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miércoles, 20 de marzo de 2019

La (in)felicidad de la infancia



Se ve que hoy es el Día Internacional de la Felicidad. Hasta la UNESCO quiere que seamos felices, que experimentemos esa sensación cueste lo que cueste, aunque sólo sea por un día. Grandes superficies, restaurantes, hoteles y empresas de todo tipo nos venden esa felicidad a todas horas. Sí o sí debemos sentirnos dichosos como niños… ¡Un momento! ¿Pero acaso los niños son felices por el simple hecho de ser niños?
Cunde entre la mayor parte de los adultos esa idea de que la infancia es la etapa más feliz de nuestra vida. En realidad considero que es un espejismo, una idealización de un periodo vital. Está claro que cuando somos pequeños no tenemos que hacernos cargo de la prole, ni pagar facturas, ni trabajar horas extra, pero ¿son suficientes motivos para concluir con que esos días eran más gozosos?


Por mi propia experiencia y la de quienes me rodean, debo manifestar mi repulsa hacia esa idea de una infancia feliz, pues los niños de cualquier origen y condición sufren como adultos. Sus miedos, sus anhelos, sus penas, aunque de otro origen, son igualmente efectivas a la hora de procurarnos tristeza. La muerte de un ser querido, el acoso escolar, el primer día de escuela, las disputas con los amigos o el fin de las vacaciones, aunque se experimentan de forma diferente, son gatillos que disparan un universo complejo de emociones, tanto, que a veces es muy doloroso y nos estigmatiza de por vida.
Teniendo en cuenta este panorama, se me plantea la siguiente duda: ¿Necesitamos pues libros infantiles que evidencien la realidad y temores de los pequeños lectores? Al igual que en la literatura para adultos, las páginas de los libros (entendidos en el marco de la ficción) necesitan hacerse eco del mundo y servir como espejo a los lectores. De lo que no estoy tan seguro es si estas deben ejercer a modo de psicoanalista o entrenador personal, pues lo poético, aunque con una carga simbólica elevada (que en algunos casos puede ayudar a ese lector marginado, furioso o descolocado a sortear los baches de su propio camino) tiene como fin una experiencia estética y no una terapéutica.


Con estos pensamientos arribo al título de hoy, Mi miedo y yo, el nuevo álbum de la italiana Francesca Sanna y editado esta primavera por Impedimenta en su colección La pequeña Impedimenta, que se vuelve a hacer eco de la desazón que sufren los niños inmigrantes que, como la protagonista, arriban a un nuevo centro escolar, a un nuevo vecindario, a un entorno desconocido.
Siguiendo en la estela de El viaje, un título que ahondaba en la problemática de los refugiados y que tanto dio que hablar hace un par de años en la parcela de la LIJ más realista y social, este nuevo libro, aunque continua en la misma línea de ese periplo repleto de metáforas coloristas, también se interna en el diálogo interior de un personaje angustiado.


Me ha gustado mucho la personificación del miedo, un acompañante singular que a veces es grande, otras pequeño y que sólo ella (y el lector-espectador) es capaz de ver, de sentir, de acarrear algo que me recuerda sobremanera a la figura de los daimon griegos o los fyljgas nórdicos, figuras mitológicas de las que bebe con frecuencia la literatura infantil.
Sin olvidar que es una historia que puede hacerse extensiva a cualquier ser humano -¿Acaso ustedes no tienen miedos? Seguro que sí…- les invito a leer este libro con elevado componente íntimo y compartir a posteriori con sus congéneres, los miedos que les acucian, sin dejar de lado esa honda pregunta con la que he empezado un día como este: ¿Es la infancia una etapa feliz?



martes, 6 de febrero de 2018

Sobre el blanco (in)visible...


