ella, observé que no sólo el contenido, sino también el contexto y las fuentes de inspiración se podían enmarcar en la ciencia y sus derroteros. Es así como dividí en esos tres niveles las referencias científicas de una de mis novelas favoritas.



Una atmósfera propicia. Geología y climatología.

Algo que debemos tener claro todos los lectores de Mary Shelley es que Frankenstein no hubiera visto la luz si “el año sin verano”, uno cargado de temperaturas gélidas y lluvia, no hubiera acontecido.
Durante el 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, un volcán situado en Sumbawa, en el archipiélago indonesio, entró en erupción arrojando a la atmósfera inmensas nubes de material procedente del interior terrestre. Millones de toneladas de cenizas volcánicas y otras tantas de dióxido de azufre quedaron en suspensión en la atmósfera y dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Este velo de partículas cubrió el planeta y reflejó la luz del sol, enfriando las temperaturas, atmosférica primero y  oceánica después, haciendo que 1816 pasaría a ser uno de los años más fríos conocidos. Las nieves cubrieron buena parte del hemisferio norte hasta bien entrada la primavera y las bajas temperaturas echaron a perder las cosechas. Con este panorama se calcula que más de 90.000 personas murieron como consecuencia directa e indirecta de la erupción de este volcán, una de las más grandes de la historia documentada.
Pero este año sin verano no sólo trajo ruina y miseria, sino que propició un clima adecuado para engendrar a la “criatura” de una Mary Wollstonecraft (en aquel tiempo Godwin) que cruzaba los montes Jura hacia Ginebra bajo "grandes copos de nieve, espesos y veloces". A orillas del lago Lemán, pasó junto a su amante, su hermana y otros dos amigos una estancia gris, lúgubre y plomiza, en la que la mayor parte del tiempo llovió. "Los truenos estallaban de forma aterradora sobre nuestras cabezas", anotó Mary mientras pensaba en su historia de fantasmas.


William Turner. 1817-1820. La erupción del Vesubio.


Infundir una chispa de vida. Dos puntos de partida y una incógnita.

Como cualquier otra novela de ciencia-ficción, su autora se basó en dos descubrimientos en materia científica de la época.
En primer lugar hay que citar los experimentos de Luigi Galvani sobre la naturaleza eléctrica del impulso nervioso y la contracción muscular alrededor de 1780. El fisiólogo y físico italiano, tras descubrir de manera fortuita que al aplicar una pequeña corriente eléctrica a la médula espinal de una rana muerta, se producían grandes contracciones musculares en los miembros de la misma, comenzó a divulgar este hecho en diversas conferencias, animando a reproducir estos experimentos una y otra vez. A ello se uniría Giovanni Aldini, su propio sobrino, cuando en 1803 empleó la electricidad para animar los miembros de George Forster, un criminal ejecutado en Londres, y hacerlo bailar la llamada "danza de las convulsiones tónicas" ante una audiencia horrorizada.
Es así como la “electrogenesis” daría lugar a foros de discusión y controversia en toda Europa y parte de América, de los que no sólo participarían científicos reputados como Alessandro Volta, sino que también se harían extensibles a otros ámbitos, léase el grupo de amigos que pasaron ese frío verano en Villa Diodati hablando de "la naturaleza del principio vital".
Y es que no debemos olvidar que estos cinco amigos pertenecían a círculos sociales de gran riqueza cultural. Tanto es así que Mary Shelley había asistido en 1814, a una conferencia de Andrew Crosse, un estrambótico experimentador que había transformado su propiedad campestre en un gran laboratorio eléctrico, también conocía los trabajos de William Nicholson y Humphry Davy, pioneros de la electricidad en Gran Bretaña y amigos de su padre, y que leía el Elements of Chemical Philosophy del propio Davy, del que integró algunas frases en el discurso del Dr. Waldman, el profesor de Víctor Frankenstein, en su novela.


