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lunes, 24 de marzo de 2025

Jardines primaverales


Recién entrados en la primavera, toca hablar de jardines. Lo siento, pero es un tema muy recurrente en esta época del año. Los parques se llenan de plantas y bichos de todo tipo. La vida rebosa por cualquier resquicio y da gusto deambular por los paseos, disfrutar del aroma de las flores, tomar el sol recostado en un banco o leer bajo la sombra de los árboles.
Para mí, los parques son espacios muy especiales, no solo porque representan las naturaleza perdida y recuperada por el hombre, sino porque abordan el sentido agreste de la existencia a través de una óptica mucho más ordenada y pensada.


Desde la Revolución industrial, el gris de la ciudad se volvió omnipresente a nuestro alrededor. Con tanto cemento y ladrillo, empezaron a tomar forma los parques y jardines públicos, espacios en los que las clases bajas y menestrales podían disfrutar de un recreo, hasta entonces propio de la burguesía y aristocracia.
El jardín constituye una especie de refugio ante esa disidencia natural que emerge gracias a la Modernidad. Naturalismo y romanticismo recuperan esa fascinación por lo agreste e incitan a desarrollar lugares que, desde una perspectiva humana servían a nuestros intereses.
Si se preguntan qué es lo que nos mueve a crear un jardín, hoy les traigo dos álbumes con los que ilustrarles.


El primero es El jardín del vecino siempre es más verde, un libro de Gala Pont publicado este otoño por Blackie Books. Nos cuenta la historia de Simona y el erizo. Los dos son muy felices en su jardín. Les encanta descubrir cosas sobre los seres vivos que viven allí, celebran ágapes con todo quisqui, juegan a montones de cosas y disfrutan de la siesta. De vez en cuando, mientras Simona duerme, el erizo va a dar un paseo. Un día, curiosa, Simona sigue sus pasos y descubre nuevos y diferentes jardines. Exuberantes, elegantes o muy ordenados. No tenían nada que ver con el suyo. Son mucho mejores. Muerta de envidia y enrabietada hasta la médula, lo destruye por completo. ¿Y ahora, qué? ¿Dónde desarrollará todas esas actividades que tan feliz la hacían?


Aunque este álbum puede venderse como un “libro para…”, tengo mis dudas al respecto, pues si bien es cierto que la protagonista sufre un ataque de celos, también es muy interesante el discurso que se genera en torno a la belleza, pues es esa concepción y no otra, la que sirve como detonante de un diálogo bastante complejo y se aleja de las típicas situaciones de esos emocionarios reduccionistas que se publican últimamente para “aprender a gestionar” nuestras reacciones.


Además de unas ilustraciones realizadas en acuarela ¿digital? muy agradables, me gusta la idea del anexo final a modo de herbario en el que encontrar e identificar las plantas que aparecen en las ilustraciones del libro, al mismo tiempo que anima al lector a incluir su propia colección vegetal y participar del medio natural.


El segundo es El jardín venenoso de Millie Flor, un álbum de Christy Madin y publicado por Edelvives el pasado otoño que nos presenta un jardín muy especial. Su protagonista, Millie Flor, es una niña enamorada de las plantas un tanto especiales. Se acaba de mudar con su madre a Valle Jardín y su mayor ilusión es plantar un nuevo jardín. Se pone manos a la obra y empieza a sembrar bocas de dragón, tanaceto tentáculos, margarita quejica o la planta araña son plantas cuya belleza solo entiende ella. Da miedo a un vecindario bastante paleto y conservador que prefiere los jardines monótonos. Pero un día, todo empieza a cambiar…


Con una estética un tanto macabra que recuerda a la Miércoles de la familia Adams, el libro se acerca a los conceptos de diversidad y aceptación social desde una perspectiva botánica (¡Pero no crean que existen estos vegetales! ¡La mayoría son una invención!). Con pinceladas de humor blanco e inocencia infantil, he aquí una fábula moderna que apuesta por el individualismo y nos aleja de la uniformidad más sofocante.


