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jueves, 12 de diciembre de 2024

Buscando una familia


No sé a cuento de qué, el otro día me topé con un video de la tal Inés Hernand. Estaba muy metida en su papel y contaba a los telespectadores cómo, siendo una niña, se había sentido abandonada por unos padres que siempre estaban ausentes. Se la veía muy resentida con ellos, al mismo tiempo que se enorgullecía de haberles dejado de hablar. Era una actitud un tanto extraña. Había rencor y al mismo tiempo venganza.
Sinceramente, no conozco a sus padres ni cómo se han comportado con ella, pero sí conozco la vida de algunas personas que últimamente exhiben su mismo comportamiento, así que permítanme dudar de ese supuesto maltrato por varias razones.


En primer lugar, como Hernand, muchas de esas personas pertenecen a la clase media y han sido criadas en una cierta abundancia, no solo alimentaria o higiénica, sino también educativa o cultural, algo que revela las atenciones de sus respectivas familias para con ellos. Por muchos errores que hayan cometido, no se les puede culpar de obrar malintencionadamente. Ningún hijo viene con un manual bajo el brazo.
En segundo término, este tipo de individuos se aferran a un perfil victimista a pesar de ser personas bien posicionadas laboral y socialmente. Esto nos deja entrever un cierto cinismo pues, si bien el éxito personal no es directamente proporcional a la felicidad, ayuda a la hora de afrontarla. Parapetarse tras los traumas del pasado es una excusa para no enfrentarse a los retos del futuro.
Por último, cabe hablar de irresponsabilidad. Ser feliz, aunque muchos terapeutas y psicólogos actuales se empeñen en lo contrario, es una cuestión personal y, en gran medida, tiene que ver con la actitud frente a la vida. No podemos hacer responsables a quienes nos rodean de nuestra infelicidad, sobre todo cuando lo único que han hecho es aligerarnos la carga y allanarnos el camino.
Por todo esto, creo que esas ideas no son más que espejismos que han ido adoptando forma gracias a su incapacidad para gestionar percepciones y emociones. Es más fácil buscar culpables, castigar a quienes están cerca y desligarte de tu búsqueda, que crecer, avanzar y atender a los cambios con responsabilidad afectiva.


Y mientras unos se alejan de sus familias, otros se pirran por tener una. Como el protagonista del clásico de Janet y Allan Ahlberg. ¡Adiós, chiquitín! (no sé si recordarán la edición anterior que llevaba por título ¡Adiós, pequeño!) acaba de ser publicado por Babulinka Books, la casa que ya ha recuperado algunos títulos de estos ingleses, y toca reseñarlo.
En este libro nos adentramos en la concienzuda búsqueda de una familia que lleva a cabo un chiquillo. Acompañado de un gato, un osito de peluche y una gallina de juguete, el protagonista se lanza a la aventura para encontrarla. Primero se topa con el abuelo y después con su mamá. ¿Y su padre? ¿Conseguirá uno a medida?


Con este argumento tan sencillo, los autores nos acercan al universo de los hijos abandonados, las familias desestructuradas e incluso a los niños huérfanos y sus procesos adoptivos (el mismo Allan lo fue). Una especie de viaje iniciático (nadie sabe si real o imaginario) donde la magia tiene su protagonismo. Por eso, cualquier interpretación es posible ante una realidad que puede entrañar cuestiones personales (¿Seríamos capaces de vivir solos?) o didácticas (¿Sabrán los lectores quiénes configuran la unidad familiar? ¿Hay muchas familias posibles?).



