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viernes, 1 de mayo de 2026

Pasiones y profesiones


Primero de mayo. Día del trabajo. “Arbeit macht frei”, rezaba aquella inscripción en algunos campos de concentración nazi. Pero se equivocaban, tanto en aquel contexto, como en el de hoy día. De libres nada, sino más bien esclavos y un poco más infelices, sobre todo si nuestro oficio se convierte en un desatino.
Algunos tenemos suerte porque nos encanta lo que hacemos para ganarnos el pan, pero otros lo sufren a diario como un castigo. No solo por obligación, sino también por elección. Es curioso cómo, a lo largo de todos estos años he venido constatando, muchos de mis alumnos, llenos de vida e ilusiones, frescos y joviales, se transforman en seres grises y hastiados. Se han ido contaminando poco a poco de esta forma de vida tan desalmada que va minando el espíritu.


Ahora que voy penando canas, empiezo a pensar que, aparte de nuestra naturaleza (no voy a negar que hay gente a la que le luce poco la vida) y nuestra buena o mala suerte, una de las hojas de ruta para mantenerse lozano y apasionado es despreciar las convenciones de un universo adulto que aboga por lo material, conformarse con lo posible (¿Para qué pensar en lo imposible? ¿Por qué desear lo ajeno?) y aprender a disfrutar de nuestra profesión. Quizá ese fue el secreto de Gianni Rodari, maestro de la LIJ que nunca permitió marchitarse…

A aquel niño le creció
una planta en la cabeza,
le brotaron flores blancas
que olían a primavera.

El niño también creció
y de joven su cabeza
lucía, en vez de cabellos,
una larga enredadera.

El joven se hizo mayor,
al sacudir su cabeza
caían frutas maduras,
ramas rotas y hojas secas.

Cuando aquel niño fue viejo,
una encina en su cabeza
cantaba llena de pájaros,
daba sombra y buena leña.

A aquel niño que vivió
floreciendo en primavera,
hondas raíces de sueños
le crecieron en la tierra.

Juan Carlos Martín Ramos.
Flores en la cabeza.
En: Rondas de Rodari.
Ilustraciones de Neus Caamaño.
2026. Pontevedra. Kalandraka.


miércoles, 1 de mayo de 2024

Frustrados por el trabajo


Se calcula que un treinta por ciento de los trabajadores españoles no están satisfechos con su ocupación. Mientras unos aducen falta de incentivos, otros expresan sus frustraciones tras darse de bruces con la elección incorrecta. 


A veces pienso que todo se resume en esas falsas expectativas que todos tenemos durante nuestros años escolares, cuando, sumidos en nuestros ideales y ansias de triunfar, nos encontramos con una realidad que poco tiene que ver con ese estrellato que promulgan las redes sociales. 
Dinero, viajes por medio mundo,  crecimiento personal, estabilidad, mucho tiempo libre... La mayor parte de los puestos de trabajo no tienen nada de eso. Todo lo contrario. Mal pagados, estáticos, aburridos, esclavistas, inestables... ¿y necesarios? Creo que nadie nos hacemos la pregunta correcta cuando se trata del tema laboral, pues el trabajo, además de permitirnos sobrevivir, dignifica y edifica. 


Pensarán que es una frase muy manida, pero sinceramente, y aunque a un servidor también le encante rascárselos a dos manos, en muchas ocasiones y gracias a mi trabajo, me siento útil para otros seres humanos, presto un servicio a los demás y permito en el avance de nuestra sociedad. Todo (o casi todo) trabajo es necesario, incluso los artistas de circo o los barrenderos. Y eso, ya es bastante

Cuando la noche extiende
su capuchón de estrellas,
el circo también cierra
lentamente sus párpados,
y los artistas sueñan
con playas, con delfines,
con barcos, con sirenas...
Y sueñan que caminan
por las calles estrechas
-entre el ruido y la gente-
de una ciudad cualquiera
y que compran entradas
para ver las proezas
que hacemos las personas
de a pie: el poeta,
la médica, el sastre,
el pastor, la maestra,
la lechera, el mecánico,
el albañil, la obrera
o aquel que con su escoba
va limpiando la acera.
Cuando la noche arranca,
el circo sueña y sueña.