Lo más curioso de este libro es que está inspirado en un jardín diferente. Concretamente en el llamado Poison Garden de la localidad inglesa de Alnwick, en el noreste de Inglaterra, un jardín creado por Jane Percy, la duquesa de Northumberland, en el castillo de su propiedad. Durante la rehabilitación que se hizo en 1997 de este jardín fundado por en el siglo XVIII, decidió hacerlo diferente del resto de jardines decorativos que abundan en el país e incluir en él más de 100 plantas tóxicas, intoxicantes y narcóticas que, como reza el cartel de su entrada “pueden matar”.


jueves, 5 de enero de 2023

Un puñado de clásicos ilustrados


De un tiempo a esta parte es bastante frecuente encontrar ediciones de todo tipo de obras clásicas que por una u otra razón son reconocidas dentro del canon literario.
Generalmente esto se debe a la caducidad de los derechos de autor (ya saben, estos prescriben setenta años después de la muerte de quien la escribió), por lo que la obra pasa a ser de dominio público, es decir, puede explotarse de manera libre y gratuita. Aunque hay que tener en cuenta ciertas consideraciones (las traducciones o las adaptaciones de estas obras sí pueden estar sujetas al pago de royalties), es la principal razón por la que muchas editoriales optan por publicarlas de una manera enriquecida para ofrecer al lector una visión más personal y completa de la misma.
Novelas, relatos, cuentos, poemarios y obras de teatro que han trascendido a las modas y siguen vigentes, llenan las librerías. Ediciones ilustradas, comentadas, prologadas y traducidas por Fulano o Mengano hacen más apetecibles la literatura universal y nos amplían la mirada sobre este o aquel autor, aunque también es cierto que hay que tener en cuenta ciertas consideraciones sobre este tipo de libros de los que ya hablé en este post.
Sin más dilación, paso a comentar algunos de los libros de este tipo que han llegado a las librerías este año. Como muchos de ellos son de sobra conocidos, me olvidaré del argumento para centrarme en otro tipo de características que lo realcen como objeto-libro. ¡Allá voy!



Daniel Defoe. Robinson Crusoe. Ilustraciones de Manuel Marsol. Alma. No hace falta que les diga que soy un gran admirador de Marsol, el artista madrileño que nos hace felices a muchos con el uso de la línea y la forma, para mí, sus grandes fuertes. En esta ocasión, además de explotarlas, se sumerge en el mundo de Crusoe desde el punto de vista del naúfrago de tal manera que el lector se puede poner en el lugar del protagonista. No vemos al náufrago, siquiera en alguno de los mapas que se usan como antesala a las diferentes partes de la obra. Contemplamos sus manos como si fueran las nuestras. Señalando, cogiendo caracolas, navegando... Con imágenes a dos tintas (azul y negro), Marsol nos invita a mirar con los ojos de Robinson.




Jakob y Wilhem Grimm. Blancanieves y otros cuentos. Ilustraciones de Minalima. Folioscopio
Margot Suzanne Barbot de Villeneuve. La bella y la bestia. Ilustraciones de Minalima. Folioscopio.
Aunque los textos no tienen nada que ver entre sí, ni en lo que se refiere al género, ni al estilo, he decidido reseñar juntas estas dos obras porque están ilustradas por el estudio Minalima. Encabezado por Miraphora Mina y Eduardo Lima, diseñadores que centran su trabajo en las líneas visibles, las composiciones geométricas y el uso de los colores planos, se ha editado una colección entera de obras muy conocidas. Auténticas y coloristas vidrieras que hacen de cualquier libro una fantasía. Por si eso no fuera bastante se incluyen elementos pop-up que, a modo de juego interactivo y/o elementos tridimensionales, refuerzan la magia de estos dos clásicos de la literatura infantil.




George Orwell. Rebelión en la granja. Ilustraciones de Quentin Gréban. Edelvives. Regresa esta conocida metáfora ilustrada por Quentin Gréban, uno de los ilustradores belgas más reconocidos a nivel internacional que domina la composición de las imágenes y el uso de la acuarela como nadie. Luminosa y cercana (fíjense en unos personajes donde, además de dramatismo, también hay humor), esta versión tiene poco que ver con esa estética lúgubre y gris con la que se suele representar esta alegoría sobre el totalitarismo. Merece la pena revisitarla con otro punto de vista




Louisa May Alcott. Mujercitas. Parte 1. Ilustraciones de Antonio Lorente. Edelvives. Edelvives incluye este clásico de la literatura norteamericana en la colección ilustrada por el almeriense Antonio Lorente, uno de los ilustradores con más éxito en la actualidad gracias a la estética dulce y aniñada que imprime a sus personajes, el brillo de sus ojos y una estética vaporosa que recuerda a la escuela francesa de Dautremer y Lacombe. Composiciones elegantes (el número cuatro favorece la geometría), retratos con mucho carácter, y desplegables a todo color. Esta edición es un regalo.