Del mismo modo, todo se llena de metáforas para aupar la institución familiar, la unidad social básica dentro del reino animal (un día hablaré largo y tendido sobre la biología de la familia y sus bonanzas evolutivas). Incluso, si se fijan en la maleta del protagonista, verán La historia de Babar, el pequeño elefante que también se quedó sin familia hasta que una vieja señora lo adoptó (¡Qué guiño tan tierno!).
Reconocimiento intergeneracional, identidad grupal, cooperación… Podríamos hablar de muchas cosas sobre este libro que, ilustrado de una manera tradicional, nos invita a descubrir a los miembros de esta familia tan peculiar, pero yo prefiero dejarles con su lectura para que indaguen en la suya.

miércoles, 24 de enero de 2024

Pasión por los saurios


Siempre me ha dejado alucinado el hecho de que muchos de mis alumnos sean incapaces de aprender la tabla de multiplicar, confundan la b con la v, o no sepan dónde está Badajoz, pero sin embargo lo sepan todo sobre el Triceratops horridus o el Tyrannosaurus rex.
Su tamaño, su dieta, características corporales, su área de distribución, la época a la que se adscriben y otro montón de curiosidades. No se les pasa ni un detalle, de los que yo, como profesor de biología, no tengo ni idea. Resulta sorprendente que puedan almacenar una cantidad de datos inimaginable sobre estos seres extintos. Pero ¿de dónde viene esa pasión por los grandes saurios? ¿A qué se debe que los niños estén tan interesados en estos animales arcaicos?


Muchos niños tienen lo que los especialistas llaman intereses intensos. Generalmente es un interés desmedido, casi obsesivo, por temas u objetos que combinan curiosidad y pasión, como los vehículos a motor o los dinosaurios. Una combinación entre curiosidad, pasión y avaricia, que suele ocurrir a edades tempranas y mucho más en el género masculino (¿Se podría ligar esto a la preferencia de los hombres por la literatura de no ficción?).
Tanto es así, que los padres identifican este tipo de comportamientos rápidamente porque los nenes preguntan, se informan y abren la boca cada vez que se topan con el fetiche. Se comportan como cazadores y solo basta que aparezca su presa para acudir raudos y veloces.
Y lo mejor de todo es que no es un caso aislado. Se calcula que un tercio de los niños entre 11 meses y 6 años presenta este tipo de comportamiento. Se cree que tiene relación con el conocimiento del mundo que les rodea, un hecho cognitivo que se acelera al tiempo que explora la delgada línea que separa la realidad de la fantasía.
¿Esto es malo? Estudios recientes indican que no, que este tipo de intereses ayuda a desarrollar otras cualidades dentro del lenguaje, habilidades complejas sobre el procesamiento de la información, la atención o la concentración. Lo peor de todo es que solo un 20% de los chavales que presentan este interés, lo mantiene a lo largo del tiempo por diferentes motivos (una pena…).


Y para todos esos niños que se pirran por los grandes reptiles, hoy les traigo a Soñar con dinosaurios, un libro de Allan Ahlberg y André Amstutz que se ha publicado esta temporada. Recuperado de los anaqueles por la editorial Kalandraka, esta primera secuela de ¡Que risa de huesos! (recuerden que esta serie tiene un montón de títulos) se adentra en el universo de los sueños.
Los protagonistas se van a la cama y se ponen a dormir y, entre edredón y almohada, se encuentran soñando con los esqueletos de unos cuantos dinosaurios con las más estrambóticas aficiones. Pero todo se pone patas arriba por el choque de unos sueños muy reales y terminan huyendo de un dinosaurio muy especial.


Juegos verbales, rimas, canciones, e incluso un puzzle, se entremezclan en una historia colorista con mucho humor blanco sobre fondo negro donde Diplodocus e ictiosaurios van pululando por los sueños universales de nuestros protagonistas.  El que mejor parado sale es el esqueleto perruno, ¿adivinan por qué?

viernes, 5 de febrero de 2021

De policías y vidas vacías


Me contaba el otro día una amiga que en Inglaterra, hasta bien entrado enero no existía la dictadura de las mascarillas, y que incluso hoy día puedes ver gente paseando tranquilamente sin ella por las calles. Contaba también que la policía seguía rechazando la idea de multar a los viandantes, pues consideraban que es una opción igualmente válida, contemplada entre las libertades amparadas por la constitución británica. En el caso de encontrarse con alguien que no la porte, se acercan y te informan de la conveniencia de utilizarla quedando bajo tu responsabilidad la elección, pues a ellos no les pagaban por ser los “babysitter” del ciudadano.