Mientras la nieve se ciñe sobre las curvas de nuestro país, yo observo el paisaje por la ventanilla.
Hago un descanso mental y recuerdo mi niñez, cuando caían aquellos nevazos y llamábamos frío a los quince grados bajo cero (¡Que flojos nos hemos vuelto con la sociedad del bienestar!). Nos pasábamos el día en el parque. ¡Dale que te pego a la nieve! Bolas, muñecos, resbalones, trineos improvisados... Llegábamos a casa con una amplía sonrisa pero chorreando. Toalla, ropa seca y a seguir mirando por la ventana. Embobado con los copos, me ponía a fantasear con que si, en ese momento, me hallara en mitad del llano, a la intemperie, y la ventisca arreciara, qué pasaría. Blanco sobre más blanco, quedaría desorientado, y vete-tu-a-saber la de aventuras que me habrían pasado. Sólo en mitad de la nada...


Regreso al ahora, este momento en el que, a pesar de la imagen de la nívea meseta que sigo respetando, mi mar de tierra cubierto por el invierno, sé que es posible la supervivencia. Aprovecho para pensar en los inuits, en el pueblo sami o en los habitantes de Siberia. Ninguno de ellos ha perecido, sino que se han adaptado. No pueden controlar el hielo o la nieve pero sí saben su comportamiento, como hacerlo más liviano. Iglús y trineos, reno y husky siberiano. No hay tu tía, en un hábitat hostil hay que buscarse las mañas.
Fíjense en los animales. Primero en las presas... Los lemings excavan sus galerías bajo el hielo para no ser vistos por las rapaces. Tampoco se deja ver la liebre de las nieves, camuflada bajo su blanco pelaje, una estrategia que también secundan la perdiz nival o las focas jóvenes. Al otro lado quedan los depredadores. Zorros árticos y osos polares, carabos lapones, armiños y lobos siberianos, que utilizan con sigilo plumas y pelos de color blanco y así proveerse de alimento que cuando la temperatura es rigurosa, es más escaso pero igual de necesario.


Y ahora, cuando el paisaje sobrecoge, no sólo por lo inmenso del horizonte, sino por lo quieto y callado, me asalta la pregunta de “en qué animal de las nieves me gustaría reencarnarme”. Unas veces estaría bien ser un lirón que no rompa el silencio, mientras que otras no me importaría ser un lince siberiano. Aunque seguramente lo mejor sea ser como El león blanco de Jim Helmore y Richard Jones (Andana editorial), unas veces invisible, otras no tanto, y así dar buena cuenta de que siempre se puede ser uno mismo, con sus miedos y encantos.


jueves, 15 de junio de 2017

Amigos imaginarios en la Literatura Infantil


De un tiempo a esta parte vengo topándome con todo tipo de amigos imaginarios dentro de esta parcela fantástica llamada LIJ. A pesar de ser una realidad que en un principio me llamó la atención (aunque es cierto que en mi imaginación cabe de todo, nunca ha existido un hueco para este tipo de entelequias), me he acostumbrado a encontrármelos en las páginas de los libros infantiles.
Tras indigar en las bases de datos y en alguna que otra revista especializada, no he hallado ningún estudio monográfico que se adentre en esta curiosa coincidencia de la Literatura Infantil, así que, una vez más, me lanzo a mis análisis de andar por casa con una serie de apuntes para tal efecto y que comparto aquí para todos aquellos interesados en este punto de convergencia “lijera”.

Unas pinceladas generales sobre amigos imaginarios

En primer lugar hay que preguntarse “¿Qué es un amigo imaginario?” En la mayor parte de los casos no es ni más ni menos que la creación fantástica de un personaje con el que niños o jóvenes establecen una relación lúdica y/o tutelar. Esto quiere decir que un amigo imaginario puede adoptar formas y naturalezas múltiples (desde un dinosaurio con lunares hasta una escoba voladora) con el que surge una relación en la que generalmente existe el diálogo y tiene que ver con el juego infantil o con la toma de decisiones de su creador.
Los amigos imaginarios no sólo se relacionan con la infancia, sino que también pueden presentarse en la adolescencia, algo que cada vez ocurre con más frecuencia. Si tenemos en cuenta que en torno al 65% de los niños menores de siete años en Estados Unidos afirman haber tenido algún amigo imaginario, la cuestión no debe ser tratada como anecdótica, sino como un condicionante más en la etapa infantil y la pubertad.