L. Frank Baum. El maravilloso mago de Oz. Ilustraciones de Iban Barrenetxea. Combel. Gracias a las ilustraciones del ilustrador vasco, la historia de Dorothy y sus compañeros de viaje, recuerda a un antiguo álbum fotográfico en el que, además de incluir estampas descriptivas, recoge las escenas más conocidas de la narración. Tomando ciertos referentes artísticos del realismo y el gótico norteamericano como Andrew Wyeth o Grant Wood, Barrenetxea sigue fiel a su inconfundible estilo (esta vez menos digital) y nos sumerge en un universo donde priman los colores cálidos que recuerdan al mundo rural y unos personajes muy bien caracterizados.




Mary Shelley. El elegido. Ilustraciones de Beatriz Martín Vidal. Avenauta. A partir de un poema que Mary Shelley escribió a su único hijo vivo tras la muerte de su marido y sus otros dos vástagos, se recrea esta edición que echa mano de las ilustraciones de Beatriz Martín Vidal para construir dos narrativas diferentes. Mientras que el poema apela al duelo y el dolor, la historia ilustrada describe la vida de esa mujer y su familia a partir de una metáfora acuática en la que la protagonista finalmente aparece con su hijo superviviente entre los brazos. Al tiempo que acompaña por esa sensación de dolor calmado, ahonda en los lazos familiares que, al fin y al cabo, es el leitmotiv de la obra. Se acompaña de un prólogo, el texto original en inglés, así como de un fragmento de una carta que Mary Shelley envió a Leigh Hunt.





Goethe. El rey de los elfos. Ilustraciones de Borja González. Avenauta. Este poema de Goethe está protagonizado por un jinete que mantiene una conversación con su hijo mientras cabalgan sobre el mismo corcel hacia su hogar. El hijo avisa al padre que el rey de los elfos los acecha en su carrera, hasta que al final, los alcanza. Con prólogo, el original en alemán y una interesante nota del traductor, este corpus central del libro se divide en dos partes, una primera con el texto y una segunda donde solo aparece una secuencia de ilustraciones en blanco y negro que, a modo de álbum sin palabras, relatan la historia.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Ocultarse fuera para no mirar adentro


Yo creía que estaba como una cabra pero empiezo a sospechar que me hallo entre esa minoría de cuerdos que intentan cambiar el mundo, algo que no va a ser posible teniendo en cuenta el resentimiento que llena la atmósfera circundante. Traumas no superados, heridas abiertas, tontunas enquistadas, dimes y diretes… No sé si es que este mundo va a pegar un trueno o empezamos a acusar un aburrimiento pandémico extremo (cosa que no entiendo… hasta donde yo sé todavía hay muchos teoremas por resolver, muchos libros por escribir y muchas vidas que mejorar).


Personajes anónimos de toda condición toman nota de una Rociito metida a Magdalena y maltratada (con dos millones en el bolsillo, ¡bien podrá!) y se declaran víctimas oficiales sin razones que les amparen. Desde el tercermundismo televisivo y la conmiseración en las redes sociales, padres fallidos, hijos malqueridos, cónyuges despechados, abuelas desatendidas y nietos ninguneados se lanzan al revanchismo a fuerza de palmeros. Claman venganza de opresores varios y exigen las atenciones que nunca tuvieron.


No es que yo me dedique a la justicia, que para eso están los tribunales, pero siempre he pensado que para airear las miserias hay espacios y espacios, y si eliges el menos apropiado, te pones en evidencia ipso facto. Puede que ustedes no lo vean (algunos de mis amigos han perdido el norte con tanta terapia de andar por casa y psicólogo aficionado), pero cualquiera puede considerarse damnificado en un universo auspiciado por el estado y un "mass media" que hace las veces de verdugo familiar.


Dejen de golpes de pecho -¡Viva el barroquismo español!-, de contar(se) lo buenas personas que son, lo competentes y entregados que se consideran: gente excelente donde la haya. ¿Que nunca han cometido un error? ¿Que siempre han sido correctos y humanamente comprometidos? Pues permítanme decirles que se han olvidado de los demás y sólo llegan a mirarse el ombligo. Dialogar no es practicar constantemente el y-tú-más. Aventando sus mierdas no se construye ese mundo nuevo que los mesías pandémicos se han apresurado en anunciar.


