Mostrando entradas con la etiqueta Violeta Lópiz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Violeta Lópiz. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de febrero de 2021

Del amor y la estupidez humana


Menos mal que San Valentín y las elecciones catalanas han acabado. Sobre todo porque cada día tengo más claro que el amor y la democracia sirven para poco, e incluso me atrevería a decir que para nada. Y no se abalancen sobre mí, que todavía ando algo dormido para disentir. Sé lo que es el mal de amores y la decepción del votante, así que déjenme con lo mío, que ya tengo bastante.
Si tienen un ratejo, denle a la manivela y piensen, pues los tiempos han cambiado y hay que ser consciente de ello... Dejando a un lado el tema electoral (que ha sido lo más parecido al carnaval que hemos tenido este año), me centro en las cosas del querer, mucho más jugosas y patéticas, pues como sabrán, ayer las redes sociales se cubrieron de merengue por todos lados.


No es que un servidor sienta envidia, pues sé lo que es el amor verdadero, pero como buen científico, aprovecho la coyuntura para estudiar fenómenos tan jocosos, como preocupantes. Y no me digan que no les resulta llamativa esa imperiosa necesidad de gritarle al mundo que tenemos pareja. Sociópatas, activistas, gastrónomos, viajeros y tontos de capirote han perdido el culo por demostrarnos su amor, pero sobre todo, su mal gusto.
Siempre he pensado que tanto exhibicionismo oculta muchas carencias, no sólo sentimentales, sino también intelectuales. No se trata de falta de pudor, dignidad, decoro o autoestima, sino de inteligencia. Y no seré yo quien diga que se está mejor soltero o emparejado (cada uno lo que estime conveniente), pero no me den la barrila, que tanto alardear, a la postre, trae más de una fatiguita.


Ustedes publiquen y los demás golismeamos. Muchos tendrán suerte y se les aparecerá la Virgen en las bodas de oro, mientras otros empezarán con las rosas y el champán para terminar en el juzgado de guardia, en la UCI, en el banco de alimentos o en el taxidermista (a la cornamenta hay que sacarle brillo). A estos últimos bien les valdría mantener sus vidas con cautela, no sea que otros jetas y tunantes tomen nota de la estupidez que ostentan y les toque repetir la jugada.
Yo lo tengo claro: para dar con los despojos de mi existencia en cualquier cuneta, prefiero guardar mis recuerdos en un álbum de fotos.


De entre todos los libros de amor que guardo en la manga, hoy me he decantado por La verdadera historia de la rata que nunca fue presumida, un álbum basado en un cuento popular que acaba de publicar Libros de las Malas Compañías con adaptación de Ana Cristina Herreros, ilustraciones de Violeta Lópiz, y que no deja indiferente a los lectores.
Esta historia de la tradición oral balear y recogida por el archiduque Luis Salvador de Austria en el siglo XIX, nos cuenta las aventuras de una rata que se encuentra una moneda y se compra una col para hacerse una casa. Una vez que la tiene lista, se asoma al balcón. Todo el que pasa por allí la pretende. Rechaza a burros y patos para finalmente casarse con un gato. Sí, como lo oyen.


Atrévanse a descubrir el final. Les aviso de que quedarán más que satisfechos, no solo porque este cuento rimado sigue vigente (el mundo no ha cambiado mucho aunque pensemos que sí), sino por estar enmarcada en un formato enriquecido que desdobla el discurso gracias a las magníficas ilustraciones de Violeta Lópiz. Realizadas con una paleta de color limitada y cargadas de un simbolismo muy contemporáneo, las que acompañan al texto actúan como preludio a otras finales que beben de la principal y plantean una suerte de juego visual que construye un reflejo de esas historias anónimas que nos rodean sea cual sea nuestro sexo, origen, edad o condición. Que los animales personificados, valen para cualquiera.

martes, 2 de octubre de 2018

A las puertas de la palabra



Desde un lugar privilegiado (¿Ya han descubierto en Instagram donde se halla el monstruo aquí firmante?), uno que me traslada a un tiempo remoto en el que la televisión, internet y la mayor parte de los libros que encuentran por estos lares no existían, creo necesario darle alas al pasado, a la tradición, no sólo para mecerlos en este martes que nos augura el comienzo de una semana otoñal (parece que la noche va refrescando), sino para conversar con aquellos que fuimos y que no sé si volveremos a ser.
Ya sé que retornar al pasado no es un ejercicio que guste a todos. Muchos se niegan a echar la vista atrás para verse reflejados en unos días donde no existían las comodidades que disfrutamos en el presente, que sería involucionar, pero el caso es que estos comportamientos, a priori inofensivos, están condicionando nuestro modus vivendi, incluso en el ámbito de la palabra y la lectura, lo que aquí nos ocupa.


Y es que a este curioso observador le resulta sorprendente, casi alarmante, que, dentro de la adquisición de las destrezas lingüísticas en las primeras edades, exista un analfabetismo (iba a decir desconocimiento, pero me ha parecido un término bastante suave) manifiesto. En guarderías y aulas infantiles se escuchan pocas canciones y menos trabalenguas. Los padres no tienen ni puta idea de qué nanas son las mejores para acunar a sus hijos, desconocen retahílas que se acompañen de juegos y otros quehaceres. Sin embargo viven preocupadísimos por el bilingüismo o las competencias digitales. Se han olvidado de que hablar -ya no digo leer y escribir- viene antes.
Rodeado de padres primerizos, constato a todas horas que mientras ellos se dedican a encender los dispositivos móviles para entretener con vídeos a sus vástagos, son los abuelos quienes, a través del habla y sus vericuetos, se hacen cargo de abrirles las puertas al sitio de las palabras, a su cadencia y musicalidad, a su acento y significado. Por un lado me alegro de que alguien realice esta tarea tan necesaria, pero por otro no puedo evitar cierta congoja al ver que muchos de esos progenitores brindan a otros, o peor todavía, a la tecnología, esa hermosa relación, ese vínculo especial que germina cuando abrazas con una canción de cuna a una criatura.