En segundo término debemos hablar de la “resucitación cardiopulmonar”, una técnica precursora de nuestra reanimación cardiopulmonar que vio la luz a finales del siglo XVIII y con la que Mary W. Shelley estaba familiarizada. Primero, porque antes de que ella naciera, su propia madre, Mary Wollstonecraft, había sido reanimada tras intentar suicidarse arrojándose al Támesis. Y segundo porque uno de los reanimadores más conocidos, el médico escocés James Lind, fue mentor y una gran influencia para Percy Shelley durante sus años escolares en Eton.


Ante estas dos claras influencias en la concepción de Frankenstein, hay que llamar la atención sobre una tercera más controvertida, la figura de Johann Conrad Dippel. A pesar de las enormes coincidencias entre la figura del Dr. Frankenstein y este alquimista alemán de quien se cuenta que robaba cadáveres para reanimarlos con una poción de su invención, que nació precisamente en el castillo de Darmstadt (el de la novela), no se sabe con certeza si Mary se inspiró en su figura ya que, a pesar de estar documentado que ella y Percy visitaron el castillo en 1814, nunca quedó reflejado en su diario de viaje.
Cotejado o no, el caso es que todas estas coincidencias científicas nos revelan como Mary Shelley pensó en una criatura "fabricada, ensamblada y dotada de calor vital".
  



Los pilares científicos del discurso

Llega el turno a las interpretaciones que unos y otros hacemos de la novela y su relación con algunos aspectos de la ciencia. Aunque podemos relacionar Frankenstein con varios temas afines como la medicina regenerativa, los trasplantes de órganos, las patologías psiquiátricas (fíjense en ese Dr. Frankenstein obsesionado y enajenado), la ciencia forense, la tanatología o las patologías deformantes (recuerden el concepto quimérico de los monstruos), me he querido centrar en los tres pilares más obvios y contrastados: el científico y su universo, la ética científica y la exclusión competitiva.
Como cualquier otra obra de ciencia-ficción, esta recoge la figura de un científico que se debate entre lo personal y lo profesional. Víctor Frankenstein es un hombre de extremos cuya obsesión le lleva a una carrera a contrarreloj para alcanzar una gloria que tiene más que ver consigo mismo que con lo filantrópico. No obstante y teniendo en cuenta el panorama de la sociedad científica de la época y las grandes figuras que, como Benjamin Franklin, la abanderaban (de hecho Immanuel Kant le dio el apelativo de “el moderno Prometeo”) se intuye en la obra de Mary Shelley cierto deje hacia el progreso, es decir, el científico deja entrever los fines sociales de su obra buscando un utilitarismo manifiesto en ella a pesar del supuesto tono egocéntrico que prima en su figura. Sin duda es un debate en el que cualquier científico de ayer y hoy se ve inmerso.


Lo mismo sucede con la ética científica. Es así como el Dr. Frankenstein sufre una debacle interior al percatarse de que su toma de decisiones, en este caso científicas, tiene unas consecuencias nefastas e incontrolables, máxime cuando estas se relacionan con la creación de un organismo vivo capaz de sentir y pensar.
A mi juicio quizá sea el punto más interesante de la obra y que puede servir a científicos en ciernes a meditar sobre la causa y efecto de la Ciencia. Son pocas las personas de ciencia que no hayan entrado en el discurso de lo ético cuando se ven envueltas en la dicotomía moral. Véase la figura de Albert Einstein y sus encontradas opiniones sobre la construcción de bomba atómica antes y después de detonarla sobre Japón. Mientras que en un principio era partidario de su desarrollo, su visión cambió de manera rotunda cuando constató las nefastas consecuencias que tuvo sobre otros seres humanos.
En este punto y por hacer un apunte histórico específico relacionado con la bioética más académica, cabe destacar la inclusión de Frankenstein en esa pugna entre el mecanicismo y el vitalismo, dos corrientes que tuvieron profundas consecuencias en el pensamiento científico de la época por sus implicaciones de la definición de la vida y la muerte


Andy Warhol. 1980. Albert Einstein.