Lo primero es nuestra propia amnistía. Mirarse al espejo, saber quiénes somos, qué queremos. Buscarse y luego encontrarse. Luego vienen los demás, pero uno mismo siempre va antes. Que cada uno elija la forma. Los hay que escriben un diario, otros buscan un retrato y los menos lo hacen hurgando en su fantasía. Algo que sucede con Hannah, la protagonista de El escondite, un álbum de Susanna Mattiangelli y Felicita Sala (Edelvives) que pasó un tanto desapercibido por las librerías durante el año pasado.


Con bastantes reminiscencias al Donde viven los monstruos de Sendak, las autoras exploran los mundos creados de una niña que decide vivir en un lugar real, el parque donde suele jugar como una salvaje durante las tardes y en el que un día encuentra un escondite mientras atraviesa la maleza. Ahí descubre a la Extraña Criatura Peluda, un compañero de viaje que le hará ver los inconvenientes de vivir apartada del resto de sus iguales, centrada en sus miedos y en unas alas que no le sirven para volar…
Con unas coloristas y siempre bien pensadas ilustraciones de Felicita Sala, esta historia con sorpresa final es más que adecuada para personas con ego henchido y dificultad de autocrítica, que al fin y al cabo, son lastres muy habituales en el ser humano.

sábado, 2 de enero de 2021

Crónica de una nochevieja sin fuste


Bendita nochevieja esta. La de los allegados y los pequeños núcleos familiares (Gracias, querido virus, por aclararnos quiénes importan). La nochevieja de las amas de casa (por una vez no han llegado a las uvas fregando como negras). Y también la de Ana Obregón, que a pesar de un vestido horrendo y un discurso patético, triunfó en cuestión de telespectadores por el “mero hecho” de haber perdido un hijo. Y si de paso la televisión pública podía aprovechar la coyuntura y el sentimentalismo barato para su propaganda más asquerosa, mejor que mejor (Y dejemos de lado a la pobre Pedroche, que luego me la critican y no me quiero enzarzar en otro debate sobre feminismo). 


Tras escuchar las campanadas con mi bióloga favorita y sin poder vislumbrar tan siquiera una esquinica de la bandera de España proyectada sobre la fachada de la Real Casa de Correos (cositas y detalles), le di un beso enorme a mis padres (porque puedo) y me fui a felicitarle el 2021 a todo el vecindario, que para eso están las calles y el ebrio entusiasmo (una noche es una noche, que ya nos tratamos con mucho desprecio y desdén el resto del año). 


Una vez en mi hogar, me puse cómodo e hice algo de tiempo, que no pareciese una derrota eso de encamarse pasadas las doce (ya saben: lo llaman optimismo cuando quieren decir puro orgullo coronavírico). Otra copa de vino y a bacinear en el Instagram, que la “felicidad” ajena, además de mesurable e impostada, también aporta claridad. “Stories” por aquí, postureo por allí, alguna lágrima, mucha coreografía y nada nuevo bajo la luna menguante. Se terminó la terapia de choque. 


Me meto en el sobre y me sobreviene la inspiración divina. ¿Y si todo esto fuera un complot para que otros se diviertan mientras nosotros sufrimos el rigor pandémico? Quién sabe… Duendes, hadas, elfos de los bosques. Trolls, goblins o gremlins. Todo es posible durante una noche en la que nadie deambula entre farolas y coches. ¿Se imaginan que mientras nosotros dormíamos, ellos disfrutaban de los festejos invernales? 


Si no se hacen a la idea, aquí estoy yo para ilustrarles con La feria de medianoche, un álbum maravilloso de Gideon Sterer y Mariachiara di Giorgio, editado en nuestro país por Edelvives. Con tan sólo cuatro palabras, las del título, los autores cuentan cómo una feria ambulante llega a la ciudad y se instala en el claro de un bosque cercano. Una vez están todas las atracciones listas empieza a llegar el público. Algodones de azúcar y palomitas, tiovivos y montañas rusas, hacen las delicias de pequeños y grandes. Hasta ahí, todo sucede con normalidad, pero cuando se acerca la hora de cierre y el vigilante echa la llave a la verja, todo cambia. 


