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jueves, 1 de abril de 2021

Metrópolis: ¿infierno o paraíso?



Cuando vivía en Madrid durante mis años de estudiante, el piso que compartía con mi amigo Pablo era una especie de peldaño para gente provinciana que se atrevía a dar el salto a la gran ciudad. Ante las dificultades que muchos encontraban en eso de alquilar un habitáculo donde caerse muertos, varias personas acudieron allí de manera temporal.


Primeros empleos, sueños de gloria y bastante miedo se agolpaban en unos cuerpos que no pocas veces se sentían turbados ante unas costumbres desconocidas que se relacionaban con el transporte urbano, retrasos y trasbordos, comidas en tupper, madrugones y un sinfín de nuevas reglas sociales que les pillaban de sopetón.


El Pablo y un servidor jugábamos a apostar. ¿Serían capaces de adaptarse a sus nuevas condiciones vitales o, por el contrario,  serían engullidos por ese maremágnum de la metrópolis que podría asfixiarlos en contraste con ese remanso de paz que se respiraba en las capitalejas provincianas como la nuestra?


Unos rápidamente se buscaban la vida seducidos por las bondades de vagones de metro y avenidas atiborradas de gente, posibilidades laborales o culturales. Sin embargo, otros desistían de tanto trajín, precariedad y dificultades económicas para retornar a sus lugares de origen. A veces una retirada a tiempo implica una victoria, sobre todo si en tu balanza de la calidad de vida priman la calma, lo accesible y el coste de la vida.


A estos les decíamos que no se lo tomaran como una derrota y que esas semanas de ajetreo y celeridad les servirían cuando visitaran Nueva York, París o Roma, pues todas las grandes ciudades en cierto modo se parecen y gracias a ese bagaje podrían sobrevivir sin problemas en sus escapadas de ocio. No hay mal que por bien no venga, que las grandes ciudades educan y enseñan.


Partiendo de esta reflexión que muchos compartirán, me zambullo en dos libros sobre grandes ciudades. En primer lugar el Nuevo en la ciudad de Marta Altés, un álbum que saca a la luz Blackie Books para hablarnos de esa sensación que habita en nosotros cuando tenemos que empezar una vida en otra ciudad. Quizá basado en su experiencia personal, su autora (recordemos que Marta Altés viven en Londres, una ciudad a la que hace muchos guiños en las páginas de este libro) nos cuenta la historia de un perro que busca su espacio en una sociedad que, a pesar de parecer hostil, tiene tanto de nuevo, como de bueno. Insignificante y olvidado, ¿claudicará el protagonista ante una sociedad con otras reglas? Los que han tenido que labrarse un camino en otras ciudades, saben que todo puede cambiar…


Por otro lado traigo La luna no es de nadie, un álbum de Tohby Riddle publicado por Babulinka Books. Con unas ilustraciones a caballo entre las técnicas tradicionales y el collage fotográfico, además de ser una oda a la amistad entre Clive Prendergrast, un zorro válido y muy resuelto, y Humphrey, un burro algo torpe, llorón y taciturno, este es un libro sobre la soledad que muchas veces desprenden las grandes ciudades. 


Llenas de trabas y dificultades para cualquiera de sus habitantes, estas urbes donde el tumulto nos convierte en anónimos y el ruido no nos deja hurgar en nuestro interior, las metrópolis se figuran oasis de imperfección desorbitada que, muchas veces, suponen un lastre para los más débiles. Algo que se puede contrarrestar gracias a una sincera amistad con la que disfrutar de esos necesarios pros que ofrecen las tierras prometidas.


lunes, 18 de mayo de 2020

Una pizca de conocimiento



Decía mi abuelo materno que su suegra, mi bisabuela, sabía “representar” muy bien. En palabras manchegas se refería a la capacidad de aquella mujer para comportarse debidamente en cualquier situación. No es que fuera camaleónica ni perteneciera a la burguesía ni se dedicara al protocolo, sino más bien una señora del siglo pasado, más bien prudente, silenciosa y con mucho conocimiento, algo que por aquí traducimos como observar, sopesar pros y contras, y actuar con corrección y respeto. Es lo que hoy en día, dentro de esa verborrea política imperante se definiría como “sabiduría”, algo que para mí tiene otras connotaciones.