Si comparamos la situación con la de nuestro país, uno en el que el ciudadano está acostumbrado a las dictaduras y al paternalismo de estado (todo por nuestro bien, nos dicen… ¡Qué buenos son!), y la cosa cambia mucho, pues las fuerzas de seguridad del estado no se plantean estas cuestiones, es más, están encantados con abusar del poder que les ha sido otorgado. Como a los médicos de atención primaria ni se les ve ni se les oye, han tenido que nombrar nuevos expertos en salud pública. Una fantasía.
Se ve que a los españoles nos ha parecido poco eso de aguantar a policías locales, ertzainas, mozos de escuadra, nacionales y guardias civiles, y se ha abierto la veda para que muchos donnadies obtengan la placa. Han echado mano de la gorra de plato que lucieron en la primera comunión, de tazos que han colgado a modo de medallas y no han parado de leernos la cartilla durante los últimos meses.


No les debe extrañar que cada régimen tenga sus redes policiales. Y si pasan desapercibidos, mejor que mejor. Vestidos de paisano deambulan por las calles, en chándal y un par de chihuahuas de la mano, luciendo moldeador y gafas de sol, miran de reojo, espían a los vecinos, a sus comadres. No se les escapa detalle… de la vida de otros, por supuesto, pues ellos tienen poco donde rascar. Y desde que el bicho llegó, menos. Tristes vidas. Tristes, tristes.
Lo dicho, que yo me quedo con los “bobbies”, que además de vestir con más elegancia, tienen valentía para cazar a los cacos. Como el sargento Simeón de Policías y ladrones o Bill, el ladrón, dos clásicos de Jane y Allan Ahlberg que han sido recientemente rescatados del baúl de los recuerdos por la editorial Babulinka Books en un formato parecido al que usó Altea allá por 1978.


La banda de Dany el Pupila está planeando robar los regalos de Navidad mientras los niños duermen. Scotland Yard está al tanto pero da igual, los cacos se cuelan en las casas y se hacen con los juguetes. Simeón va tras la Abuelita Feroche para recuperarlos pero ¡zas!, los otros cinco caen sobre él y no puede escapar. ¿Qué sucederá? ¿Logrará deshacerse de ellos y salvar la Nochebuena?


Ilustraciones coloristas llenas de detalles (me ha encantado ver el interior de cuartel general de la policía londinense o el mapa estratégico para capturar a los pillastres), secuencias de viñetas que recuerdan al cómic, un texto rimado muy agradecido y un pequeño apéndice explicativo final, hacen las delicias de los lectores mientras dejan volar su imaginación.


En la segunda, Bill, el ladrón protagonista, se introduce sigilosamente en una casa durante la noche y, cuando está terminando de desvalijarla, se encuentra una maleta con un niño dentro. Ni corto ni perezoso, se lo lleva a casa y aprende a cuidarlo. El niño es muy juguetón y se entienden a las mil maravillas. Pero un día, otro ladrón entrará en casa de Bill para robar y, cuando el niño se pone a llorar, Bill descubre por sorpresa que el ladrón en cuestión no es, ni más ni menos que ¡la madre de la criatura!


Con un humor muy blanco y un final feliz, esta historia que se complementa con la anterior, nos vuelve a sumergir en la época dorada del álbum ilustrado anglosajón.
Ilustraciones llenas de detalles (fíjense y descubrirán montones de cosas, sobre todo si conocen un poco la cultura inglesa y esa afición por llenar todas las casas de objetos inverosímiles), un lenguaje muy cercano y giros inesperados, hacen de este relato de intriga, una buena opción para plantear cuestiones sobre la paternidad, las madres solteras o la propiedad privada.


Una historia con mucha acción y un héroe posmoderno, que invita a releer otros libros como El cartero simpático o ¡Qué risa de huesos!, con los que los amantes de los álbumes deben contar en su colección.


martes, 20 de noviembre de 2018

¡Qué risa, María Luisa!



