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lunes, 24 de enero de 2011

Dibujar


Siempre he pensado que una de las razones por las que vivo pendiente de esos libros llamados álbumes ilustrados es la de sentir al mismo tiempo una gran pasión por la pintura, no sólo como aficionado a contemplar los cuadros que llenan museos, galerías de arte o salas de exposiciones, sino como artista amateur. Desde bien pequeño me he enfrentado con el aterrador papel en blanco y, echando mano de lápiz o bolígrafo, lo he garabateado hasta la extenuación. La mayoría de las veces no sucede nada, pero otras, en la magia de las líneas, uno descubre un pájaro, una silla o una forma indefinida que se puede transformar en algo hermoso. Nunca llegaré a la altura de mis admirados Durero, Velazquez o Antonio López, pero si al menos puedo disfrutar de ese instante atemporal y volátil que tiene empuñar el pincel, me doy con un canto en los dientes.
No voy a discutir que el dibujo, el óleo y la aguada tienen un componente místico y creativo, pero, como todo en la vida, se basa en la voluntad y el empeño. Práctica y más práctica es lo que forja a un buen profesional. Pintar una y otra vez, llenar cuadernos de bocetos, buscar el trazo adecuado cientos de veces, son ejercicios que cualquiera que quiera dibujar tiene que hacer a diario en vez de convencerse de su supuesta inutilidad a la hora de copiar una imagen, de inventar un momento.
Conozco a mucha gente, alumnos, compañeros o amigos, que siempre han querido dibujar, que sienten cierta envidia de los que lo hacen. Unos pasan toda su vida sin intentarlo y otros, una pequeña porción, por una extraña causa que desconozco, deciden intentarlo. En ese instante nacen los artistas. Artistas como Marita, la protagonista de un libro de Monique Zepeda editado en Fondo de Cultura Económica que nos habla de lo que mueve a crear, de que los sentimientos son extraños motores para despertarnos, de que podemos crecer pese a los trágicos momentos, de que con un tiempo que no cabe en los relojes, Marita inventó su cocina, con una ventana donde es de día y otra donde es de noche.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Verdades


Con bastante frecuencia suelo preguntarme qué pensarán ustedes de mi… No puedo evitar hacerme semejantes cuestiones sobre todo cuando vierto mis descaradas palabras en este lugar un día sí y otro también… Bien saben los que me conocen -en persona- que peco de sinvergüenza, cualidad esta que me ha granjeado más de una guerra, muchas enemistades y, a lo poco, algún que otro tirón de orejas. Sé que a veces me paso de la raya, pero ¿para qué sino creé en su día este blog?... Ya andaba harto de cebarme a todas horas con los mismos cafres, así que, por su bien y por el mío, tomé la sana decisión de vomitarle al mundo toda la mierda que voy aprendiendo a guardarme… Lo sé, es algo que no es de recibo… Como dice aquel, más se saca lamiendo que mordiendo…, comportarse de manera sibilina es buena decisión, inscribirse en ese nuevo partido político llamado “mamoneo” facilita mucho la vida, al igual que cambiarse de chaqueta a cada hora y jugar con todos y con ninguno... Denoto por su sonrisa que saben la lección: a veces es mejor callar que decir la verdad.
En muchas ocasiones he pensado en dedicarme a reseñar libros sin ton ni son: escribir el título, resumir el argumento y decir si me gusta o no, todo ello aderezado con una bonita foto de la portada, dejando a un lado todas estas pamplinas que sobre política, lengua, literatura, ciencia, religión, filosofía y biblioteconomía baratas les lanzo como dardos en cada noticia…, pero la verdad es que me gusta lanzar mamporros a diestro y siniestro y reírme un poco del mundo a pesar de que, en un momento u otro eso que pregona mi señora abuela a todas horas tenga lugar: que quien dice la verdad se queda sin ella.
Así que, haciendo gala de verdades que duelen, verdades a medias, verdades como templos y diminutas verdades, les dejo con Toda la verdad, un libro cojonudo y graciosísimo (tanto para niños, como para mayores) de Monique Zepeda e Ixchel Estrada editado por Oceáno-Travesía, que nos invita a discurrir sobre otro eterno dilema: ¿sinceridad, silencio o mentira?