Precisamente eso es lo que está faltado en estos tiempos de pandemia en los que el sentido común se ha visto diezmado por el egoísmo más asqueroso. Y aunque les parezca que mis palabras se dirigen al vecino, les aviso que no, que también son para mí, para ustedes, para todos los que nos creemos que el prójimo es el culpable de nuestros males comunes. El uso de la mascarilla, el distanciamiento social, ponerse los guantes, evitar el contacto… Todos creemos seguir a rajatabla las nuevas recomendaciones del modus operandi, pero sin embargo todos vemos cómo alguien incurre en la dejación de estas.


Es cierto que mucha gente lo hace adrede, pero también lo es que muchos, entre los que me incluyo, todavía no se han habituado a una anormalidad llena de hábitos algo increíbles que nos cuesta automatizar. En vez de cagarnos en todo y lanzarnos a despotricar (cosa a lo que alientan muchos sectores del nuevo estado opresor), nos iría mejor ponernos en otros pellejos, practicar la cortesía y entender la causa de unas maneras que nos pueden parecer deleznables. Eso también forma parte de esa solidaridad que tanto se menciona en algunas televisiones.
Meterse con los madrileños (como si no tuvieran bastante), demonizar a los niños (pobres), atacar a bares y parroquianos (Algún día habrá que enfrentarse a un virus que ha venido para quedarse), criticar al optimista y rajar del pesimista (como si no fuera bastante rasero la vida) o dedicarse a dar lecciones de civismo (Quizá no me he puesto la mascarilla porque he desarrollado inmunidad o estoy en mitad del campo), no son buenas opciones.


Yo, como siempre, me decanto por el “oír, ver y callar” (a veces este último lo cambio por “actuar”) de toda la vida, una máxima que se lleva practicando desde la antigüedad y de la que dan buena cuenta obras como las Fábulas de Esopo, el ¿escritor? griego archiconocido por sus pequeñas narraciones y del que hoy hablamos gracias a Blackie Books y una de sus últimas novedades en formato álbum.
Partiendo de ocho fábulas rimadas y adaptadas por Elli Woollard e ilustradas por Marta Altés, la editorial catalana presenta a los niños el mundo de la moraleja, uno construido a golpe de animales humanizados que se ven envueltos en situaciones cotidianas que siempre llevan implícita una enseñanza tanto para pequeños como para grandes lectores.


Con una vuelta de tuerca y una estética desenfadada gracias a la mirada siempre acertada de la ilustradora, vuelven a las librerías el ratón de campo y el ratón de ciudad, el asno con piel de león, los dos viajeros y el oso, la liebre y la tortuga o el mono y la raposa, breves narraciones que siguen vigentes independientemente de los cambios que se obren en el mundo.



miércoles, 13 de marzo de 2019

Los pormenores del tiempo



Como bien dejé entrever el  lunes, una de las cosas que más valoro en mi vida diaria es el tiempo libre. La verdad es que disponer de alguna tarde y todo el fin de semana para uno mismo, se agradece bastante ya que cuerpo y mente necesitan orearse. Atender otros menesteres distintos a los estrictamente profesionales y dejarse llevar por derroteros más ociosos, como el que me ocupa en este mismo instante (escribir sobre libros infantiles), es un lujo del que soy consciente.


Nadar, viajar, leer, hacer la compra, hacer la comida, limpiar, poner lavadoras, corregir exámenes, salir de parranda, lavar el coche, atender a la familia… ¡Para, Román, para! Que lo peor de todo viene cuando empiezas a darle uso a todas esas horas, todos esos minutos que supuestamente te sobran y, lo que antes se suponía bastante distendido, pasa a ser otra carrera de vértigo que te ocupa más de la cuenta.


No es que yo me agobie, pues he aprendido a tomarme el tiempo con calma, pero entiendo que otros si lo hagan, sobre todo cuando no tienen quien les eche una mano con los hijos, las horas extra o la casa. Y así pasa, que los días se les hacen eternos y al mismo tiempo se les pasan volando, pues su mente trabaja a contratiempo o en un bucle de monotonía.
Un buen ejemplo de ese trajín diario lo tenemos en Cinco minutos más, el último libro de marta Altés que nos trae como de costumbre la editorial Blackie Books. En este álbum familiar (gusta a pequeños y grandes por igual), la autora nos presenta el día a día de un padre al que el tiempo no le cunde nada mientras se hace cargo de sus hijos.