Si son lo bastante perspicaces, habrán averiguado qué sucede, y si no, deben acudir a la librería más cercana y hacerse con este libro sin palabras que, con ilustraciones de colores luminosos y planos cinematográficos, una secuenciación muy estudiada y recursos propios del cómic (y que Di Giorgio ya nos presenta en Profesión Cocodrilo, otro trabajo sobresaliente), desborda la imaginación del lector con multitud de detalles. 
Háganme caso: léanlo y fantaseen, que al menos vivamos otras vidas durante este comienzo de año.

martes, 15 de diciembre de 2020

Tres de mascotas


Cada vez que meto la oreja en las conversaciones que mantienen muchos de los padres que me rodean, me sale urticaria. No porque sean unos ñoños o estén aburguesados (que también), sino porque creo que con tanto postureo están perdiendo el juicio, que es lo que a fin de cuentas nos habilita para la supervivencia. 
Lo último que se les ha ocurrido como tema de debate entre los columpios del parque es la conveniencia de tener mascotas. Y yo me enciendo, claro, pues no teniendo bastante con aguantarlos a ellos, he de soportar sus disquisiciones mientras los seres vivos que habitan los hogares (in)humanos las pasan canutas a tenor de sus caprichos infames (no se equivoquen: los nenes quieren, pero ellos consienten). 


Y yo, cierro la boca (es a lo que me están enseñando el coronavirus, mi madre y la dictadura de lo apropiado) y rememoro esas charlas matutinas con gente que era más de campo que los ababoles, unos que, a pesar de sentir admiración por las diferentes formas de vida que se retorcían por sus casas, incluidas plantas y arañas, eran conscientes de su egoísmo. 


Lo siento, pero la condescendencia a modo de celofán me repatea. Más todavía cuando la idea que cunde entre los interlocutores es la de erigirse en salvadores, los mismos que abominan de los parques zoológicos, de las macrogranjas o de la industria peletera, tienen bien jodidas a sus mascotas, pues no es cuestión de camas mullidas, piensos de primera o trajecitos invernales, sino de dignidad. 
Que sí, que los tendrán bien cuidados (¡Qué menos!), pero la privación de libertad ya es bastante castigo (si no se han enterado les remito a los últimos nueve meses) para que, además, me cuenten ridiculeces tituladas “Animales de compañía para niños felices”, “Adopta un perro y cambia su vida” o “Siempre en compañía”. 


No me vengan con rollos, justificaciones absurdas y otras necedades. Cómprense una cobaya, el periquito de turno, el perro, el gato y hasta un hámster. Hagan lo que quieran pero sin mandangas. Lo que hacéis, lo que hacen, es igual de reprobable que lo que sucede con los toros o los conejos de laboratorio: utilizarlos. Y el que no lo vea, arreando que es gerundio. 
Esperando que esta navidad no sea la de los caprichos zoológicos, les invito a leer tres álbumes que, además de arrancarme muchas risas (incluso carcajadas) son bastante críticos con esto de las mascotas. 


Marrón, de Mar Ferrero (Edelvives) ahonda en una historia cotidiana, la de las mascotas cuyos cuidados nos desbordan. Haciendo uso de una metáfora basada en el tamaño (Marrón no para de crecer), aborda las consecuencias de tener un perro, sobre todo en lo que respecta al cambio de los modus vivendi familiares que derivan del cariño hacia un perro que se erige como eje esclavizador de las cuatro personas que viven con él. Con cercanía, sentido crítico y mucho humor (el final me chifla), la autora hace un ejercicio notable. 


El segundo título es Quiero un perro de Jon Agee (La casita roja), un libro que se interna en la adopción animal desde un punto de vista humorístico sin olvidar temas de discusión muy necesarios, como la cesión ante los caprichos infantiles o el uso de las especies exóticas como mascotas. 


La protagonista acude a Valle Alegre, un refugio animal, con la clara intención de adoptar un perro, pero se encuentra con serias dificultades: en ese lugar hay de todo menos perros. Osos hormigueros, ranas, serpientes, monos…, pero ni rastro de su perro. Con un final tan sorprendente como acostumbra, Jon Agee hilvana una historia tan absurda, como humana. 


Para finalizar nos adentramos en El proyecto Barnabus (Edelvives), un álbum de Terry y Eric, los autodenominados Fan Brothers (autores entre otros de libros como El jardinero nocturno), que esta vez se adentran en el universo de la hibridación animal y la cría de mascotas de raza (para mi gusto, el sumum de la tontería en lo que a animales de compañía se refiere). 


Aunque el tema tiene miga, es tratado de una manera muy elegante y sin poner en el punto de mira a ninguna especie determinada. Para ello dan forma a unas criaturas extraordinarias, quiméricas, que son fruto de experimentos de hibridación fallidos y deben ser “reciclados”. Barnabus, alentado por las historias del mundo exterior que le cuenta una cucuaracha y siendo consciente del peligro que se avecina, decide escapar llevando consigo a Pelotuga, Oso Abejorro, Parsifal y el resto de proyectos fallidos, lo que desemboca en una aventura con bastante vértigo que añade bastante emoción a un libro que se adecúa a muchas miradas y sugiere diferentes planos discursivos. 