No se equivoquen. Los enteraos no les pedimos que se dediquen de manera profesional al folclore, a recuperar leyendas y sones tradicionales, sino que amplíen su catálogo verbo-lúdico a base de pequeños gestos. No hace falta recorrer pueblos perdidos o bucear en enciclopédicas bibliotecas, sólo basta con pedir prestados viejos cuentos, rimas y canciones. ¿A quién? En su derredor tienen la respuesta.
Y si no la encuentran no se apuren, hoy les dejo unos cuantos: frescos, sinceros, sencillos y delicados. Así son todos los cuentos de fórmula que incluye Antonio Rubio en su 7 llaves de cuento, un librito ilustrado por Violeta Lópiz y editado por Kalandraka que recomiendo una y otra vez desde que en 2009 viera la luz por primera vez. Un breve pero más que nutritivo preludio para adentrarse en el bosque del verbo, en la antesala de lo poético. Breves, estructurados, perfectos. Así son estos ecos del tiempo. Sonoros, ágiles y cercanos. Para que las palabras marquen el ritmo cardíaco. La razón por la que deben seguir sonando.



miércoles, 9 de mayo de 2018

En el bosque de la vida...



Si ayer me detenía en un libro con mucho swag, hoy le llega el turno a ese sentimentalismo que de vez en cuando me sobrecoge y emerge tras visitar a solas y descalzo cualquier rincón provisto de vegetación frondosa y tranquila que  ilumina mi subconsciente. Es por ello que les animo a acercarse a algún cauce y meter los pies en el agua fresca del río mientras el sol les da en la cara. Y rejuvenecerán. Más todavía si llevan un libro como el de hoy encima…


El bosque de Riccardo Bozzi, Valerio Vidali y Violeta Lópiz (editorial Milrazones) es una rara creación, de esas que sorprenden y llenan a partes iguales. Es uno de esos álbumes que destilan poesía por los cuatro costados, no sólo porque tiene cierta vis de libro de autor (también los llaman álbumes de artista), sino por la creación de un discurso narrativo bello y complejo…


En realidad el bosque, además de una propuesta estética muy cuidada en la que abundan los amplios espacios en blanco (parece como si los autores abrieran un espacio a nuestros pensamientos y emociones, ¿no creen?), no deja de ser una metáfora de nuestra propia vida, de cómo la mirada se torna hacia nosotros mismos para concienciarnos de que estamos inmersos en el juego de la naturaleza y las reglas que esta ha dispuesto para todos los que la conformamos. Desde el germen al bosque. Del bosque a las semillas… Un recorrido idóneo para hablar de un fenómeno, el de la vida, también de vaivén, también circular, y en el que también hay cabida para hallar nuevos caminos por los que transitar sin olvidar salida y meta.


A todo ello hay que añadir el juego de miradas que se establece en sus páginas plegadas, gofradas (repujado en papel para producir un estampado en relieve) y troqueladas. Texturas que acariciar, mirillas a través de las que espiar y adivinar nombres propios entre el follaje; ventanas todas ellas de un mundo que se abre en ese pasar de páginas, cosas que parecen ser unas y después se trocan en otras. En definitiva, mirar el mundo barajando anticipación y exploración (¿Acaso no tienen estas ilustraciones mucho de Henri Rousseau, de sus escenarios selváticos?) en esa jungla interior que guarda cualquier ser humano.


Y con muchas más cosas que decir pero sin pronunciarlas, les dejo penetrar en la espesura de este libro con tantos niveles discursivos como lectores, y que seguramente habrá dado más de un quebradero de cabeza a sus autores. Es lo que tienen las cosas bien hechas: que gustan.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Miradas que valen un aplauso



Aparte de unas cervicales sumamente dañadas (según la fisioterapeuta la contractura oprime la arteria vertebro-basilar… ¡total na’!), la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma ha traído a mi vida, un año más, esa ilusión de niño por el disfraz y la máscara.
El carnaval, una fiesta pagana reconvertida por el ansia de poder vaticana, tan de moda estos días (¿fumata blanca o fumata gris?... sólo sé que esa chimenea se parece a la de la estufa de leña que nos calienta en los domingos de campo y huerta…, ¿tendrá algo sobrenatural?), se tiene que mamar desde temprana edad, y sembrar así la semilla del sinvergüenza canalla que cantará en lo venidero a lo mundano y lo divino, o en su defecto, a lo que le dé la real gana.
Ya se sabe que para dar la murga o ser un gran chirigotero, el mayor de los requisitos es llevar un niño dentro, de esos que poco saben de normas, leyes o consensos, para poder soplar a gusto la turuta que entone el cuerpo (y el intelecto), aunque también es cierto que, en cuestión de disfraces, no todo vale, porque bien es sabido que lo sencillo, bonito y profundo tiene una melodía que da valor donde sobra el gusto, un tándem del que pocos hacen gala en estos días de tanto crédito y papel moneda…. Y si el atuendo acompaña a la letra, sólo faltan ritmo y melodía; esas que ponen los ojos del niño sobre el problema, lanzan el dardo de la evidencia a unos oyentes cada vez más embobados, forjándose así el aplauso y haciendo grande un mundo chico.
Y si no denotan que las miradas pequeñas distinguen lo humano de lo fútil, observen la vida a través de la lente de El catalejo, una historia con dos directoras, Marta Serra Muñoz y Violeta Lópiz (editorial Almadraba), que se olvidan de ver para enseñarnos a mirar.