Esta historia cotidiana y con cierta vis circular –empieza despertando y termina soñando-, se basa en una serie de situaciones (acuérdense del sketch como estructura narrativa) que nos exponen las paradojas a las que nos tiene acostumbrado el tiempo.  
Aparte de una caracterización de los personajes maravillosa (como en la mayor parte de sus obras) y una paleta de color encantadora, quiero llamar la atención sobre dos aspectos técnicos que me han gustado mucho. En primer lugar la ilustradora combina la secuenciación en viñetas con las escenas a página sencilla y doble, para acelerar o ralentizar el ritmo narrativo, un recurso que funciona estupendamente en un libro que nos habla del tiempo. En segundo lugar hay que denotar que los hijos son los narradores, por lo que hace más fácil una implicación del lector-espectador (hay mucho que ver en este libro-álbum), sobre todo desde una angulación en la que el mundo de padres y personas mayores parecen meros títeres de la acción ficcional.


Con este álbum muchos hablarán de crianza compartida o literatura respetuosa, pero el caso es que yo me quedo con la disyunción de ideas entre el mundo infantil y el adulto que sobre el concepto del tiempo tan magníficamente nos presenta la Altés. Por un lado favorece lo paródico y nos hace tomar con una perspectiva humorística el tema, por otro lado pone de manifiesto una vez más lo subversivo del álbum como producción literaria, poniendo en valor los pensamientos infantiles que se ríen de la terquedad y falta de miras adultas.


Para finalizar, un consejo… Quizá deberían practicar el “mindfulness”, adherirse al movimiento slow o bajar a por tabaco y darse el dos. No sé qué será mejor, pero el caso es que la relatividad del tiempo a veces no es saludable, sobre todo para esos adultos maduros y responsables que, como burros de carga, supeditan la felicidad al reloj. Disfruten del tiempo invertido (nunca se gasta, recuérdenlo) y no dejen que el “tic tac” con forma de cocodrilo les devore como a Garfio, poco a poco.

viernes, 18 de enero de 2019

De célebres escritores y cambios animales



Uno de los espacios de Londres que más me llama la atención es la Poet’s Corner de la Abadía de Westminster. Se trata de un espaco en la nave sur del templo de la iglesia anglicana dedicado a honrar la memoria de todos aquellos que han contribuido a engrandecer la cultura, sobre todo de corte humanístico, inglesa. De entre todos los homenajes allí presentes, son dos los que, como buen lector, me han interesado, concretamente las tumbas (no sólo hay enterramientos, también placas, bajorrelieves o bustos) de Charles Dickens y Rudyard Kipling. Lo del primero es una cuestión de admiración (ya saben que es uno de mis  favoritos) y lo del segundo tiene más que ver con los monstruos, pues es de admirar que un escritor que logró fama con sus novelas y relatos infantiles este sepultado aquí (Y ojo, porque a mi juicio, el honor es para reyes y princesas y no viceversa).
Es cierto que Kipling fue un autor muy prolífico, tanto de textos periodísticos y ensayos, como de relatos y novelas dirigidas a los adultos, pero nada sería de él si los niños no se hubieran fijado en obras como los Libros de la Selva, Kim, Puck de la colina Pook (del que por cierto vamos necesitando alguna buena edición) o Cuentos de así fue, parte del libro que nos acompaña hoy gracias a la última edición en castellano de Blackie Books.
Se podrían decir muchas cosas sobre este título… Por ejemplo que es un libro que nació al amparo de El segundo libro de la selva, concretamente del cuento Cómo empezó el miedo, en la escena en la que Mowgli escucha el cuento de cómo el tigre obtuvo sus rayas. También podríamos hacer alusión a que fueron ideados para darle las buenas noches a su primogénita Josephine, antes de que esta muriera de pulmonía a la temprana edad de 6 años. O que la primera edición (1902) estaba acompañada de las ilustraciones del propio autor (la edición de hoy cuenta con las de la reconocida artista catalana Marta Altés). Pero lo mejor es dejarles con parte de una de las cinco historias rimadas y remasterizadas por Elli Woollard (son 13 en la versión original) que narran la transformación de algunos animales hasta el aspecto que nos presentan hoy día. ¡Disfrútenlas!

Hoy voy a contaros por qué una Ballena
no puede tragarse a un marino
ni cruzar los mares con la tripa llena
como hace un modesto pingüino.