Llevo unos días riéndome sin cesar, y la verdad es que se agradece sobremanera. Tonterías de todo tipo, también banalidades, e incluso asuntos de supuesta importancia han sido el detonante de carcajadas y mofas junto a la Juli, la Inma, el Pacote y el Darwin (en calidad de "guest star"). Siempre hay lugar para un poco de humor sobre todo si no es dañino y todos convienen en que la mejor de las maneras de sobrevivir al paso del tiempo es curvar la línea de los labios hacia arriba (que bastantes son las veces que lo orientamos hacia abajo).


No quiero decir que debamos sacar chiste a todo (sobre todo si la sensibilidad de la gente que nos rodea nos condiciona), pero sí utilizar la risa y la ironía para restarle importancia a todo aquello que objetivamente no la tiene. Que si un compañero de trabajo se pone tonto, que si los amigos de turno se ponen como una cuba y te dan la noche, que si la cola del  “Baila cariño” va camino de las dos horas, que si el albañil se va a almorzar y no vuelve al tajo… Nada, hay que ver la parte positiva de todas estas situaciones e intentar quitarles hierro. Que si no, nos encendemos y no pueden extinguir el fuego ni los bomberos de la calle San Bernardo.


Y si no encuentran motivos para darle a las maracas, les recomiendo que cojan un libro como el de hoy y encuentren cierta inspiración. Y es que un servidor es muy fan de los Ahlberg. Aunque Janet y Allan tienen un buen puñado de libros superventas en el mundo anglosajón, desde la desaparición de algunas casas editoriales que dominaron el mercado durante los años ochenta y noventa, he echado en falta libros muy apreciados por los niños, debido sobre todo a unas ilustraciones de corte clásico y un talante simpático y distentido. Es por ello que hay que darle las gracias a Kalandraka por rescatar este ¡Qué risa de huesos!, un libro con cierta vis paródica que nos presenta las andanzas de unos esqueletos que cantan y bailan mientras el resto de sus vecinos (mortales, claro está) descansan. Con rimas, disparates y algún susto, el lector se lo puede pasar en grande acompañando a estas osamentas en sus andanzas nocturnas.
Háganme caso y ríanse, que no hay mal que por bien no venga.


martes, 6 de mayo de 2008

Cartas y carteros en la Literatura Infantil


Escribir de buena mañana es una sensación bastante placentera, pero lo que no me explico todavía es cómo el encéfalo se encuentra despejado para estas ocurrencias después de un colapso a base de vino de cartón…
Hablando de escribir, hace tiempo que no escribo carta alguna. Creo que la última se remonta al pasado abril. Recuerdo la sensación de la tinta sobre el papel, de cómo me las ingeniaba para ahorrar sobres, de los errores manuscritos, de su sabor tangible, real, de esa emoción al recibir la correspondencia… Todo está extinto. Todo empezó con el telegrama, siguió con el teléfono, el e-mail y el WhatsApp. No es de extrañar que el mundo avance, que las nuevas tecnologías suplan a las antiguas y que la pérdida del romanticismo sea otra de las muchas consecuencias de este mundo loco, fugaz.


NOTA: Fíjese, amigo lector, si mi mente está activa, que acabo de tener una idea pasmosa… Mañana, a no más tardar, mis queridos pupilos deberán escribir una carta al científico que deseen, de tal forma que, en ella, deben incluir, de manera indirecta, datos biográficos de éste y algunos de sus descubrimientos y/o investigaciones. Perfecto: otra actividad más. Lástima que estas contribuciones no se contemplen en el salario.


Tan importantes han sido las cartas en la cultura, que me vienen a la mente un montón de libros que tratan de cartas y carteros. He aquí todos lo que conozco para que ustedes le saquen rentabilidad y puedan hablarles a los niños que hace no mucho, en vez de estar todo el día con el móvil, nos enviábamos misivas utilizando sellos y sobres.
Empiezo con uno de mis favoritos. Los versos del Papelitos de María Cristina Ramos y Claudia Regnazzi (Fondo de Cultura Económica) hablan de cómo vuelan los mensajes de un lado a otro de la clase mientras el maestro explica qué es una carta. Una hermosa paradoja que comienza así:

El maestro quería
una carta explicar:
cómo armar su escritura,
qué pensar, qué anotar.
Pues la carta –decía-
tiene un efecto tal
que hace que los lejanos
se vuelvan a juntar.

