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lunes, 20 de octubre de 2025

¡Bendita geología!


¡Dichosa geología! ¡Todos los cursos lo mismo! ¿Por qué a nadie le gusta esta ciencia tan útil y lógica? Ya sé que rocas y minerales pueden resultaros de lo más estáticas, pero, al menos, deberíais conocerlas, pues en ellas está la base de nuestra existencia.


La formación de la Vía Láctea, el origen del Sol, la teoría de los planetesimales, la estructura de nuestro planeta, cómo nos ayudan a conocerla los seísmos o el campo magnético terrestre, la dinámica de las capas que la componen la geosfera, los agentes geológicos externos e internos, su intervención en el modelado de la superficie terrestre, el clima y el suelo, los grupos mineralógicos, los tipos de rocas y el ciclo de estas, lo que aconteció en el pasado y los que sucede en el presente…
¿Qué no os parece interesante? Y si no las aplicaciones que tiene todo esto en nuestra vida diaria. Los sistemas de geolocalización, la planificación y edificación de obras públicas y viviendas, las prospecciones mineras, la intervención en las políticas de medio ambiente y planificación del territorio, los materiales de construcción, metales nobles y joyería, la fabricación de vidrio, la extracción de áridos, la prevención de riesgos naturales o el conocimiento del paleoclima son algunas de ellas.


Y mira que muchos intentamos darle alas a esta ciencia tan útil y estratégica, pero nada, tendremos que resignarnos un año más a ver las mismas caras de aburrimiento y desidia mientras Estados Unidos pretende explotar las tierras raras de Ucrania, China impide la independencia del Tibet para controlar el abastecimiento del agua potable, siguen los conflictos entre Perú y Ecuador para hacerse con una zona rica en petróleo o en Liberia y Sierra Leona continúan asesinando a cuenta de la extracción de diamantes.


Yo solo os invito a disfrutar del libro de hoy y darle una oportunidad a una aventura ambientada en el interior terrestre. Pataslargas, que así se llama el último libro de Matthias Picard que acaba de publicar Fulgencio Pimentel en su catálogo, nos cuenta sin demasiadas palabras las correrías de un personaje que, tras llegar a una isla, encuentra una cuerda que sobresale de la superficie del agua. Desciende por ella y se adentra en un pozo que lo lleva hasta las entrañas de la tierra.


Tras las aventuras de Jim Curious (o Curiosón) bajo el océano y en la selva, Matthias Picard nos ofrece una nueva y espléndida aventura tridimensional que, acompañada de las típicas gafas, nos sumerge en un universo subterráneo que, como en sus anteriores trabajos, tiene mucho de la obra de Julio Verne. Esa isla donde habita el volcán Snæfellsjökull, el orificio de entrada a las profundidades terrestres, esos bosques fúngicos, inmensas formaciones cristalinas, el mar subterráneo… Sin duda, este el reflejo del Viaje al centro de la tierra del escritor francés.



Ese intrépido y silencioso monigote bautizado como Pataslargas contrasta con el realismo de los decorados diseñados por el autor para un libro en el que conviven técnicas muy dispares como el dibujo, la fotografía o la cinematografía. Rotulador, esculturas de yeso, instantáneas a diferentes distancias focales y muchas modificaciones dan vida al pequeño gabinete de curiosidades que constituye el escritorio de un niño grande desde una perspectiva lúdica y sorprendente que embelesa a todo tipo de espectadores.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Juegos memorísticos


El currículo de 3º de la ESO se presta a hablar de muchas cosas con los alumnos y realizar montones de actividades curiosas. Con el grupo que tengo este año he decidido desarrollar algunas actividades referidas a la memoria, un tema con el que suelen entusiasmarse. No es para menos, pues la mente es poderosa y nunca deja de sorprendernos, más que nada porque todavía sigue siendo la gran desconocida. Veamos unas cuantas cosas sobre ella…
¿Sabían que muchos recuerdos no se olvidan, sino que permanecen ocultos en esa maraña que forman nuestras neuronas? Existen formas para recuperarlos. Ejercicios, juegos e, incluso, un choque de realidad para que afloren de ese cajón recóndito.