Creedme, la historia merece la pena…

Un gran animal de apetito brutal,
eso era la enorme Ballena,
y tenía un hambre tan descomunal
que nunca esperaba a la cena.

“¡Qué rica dorada! –decía encantada-,
¡que hermoso, ese atún tan lustroso!”.
Ni estando saciada cambiaba por nada
un solo bocado sabroso.

Cuando amanecía, solía engullir
treinta bacalaos de una vez.
Hasta que un buen día se le oyó decir:
“¡Aquí ya no queda… ni un pez!”.
[…]

Rudyard Kipling.
Así fue como a la Ballena le encogió el gaznate.
En: Cuentos de así fue.
Adaptación de Elli Woollard.
Traducción de Miguel Azaola.
Ilustraciones de Marta Altés.
2018. Barcelona: Blackie Books.



viernes, 19 de febrero de 2016

Hablando de LIJ con... Llanos Campos


Román Belmonte: Como los albaceteños estamos orgullosos de serlo, qué mejor que invitar a este espacio a una paisana; y si además es una monstrua (menos mal que me paso las dicotomías de género por el forro...), ¡mejor que mejor! ¿Te has encomendado a la Virgen de los Llanos antes de esta entrevista o te ha bastado con bailarte una seguidiya?
Llanos Campos: Soy manchega valiente. Y bailar, bailo a diario; es lo que tenemos la gente sin vergüenza.
R.B.: Sabrás que hoy te van a leer desde toda España, Argentina, Chile, Venezuela, Alemania, Francia, Estados Unidos de América o Inglaterra... Así que, recién nombrada embajadora de Albacete y La Mancha por el mundo, dales a todos estos monstruos unas cuantas razones para que nos visiten...
LL.C.: Antes que darles razones, les preguntaría ¡PORQUÉ NO LO HAN HECHO YA! Castilla-La Mancha tiene historia, castillos, parajes naturales fabulosos…Pero de todo eso ya tienen casi todos ellos. Lo importante de verdad somos nosotros, los manchegos. Yo tuve que salir de Albacete para darme cuenta de que no todo el mundo -casi nadie en realidad- tiene nuestra retranca, nuestro humor negrísimo y bruto, y nuestra apabullante hospitalidad. Eso es lo mejor. Que vengan que se van a enterar…
R.B.: Chispas es un chico templado, decidido, cerebral, curioso, irónico, impulsivo, con buen humor y gracejo... ¿Qué y cuánto tiene de manchego el protagonista de El tesoro de Barracuda?
LL.C.: Pues todo eso y más. Creo que una de las bazas de la historia es que me han salido unos piratas caribo-manchegos muy «salaos».
R.B.: A ver cuando te marcas un guiño y me dedicas un personaje... (Guiño) Que lo mío también tiene chicha... (Risas)
LL.C.: Date por «homeajeao» como paisano. Aunque, espera… Román es un buen nombre para un… Estoy escribiendo la tercera parte. No lo descartes… Román… Sí, me gusta.


