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miércoles, 8 de abril de 2020

De la constancia



Mientras muchos pasan los días quejándose amargamente de lo cuesta arriba que se les está haciendo la cuarentena, otros empezamos a dar gracias por esta reclusión obligada. No es que yo esté a favor del encierro (¡Ojo! Con lo gambitero que soy yo, ¡faltaría…!), pero sí que he encontrado un punto medio a caballo entre lo productivo y lo positivo de estos días en casa… He limpiado a fondo los más recónditos lugares de mi hogar, he ordenado los libros (por orden alfabético tomando como referencia el primer apellido del primer autor, que siempre hay algún curioso que me pregunta estas cosas) y me he puesto al día con muchos menesteres que llevo en ristre. Le he llegado a decir a algún amigo que hay días en los que siento que me faltan horas para terminar todo lo que me planteo desde bien temprano (aviso de que yo madrugo a pesar de la situación).


Una de las cosas que decidí retomar esta cuarentena fueron los lápices y los pinceles. Aunque había hecho el amago de llenar la paleta de pintura y preparar algunos cartones (es mi soporte favorito aunque reconozco que lo mejor es el lienzo), no me había dado por hacer cosillas aparentes, más que nada porque pintar requiere su tiempo, y si es al óleo y sin secantes de por medio, más todavía. Es por ello que imaginándome que esto iba para largo y que tenía la terraza acondicionada (que el aceite de linaza y la trementina no se llevan bien con interiores habitados), me puse al lío.


Hasta hoy no se pueden ver muchos resultados, sólo un par de bocetos a lápiz, algún divertimento sobre un bloc y cuatro pinceladas (no se preocupen que en cuanto tenga algo definitivo lo publicaré en mi cuenta de Instagram), pero sí me he percatado de que, como cualquier otra disciplina, la pintura requiere de práctica. Que si la abandonas una temporada, es una tarea complicada regresar al punto en el que la dejaste aparcada. Pierdes la perspectiva, el punto justo con las mezclas, decidir la composición… Una vez más te vuelves a caer del guindo, te retrotraes a la niñez y descubres que hay pocas destrezas innatas en esta vida.
Por este motivo me he acordado de un librito que se publicó a finales del año pasado y que contiene la esencia de lo que les cuento. Les hablo de El encargo, un álbum de Claudia Rueda (editorial Océano Travesía) que cuenta la historia de un emperador que le pide a un famoso pintor el dibujo de un gallo. Pasa el tiempo y el emperador, deseoso por saber cómo va el desarrollo de su encargo, envía algunos ojeadores hasta la casa del pintor que siempre regresan con las manos vacías. Harto de esperar, el emperador decide ir él mismo hasta allí y ver qué es lo que sucede con la dichosa pintura.


Claudia Rueda narra magistralmente una parábola de corte oriental sobre la importancia de la paciencia y la profesionalidad que, aunque contextualizada en el panorama de lo artístico (me recordó a Antonio López y su famoso retrato de la familia real), puede extrapolarse a diferentes situaciones de cualquier oficio. Y por favor, no dejen de impresionarse por todas y cada una de las ilustraciones que llenan este cuaderno de artista con un claro objetivo: animarnos a dar lo mejor de nosotros aunque ello conlleve esfuerzo y constancia.

jueves, 9 de enero de 2014

De letras y palabras


De palabras vanas esta hecho el mundo. También de escandalosas, sonoras y alegres. En definitiva, de cientos de palabras. De “cariño”, “viaje”, “tardanza”, “perdón”,  “papá” y “mamá”… Dicen que la palabra, el mejor invento del ser humano, a veces enmascara la mentira y, otras tantas, vale menos que un acto efímero…, pues ¡no sólo de palabras vive el hombre! ¡Qué bonito sería inventar palabras todos los días!..., y usarlas…, para llamarte “alicótaro” o “barbarrisa”, “personema” o “cuchiflito”. ¡De palabreros, palabrería y palabros líbreme Dios!..., y si no lo hace, tendremos que hacer un nudo a nuestra lengua o, en su defecto, mordérnosla, algo que hace con frecuencia un maestro y una cosa que deberían hacer todos los políticos.
Pero aunque el mundo esté abarrotado de palabras, siempre nos olvidamos de que estas se fabrican a base de letras. Esas unidades que solitarias sirven de poco y cogidas de la mano dan sentido a muchos pensamientos. Esos tortuosos e infranqueables caminos que recorren nuestros cuadernos de párvulos y que se deforman conforme avanzan los años, el empeño y la desidia. Esas que tienen embobados a todos los seguidores de “Pasapalabra” (¡bendito rosco que ha hecho tanto por el abecedario!). Esas que nos ayudan a encontrar raros vocablos en el diccionario. Esas que rigen el orden de lista en la clase del quinto curso de primaria o esas que nos ayudan a la hora de deletrear una dirección de correo electrónico.


Palabras y letras, letras y palabras, aunque distintas son similares: variantes de una misma invención nos facilitan la comunicación, abren nuestra mente a los conceptos más complejos y desarrollan nuestra imaginación, esa misma que lleva a la protagonista de Letras robadas,  el álbum ilustrado de Triunfo Arciniegas y Claudia Rueda (Editorial Océano-Travesía), por los puestos del mercado de abastos y descubrir los lugares maravillosos que encierra.
En definitiva, para cualquiera de nosotros, es una suerte haber descubierto las letras, y de paso, las palabras.