También hay que hablar de la mala memoria. Es inevitable y hay cuestiones o cosas que, por mucho que nos empeñemos, acabamos olvidando. Del mismo modo, nuestro cerebro también modifica los recuerdos conforme pasa el tiempo, ya que solo conservamos lo más relevante. Hace asociaciones de ideas, puede añadir detalles de cosecha propia o modificar ligeramente el orden de los acontecimientos. ¡Menos mal que tenemos agendas, móviles y otros chivatos!
La memoria y las emociones están íntimamente conectadas. Es por ello que recordamos más fácilmente aquello que nos emociona. Así, detalles curiosos que nos estimulan o momentos hermosos de nuestra vida son inolvidables. Del mismo modo, cuando recordamos un momento triste, la mirada se queda sombría, y cuando nos centramos en uno alegre, nuestra cara se ilumina. Esta relación es evidente teniendo en cuenta que unos y otras se hallan en el sistema nervioso.


Otra cuestión que me parece maravillosa es la de que muchos de los recuerdos que conservamos de la infancia no son tales. Es decir, no los hemos experimentado, sino que han sido construidos de manera artificial gracias a los relatos que nuestros hermanos, padres o abuelos nos han ido contando o las fotografías que conservamos de aquellos años. El cerebro mezcla unos y otros a su antojo y ¡voilá! He aquí esos momentos.


Y hablando de recuerdos aquí les traigo Las primaveras de Adrien Parlange, que no contento con dejarnos una joya que reseñé hace días, nos regala este libro tan especial gracias a Fulgencio Pimentel, esa editorial que hace las cosas tan bien.
Todo empieza con un niño recién nacido tendido sobre la arena de la playa. Sus primeros pasos. Una amistad insoldable, el primer amor, los años de estudiante, una boda, un hijo, paseos por el campo… Emotiva pero nada extraordinaria, la historia de una vida como la tuya y la mía a lo largo de 85 años


No obstante, el autor prescinde de los malos momentos, de lo fallido, para centrarse en los más agradables. El amor, la amistad, los nacimientos, las sensaciones intensas, las sorpresas y sobresaltos, en definitiva, los ecos de la felicidad. Una que, casualmente, suceden durante las primaveras, esa estación que da nombre al libro, un periodo del año que se relaciona con el bullir de la vida.
En sus 78 páginas, Parlange, además de hacer un ejercicio memorístico gracias a las ventanas físicas que toman forma dentro del objeto libro y da buena cuenta de los momentos que reaparecen, se quedan o se esfuman, instantes que se superponen desde roles diferentes (hijo, padre o abuelo). El francés se acerca a ese hilo invisible que construye la vida gracias al paso de unas páginas troqueladas que van saltando de año en año.


Por citar otros recursos y técnicas narrativas, llamo la atención sobre la paleta de color de las ilustraciones que se columpia por amarillos, magentas, violetas, malvas y verdes. También serpientes y luciones, fresas que vienen y van, el protagonista como espectador o paisajes mutantes. Nadie puede decir que este universo no pertenezca a Parlange.

martes, 16 de enero de 2024

Ni Sevilla ni el lejano oeste


Llevo casi dieciséis años al frente de este blog que me niego a abandonar por muchas circunstancias.
La primera es que ya son demasiados años soportándome como para salir pitando. Les dejaría huérfanos y sus estanterías quedarían, más que desangeladas, inertes. Tendrían que vagar por los pasillos de las librerías como almas en pena, sin un rumbo selecto ni un Brian al que crucificar (menos mal que hay críos (como yo) a los que echarle la culpa).
La segunda es que soy un disidente entre todos los enteraos de los libros infantiles. Al fin y al cabo yo no vivo de esto y me puedo permitir el lujo de decir lo que me viene en gana. Sobre todo escribiendo, porque si fuera de viva voz y con la poca diplomacia que ostento, más de uno ya me hubiera arreado con la Biblia en la cabeza.