R.B.: A pesar de que muchos se sorprendieron cuando una desconocida ganó el premio Barco de Vapor en 2014, más de 25000 ejemplares vendidos en España y prometedoras ediciones en otras lenguas, son el aval de esta sencilla, honesta, divertida y redonda historia de piratas que ya tiene secuela. ¿Por qué la mayoría de los autores de LIJ se empeñan en rizar el rizo cuando, al final, los niños demandan las historias de siempre? ¿No suena un tanto pretencioso?
LL.C.: Puede que sí. Yo creo que lo que ocurre es que a veces los autores, buscando la publicación o el éxito, imitan lo que «se lleva» o lo que «parece que funciona». Pienso que uno no debería ponerse a escribir si no tiene algo que contar. No cómo, si no qué. Y las cosas que nos importan a todos (niños y adultos) no han variado tanto. Por eso hay obras de Sófocles, de Shakespeare o Cervantes que suenan a hoy mismo.
R.B.: Hace unos años vi lo que había tras las bambalinas de la LIJ y créeme si te digo que me quedé boquiabierto con la vulgaridad que ostentaban ciertos profesionales del sector... Confiésame algo: ¿Algún envidioso te ha llamado “advenediza” a la jeta? ¿Son muchos los que se han subido a tu carro cuando, antes del éxito, no existías? ¿Qué cuesta la fama?
LL.C.: A la jeta no, aunque tal vez sí parecían pensarlo. Pero esto ocurre en todos los ámbitos. Yo vengo del teatro, y en todas partes (creo que más en ámbitos que tienen que ver con la creación, algo peligrosísimo para el ego) cuecen habas. Y también: hay gente que ni me cogía el teléfono y ahora, de repente, me piden hacerse una foto conmigo. A mí me da risa, porque ni antes era tan mala, ni ahora soy tan importante. Lo bueno de esto es que ya me ha pillado mayor y todas estas cosas (las buenas y las malas) ni me hunden ni me inflan. En cuanto a la fama, pues lo bueno de la literatura (y del teatro) es que la fama es limitada. No me considero famosa.
R.B.: Me apena sobremanera que Júlia Sardá haya dejado de darle vida a sus personajes porque muchos lectores los imaginábamos así... Creo que ese tándem, en parte, ha sido responsable del maravilloso viaje que empezó su libro hace un par de años. Dimes y diretes aparte, ¿crees que el negocio de la Literatura, en general, y la LIJ, en particular, va en detrimento de los lectores, de los niños, en ciertas ocasiones?
LL.C.: Lo de Julia ha sido una pena, pero entiendo que ella tuvo una oferta por lo visto importantísima por parte de una gran editorial francesa, y según ella no podía hacer las dos cosas bien. Desde SM negociaron con ella hasta la saciedad, pero no pudo ser. En cuanto al negocio editorial, pues lo cierto es que no lo conozco lo suficiente como para hablar con propiedad. Está claro que la industria (toda), desde el momento que se engrasa con beneficios seguramente deja atrás otras cosas.


R.B.: ¿De dónde le viene a Llanos Campos la afición por la literatura infantil, por escribir para otros como usted? ¿Qué te inspira? ¿Dónde escribes?... Cuéntame tu viaje hacia el lugar donde viven los monstruos.
LL.C.: Una de las primeras personas a las que regalé El tesoro de Barracuda una vez lo recibí impreso fue a mi profesora de EGB, Alicia. Ella fue la primera que se dio cuenta de que me gustaba escribir. Creo que las pistas eran claras: ella nos mandaba una redacción de una página… y yo aparecía con ocho. Ella fue la primera que me animó, que me presentó a algunos concursos y me orientó al escribir. Después, mi pasión por el teatro me llevó a escribir obras para mi compañía y para otras. Como te contaba antes, yo me pongo a escribir cuando tengo algo que decir. A veces esto sale de una frase que escucho, de una película, de algo que veo en la calle. Por ejemplo, escribí una obra de teatro para adultos (Por el ojo de la cerradura) después de ver Bowling for Columbine de Moore, sobre una masacre perpetrada por dos estudiantes en su instituto. En un momento, alguien decía «Esto no empezó esta mañana; acabó». Y yo quise contar el previo, lo que lleva a estos niños a suicidarse o a coger un subfusil y acabar con decenas de chavales. Luego lo aderezo con mis propias experiencias (soy un archivo andante de anécdotas); entonces empieza lo bueno, porque a mí me chifla escribir. Primero doy larguísimos paseos enhebrando la historia en mi cabeza. Luego me siento a escribir, y entonces viene la etapa de «loca con espasmos», donde, de repente y sin previo aviso, hablo sola o doy palmas (en la cola del Mercadona, en el bus o en un velorio) porque acabo de encontrar el giro exacto que no encontraba. Escribo sola y con música, eso siempre.
R.B.: A continuación te dejo un hueco para que comiences una historia, ¿te atreves al reto?
LL.C.: ¡Uy lo que me ha dichoooo! ¡Ahí va!:
«Tenía la boca seca. ¿Cuánto había dormido…? El sol le daba de pleno. ¿No cerró anoche la persiana? ¡Ahivá, los deberes! Tenía que acabar el trabajo de sociales. Oye, ¿por qué le dolían los pies? Se incorporó despacio. Notaba el pelo pegajoso. La cama estaba… ¿llena de arena…? Un momento, no era su cama. Cuando se puso en pie, apareció de repente en medio de un camino entre maizales. Llevaba puestas una botas de goma y un disfraz de conejo. ¿Do… dónde narices estaba? ¿Qué había pasado? «Piensa, piensa…» Lo último que recordaba era que había ido al dentista con su padre… ¡Su padre! «Papá -llamó- ¡Papá!» Y una voz respondió entre los maizales: «¡Carlos!¡Ya voy! ¡No intentes quitarte las orejas!»