Las razones de la existencia de estos seres imaginarios son muy variadas y no existe un consenso unánime entre psicólogos y psiquiatras para explicarlos. Algunos estudios aseguran que los amigos imaginarios son otro proceso más en el progreso lúdico-afectivo del niño, es decir, forma parte del desarrollo de aspectos como el lenguaje, el pensamiento lógico-deductivo, la memoria y la inteligencia emocional, es decir, todos aquellos parámetros cognitivos que ayudan a discernir entre el mundo real y el fantástico y que, generalmente, no se afianzan hasta sobrepasar la barrera de los once años.
Otros estudios encuentran su origen en los modelos familiares occidentales donde las carencias afectivas se acrecentan por la abundancia de hijos únicos, la patente presencia del mundo adulto, la ausencia de compañeros de juego de edad similar, y el gran salto generacional entre padres y vástagos (no es lo mismo un padre que roza la treintena que uno con cuarenta y cinco palos). También hay que llamar la atención sobre la omnipresencia de la televisión y los medios audiovisuales informativos y lúdicos, ya que inspiran y fomentan la construcción de estos amigos en los menores por ampliar y desbordar su ideario/imagiario. Es por ello que muchos autores empiezan a notar como la proliferación de amigos imaginarios entre la población infantil ha sufrido un aumento durante los últimos lustros.


Y, ¿cómo es un amigo imaginario? Los expertos los clasifican mediante dos criterios. En base a la toma de consciencia de su irrealidad (hay niños que saben que sus amigos son un mero espejismo y otros que se los toman a pies juntillas) y en base a su presencia física (por un lado están los que sólo ven a estos compañeros en su mente y por otro los que son capaces de dotarlos de una presencia física indistinguible del resto de las personas de su entorno e incluso personalizarlos en objetos).


Y ahora que sabemos todo esto, falta preguntarse ¿Es positivo o negativo tener un amigo imaginario? Como en botica, hay de todo... En muchos niños la construcción de un amigo imaginario ayuda a desarrollar las habilidades comunicativas y la creatividad, ya que estar a cargo de los dos actores, el niño real y el amigo imaginario, enriquece el vocabulario, ayuda a descentrarse, a comprender la realidad del otro, empatiza, alterna puntos de vista, dialoga, especula o revisa interpretaciones, además de facilitar la expresividad y la comunicación verbal de los sentimientos. Resumiendo, un amigo imaginario funcionaría como un modelo catártico del comportamiento.
Por el contrario, en otros niños, tener un amigo imaginario puede suponer problemas a la hora de sociabilizarse con sus iguales como resultado de un ejercicio de timidez e introspección, o por servir como excusa para dar rienda suelta a la agresividad. Ello puede desembocar en desórdenes afectivos, conductas violentas o trastornos de personalidad, algo que es más preocupante en niños o adolescentes que no encuentran su lugar dentro de su microcosmos social.

Grandes amigos imaginarios en la LIJ

Una vez hecho el recorrido sobre estos conceptos básicos de los amigos imaginarios, toca detenerse en aquellas obras de la literatura infantil donde estos seres tienen un protagonismo especial y a los que podemos circunscribir muchos de los aspectos tratados con anterioridad.


Comienzo con Los imaginarios, una novela de A. F. Harrold publicada en España por Blackie Books a la que han sucumbido miles de niños y que resulta ser un gran compendio sobre amigos imaginarios, no sólo por la cantidad de estos entes que habitan sus páginas, sino porque en ella se da buena cuenta de muchos de los puntos que hemos tratado en la primera parte de esta entrada. La aparición de un amigo imaginario, de dónde vienen, adónde van, o la aceptación o no de estos por parte del entorno del niño, convierten a este libro en una oda a los amigos imaginarios contextualizada en una intrigante aventura que auguro tendrá secuela.