La tercera es que, ante todo, soy coleccionista de libros y agradezco que, a falta de un buen jamón (que ya podrían poner un bote y regalarme uno a cuenta de los servicios prestados gratuitamente), las editoriales me envíen ejemplares con los que poblar hasta el último rincón de mi casa. Nada sienta mejor que ser generoso, gilipollas y disfrutar de la lectura.
La cuarta y última tiene que ver con los sucesores de mi legado. Conozco pocos enteraos que me vayan a la zaga. No veo mucho joven dedicándose a esto de la prescripción lectora. Al menos a mi nivel. Que para inventarse tantas sandeces al cabo de la semana con las que acompañar estas reseñas tan sui generis, hay que tenerlos gordos y bien puestos. No me imagino a ningún chavalito dedicándose a esto, y menos por amor al arte.


Así que, mejor me quedo por aquí. Que mientras sigan leyéndome, no es poco. Al menos saben que sigo vivo y dando por culo sin utilizar adjetivos como chulo, brutal o espectacular (el colmo del analfabetismo cultural). No, queridos, yo no me voy a ir a Sevilla, ni al lejano oeste. No sea que me pase como al sujeto que protagoniza el libro de hoy. Farwest, un álbum de Peter Elliot y Kitty Crowther, acaba de ser publicado en castellano por la editorial Fulgencio Pimentel y aquí estoy yo para chumbárselo. 


En él se cuenta la historia de un joven vaquero que se va de caza bien temprano y, al regresar con la presa en la mano, se encuentra con un tipo a caballo entre el pelele de Goya y un globo de feria que le ha usurpado la silla, las cartas y el conejo capturado. El tipo se pone nervioso y, página a página, el problema va tomando matices y forma. Hasta que...


Con un aire muy surrealista y ambientado (como su propio nombre indica) en el oeste americano, este libro se adentra en territorios extraños en los que conviven el miedo a los desconocidos (por un momento he visto en Kokó a los protagonistas de Funny Games), los juegos infantiles (ese engaño para recobrar la posición dentro del hogar me ha encantado) y la institución familiar (A mi entender, Jeff y Jim son los padres adoptivos de este chavalín).


Rimas bien traídas, una paleta de color llena de contrastes, luces y contraluces a doquier (fíjense en los amaneceres, en el día colándose por puertas y ventanas, en los reflejos de la hoguera), y una caracterización de personajes que se merece una tesis doctoral (Me encantaría charlar con Crowther y propinarle unas cuantas preguntas), hacen este álbum un buen ejemplo de western europeo y/o tributo coral a la cultura vaquera.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Querencia


Reconciliarte con el que fuiste, con el que eres y con el que no serás, es un ejercicio difícil, sobre todo cuando te enfrentas a la pérdida de un ser querido. Cuando tu madre, tu padre o tu hermano se van, dejan un rastro detrás que te arroja preguntas sobre ese lugar al que perteneces, sobre esa patria en la que no ondea ninguna bandera.
Tortuoso, alegre, explosivo, silencioso, doloroso, ilegible... El recorrido junto a ellos ha sido, y, apartando los adjetivos, es lo que verdaderamente cuenta. Momentos de todo tipo se agolpan en la retina y uno construye su idea de cómo ha ido creciendo en base a lo vivido, una retrospectiva que puede sacar sonrisas o lágrimas, pero siempre necesaria.


Unos se regocijan con su camino, mientras otros rehúyen de este todavía más. Todo eso, lo bueno y lo malo, constituye un aprendizaje, el del antes y el después, el del ayer, el hoy y el mañana. Porque al fin y al cabo, el duelo, como constructo, como proceso homeostático, consiste en mirar adentro y afuera, para, repentina o sosegadamente, caer en la cuenta de que esa es nuestra historia, la de todos.


Un ejercicio que ha debido ser muy difícil para Manuel Marsol, teniendo en cuenta que no sólo ha tenido que retrotraerse a recuerdos muy ocultos, sino también imaginarlos, crear un universo propio en el que Astro, el protagonista de su último álbum y quizá su anaranjado alter ego, encuentra el consuelo a la pérdida de su padre, fallecido cuando él contaba once años.