R.B.: Mucha gente no sabe que, desde hace muchos años, Llanos Campos se dedica al teatro, sobre todo al infantil. Por ello creo que es una ocasión inmejorable para que una profesional del teatro orientado a los niños nos hable un poco de este género invisible. ¿Por qué se publican tan pocas obras de teatro para pequeños lectores?
LL.C.: ¡Ay, que voy a tener que darte la razón sobre el negocio y la literatura! Pues el caso es que yo empecé a escribir obras para niños precisamente por la falta de títulos que me pareciesen interesantes. Luego lo hice parte del trabajo, con improvisaciones para llegar al texto que más de una vez me metieron en problemas, pero siempre terminaba siendo un trabajo muy enriquecedor. Estoy intentando publicar estos textos, pero no es fácil. Las editoriales no ven rentables las obras dramáticas, porque (resumiendo) se fotocopian y por ello se venden pocos ejemplares, pero hay formas de hacerlas más interesante según mi propia experiencia. Yo tengo escritas obras para niños y obras para que las representen niños (que no es lo mismo, claro), y también para adultos, pero el teatro interesa poco al sector editorial por lo visto. Aunque espero equivocarme y poder publicarlas algún día.


R.B.: Defiende el teatro para niños. ¡El megáfono es tuyo!
LL.C.: El teatro es un arma muy poderosa. Cuando asistes a una representación que de veras te «toca», no hay sensación parecida. Ninguna, créeme. Es algo vivo, que ocurre justo ahí, delante de tus ojos. Y es irrepetible; aunque la veas mil veces, jamás será exactamente igual. Los sentimientos que despierta (cuando lo hace, que no es siempre, claro) son primarios y reales. A mí me gusta decir que el teatro es la mentira más hermosa: el público sabe que va ver algo que es mentira, el actor sabe que es mentira… y sin embargo lo que se crea en la sala es absolutamente verdad. Los niños, con su sensibilidad sin domar, son los espectadores perfectos; nada de cortesía ni de aplaudir todo el tiempo que el reparto salga a saludar. Si no les gusta, lo notarás al instante. Y si has conseguido atraparles, no hay mejor público que ese. El teatro enseña el poder de la palabra, de la imaginación, hace que creas sin dudar que una caja de cartón es un avión o un elefante, que te hace sufrir por naufragios en una moqueta y ver pájaros donde solo hay sonido. En un mundo en el que todo se hace real digitalmente, esto es inestimable. Para niños, para adultos, da igual.
R.B.: Yo fui al 4 (N.B.: los institutos de Albacete siempre se han nombrado por números) y recuerdo entre alegría y nostalgia la gran afición por el teatro clásico y contemporáneo que respirábamos en los pasillos de los centros educativos, el certamen que aglutinaba a todos aquellos grupos amateur en el auditorio municipal, o a todos aquellos compañeros de pupitre que dejaron un (supuesto) futuro prometedor para vivir de la interpretación. ¿Es el teatro escolar la gran piedra angular que sustenta un género que tanto tiene que ver con el amor por la palabra?
LL.C.: ¡Yo también fui al 4! ¡Lo inauguré, en realidad! Yo trabajé como monitor de teatro durante unos años y fue muy enriquecedor. Creo que esas experiencias enriquecen tantas facetas de la formación de un niño (psicomotricidad, lectura comprensiva, autoestima, oratoria, etc, etc) que debería ser una asignatura más, como parece ser que se ha hecho en Chile. Puede que eso despierte la vocación actoral en algunos niños, pero si no es así,como mínimo crea nuevos espectadores y les acerca al arte en general.
R.B.: Como estoy tan poco puesto en estas lides y soy bastante enterao, enróllate y recomiéndame algo de teatro infantil de última hornada...
LL.C.: Por mi trabajo, ahora mismo estoy más familiarizada con el teatro infantil de compañías que crean sus propias obras y textos. Sin salir de Albacete, hay muchas compañías que están trabajando mucho y bien, y creando maravillas. Gente como Patricia Charcos, que está trabajando en teatro y música para niños, o como Rosa Díaz (también albaceteña) que desde Granada se pasea con su compañía La Rous por medio mundo encandilando a niños y mayores con sus trabajos.