Animándoles a dar con ellos estos días y plantearse sus propias disquisiciones, doy por cerrado el chiringuito hasta una nueva reseña, que será más pronto que tarde.

martes, 8 de diciembre de 2020

Un lugar al que pertenecer



Ante la imposibilidad de desplazarme a otros lugares para disfrutar de la distancia, tan necesaria a veces, durante estos días de asueto, además de leer mucho, he tenido tiempo para estar con los amigos y la familia, algo que, en la mitad de los truenos de la noche y desvelado por la tormenta, me llevó a preguntarme a qué lugar pertenezco. 


Es obvio que además de haber nacido hoy por hoy desarrollo mis quehaceres diarios en una ciudad española del sureste peninsular, hoy por hoy desarrollo mis quehaceres diarios en el mismo lugar y podrían concluir en que un servidor pertenece a este lugar. 
Sin embargo y echando mano del refranero popular, les acometo con “No se es de donde se nace sino de donde pace”, lo que hace más difícil una respuesta sobre mi pertenencia, pues he vivido en muchos otros sitios, bien por estudios, bien por trabajo, y de todos ellos guardo experiencias enriquecedoras que forman parte de una idiosincrasia personal muy circunstancial, pudiendo afirmar que también he quedado anclado a lugares como Madrid, Londres o Almadén. 
Para terminar de complicar todo lo que se refiere a la pertenencia física cabría detenerse en otros aquellos lugares que he visitado por mero ocio pero que me han dejado una marca instantánea pero indeleble en mí. 
Apartándonos de lo objetivo -mapas, billetes de tren o abonos de transportes-, sería mucho mejor centrarnos en las vivencias subjetivas, es decir, en todos aquellos momentos, reflexiones, personas, paisajes y sones que alteran nuestros pensamientos y emociones y configuran una suerte de mapa existencialista que nos permite ubicar con todo lujo de detalles nuestro propio yo. 


Y sobre esta idea ha descansado la lectura que durante el largo fin de semana he hecho de Ana la de Tejas Verdes, el clásico (en parte autobiográfico) de Lucy Maud Montgomery, y cuya última edición, la ilustrada por Antonio Lorente, acaba de ver la luz gracias a Edelvives. No es para menos, pues Ana Shirley, la protagonista de esta novela que comparte bastantes rasgos con otros arquetipos de la LIJ clásica (huérfana, pelirroja y salvaje), se halla en una constante búsqueda de identidad a lo largo de una historia que se desarrolla en la provincia canadiense de la Isla del Príncipe Eduardo, un escenario completamente ajeno a ella. 
Desde que es adoptada por Marilla y Matthew, una pareja de hermanos solteros que en principio prefieren un chico (la primera, en la frente), Ana debe conquistar un espacio propio en el que desarrollar su vida. Encuentros, desencuentros, sonrisas y lágrimas se agolpan a lo largo de un camino, unas veces tortuoso y otras tranquilo, pero siempre en un universo cotidiano sin muchos fuegos de artificio ni grandes recursos narrativos. 


Quizá lo más interesante de ese viaje iniciático sobre la pertenencia, son las estrategias que utilizan, no sólo Ana, sino el resto de personajes, para hallar un equilibrio que, si muchas de las veces suena idealista, guarda rincones para los dramas y los miedos personales que se resuelven con imaginación, espontaneidad y sinceridad, elementos que también utilizaría su autora para solventar sus propias tragedias. 
Recuperado en un momento en el que el feminismo parece constituir la piedra angular de unas sociedades occidentales donde priman los relatos autocomplacientes y abundan las heroínas eufóricas, este clásico de LIJ relanza una figura femenina que más que triunfalista, se erige llena de dobleces e ironías, pues nada de lo que piensa se parece a los anhelos de hoy día, véase la profunda defensa del perdón conciliador, de la institución familiar o de esa meritocracia que huye de la discriminación positiva. 


Y si el hogar de Ana es la lealtad de Diana, la amabilidad de Matthew, los chismes de la vecina, el gesto severo aunque cariñoso de Marilla o la sinceridad de Gilbert, el mío son las caricias de mi madre junto al fuego, las bromas de mi padre, las excursiones botánicas, las "braai", las despedidas de soltero, o los besos que se te quedaron en el tintero. Es ahí donde pertenezco.