Publicado por Fulgencio Pimentel, su editorial de cabecera, este libro, a veces desbordante, a veces clarividente, nos presenta la visita de un astronauta (de ahí su nombre) a un planeta desconocido en el que, acompañado de una extraña criatura, descubre hermosos rincones y los reflejos de sí mismo.
Viaje iniciático, visita guiada… ¡Qué más da! El autor se adentra en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva paradójica que no solo le permite encauzar la narrativa desde lo personal, sino también establecer un tributo lleno de gratitud y cariño gracias a la distancia temporal.


Luminoso, colorista, sinuoso, quimérico… Como siempre, el autor madrileño sigue bebiendo de la exquisitez compositiva y sus inspiraciones recurrentes. Seres que parecen haber salido de La princesa Mononoke, saltos fabulosos que nos invitan a pasar página, o juegos de perspectivas que desde ti, desde mí, articulan una fábula (in)verosímil cargada de madurez catártica. Montones de pistas que se cuelan en nuestro subconsciente (¿Encuentran ese dado marcado con una equis?) y nos invitan a una aventura poética tachonada de estrellas.


Recreado a partir de las ilustraciones por las que fue seleccionado para la muestra de ilustradores de la Feria de Bolonia en 2014, no se pueden perder esta pequeña obra maestra un tanto inclasificable, pero abiertamente humana.

viernes, 16 de junio de 2023

Razones para vivir


El otro día se me ocurrió hacer una pregunta aparentemente sencilla a través del perfil que los monstruos tenemos en Instragram. “¿Crees que la vida es fácil o difícil?” La gente empezó a participar con sus respuestas, y más de un 70% pensaba que era difícil. Teniendo en cuenta el tipo de seguidores que tiene el perfil (personas blancas, de clase media y con trabajo más o menos estable), quedé bastante sorprendido, pues, aparte de situaciones desagradables que todos sufrimos, la mayor parte de los participantes deberían tener cubiertas las necesidades básicas, unas que, según los parámetros que establecen ciertas organizaciones, ya deben contribuir al bienestar físico.
Esto me llevó a pensar que nuestras sociedades llevan décadas idealizando un bienestar que nunca llega. El (in)conformismo se ha instalado en unos estándares difícilmente alcanzables y esto lleva aparejada una frustración constante sobre lo que la vida debe ofrecer para considerarse óptima. Si a ello unimos que todos vivimos volcados en el futuro y abandonamos el tiempo presente, expectación y frustración se convierten en el tándem perfecto para abandonar este estado espacio-temporal tan lleno de posibilidades.


Redes sociales, desidia y anquilosamiento, desengaños, fracasos laborales y familiares, modelos nada realistas, competitividad extrema, comparaciones odiosas… Todo eso ayuda en esa adjetivación de la vida. Pero sin lugar a dudas, lo peor es no priorizar en la escala de logros vitales y entender que una vida fácil no es una vida al alcance de muy pocos. Y ni eso, porque los de las vidas imposibles también lloran.


Llegados a este punto nos toca hablar de un libro que se esperaba en el panorama del libro-álbum español como agua de mayo. Ana del Lago, un álbum de Kitty Crowther que nunca había sido publicado en castellano y que Fulgencio Pimentel acaba de editar para disfrute de todos los monstruos.
Ana vive en un perpetuo desasosiego. No le gusta su existencia. Un día decide ponerle fin y se lanza al lago con la intención de ahogarse, con la mala suerte de que es rescatada por tres gigantes que le piden ayuda para hacerle frente a una maldición.


El libro, como todos los de la autora anglo-belga, parece una historia sencilla y sin mucho parangón, pero cuando nos ponemos a diseccionar texto e ilustraciones damos con hallazgos la mar de interesantes.
El primero es la representación de un suicidio en un álbum infantil. La escena en que la protagonista se lanza al lago con un peso atado a sus pies es ciertamente sobrecogedora. Sin embargo, la Crowther insufla un halo de esperanza al plantear una segunda oportunidad, un giro en el guion. ¿Es posible recobrar las ganas de vivir? Ahí entran en juego el resto de protagonistas, tres personajes (presten atención a este número) que le plantean un nuevo panorama, un reto del que pueda participar. Termina con lo inesperado: el premio ante el sacrificio.


