Las vacaciones están a la vuelta de la esquina y hay que ir pensando en planes que llenen las semanas venideras. Como un servidor está harto de sudar, últimamente abandono estas latitudes y me decanto por viajar. Destinos turísticos que se alejen de esas olas de calor que asolan el sudeste peninsular, rutas a orillas del Atlántico (¡Que al Lorenzo no le dé por aquella zona!) o vete-tú-a-saber-dónde, pero el caso es moverse.
Si bien es cierto que hay que meditar el lugar donde invertir el tiempo y el dinero, también hay que tener en cuenta otra cuestión sumamente importante: con quién lo hacemos. Y es que, con el paso de los años, uno se da cuenta de que los compañeros de viaje hay que elegirlos con mucha precisión, pues un pequeño conflicto puede echarte a perder todo lo que has preparado con tanta ilusión.
Que se adapten a la gastronomía del lugar, que colaboren en las pequeñas tareas, que no necesiten una siesta cada cuatro horas, que se presten a conocer nuevas culturas, que no se dejen llevar por el capricho constante, que no exijan más allá de lo que ellos pueden ofrecer, que disfruten de la experiencia y no se pasen las horas retransmitiéndola en las redes sociales, que comuniquen sus preferencias, que les guste la parranda tanto como el sosiego, que gusten de lo urbano y lo rural… ¡Es tan difícil que la gente vibre en mi misma sintonía!
Pero tranquilos, si terminan como el rosario de la aurora con su familia o sus amigos de toda la vida, esbocen una sonrisa y déjense llevar. Dedíquense a lo positivo y aparquen lo negativo, a veces trae cuenta volver a casa con un recuerdo amable que con un sabor agridulce. Eso sí, tomen nota: una y no más. O en su defecto, toca replantearse quién es adecuado para cada plan.
Esa es la línea sobre la que nos invita a reflexionar Gusti en su Es muy fácil viajar con un oso, que acaba de publicar Océano Travesía. El autor argentino afincado en Barcelona nos acerca la historia de un oso que se pira de vacaciones con la familia. ¿Se lo imaginan? Ya se lo cuento yo: el plantígrado es más cansino que mi sobrino. Siempre tiene hambre, siempre quiere ir al baño o siempre está impaciente por llegar. No entiende nada de lo que le dicen los trabajadores del aeropuerto, le encanta jugar con las cintas mecánicas o divertirse con los críos. Entonces ¿viajar con un oso es como viajar con un niño?
Con mucho humor y sumergiéndonos en una historia bastante desconcertante, Gusti desarrolla un discurso complejo que aboga por ese surrealismo que tanto agradecen los monstruos al tiempo que nos plantea una situación que para muchos puede resultar compleja: ¿somos capaces de aceptar los comportamientos ajenos en ciertas circunstancias? Aeropuertos y aviones son lugares con reglas muy marcadas que chocan de frente con algunas naturalezas. Quizá pueden ser incómodas, pero no nos queda otra que convivir con ellas y aceptarlas.
Un álbum lleno de viñetas y bocadillos, secuencias, disyunciones, infografías aeroportuarias, composiciones estudiadas (la escena de la cola interminable es maravillosa) y una óptica muy cinematográfica para sumergirnos en la realidad de muchas familias que viajan con niños con discapacidad y entenderla desde un prisma tan cercano como simpático.




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