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miércoles, 13 de mayo de 2026

La difícil convivencia


Con la crisis inmobiliaria que vive este país, cada vez se hace más difícil encontrar un lugar en el que morar. A los guiris que pagan luz solar a precio de caviar y de paso ponen patas arriba los precios de los alojamientos turísticos, se suman oleadas de inmigrantes que, desde Latinoamerica, el África subsahariana, Europa del Este o el Magreb, han sacado de orbita los alquileres en los barrios obreros.
Pero que no se nos olvide que en la ecuación de la vivienda también estamos nosotros, españolitos, pillos y miserables que nos pirramos por cuatro duros, aunque todo eso suponga perder ese patrimonio que es la tierra y encarecernos la vida unos a otros.
Por último, lejos de lo humano y cerca de lo divino, tenemos a los políticos, unos seres del averno que, en vez de resolver los problemas, los complican más todavía gracias a caprichos personales, intereses varios, leyes anacrónicas o tretas surrealistas.


Y así estamos, con más de dos millones de viviendas vacías, montones de pisos patera, viviendas ocupadas, embargos de todo tipo, pérdida del poder adquisitivo de jóvenes y familias y una inflación insostenible para el currito. Todo ello aderezado con la convivencia y sus problemas derivados. Se lo dice un servidor, que hasta hace bien poco ha estado compartiendo piso a lo largo y ancho de la geografía española…
Y es que la vida en común es muy difícil. Hay que tragar lo que no está escrito, tener mano izquierda, ponerse en el lugar del otro y, sobre todo, aprender a callarse. Si no, estalla la bomba de relojería que se ha estado calentando durante semanas y liamos la tercera mundial.


Un buen ejemplo de este tipo de conflictos es Aggie y el fantasma, el nuevo libro de Matthew Forsythe que acaba de publicar la editorial Andana y recoge la historia de Aggie, una chavala que, por fin, encuentra una casa en la que vivir tranquila en mitad del bosque cuidando su jardín. Pero ¡ups! Aparece un fantasma muy cansino que no la deja tranquila ni a sol ni a sombra. Se zampa el queso, le quita los calcetines y aparece sin previo aviso. La propietaria decide establecer una serie de normas para aligerar la convivencia, pero el fantasma se las pasa por el arco del triunfo. Incluyo echan una partida a las tres en raya para que se vaya. ¿Conseguirán vivir en paz y armonía pese a sus diferencias?


La afrenta, el enfado, la impotencia, el agotamiento e incluso la culpabilidad, son emociones y sensaciones que siempre se entremezclan en situaciones como la que recoge este álbum. La voz madura y reflexiva de una lechuza que susurran calma. Jaleos y vítores que piden la guerra desde ambos bandos. Todo parece embrollarse más de la cuenta en un conflicto sin mucha enjundia que es sacado de quicio.


Sobre los aspectos técnicos, decir que, como en otros de sus libros, Forsythe saca mucho partido al difumino, algo que le viene de perlas en esta historia de fantasmas donde la niebla, la noche y las sombras dibujan una atmósfera un tanto lúgubre y tenebrosa. Por otro lado, la divertida caracterización de los personajes insufla un toque desenfadado a la narración. Interiores encantadores que recuerdan a las ambientaciones de Beatrix Potter o Jill Barklem, guiños a los personajes de estudio Ghibli, notas disparatadas que avivan la acción y giros efectistas que provocan la empatía del lector hacia el fantasma hacen de este libro una buena metáfora sobre las chanzas entre compañeros de piso.

martes, 8 de marzo de 2022

Discursos sacados de quicio


Hoy se ve que toca celebrar el día de la mujer y yo no voy a ser menos. Podría hablar de los piropos desde el andamio, del papel que la mujer tiene en el hogar, de las diferencias de salario en el trabajo, o de los llamados micromachismos que habitan en chistes y otras expresiones del día a día, pero no. También podría dedicar la entrada a las mujeres mutiladas sexualmente, a las que se ven obligadas a casarse siendo niñas, o a las que dilapidan por adulterio, pero tampoco. Estaría bien hablar de la llamada violencia machista, de las leyes paritarias o de los permisos de maternidad, pero no.
Hoy me voy a dedicar a contarles lo que me sucedió el otro día hablando de cierto libro con una conocida que se autodefine como feminista, y poner así de relevancia lo chungos que pueden llegar a ser ciertos discursos cuando se utilizan indebidamente.


Me hallaba yo en cierta librería sosteniendo en las manos Mina, un libro de Matthew Forsythe que acaba de publicar Andana en nuestro país. Hice una lectura rápida y, voilá, me encantó. El autor de Poko y su tambor había vuelto a idear una narración llena de luz (la paleta de color de este hombre es espectacular), toques de humor, con cierto espíritu crítico y pone en duda el universo adulto.
Cuenta la historia de Mina, una ratona que gusta de la lectura, cuyo padre, un poco despreocupado y excéntrico se presenta en casa con un ardilla que no lo parece. Mina, aunque desconfía de su padre, accede a que la nueva mascota se quede en casa, lo que tendrá un terrible desenlace.