Otro gran ejemplo de lenguaje epistolar lo encontramos en la obra de Lygia Bojunga Nunes (imprescindible), concretamente en su relato El bistec y las palomitas incluido en su recopilación de relatos Adiós donde la denuncia social y la amistad se encuentran gracias a la gastronomía. Por desgracia está descatalogado, así que hagan uso de sus impuestos y diríjanse a una biblioteca.


También encontramos cartas en un buen puñado de libros que tienen como protagonistas a destinatarios muy especiales. Papá Noel, los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez son personajes de la cultura popular a quienes los niños suelen enviar cartas. En la actualidad son el último bastión del correo físico ya montones de críos aprenden cómo escribir una carta o qué es un buzón de correos gracias a ellos. 


J. R. R. Tolkien. Cartas a Papá Noel. Minotauro.



Yukiko Tanno y Mako Taruishi. La carta de Papa Noel. Corimbo.


Elvira Lindo. Olivia y la carta a los reyes magos. Ilustraciones de Emilio Urberuaga. SM.


Antonia Rodenas. Cartas a Ratón Pérez. Ilustraciones de Carme Solé Vendrell. Anaya.



Emma Yarlett. Una carta para Papá Noel. Edelvives. 

¿Se acuerdan de aquellas secciones que había en periódicos y revistas para entablar relaciones por correo? Seguramente si las vieran los niños de hoy se extrañarían, pero lo cierto es que fueron las precursoras de las actuales redes sociales y apps de contactos, prueba de que el hombre es el ser comunicativo por excelencia (NOTA: Por cierto, en esta selección hay un libro basado en aquellas secciones de "amigos por carta"). 
Esa es la razón por la que las cartas son protagonistas en muchos libros que nos hablan de amores y amistades, la mejor de las excusas para coger papel y boli y dedicarle unas bonitas  palabras a esas personas. Seguro que se te ocurren las palabras idóneas, y si no, siempre puedes probar una y otra vez hasta que las encuentren. Aquí siguen cuatro historias que bien merecen atención (hay otras muchas que he ido añadiendo a lo largo del post, pero he tenido que elegir estas para ilustrar esta consideración).


Martin Baltscheit. El león que no sabía escribir. Lóguez.


Megumi Iwasa y Jun Tanabatake. Jirafa africana. FCE.





Toon Tellegen. Cartas de todos para todos. Ilustraciones de Jessica Ahlberg. Noguer.



Toon Tellegen y Axel Scheffler. Cartas de la ardilla a la hormiga. Blackie Books.


También hay libros en las que las cartas son una vía para fortalecer los lazos sociales (o romperlos). En unos libros es el cartero quien las escribe para poner algo de orden en el vecindario, otras esconden historias muy personales, y en otros, las palomas se permiten la licencia de repartirlas entre quienes van al parque. Una idea hermosa sobre la que seguramente descansan otros libros.


Philippe Lechermeier y Delphine Perret. Cartas escritas con plumas y pelos. Pípala.



Susanna Isern y Daniel Montero Galán. Cartas en el bosque. Cuento de Luz.



NiñoCactus y Celilia Varela. Las palomas del parque. Libre Albedrío.


Son muchos los autores que se han dedicado al género epistolar, tanto dentro de la literatura Infantil, como fuera de ella. Libros enteros donde podemos leer cartas enteras que nos transportan a lugares jamás vistos e historias que no podríamos imaginar. 
El género epistolar nos envuelve por completo en la acción ya que, por un lado utiliza el lenguaje directo (el autor parece hablarnos) y por otro, eso de inmiscuirse en la correspondencia ajena tiene un puntito excitante que no deja indiferente (saltarse las prohibiciones a base de voyeurismo). 
Ensayos, biografías o como marco espacio-temporal de una novela, las cartas tienen su hueco en el universo de la ficción y la no ficción infantil desde que el género alcanzara su cumbre en el siglo XVIII. 
Cabe destacar que en los últimos tiempos, este género ha continuado pero con formato de correo electrónico, que sigue siendo lo mismo pero exento de ese romanticismo que tiene la supuesta tangibilidad. Obras como Pomelo y Limón de Begoña Oro dan prueba de ello.