David Hernández Sevillano.
Sueño de circo.
En: Días de circo.
Ilustraciones de Neus Caamaño.
2024. Madrid: Bookolia.



jueves, 18 de abril de 2024

Reír por no llorar


Como Mark Twain, siempre he sido gran partidario de la risa. No hay nada que una carcajada no sea capaz de arreglar. Incluso en los momentos más dolorosos, tristes y trágicos hay momento para la risa. Y si no que se lo digan a Shakespeare, que lograba hacer de cualquier tragedia un poco de chiste.
La risa es tan compleja y desconcertante que no logra poner de acuerdo a neurobiólogos filósofos y psicólogos del comportamiento. Mientras unos piensan que es una forma de comunicación innata heredada de los primates e íntimamente relacionada con el lenguaje, otros creen que constituye una reminiscencia o sinónimo del grito de triunfo del luchador tras ganar a su adversario. Los menos sostienen que la risa tiene que ver con el estado de relajación compartido que sucede tras una situación de peligro. Sea como fuere, lo que tenemos claro es que la risa tiene un origen evolutivo y genético, pues es un fenómeno que solo presentamos los monos y nosotros.


La risa puede ser de muchos tipos. Las hay silenciosas o muy estridentes, también nerviosas y que son sinónimo de alegría. Hay sonrisas para cada momento. Irónicas, despectivas, condescendientes, aprobatorias y libertinas. Muy peculiares y del montón, excesivamente contagiosas y diplomáticas ante ciertos conflictos.
Lo que está claro es que reírse es bueno. Y no lo digo yo, sino un sinfín de estudios. Se cree que libera endorfinas, reduce el estrés, aumenta el pulso y el ritmo cardiaco, ayuda a una correcta digestión y reduce el estreñimiento gracias a la contracción de los músculos abdominales, incrementa la producción de anticuerpos, y disminuye la concentración de colesterol en sangre. Vamos, que reírse es una puta maravilla.


No me extraña que el protagonista de El rey que reía y no reía, esté tan preocupado al no poder reírse con todas sus ganas. ¿Qué no lo conocen? Pues aprovechen, que hoy voy a destripar un poco este álbum con texto de Francesc Bononad e ilustraciones de Neus Caamaño, que acaba de llegar a las librerías de la mano de la editorial Thule, para hacernos más llevadera la vida.
El libro nos cuenta la historia de un rey al que le encanta reír. Ríe con la a (jajaja), con la e (jejeje), con la i (jijiji) y con la o (jojojo), pero no sabe reír con la u. Como esto le entristece y no puede reírse a sus anchas porque, como ya sabéis, la u tiene forma de sonrisa, decide comunicárselo a sus consejeros que convocan en palacio a un puñado de expertos para que resuelvan el problema del rey. ¿Lograrán que el monarca se ría con todas las vocales? ¿Quién lo conseguirá?


Partiendo de una situación muy recurrente en los cuentos populares, Francesc Bononad, recrea una historia tan surrealista, como escatológica para el disfrute de cualquier lector, donde aparecen cortesanos, bufones e incluso una niña que hace un guiño a ese otro niño clarividente de de El traje nuevo del emperador. Esa mezcla de lenguaje culto y refinado con ese otro más canalla y popular, crea una cercanía muy seductora en el lector, al mismo tiempo que le da enjundia y empaque.
Las ilustraciones de Neus Caamaño se empapan de montones de recursos narrativos y referencias. Naipes, filigranas, caricaturas, infografías y metáforas visuales se aglutinan en las páginas de un libro donde texto e imágenes nos desvelan detalles narrativos que se complementan de manera exquisita y vistosa.


No se me puede olvidar una alabanza al Apéndice sobre vocabulario paremiológico. Me parece un gran acierto, no sólo por la solemnidad con la que trata los temas escatológicos que a más de uno le roban un guiño, sino por ayudar a entender la obra desde el prisma de lo absurdo, lo irónico y lo jocoso. ¡Bravo por esta oda diferente a la risa!

martes, 4 de mayo de 2021

Polarización política y social



Cada vez tengo más claro que el objetivo de los políticos (y no solo de los nuestros, que en otras partes del mundo también cuecen habas) es el de la polarización social, algo en lo que llevan empeñados algunas décadas. Muchos de los acontecimientos ocurridos durante la última campaña electoral siguen dándome en qué pensar, máxime cuando empiezan a cundir ideas erróneas sobre unos partidos y otros (que ni los unos son tan "buenos", ni los otros tan "malos").
Si bien es cierto que este ambiente cada vez más bifaz se empieza a parecer al que se respiraba en épocas pasadas de nuestro país, espero que la gente no se deje llevar por sus instintos violentos y revanchistas, y empiece a participar más de la libertad individual, que de eso va la democracia.