La descripción de ese cuadro de ansiedad en el que la autora se recrea en la primera parte de la historia es sencillamente soberbio. Cualquiera que sufra este tipo de situación puede verse reflejado en sus palabras. Los pensamientos intrincados que se retuercen sobre los pasajes vitales de la protagonista, plantean un paisaje verdaderamente complejo del planteamiento inicial y ayudan a elevar la tensión ante el episodio más potente de toda la acción.
Como en otros álbumes de Kitty Crowther, la historia bebe de los cuentos clásicos, una narración que se erige sobre funciones básicas del cuento popular como el viaje del héroe, la magia y la recompensa. Se ven muy definidos y ayudan al lector a recrear una historia tan cercana, como fantástica.

lunes, 27 de marzo de 2023

Vampiros que encandilan


Vampiros. Vampiros por todos lados. Voy a tener que ir con una ristra de ajos en el bolsillo y proveerme de buenos crucifijos de plata en el pescuezo para hacerles frente. Hay tanto chupasangres suelto, que da miedo salir a la calle, hablar con los compañeros de trabajo o enamorarte en la barra de un bar.
Llámalo sangre, alegría o cartera. El caso es que, en cuanto te descuidas, te quitan la vida y te conviertes en otro de ellos. Desconfiado, insípido e inerte. Un espejismo desdichado y sin fuste que anhela esa chispa adecuada. No es a lo que aspiro. Que me perdonen los inmortales.


Yo solo quiero vampiros como el pequeño Vampir de Joann Sfar. Publicado en castellano por la editorial Fulgencio Pimentel, esta serie de literatura infantil que tiene su origen en otra serie muy famosa dedicada a los adultos, me tiene encandilado.
Hasta el momento cuenta con dos volúmenes de cómic y una pequeña novela ilustrada. Pequeño Vampir, Pequeño Vampir y Miguel, y La peli de terror son los tres títulos de estas obras que, en dos formatos diferentes, narran las aventuras de este pequeño vampiro, su amigo humano, y Fantomate, una mascota bastante especial.


Todo empieza la noche que Vampir quiere ir a la escuela y conocer a otros niños. Aunque su madre y el resto de los monstruos intentan disuadirlo, allí que va y, ni corto ni perezoso, se pone a hacer los ejercicios de un cuaderno que encuentra en el pupitre. Esta acción desencadena el encuentro entre Miguel, el dueño del cuaderno, y una fauna de ultratumba digna de conocer.


Oscuro y lúgubre, este escenario tan sugerente (ya saben que los vampiros odian la luz del día) es el hogar de personajes clásicos del terror y criaturas fantasmagóricas que pierden su esencia, para aupar con mucho humor blanco las peripecias de un par de niños que, a pesar de tener orígenes diferentes, encuentran en la amistad una forma de enfrentarse a sus dos realidades.


Una tipografía caligráfica que me encanta, viñetas de bordes sinuosos, composiciones imposibles, las mil y una versiones de la noche, esa gran desconocida, un manejo del color impecable y guiones muy dinámicos, son algunas de los puntos a favor de una saga que ha encontrado montones de seguidores en Europa y Norteamérica.


Entrañable, inocente y muy ocurrente, nuestro protagonista, la versión infantil del otro vampiro mucho más enamoradizo, retórico y resignado, tiene ese algo que cautiva. Llámalo atuendo, surrealismo o inocencia, pero me encanta. Acosadores que acaban en la panza de unos monstruos, maestros de kun-fu que viven en los cuadros, sociedades protectoras de perros y hasta una sopa de caca. ¿Acaso no es maravillosa tanta imaginación?


Fuera de todo pronóstico y aunque muchos piensen lo contrario, este vampiro es una de esas joyas que merece la pena conocer. Así que ponga pies y bolsillos a trabajar porque sus hijos se lo agradecerán (más todavía cuando vean la serie de animación que han inspirado estas historias). Y si no lo hacen, muérdanles en la yugular. Se lo merecen. He dicho.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Dualidades



Nos encontramos en una época muy confusa, un tiempo un tanto incierto. Y no porque los gringos y los rusos quieran hacerse con Europa (de eso va la supuesta guerra), ni porque el cacique de turno quiera lanzarnos a la miseria absoluta (no hay lugar a dudas de que a este lo que le prima es el egocentrismo), sino más bien a toda una suerte de circunstancias que no nos dejan ver con claridad en todo lo que respecta a nuestra propia existencia. Me explico…
Nunca antes habíamos sido bombardeados con tal cantidad de información inútil y nunca antes habíamos sido tan ignorantes e infelices. Hoy en día cualquiera tiene fácil acceso a contenidos de todo tipo, pero ¿estamos al loro de lo que verdaderamente importa?