R.B.: Jugar, comer y leer son algunas de mis pasiones, así que, para despedirte, me veo en la obligación de preguntarte por tus juegos, platos y lecturas favoritas.
LL.C.: Pues me gusta jugar con mis sobrinas a casi todo, cuanto más loco mejor. Y comer… la pasta me pierde (así me luce la base sedente). En cuanto a la lectura, me enganchan las obras que me desconciertan, que me sorprenden y que me cuentan historias inesperadas. Por eso me encantan García Márquez o Borges. E incluso las que relatan historias que parecen las de siempre, pero tan bien contadas que parecen nuevas (como Tolkien o Auster).


Llanos Campos (Albacete, 1963), aunque comenzó a estudiar Psicología en la Universidad de Granada, se decidió finalmente por estudiar el ciclo de interpretación en la Escuela Municipal de Teatro de su ciudad natal. Una vez finalizado, empieza su andadura profesional por varias compañías de teatro de nuestro país (Teatro Fénix) o extranjeras (Johannes Vardar). Más tarde se anima a crear sus primeros textos teatrales dirigidos a niños y adultos para compañías como Teatro de Malta, Teatro Capitano o Diábolo Compañía de Partes, junto a la cual desarrolla una versión del Quijote protagonizada por marionetas. Finalmente decide fundar la Compañía Falsaría de Indias y desarrollar espectáculos como SoloLeo, Los sueños de Valentina, El viaje increíble de Juanito (todos ellos infantiles), Por el ojo de la cerradura o Ciento volando (para adultos), con los que ha obtenido varios galardones. En el 2014, ganó el Premio Barco de Vapor con El tesoro de Barracuda, un inmejorable debut en el mundo de la Literatura Infantil.

viernes, 22 de mayo de 2015

Jornada de reflexión


Me da pena que llegue el día de mañana, entre otras cosas porque se acaba (de una vez por todas) una campaña electoral de lo más divertida. Sé que muchos estarán deseando ver las calles limpias de pancartas, carteles y “merchandising” partidista, pero yo lo que echaré de menos será la guerra de insultos, improperios y maldades que simpatizantes de unos políticos y otros, se regalan en las redes sociales… Esta era mi primera campaña electoral en Facebook© y Twitter© y me he reído de lo lindo mientras hacía mis consabidos estudios de campo sobre la fauna que se alista en unas filas y otras. Pura ciencia, ya saben... Me llama la atención cómo plebe de un lado y otro se embadurna de tintes y simbologías para defender a sus nobles feudales dando muestra de que lo de este terruño no tienen solución, y más que barroco, lo nuestro es medieval, algo que se deja entrever en tanta lucha mediática, en el afán  por alcanzar la gracia divina, tocar la salvación eterna, merced a un buenismo que tiene más de coyuntural que de sincero.


Lo del clientelismo ya me tiene un poco harto. Llamemos a las cosas por su nombre: aquí, a lo que todos aspiramos es a trincar, mucho o poco (eso ya depende de lo buenos que seamos o de lo que nos dejen), pero pillar algo, que para eso nos pasamos la vida mendigando, lamiendo culos o trabajando (N.B.: cada cual que elija lo que más le convenga). Que si yo me afilio a este partido porque la diputación me va a publicar una antología de mi obra, que si yo defiendo a estos otros porque me han prometido subvencionar una colección de libros en un dialecto que no conoce ni Rita la cantaora; que sepas que si apoyamos a los de más allá en su cruzada por el bilingüismo nos van a soltar la guita, y que aquellos otros han prometido rebajarnos el precio del papel en un trescientos por cien si metemos a su hija (que es ilustradora del montón) en plantilla… Sólo falta la Iglesia pidiéndole a los cuentacuentos que abanderen la cruzada contra la felación a cambio de incorporar sus narraciones en el sermón de los domingos (¿Cómo no se les habrá ocurrido?).


Todos queremos el poder. Mandar, gobernar, mangonear, manejar y decidir por otros es lo que mejor se nos da. Y si no lo conseguimos, que nos dejen vivir, toda una prioridad cuando medrar, ascender en la escala social, tintarnos el pelaje, pasar del “papa” al “papá”, y del “Coviran© al Hipercor© sin hacer na’, es nuestro leitmotiv… Y es que en este país se pasa mucha hambre…, por culpa de los fondos de cohesión europeos, del PER, de las hipotecas basura, del dinero negro, de los subsidios por desempleo, del calor veraniego, de nuestra educación católica, de la envidia que nos corroe a unos y a otros, y de nuestra falta de compromiso y congruencia. Así pasa, que todos estos reyezuelos y aristócratas que se eligen a pie de urna y a golpe de talonario nos toman por el pito del sereno y hacen lo que les viene en gana mientras nos echan las sobras.


