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domingo, 30 de marzo de 2025

Costumbrismo lorquiano


El costumbrismo fue un movimiento artístico que, a finales del siglo XIX, se propuso reflejar las costumbres y actividades cotidianas de una región o país. Juegos tradicionales, música y bailes, fiestas locales y ceremonias, trajes populares, leyendas o labores de todo tipo llenaron producciones artísticas desde la pintura o la literatura.
Esta corriente surgió como una derivación de los ideales estéticos nacionalistas y la nostalgia por las tradiciones que impulsó el Romanticismo, en respuesta al avance de la Revolución Industrial, que amenazaba con suplantar todo ese legado de un pasado rural no tan lejano.
A diferencia del realismo y el naturalismo, el costumbrismo no quería representar lo real con pretensiones de objetividad, sino recuperar el legado cultural de una manera pintoresca, colorida y apasionada. Los costumbristas procuraron así construir una identidad local y generar sentido de pertenencia en medio de la transición histórica del mundo rural al mundo urbano.


Si bien es cierto que podía extenderse hacia zonas más o menos próximas, el costumbrismo es una expresión artística del mundo hispano, es decir, una España en transición y gran parte de las recientes repúblicas de Sudamérica que necesitaban definir su identidad. Iberoamérica se debatía entre una vida rural y colonialista y un mundo industrial con nuevas realidades políticas, siendo el costumbrismo su reflejo.
Entre las características que se observan en la mayoría de las obras literarias que se adscriben a este movimiento, encontramos la yuxtaposición entre unas vidas campesinas nobles, ideales y humanas y el modus operandi de personas urbanitas banales y frívolas. Es decir, habla del choque cultural, pero también de un encuentro entre la nostalgia y la modernidad, en la que la ciudad sale un tanto malparada gracias a políticos, sacerdotes y empresarios, siempre desde un punto satírico y con mucho contraste lingüístico (localismos vs. cultismos).


Si bien es cierto que todo esto ocurría hace más de un siglo, la literatura realista de nuestro entorno actual todavía tiene mucho de costumbrista. No sé muy bien el porqué. Quizá sea producto de una dilatada dictadura, de la llamada guerra cultural o de ese empeño que la Agenda 20-30 tiene en relanzar la “slow life” y lo sostenible. Ahí les dejo que lo piensen mientras me lanzo de cabeza a la edición ilustrada que la editorial gallega Triqueta ha publicado de Tarde dominguera en un pueblo grande, un relato de Federico García Lorca incluido en su obra Impresiones y paisajes, su único libro en prosa y que vio la luz antes de que cumpliera los veinte años gracias a la autoedición y el apoyo familiar.


Prologado por Montse Penas, este proyecto original de Idoia Iribertegui, recoge lo que acontece en un pueblo cualquiera de una España pasada. Si ahora los pueblos parecen deshabitados las tardes de domingo, en aquella época la plaza bullía de gente, se organizaban bailes y se disfrutaba del tiempo en compañía. Niños que juegan, adultos que coquetean, jóvenes juerguistas, curas que pasean y viejas beatas.


Las ilustraciones de la navarra se ambientan en un pueblo andaluz durante los años 20 que se llena de colorido gracias a las luces de la tarde y la cercanía del crepúsculo. Azulejos, fuentes, geranios, alcuzas y abanicos. Las mujeres recuerdan a las de Julio Romero de Torres, en la lejanía se escuchan las voces de la Niña de los Peines y Carmen Flores, también pasodobles y alguna que otra zambra. Hay mucha música en este relato del por entonces pianista, García Lorca.


Iribertegui juega en este álbum con lo cinematográfico, los personajes y los detalles disruptivos. Primerísimos planos, planos generales y primeros planos, contrapicados y puntos de fuga. Todo hace pensar que esta historia es un pequeño cortometraje. Conforme pasamos las páginas nos vamos encontrando con personajes que entrelazan historias paralelas que se continúan, lo que confiere a este libro cierto carácter de novela coral. Los músicos, las muchachas, las niñas con su piara. Por último: ¿Ven a ese perro? ¿A los amantes en la noche?  ¿Una txapela en Andalucía? ¿Se habrá perdido o es un guiño a otros pueblos más norteños?
No se olviden de darle la vuelta a la tarde de este domingo, es una suerte de día.

lunes, 5 de febrero de 2024

Apellidos rimbombantes


Soy un fanático de los apellidos curiosos. Cuando entro a una clase y paso lista por primera vez, mi yo más analítico disfruta de lo lindo leyéndolos. Ya saben que los apellidos nos cuentan mucho. Pueden ser muy comunes o muy extraños, propios de la zona o foráneos, vestigios de un pasado glorioso o muy populares, elegantes o vulgares.
Me chiflan los apellidos compuestos y por su sonido, mis favoritos son los vascos. Los míos son el nombre de dos villas, que tampoco está mal para profundizar en la historia. Con que no sean demasiado rimbombantes, me conformo, que luego no hay quien los escriba o los pronuncie, como al protagonista de nuestro poema de hoy…

José Andrés César Ignacio
Norberto Tomás Odín
como era de la nobleza
sus nombres no tenían fin.