Por último debemos apuntar al carácter predictivo de Frankenstein, más concretamente sobre el “principio de exclusión competitiva”, un concepto nacido en 1930 que nos ayuda a entender la biología de las especies invasoras, pues nos habla de la competencia  por los recursos naturales entre especies diferentes que conducen a la extinción de una de ellas.
Esto se relacionaría con la escena en la que la criatura se encuentra con su creador y le solicita una compañera que mitigue su soledad. Además, el monstruo distingue sus necesidades dietéticas de las de los seres humanos y expresa su disposición a habitar en las selvas de América del Sur, sugiriendo exigencias ecológicas diferentes. El doctor Frankenstein accede inicialmente a la petición, dado que los seres humanos tendrían pocas interacciones competitivas con un par de criaturas aisladas, pero se arrepiente de su decisión después de considerar la capacidad de reproducción de las criaturas y la probabilidad de extinción humana



Punto y final

Frankenstein ha cumplido dos siglos, doscientos años de tantas cosas, que sigue siendo una obra imprescindible de la literatura, un espejo del mundo y, sobre todo, en el que contemplar nuestra humanidad.



Bibliografía

Jean Pietro Miscione. 2015. Las ranas de Galvani, la pila de Volta y el sueño del doctor Frankenstein. Hipótesis. Apuntes científicos uniandinos, 18: 54-65.

Mary Shelley. 2017. Frankenstein. Annotated for Scientists, Engineers, and Creators of All Kinds. Edited by David H. Guston, Ed Finn and Jason Scott Robert. Introduction by Charles E. Robinson. Essays by Elizabeth Bear, Cory Doctorow, Heather E. Douglas, Josephine Johnston, Kate MacCord, Jane Maienschein, Anne K. Mellor, Alfred Nordmann. 320 pp. Cambridge: The MIT Press.

Mary Shelley. 2018. Frankenstein. Ilustraciones de Elena Odriozola. Madrid: Nórdica Libros. 261 pp.

Beatriz Villacañas. 2001. De doctores y monstruos: la ciencia como transgresión en Dr. Faustus, Frankestein y Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Asclepio, vol LIII-1: 197-211.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Clásicos ilustrados, ¿acierto o error?


Desde un tiempo a esta parte se ha puesto muy de moda entre las editoriales (no sólo en las del ramo, sino en otras muchas que trabajan la literatura de manera general) el reeditar los clásicos con una visión renovada, no sólo refiriéndose a la traducción, la tipografía y el formato, sino también a la imagen, una que, además del mundo de la ropa, la decoración o los perfumes, también está revolucionando el de los libros.  
La primera vez que pensé acerca de las consideraciones que recojo hoy aquí fue con el Robinson Crusoe que ilustró Ajubel (cuyo trabajo me encanta, he de apuntar) allá por el año 2009 y que fue editado por Media Vaca. Aunque largamente premiado y muchas veces reseñado por críticos y blogueros, esta versión de una de mis novelas de infancia me supo amarga. 
Yo recordaba la historia de Defoe como una mirada llena de grandes descubrimientos y pequeños detalles, pero cuando abrí este libro, algo en mi interior pareció desvanecerse. Nada tenía que ver con mis recuerdos, con las palabras leídas, las imágenes que había construido mi mente eran otras menos coloristas y más realistas, eran diametralmente opuestas. Fue entonces cuando, tras haber loado las bonanzas de la ilustración como inmejorable compañera de viaje de un texto, me dio por pensar que no siempre debía ser así.