Quizá mi abuela no tenía ni papa de psicología, decoración, viajes, psicología o literatura infantil. Tampoco quién era Rosa Bonheur, ni dónde están las Pequeñas Antillas o qué relación hay entre el ADN y ARN mensajero. Pero sabía lo que le hacía feliz y lo que no, lo que necesitaba para subsistir y cómo comportarse con quiénes la rodeaban. Era analfabeta, pero era una experta en el arte de la vida.
Ahora, todo lo que nos rodea es laxo, ligero y, sobre todo, inconexo. Algo de lo que se aprovecha el poder, los medios de comunicación de masas y las redes sociales para embutirnos un discurso que se aleja mucho de un acervo cultural común. En definitiva, la gente se cree que sabe de todo pero en el fondo no sabe de nada.
De esta ignorancia, de esa falta de base, emergen muchas cuestiones que, a pesar de parecer poco relacionables con esta situación de partida, tienen mucho que ver con ella. El personal tiene un cacao monumental. Confunde churras con merinas a todas horas, viven a caballo entre sus deseos y su realidad, cambian de opinión a cada momento, se frustran a la mínima de cambio, odian a sus seres queridos y aman a sus enemigos. Volubles y desquiciados no se enteran de qué va la película.


Y así nos va. Vivimos en una dualidad en la que no sabemos diferenciar entre parecer y ser, estar y permanecer, o querer y poder. Nos abruma, mina y desorienta. Poco a poco todo se transforma en niebla, una espesura en la que cualquiera se pierde.
Como muestra de esta situación les traigo Una chica tan ligera y una chica tan pesada de Kirim Nam y publicado por Fulgencio Pimentel e Hijos, nos trae una de esas historias. En un formato de lectura vertical muy sugerente (el lomo del libro se encuentra en la parte superior) cuenta la historia de dos mujeres, una muy ligera que vive en la página superior, y otra muy pesada que vive en la página inferior. Cada una tiene su universo personal, dos espacios que coexisten en la línea que divide la doble página.



lunes, 4 de octubre de 2021

Tempus fugit


Con el tiempo uno se vuelve más pausado, no solo porque pierde agilidad, sino porque es más consciente de la fragilidad de su cuerpo.
Con el tiempo nos hacemos menos preguntas. No tiene que ver con una mayor o menor curiosidad, sino con prestar atención a las que verdaderamente interesan. Pero sobre todo, con saber encontrar las respuestas de manera más fácil. ¿Quizá sea esa también la razón por la que, con el tiempo, nos sentimos más soberbios e ignorantes? Respondan ustedes si tienen tiempo, que a mí me basta con escribir esta reseña.


Con el tiempo somos más descarados. La vergüenza es un lastre que nos hace perder más que ganar y preferimos cultivar la naturalidad a complicarnos a base de impostura y mamoneos.
Con el tiempo la pereza nos acecha. En el trabajo, con la escoba, entre sartenes, por las discotecas, durante la lectura, e incluso con las personas... Llámenlo desidia, llámenlo agotamiento, el caso es que ahí está y cada uno la orienta en el aspecto que menos le aporta.
Quien diga que con el tiempo no se ha vuelto más terco, miente como un bellaco. No conozco a nadie que los años le hayan restado tozudez. Cabezotas y obstinados campan a sus anchas.


Con el tiempo la soledad acecha. Unas veces pesa y entristece, otras nos permite alzar el vuelo con una sonrisa. Supervivencia, egoísmo o llamadas de atención. El caso es que todos nacemos y morimos en nuestro propio pellejo.
Con el tiempo aprendemos a valorar el tiempo porque ya nos queda poco y hemos de aprovechar el que se presenta ante nosotros. Es curioso como la referencia de lo vivido acorta los minutos futuros. Todo es subjetivo, incluso el tiempo.