Rudyard Kipling y Mauro Evangelista. Carta a un hijo. Edelvives.



Christine Nöstlinger. Querida Susi, querido Paul. Iustraciones de Julia Bereciartu. SM.



Leo Meter. Cartas a Bárbara. Lóguez.



Anna Sakowicz. Cartas al señor A. Ilustraciones de Ewa Beniak-Haremska. Thule.



María Inés Falconi. Cartas para Julia. Loqueleo-Santillana.



Bram Stoker. Drácula. Anaya.



Mary W. Shelley. Frankenstein o El moderno Prometeo. Ilustraciones de Elena Odriozola. Nórdica.



Begoña Oro. Pomelo y Limón. SM.


Llegamos a la sección estrella de esta selección en la que hablaré de la ingente cantidad de páginas que se han dedicado al oficio de cartero y otros mensajeros en la Literatura Infantil. No se deben extrañar pues es una profesión que da mucho juego. Conocen gente de todo tipo, realizan una labor social, son los perfectos intermediarios, portadores de buenas (y malas) noticias y tiene mucho encanto (más todavía si son amables y simpáticos, que hay algunos por ahiiií...). 
Anécdotas llenas de humor, líos de todo tipo y alguna que otra víctima llenan estos libros sobre la vida de unos personajes que gustan mucho a los pequeños lectores.



Ruth Villar y Arnal Ballester. Don Queharé. La Galera.



Antonis Papatheodoulou e Iris Samartzi. Una última carta. Kalandraka.




Lilith Moscon y Francesco Chiacchio. Un regalo para Nino. A buen paso.



Jutta Bauer. El mensajero del rey. Lóguez.



Kate Hindley. Marcelo, el cartero. Edelvives.



Marianne Dubuc. La ruta del ratón cartero. Juventud



Tor Freeman. Otto el perro cartero. Blackie Books.



Michael Escoffier y Matthieu Maudet. Hola, cartero. Océano Travesía.



Caracolino y Canizales. Carteras y carteros. NubeOcho



Mercedes Pérez Sabbi y Renata Gallio. Las dentaduras de Paco Palma. OQO



Alfredo Gómez Cerdá. El cartero que se convirtió en carta. Ilustraciones de Emilio Urberuaga. Edelvives.



Guillaume Perreault. El cartero del espacio. Juventud



Ruth Brown. El viejo árbol. Juventud.


Susana Peix y Sara Sánchez. El cartero que no sabía leer. Triqueta.


Si lo piensan bien hay montones de historias que comienzan con una carta. Perdidas, importantes, estúpidas, llenas de sentimientos, informativas o informales. Las cartas son interruptores narrativos de primera magnitud en torno a los cuales se desarrolla cualquier tipo de acción. Conspiraciones de poder, embrollos familiares, denuncia social, misterios sin resolver, enfrentarse a la timidez, el cuidado del medio ambiente, y mucha magia y fantasía. Prueba de ello aquí tienen un buen montón de historias donde pueden sumergirse.


Julia Donaldson y Axel Scheffler. Las tres cartas de oso. Juventud.



Philip C. Stead y Matthew Cordell. Entrega especial. Océano Travesía.



Roser Rimbau y Rocio Araya. La carta. TakaTuka.



Txabi Arnal Gil y Julio Antonio Blasco. La ladrona de sellos. Edelvives.



Jacques Goldstyn. El prisionero sin fronteras. Picarona.



Michael Morpurgo y Jim Field. La carta del abuelo. Andana.



Cat Min. Tímida Willow. Pijama Books.



Dawn McNiff y Patricia Metola. Cartas desde mi cielo. SM.