Y yo, que no profeso religión alguna, ya no sé a quién rezarle para que esta España ruin deje de sacarse la mierda del ombligo mientras mira con envidia el coche del vecino, pues no olvidemos que es el peor de los males en un país de pobres y miserables donde nadie ejerce como tal (que tontería también tenemos una poca…).
Se les llena la boca con la Guerra Civil (¿Será porque quieren otra?), se abusa de los mártires de uno y otro bando (después de ochenta años, ya está bien la broma…) y todos se apropian de la Segunda República (¡Como si fuera de alguien!). Unos recortan y los otros, también; los otros roban y los unos no se quedan cortos. Nos fríen a impuestos y ninguno deja tranquilas ni sanidad ni educación. Sinceramente: me aburre este partido de ping-pong (que el tenis y Nadal son palabras mayores).


Si todo esto se les queda corto, parece que nos han asignado el voto a cada uno de nosotros. Se ve que la papeleta que metemos en la urna depende de nuestro modus vivendi. Los homosexuales, los inmigrantes, los ecologistas, las feministas o los actores tienen que votar a la “izquierda”, mientras que los autónomos, los aristócratas o los vecinos del barrio de Salamanca votan a la “derecha”. Es una especie de pre-asignación que muchas personas toman a pies juntillas gracias al lavado cerebral que los medios de desinformación aplican telediario tras telediario.
Y la gota que colma el vaso es esa falta de respeto absoluta al señalar con el dedo, pedir explicaciones sobre porqué este y no el otro, o que, incluso, haya que reinventarse para justificar una elección política. Carencias de libertad que no suceden en democracias maduras.
Nadie se para a pensar en que su voto es suyo y hace con él lo que le da la real gana. Estudiar la situación personal, cotejar su cuenta bancaria, qué alternativas políticas, económicas y sociales existen, mirar alrededor y preguntarse “¿Es esto lo que me interesa?” Ahí esta la clave.


Me dicen por el pinganillo que cambiar las cosas no será tan fácil. Que el "establishment" está tan bien engranado que a todos les salen las cuentas (y las cuotas) con una ley electoral que nadie se decide a cambiar, ni siquiera cuando el Estado ha sido sólido. Les conviene seguir con una política maniqueista que no representa a gran parte del electorado y que sólo sabe ahondar en unas diferencias auspiciadas por los intereses de ciertos magnates en torno a los que gira el mundo.


Para ilustrarles sobre este tema hoy me saco de la manga dos álbumes de hace unos años -no todo van a ser novedades- que tratan sobre el egoísmo, la falta de consenso y la eterna lucha por hacerse con el pastel, bueno, en este caso por la manzana o el trozo de queso.


En primer lugar Por una manzana, un álbum de Neus Caamaño y la editorial Tres Tigres Tristes, que nos habla del enfrentamiento entre dos compradores que avistan una jugosa manzana en un puesto del mercado. Ambos la quieren tener, pero lo que comienza siendo una puja al mejor postor termina en batalla campal en la que el triunfador no resulta ser ninguno de los dos.


Por su parte, ¡Mía! de Jeff Mack, un álbum publicado por la editorial Bruño en su colección Cubilete, nos habla de la lucha entre dos ratones que pugnan por un trozo de queso echando mano de las estrategias más que exageradas (y de paso graciosas) al grito de “¡MÍA!” dando buena cuenta de su avaricia. Si quieren saber el final, continúen pasando las páginas…
Ambos son álbumes que desarrollan la narración dando mucha importancia a las ilustraciones, donde la caracterización de los personajes y sobredosis de humor, presentan al lector-espectador situaciones que son el fiel reflejo de esas luchas de poder diarias que algunos estamos hartos de sufrir.