Por lo general, una novela (más todavía si es clásica), es arte, literatura, tiene identidad propia. De esta forma la magia de la palabra, penetra en el intelecto para crear una comunión verbal y no verbal en la que intervienen la imaginación y un sinfín de regiones cerebrales más. Cada una de sus lecturas origina un discurso único e intransferible, es decir, cada lector la lee de una forma propia que, la mayor parte de las veces, no se puede extrapolar a otro lector. Entonces, ¿por qué, además de escritor, palabra y lector, hemos de añadir al ilustrador en esta relación?
Si bien es cierto que a las ilustraciones de este tipo de novela se les otorga un valor extrínseco (potencia la venta del producto, lo hace más atractivo y da visibilidad al trabajo de geniales artistas), no hay duda que también lo tienen intrínseco pues ofrecen una nueva perspectiva, enriquecen la mirada y poseen su propio discurso (son otra forma de arte, ¿recuerdan?). Es decir, con un solo producto ofrecemos dos entidades discursivas, dos artefactos culturales que invitan a pensar. Entonces añado otro par de preguntas: ¿Debe existir un vínculo entre texto e ilustraciones en el caso de una novela ilustrada? ¿Se deben leer de manera conjunta?


Para otra consideración sobre este tema, les sugiero echar un ojo a dos ediciones de Moby Dick (Hermann Melville) con diferente tipo de ilustración. Por un lado tenemos la recién editada por Sexto Piso con ilustraciones de Gabriel Pacheco (2014), por otro la editada por Anaya con ilustraciones de Judit Morales y Adrià Gòdia (2003). Aunque las dos son impecables podríamos decir que una es más lúgubre y la otra más luminosa, en una se realza el espíritu aventurero, mientras que en otra el camino tortuoso de la venganza, una es transparente, la otra reflexiva, una muestra y la otra se presta a la interpretación. Seguramente la primera está encaminada al lector juvenil y la segunda al adulto pensador. 
De regalo dos preguntas: ¿Qué sucedería si el adulto leyera la primera y viceversa? ¿Influye el estilo del ilustrador en la impresión final de la lectura?


En el caso de obras clásicas infantiles hay que desviar la mirada hacia la gran pantalla, por ejemplo hacia las adaptaciones animadas de los cuentos clásicos que Disney u otras productoras han llevado y llevarán al celuloide, y de las que tanto hablamos los monstruos en post como este.
Tras visionar estas versiones, el infante, el pequeño lector, no sabe identificar los personajes fuera del contexto del dibujo animado, sino que su subconsciente queda impregnado de numerosas preconcepciones que lo alejan de la obra original, concebida inicialmente para ser leída o escuchada, nunca para ser vista (hay muchos estudios y libros que, como Siete llaves para valorar las historias infantiles hablan de este fenómeno).


Como pequeño experimento les recomiendo comparar varias ediciones de Alicia en el País de las Maravillas. Empiecen leyendo la original (editorial Anaya), sigan con la ilustrada por Arthur Rackham (si no la encuentran, vean algo por internet), la ilustrada por Rebecca Dautremer (editorial Edelvives), la ilustrada por Robert Ingpen (editorial Blume), y terminen con las versiones cinematográficas que Disney o Tim Burton hicieron de este clásico… ¿Es la misma Alicia en todos los casos? ¿Se parece su Alicia a alguna de ellas? ¿Qué tiene su Alicia que no tengan estas?



¿Y por qué no ocurre esto en el Pequeño azul, pequeño amarillo de Lionni, El libro triste de Rosen y Blake o el Pomelo de Badescu y Chaud? Porque sencillamente fueron concebidos como álbumes ilustrados desde los inicios, es decir, el autor o los autores, idearon el producto literario como un todo, de tal manera que, texto e imagen bien engrasados, echaran a correr unidos en pro de un final conjunto: contar una misma historia. 
Por todo ello y en aras de ensalzar el valor que la palabra tiene en una obra literaria que fue creada en lenguaje verbal, yo siempre recomiendo leer el clásico en su versión original y después, cuando hayamos disfrutado de la obra, imaginado sus escenas y construido nuestro propio discurso, explorar el universo de las ediciones ilustradas. De esa manera nuestra experiencia de lectura será única y a la vez múltiple sin sentirnos abocados a otras miradas, subyugados a otras perspectivas, y condicionados por otros discursos. Porque llevándole la contra a la Alicia de Carroll: un libro sin dibujos también sirve para leer.