Magali Attiogbé. La carta. Un viaje extraordinario. mtm



Sergio Lairla y Ana G. Lartitegui. La carta de la señora González. A buen paso.



Alex Cousseau y Éva Offredo. Murdo. Una investigación disparatada. Librooks.



Meritxell Martí y Rocío Bonilla. El consultorio de la señora Ánser. Flamboyant.



Irene Verdú y Verónica Aranda. Una carta. Algar.



Vicente Muñoz Puelles. Óscar y el león de correos. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Anaya.



Beatriz Osés. Los escribidores de cartas. Ilustraciones de Kike Ibáñez. SM.



Daniel Hernández Chambers. La chica que coleccionaba sellos y el chico que esperaba un tren. Ilustraciones de Xavier Bonet. Anaya.



Ana María Machado. De carta en carta. Ilustraciones de Juan Ramón Alonso y Natascha Rosenberg. Loqueleo-Santillana.



John Bellairs. La carta, la bruja y el anillo. Alfaguara. (De la serie La casa del reloj en la pared).



Marcos Sánchez Calveiro. El cartero de Bagdag. Edelvives.



Andreu Martín y Jaume Ribera. El cartero siempre llama mil veces. Anaya.



Amaia Cía Abascal. Nada o qué tienen en común un mago y un aprendiz de cartero. Edelvives.



Tonke Dragt. Carta al rey. Siruela.


Manuela Santoni. La carta perdida en el tiempo. Libre Albedrío.


Cuando hablamos de cartas en el universo del libro-álbum tenemos que referirnos irremediablemente a la carta como objeto. Y es que unir en un mismo formato eso de pasar las páginas con abrir un sobre para descubrir lo que hay dentro, tiene mucho encanto.
Todo lo que tenga que ver con la manipulación tiene mucho sentido en el objeto-libro algo de lo que ya he hablado en muchas ocasiones con el libro pop-upel libro-juego, los peritextos o los libros de artista, es por ello que cuando nos encontramos con libros como El cartero simpático o unas cartas especiales de Janet y Allan Ahlberg que aúna ambos espacios narrativos -libro-álbum y carta- quedamos gratamente sorprendidos gracias a un discurso emergente que brilla en multitud de facetas. Metaliteratura, juego de descubrimiento, literatura epistolar, humor implícito y explícito, reinterpretación actual de los clásicos... Los textos multimodales son así y hay que valorarlos como merecen. 
Otros libros a los que quiero apuntar aquí son aquellos cuyo formato bebe de las colecciones de tarjetas postales y que además sirven como galería de arte de ilustradores que articulan su discurso en base a una línea narrativa que puede ser continua o fragmentada. Una poética textual y narrativa que en cierto modo recuerda al arte postal (en inglés"mail art") que tanto se cultivó durante los siglos XIX y XX, gracias a los movimientos vanguardistas y contemporáneos.


Janet y Allan Ahlberg. El cartero simpático o unas cartas especiales. Baobab.



Filippa Widlund. Cartas desde el país de las Maravillas. Tutifruti. (Basado en la obra de Lewis Carroll e ilustraciones de Sir John Tenniel).



Emma Yarlett. El correo del dragón/. Edelvives.



Jacques Prévert. Carta de las Islas Baladar. Faktoría K de libros.



Giusi Quarenghi y Anna Castagnoli. Postales para un año. A buen paso.



Alejandra Correa. Si tuviera que escribirte. Libros de las malas compañías.


Para finalizar también hay que hablar de aquellos álbumes que utilizan como línea argumental mensajes que van de mano en mano, una cadena de destinatarios que alarga la vida de las cartas, crea confusiones y juega a las adivinanzas desde una perspectiva detectivesca. Aquí un ejemplo estupendo en formato acordeón y totalmente desplegable.


Pilar Serrano Burgos y Daniel Montero Galán. La nota. Kalandraka.


Y con este selección, me despido hasta la próxima con un cómic que me encanta, que no podía faltar en una selección como esta y que todos deberíamos regalar a nuestros carteros, profesionales a los que desde aquí enviamos un saludo por su labor.