Le doy con el codo a mi conocida que está muy al tanto de todas las novedades editoriales, le sugiero que le eche un ojo al citado libro y me espeta: “Ese libro es un claro ejemplo de que los problemas de las mujeres se deben al patriarcado” Yo abro los ojos como platos y ella sigue… “Si la protagonista, mejor formada que su padre, lo hubiera mandado lejos, se hubieran librado del susto. Es un reflejo de esas mujeres que viven supeditadas a los hombres y su mirada de superioridad machista”
Perplejo, le contesto que será que soy hombre y rubio, porque yo en ese libro sólo veo una buena dosis de humor, algo de sinsentido y cierta mofa sobre el mundo adulto. “Ay, qué iluso eres, Román, no sabes cómo se las gastan algunos medios culturales al servicio del discurso sexista…” 


Ya, un poco harto, le digo que deje de rizar el rizo. Que si en vez del padre, fuera la madre la que provoca esa situación, diría que el autor trata de ridiculizar a las mujeres. Si la niña ninguneara a la madre, se quejaría de que dónde queda la sororidad. Y si todo fuera muy femenino y de color de rosa, esgrimiría que la editorial hace uso de la discriminación positiva para vender su producto a todas las mujeres sobre la faz de la tierra y enriquecerse a su costa.
Menos mal que la llamó no-sé-quién y salió corriendo, porque estaba dispuesto a enzarzarme en una serie de argumentos sobre lo subversivo, la censura y esos ismos que despojan de sentido a cualquier obra literaria. Es un despropósito que un libro, lo que en principio debería ser un espacio donde lo fantástico campe a sus anchas (más todavía en este, que tiene unos puntitos estupendos), se convierta en un ring propagandístico en el que el acto creativo se ningunee y menosprecie bajo soflamas que solo buscan la división social en vez de la igualdad real.


Sí, hay gente que lo está consiguiendo. Si eso es el feminismo para ellos, cada vez me considero menos feminista. Mientras los demás siguen con su ruido, prefiero hacer caso a Mina y dedicarme a leer, una actividad básica que no pueden disfrutar millones de niñas afganas que tienen prohibido acudir a la escuela por el mero hecho de ser mujeres. ¿Acaso no es suficiente ejemplo? Se ve que no. Tocará recordar aquello de "Existen pocas armas tan poderosas como una niña con un libro en la mano", palabras que pronunció Malala Yousazfai en 2013, una que por ser mujer y declararse feminista, parece inspirar más credibilidad y respeto que un servidor. 



lunes, 11 de mayo de 2020

Mucho ruido y pocas nueces



La crisis del coronavirus va a terminar conociéndose como la del ruido. Y ustedes pensarán “¿Qué dirá este chalao?” Sí, como lo oyen a pesar del silencio que habita las calles y los jardines, existe demasiado ruido en el ambiente, un ruido casi silencioso que no nos deja percibir con claridad lo que de verdad importa, un ruido que distorsiona todas las voces y nos crea un malestar que ya se palpa en la sociedad.
Empezamos con el ruido de las palmas, uno que al principio era bastante amable, pero que, con el paso de los días, empezó a tornarse desagradable, no sólo por aquellos que acompañaban el batir de las palmas con todo tipo de éxitos de pop caduco y demás propagandas, sino porque encontrarle el sentido a dicha manifestación costaba bastante.


Seguimos con el ruido de las redes sociales, unas que parecen ser un campo de batalla en el que la mera excusa de librar tensiones es suficiente justificación para blandir cualquier arma arrojadiza con la que noquear al vecino. La máxima de un tiempo en el que no se mira por el bien común, sino por cada una de las particulares sectas mendicantes que configuran el asqueroso ecosistema de favores de este país de pandereta.
También tenemos el ruido del gobierno, uno donde mentiras y verdades no se disciernen y que, además de sembrar con incertidumbre nuestro presente y futuro, no ha servido de mucho para enfrentarnos a un enemigo minúsculo que ha cercenado muchas vidas y dejando un fantasmagórico escenario donde el miedo y la indiferencia se resignan a partes iguales.
No hay que olvidarse de las grandes potencias mundiales, de sus cuitas e intereses, de su egocentrismo manifiesto, de la inutilidad de sus regazos protectores y de lo inservible de las organizaciones mundiales y los tratados trasatlánticos. Demasiado ruido en los noticiarios y las rotativas. Palabrería que se agolpa para elevar el cariz de incredulidad ante la mayor crisis sanitaria de los últimos cien años.


Con tanto ruido de fondo no he podido evitar traer a este espacio de monstruos que empieza a llenarse de novedades (parece que las librerías han empezado a abrir y las editoriales se van animando) Poko y su tambor, un álbum de Matthew Forsythe publicado en nuestro país por Andana.
Y es que a Poko le han regalado un tambor y lleva de cabeza a sus padres (¡A quién se le ocurre darle a un niño algo con lo que mantenerse activo! Lo suyo hubiese sido que lo hubieran enchufado a la tele para convertirlo en otro zombi… Denoten mi ironía). Todo el santo día está dale que te pego al tambor. Así que lo mandan a la calle para que se vaya con el ruido a otro parte. Sin saber muy bien cómo, Poko se topa con un montón de amigos que se unen al ritmo de su tambor con nuevos instrumentos musicales. Mapaches, pájaros y zorros provistos de banjos, xilófonos y cornetas forman parte de un melodioso pasacalles que llega hasta oídos de sus padres.


De esta forma tan simpática y con una línea que en parte recuerda a las ilustraciones de otros artistas como Jon Klassen, este libro, además de ser una lección para padres e hijos, se torna en una suerte de libro-musical que resuena a través de sus colores vibrantes (me encantan esas tintas medias tan a lo Arnold Lobel y ese uso geométrico del color) y su música silenciosa.
Sólo esperemos que todo ese ruido que llevamos más de dos meses escuchando se transforme, como en esta estupenda fábula, en todo lo positivo que algunos anhelamos, no sólo por el bien común, que es nuestro leitmotiv, sino porque andamos más que hartos de mucho ruido para tan pocas nueces.