Las herencias son un lío monumental. Quizá piensen que soy un tanto exagerado, pero generalmente, cuando toca repartir los bienes de un difunto entre sus herederos, rara vez se hace con generosidad y armonía. Sobre todo cuando hay varios y quien ha muerto no ha hecho testamento (tomen nota porque evita muchos líos innecesarios…).
Mucho (o poco) dinero, un pisito, la casa de campo, joyas y muebles, menaje del hogar, bancales y acciones, unos gemelos o un pañuelo. Cualquier cosa es susceptible de suspicacias entre los herederos. Que si esto se lo regalé yo, que si esto dijo que era para mí en el lecho de muerte, que si yo merezco más por ser el mayor, que no es lo mismo un piso que un solar... En fin, imaginen el percal.
Lo peor de todo es que los bienes materiales, en realidad, son una extensión de cuestiones más personales que beben de la complejidad humana más deleznable. Como si de una guerra civil se tratase, afloran las envidias más ocultas, las comparaciones más odiosas y las rencillas más estúpidas. Cientos de conflictos incomprensibles que van minando la vida hasta constituirse en una forma de absurdo revanchismo.
Por esa razón siempre he preferido la palabra “legado”, un concepto mucho más profundo que también transita lo inmaterial. Pues los objetos guardan momentos y también intenciones. Se entrelazan para contar historias familiares, de amistad o amorosas. También se arraigan a lo social y cultural, abandonan lo personal para desbordarse en lo plural. Y así, se configuran en una suerte de maraña, que va conectando lo humano.
Si piensan como un servidor, no puedo dejar de recomendarles un libro que la editorial Limonero acaba de publicar en nuestro país. Esa cuchara, un álbum de Sandra Siemens y Bea Lozano, nos cuenta la historia de una chiquilla que está empeñada en utilizar la misma cuchara para un sinfín de tareas. Para tomar la sopa, para hacer agujeros en los que sembrar simientes de calabaza o para tocar la canción del ratón llorón golpeando la olla. Lo peor de todo es que su familia siempre le echa reprimendas aduciendo que esa cuchara no es la adecuada para hacer todo eso. ¿Por qué será? ¿Qué misterio hay detrás de ese cubierto tan especial?
Con ese lenguaje directo y sencillo que siempre emana de las voces infantiles, las autoras nos presentan un relato que aborda el significado de la tradición a través de objetos que se van transmitiendo de generación en generación. Cosas cotidianas que pierden su función práctica para ser veneradas y convertirse en verdaderas reliquias.
Si bien es cierto que la narración constituye un ejercicio de extrañamiento (a pesar de la lucidez y perspicacia que demuestra la protagonista, no logra entender todo lo que rodea a esa simple cuchara), hay en ella un empeño en aligerar las cargas del pasado desde una mirada conciliadora hacia el futuro: el universo adulto y el ecosistema infantil serán capaces de entenderse a pesar de los lastres familiares.
Con trazo vigoroso y una paleta de color bastante restringida, las figuras de Bea Lozano aportan mucho empaque a unas escenas donde los detalles realistas y las metáforas visuales (esa cuchara-lupa me ha extasiado) conviven estupendamente. Secuencias (fíjense en la de la sopa o en los retratos familiares), viñetas circulares (omnipresencia adulta, ¡qué coñazo!) y esos contrastes interiores-exteriores hacen el resto.





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