También podemos hablar de Las aventuras de Beekle: el amigo (no) imaginario (Bruño), una idea de Dan Santat que en este caso se decanta por hablarnos desde el punto de vista de nuestros amigos imaginarios, dónde habitan, que hacen allí, sus anhelos..., algo que comparte con la obra anterior y que amplía el concepto del niño sobre estas “criaturas”. Una conmovedora historia con final feliz. Un viaje para encontrar a la otra mitad. Una suerte de coincidencias que muchos niños sin amigo imaginario como un servidor, envidian de manera sana (o insana).


Sin lugar a dudas, la obra sobre compañeros imaginarios, y a mi juicio, más compleja es (para variar) el Donde viven los monstruos de Sendak (Kalandraka). En este libro Max insufla vida a un mundo repleto de amigos imaginarios (en este caso monstruos) como parte de un ejercicio de catarsis emocional donde una personalidad dual (miedos y anhelos al unísono) es capaz de tomar una decisión final bastante lógica a pesar de la desaforada violencia inicial. El protagonista expone ante sus súbditos, tanto el conflicto que lo ha transportado allí, como las diferentes versiones de sí mismo, sopesa pros y contras, y, por último, decide. Quimérico y humano. Una genialidad, vamos.


Otros amigos imaginarios, en principio con honda tristeza, son los Lenny y Lucy de Philip C. Stead y Erin E. Stead (Océano Travesía). Aunque tangibles gracias a estar realizados con objetos tales como edredones, mantas y almohadas, el protagonista de esta historia les insufla cierta vida para no sentirse solo dentro de un nuevo vecindario. Su nacimiento, aparte de cierta compañía, supone el establecimiento de una amistad real con una niña, es decir, Lucy y Lenny son el vehículo para establecer relaciones sociales tras nacer como un supuesto refugio a la soledad.


En lo que amigos imaginarios tutores se refiere tengo una preferencia irrefrenable por el Gorila de Anthony Browne. Para mí es el “suplente imaginario” por excelencia. La falta de la figura paterna hace crecer a un pequeño gorila de juguete que se convertirá en su compañero durante toda la noche. Tras la aparición del progenitor real a la mañana siguiente, este padre imaginario de naturaleza simiesca recobra su tamaño real (más y más pequeño). Ya no es necesario porque la hija recupera la atención perdida de su ser querido.


Una relación parecida tiene lugar en la acción del todavía no traducido al castellano Ted, un álbum de Tony DiTerlizzi donde aparece un monstruo de color rosa con un par de enormes orejas que viene a sacar a un chaval del aburrimiento que conlleva una desidia paterna muy patente. En mitad de mucha diversión y problemas varios, Ted, que así se llama la criatura, le confiesa a su compañero que también conoció a su padre en los años de niñez, una coincidencia con Los imaginarios de Harrold que dan buena cuenta de esa infancia perdida pero instantáneamente recuperada de los progenitores.



Otro de los amigos imaginarios más intimistas que han visto la luz en nuestra lengua es El perro que Nino no tenía de Edward van De Vendel y Anton Van Hertbruggen (publicado por la editorial argentina Limonero). Nino se ayuda de un perro imaginario para hacer frente a la ausencia de su padre. Es este animal imaginario el que le divierte y el que seca las lágrimas hasta que un perro real llega a su vida. Así es como el protagonista, tras darse cuenta de que tener un perro no se parece demasiado a lo que el había imaginado, logrará el equilibrio entre el mundo real y el mundo fantástico que le ha servido de evasión. Terapéutico y hermoso a partes iguales.