Fue a hacerse el DNI
y le dijo al funcionario:
“Tantos nombres no me caben;
guarde el resto en el armario”.

El aristócrata insiste
en que hay que ponerlos todos,
y el de la oficina dice:
“Que no, que de ningún modo”.

Entonces tuvo una idea:
“Escogeré la inicial”.
Vio que salía “Jacinto”.
Le gustó el nombre floral.

Jacinto Andrade y Medina
de Torres Ortiz-Garrido.
Ahora los que no le caben
son todos los apellidos.

Ramón D. Veiga.
En: Violeta Parapluie y otras historias de gente poco corriente.
Ilustraciones de Iván R.
2023. Vigo: Triqueta.


martes, 31 de octubre de 2023

Ambientación victoriana


Halloween. Fúnebre, tenebroso, romántico. Todo me recuerda a la época victoriana. Si como yo, son unos apasionados de este periodo de la historia británica, les recomiendo que en futuras visitas al Reino Unido, se acerquen a un lugar con mucho encanto: la Dennis Severs’ House, un espacio situado en el número 18 de Folgate Street, en el marco del East London, zona con mucho tirón desde que Shoreditch se puso de moda entre los artistas de finales del siglo XX y los hipsters de los primeros 2000.


No les voy a negar que la historia de esta casa-museo es un poco especial. Dennis Severs, personaje bohemio de origen americano, decidió adquirirla en 1979 y, siguiendo el ejemplo de otros propietarios que, como Gilbert and George o Raphael Samuel, intentaban recuperar estas viviendas históricas, decidió darle una nueva vida desde una visión teatral que consistía en recrear el hogar de la imaginada familia Jervis, unos tejedores de seda de origen hugonote que la hubieran habitado de 1725 a 1919, hasta que una mañana, de repente, se marcharon de ella dejándola tal cual.
Con esta idea a caballo entre la realidad y la ficción, el propietario y su pareja empezaron a comprar (y fabricar) muebles, menaje, cortinas y alfombras de aquella época, para vestir las diez estancias que la componen, evocando momentos incidentales de la vida de esos habitantes inventados para devolverla así a la vida en pleno siglo XXI.
Semanas antes de su muerte en 1999, el Spitafields Trust decidió comprarla, mantener la obra de Severs y dar a conocer su labor creadora a través de visitas nocturnas a la luz de las velas, visitas guiadas, recreaciones y diferentes charlas en un edificio que ha inspirado a escritores como Brian Selznick, autor de La invención de Hugo Cabret.


Cuando se animen a dar una vuelta por allí, no se olviden de llevar bajo el brazo Desdichas de una familia victoriana, un álbum, para mi gusto exquisito, de Idoia Iribertegui y que publicó hace unos meses la editorial gallega Triqueta.
La autora navarra nos sumerge en una historia llena de sombras y mucho humor negro en la que, tomando como hilo conductor un secreto familiar, se suceden una serie de muertes concatenadas que nos presentan los lazos que unen a todos los personajes en torno a la figura de Henrietta, verdadera desdichada de este culebrón dickensiano.


Muertes por accidentes, causas naturales y asesinatos ocurren en 10 capítulos dedicados a todas y cada una de las personas que articulan esta historia coral que queda muy bien resumida en ese árbol genealógico/álbum fotográfico que recoge las guardas y nos anticipa una narración con mucha chicha y repentinas revelaciones.


Elaboradas en blanco y negro, las ilustraciones de este libro casi circular fueron seleccionadas en la Feria de Bolonia del 2023. Tinta, lápiz y acuarela, bastantes lápidas y cementerios, y luz tenue recrean una atmósfera ideal para una narración que hubiera encantado a Edgar Allan Poe o Edward Gorey y atrapa desde el principio hasta el final.
Y así, con Moorland House de fondo, les deseamos una noche de ánimas en la que honramos a los que ya no están pero cuyo recuerdo sigue vivo.