Y así, con el tiempo pasando y leyendo estos pensamientos que se han ido agolpando en mi sesera durante los meses de julio y agosto, aquí les traigo un álbum hermoso, el de Isabel Minhós Martins y Madalena Matoso que no podía llamarse de otra manera que Con el tiempo.
Editado en castellano por Fulgencio Pimentel e Hijos, que así se llama la colección para pequeños y jóvenes lectores de esta casa editorial, este libro reflexiona sobre el correr de los minutos, las horas, los días y los años. Centrados en fenómenos cotidianos y observables (ya saben que el tiempo no es el mismo para la formación de un supercontinente que para un simple mosquito) los lectores van descubriendo las transformaciones que suceden a su alrededor y toman conciencia de su evanescencia.


Con este texto directo y articulado gracias a unas ilustraciones sugerentes y coloristas, el tándem formado por estas portuguesas nos vuelve a regalar un libro delicioso que se balancea entre el álbum de ficción y el informativo para saborearlo detenidamente y encontrar mil y un detalles sobre el paso del tiempo (¿Se han fijado en ese caracol? ¿En la goma de borrar?), un concepto tan abstracto como cercano.
Y tras leer esta reseña, lo único que les pido en este principio de curso es que valoren el tiempo que invierto en mantener este espacio vivo de la misma manera que yo agradezco el tiempo que invierten en leerme.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Mirar hacia ¿delante?


Si hay algo que no me ha sobrado durante los últimos días, ha sido precisamente el tiempo. Tras un par de semanas de exámenes, muchas horas de corrección (sigo odiándolo con todas mis fuerzas… lo mejor de todo es que creo no ser el único…) y unas cuantas tardes pegado al ordenador (ya saben que ahora nos reunimos gracias a la web-cam), por fin doy por concluido el primer asalto del curso.
Aunque podría centrar mi prosa en hablar de los resultados, de lo maravillosos que son mis alumnos, de sus calificaciones y de lo estupendo que soy como docente (si no me lo dice nadie, me lo digo yo, ¡hale!), prefiero obviarlo (¿acaso no he tenido bastante empacho?) y dedicarme a pensar en todo lo que podía haber hecho durante estos meses de fervor coronavírico. 


Me perdí un cincuenta cumpleaños sobre el Támesis, el periplo iniciático que traza el camino desde Roncesvalles hasta Santiago, el correspondiente fin de semana en Brighton (si no hay fuegos artificiales, no es verano), un par de visitas a Málaga y otras tantas a Madrid (que nunca falla). Unas cuantas salidas con mis alumnos (que si los pueblos abandonados, que si las aulas de educación ambiental o las rutas científicas).
 

No todo hubiera consistido en viajar, que también hay cosas por hacer en el hogar, como cambiar las ventanas (mi salón en invierno es pura ventisca) o darle otro aire a la cocina (no se crean que tengo una de esas italianas). Me hubiera gustado pintar un mural en el salón (si no lo hice en el confinamiento, creo que “nunca mais”) o empezar a experimentar con el barro sobre el torno (siempre he tenido esa curiosidad). 


“¡Basta ya de lamentarse!” me digo a mí mismo. “Estamos de acuerdo en que el tiempo perdido no se puede recuperar (sobre todo cuando hablamos de casi un año), pero sí es cierto que, como bien se dice en Un tiempo para todo, el álbum de los siempre precisos y evocadores Christian Demilly y Laurent Moreau y recién editado por Fulgencio Pimentel en su colección infantil, debemos tratar con esmero al futuro, pues el pasado ya es historia.
¿Para qué calentarnos la cabeza con lo que no pudo ser? Es mucho mejor tener proyectos, obviar lo que no fue y comenzar a ordenar la vida y los tiempos, pues quizá los días que vengan nos traerán lo diferente como si de una cura vital se tratase, que para eso llevamos mucho tiempo esperando.
Desde la cautela y una paleta de color brillante, los autores nos lanzan una mirada optimista donde la naturaleza y lo humano fertilizan el ahora familiar, dejando que las metáforas vegetales siembren de vida los momentos idóneos aun cuando todavía no han sucedido.