Seguramente Kevin, el amigo imaginario en el que realmente puedes creer, de Rob Biddulph (Andana editorial), es el amigo imaginario más pedagógico de toda esta tanda. Con cierto deje a Donde viven los monstruos (el mundo imaginario toma apariencia tras una bronca entre madre e hijo) y Los imaginarios (nos habla de un mundo habitado por estos seres), esta obra se interna en el amigo imaginario como espejo y antítesis del protagonista, Sidney, haciendo que comprenda que los comportamientos poco deseables no nos ayudan a ser aceptados ni mucho menos a ser buenos colegas. Kevin es un amigo de lujo (de color vainilla, lunares rosas y un solo diente) y yo ¡quiero uno igual! (o en su defecto una copia de peluche).


Por otro lado, en El Sr. Pocket. Un amigo imaginario, Susanna Isern y Miren Asiain Lora (editorial Flamboyant) indagan en la necesidad de que adultos y familiares se impliquen en este fenómeno tan infantil. Dar credibilidad a esas fantasías, no solo ayuda al proceso psicológico que está experimentando la protagonista, sino que sumerge a su padre en una aventura muy creíble. Llámenlo intuición, magia o amigo imaginario, pero el caso es que seguir la pista de un niño perdido no es ninguna tontería. Habrá que hablar con la profesora después de esto y explicarle que el Sr. Pocket forma un todo con Noa, esa cría tan especial.


Dejamos a un lado unos amigos imaginarios para divertirnos con otros (esto no quiere decir que los anteriores no tengan su punto tierno, sino que son mucho menos dicharacheros que el que viene). Fred, mi amigo imaginario, es una creación de Eoin Colfer y Oliver Jeffers (también en la editorial Andana) donde convergen, además de risas aseguradas, relaciones de pareja entre niños imaginativos y sus respectivos amigos imaginados. Aunque el final es poco previsible, se puede observar cierta evolución lógica en los protagonistas de este cuarteto atípico. Para mí, una hermosa historia que aúna amistad, amor y, sobre todo, fantasía.


Como el más ingenioso de todos los fantásticos tenemos al Hobbes de Calvin y Hobbes, la tira cómica de Bill Waterson que tanto bueno ha hecho por un servidor (ya saben que me va la sorna canalla con algo de chispa) y tantos lectores que mezclamos en la vida lo caústico con lo crítico. Hobbes si existe, es en realidad un peluche con forma de tigre (que por cierto siempre me ha recordado al Tigre de A. A. Milne) que cobra vida en manos de su dueño, Calvin, un niño ingenioso que tiene mucho que decirle al mundo a través de un amigo que, cuando no le conviene, adopta su forma más inanimada.


Por último y como amigo imaginario patrio, no me puedo olvidar del MOT (o lo que es lo mismo “Movimientos Orgánicos Telúricos”) de Nacho (guión) y Alfonso Azpiri (dibujos), un cómic infantil que comenzó a publicarse en prensa a finales de los ochenta (El Pequeño País) pero que más tarde se editaría en forma de colección (Planeta DeAgostini) y que tenía como protagonistas a un chico y un gigantesco y monstruoso ser. En este caso y aunque en ningún caso se dice claramente que Mot sea un amigo imaginario, las capacidades para abrir puertas fantásticas, adquirir poderes sobrenaturales y escabullirse siempre de la presencia de los adultos, dejan entrever que este personaje es producto de las fabulaciones de un adolescente solitario que muchas veces duda de su misma cordura.

Una consideración para terminar

Seguramente muchos de ustedes sabrán de más amigos imaginarios en esto de la LIJ, seres creados por nuestra imaginación en diferentes contextos. Bien en lo que respecta al mundo de los sueños y deseos, bien por las características de la obra, intervienen de forma directa o indirecta en la acción. Realmente todos los personajes fantásticos, quiméricos o surreales de los libros infantiles podrían ser considerados “amigos imaginarios”, ya que la mayor parte de ellos pertenecen a la esfera de la ficción y nos hablan de nuestro propio yo desde la experiencia como personas y como lectores.

Eso sí, lo más difícil de todo está, como siempre, en verlos.