Así que, durante la jornada de reflexión les dejo con “La” (sólo hay una) Marta Altés (N.B.: Siento que te haya tocado, querida) y El rey de la casa (Editorial Blackie Little Books), para que den buena cuenta de que, mientras haya listos con ganas de mandar y tontos que se dejen engañar, estaremos henchidos…, unos de verdades y otros de mentiras.
Con toda esta perorata (¡Ufff, necesitaba un desahogo!) sólo les pido: Déjense de rollos, no me llenen más la bandeja de entrada de propaganda y hagan lo que les salga del pijo, que ya meditaré durante la juerga del sábado a quién le corto yo el pescuezo, con mi voto, por supuesto.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cambiar de hogar...


Entre pitos y flautas, llevo más de un tercio de mi vida fuera de casa. Soy un profesional de la maleta, capaz de empaquetar todos los enseres en cinco minutos y no olvidar ningún elemento imprescindible para sobrevivir… Pormenores de la labor educativa, esa que te lleva por autovías, carreteras nacionales, comarcales y algún camino de cabras para diseminar por tierras agrestes lo poco que sé de la vida.
Fundar un nuevo hogar, aunque supone un camino bastante empinado, la mayor parte de las veces suele tener cierta recompensa, sobre todo cuando el ambiente acompaña y te mece con suavidad al ritmo de unos sones que suenan a bienvenida. Cuando lo que te rodea no te sonríe tanto como debiera, hay sitios que, a pesar del correr de los años, no van más allá de lugares de paso.


A pesar de tener experiencias de todo tipo, diré que, aunque en un principio las grandes ciudades puedan parecer más impersonales y menos acogedoras, son preferibles a los pueblos pequeños y otros cortijos aislados en los que a priori te reciben con los brazos abiertos pero luego están deseando echarte a patadas (dicotomía urbe-villorrio, como diría mi amiga La Ascen…). Lo cosmopolita ofrece un amplio abanico de posibilidades, sobre todo gente variopinta entre la que poder encontrar buenos amigos, que, al fin y al cabo, son los pilares sobre los que se van disponiendo el resto de ladrillos que construyen las paredes de una nueva casa…, y lo demás, va rodado…
Hay gente que prefiere novios, parejas y demás animales de compañía, aunque los años me han hecho considerar seriamente esta opción y prefiero una buena jarana rodeado de mucho personal, que ir en busca y captura de un suculento bocado que, a la postre, puede traer demasiados efectos colaterales. Así que me inclino por echar mano de más conocidos y evitar roces sexuales, que uno no está para muchos trotes, se queda trastornado y sigue más solo que la una.


Seguro que tienen muchas historias cercanas sobre exiliados, expatriados, viajantes, aventureros, desterrados, olvidados y parados de larga duración, que se han ido lejos para, golpe tras golpe, tropezón tras tropezón, van creando un lugar donde vivir, un sitio agradable lleno de calor donde el tiempo sea feliz y llevadero. La misma historia que nos cuenta Marta Altés (la gran triunfadora de la ilustración patria) en Mi nueva casa (editorial Blackie Little Books). Ella también conoce de primera mano lo que es vivir fuera de casa (la diáspora es lo que tiene…) y nos lo sabe transmitir a través de este libro ilustrado, una obra que está llena de hermosos detalles (no exentos de gracia) y que les recomiendo regalar a todos aquellos que por circunstancias laborales o personales se ven obligados a fundar nuevos hogares en otros lugares.

lunes, 10 de marzo de 2014

Del artisteo


El mundo del artisteo se cae por su propio peso, más todavía desde que la nuera de Tita Cervera (no tengo porqué llamarla de otra manera dado que ese es su título nobiliario) y Kiko Rivera Pantoja se han encaramado a esto de la creatividad para sacarse un buen sueldo y estar a todas horas en la tele… Es una pena que trabajadores incansables del pincel y la partitura, sacrificados horas y horas desde la niñez, no pasen de meros segundones y terminen sus días en la rambla barcelonesa aguantando australianos y alemanes…¡Qué cruz! Y así va España, este país de alta titulitis y baja meritocracia, donde menos vale el talento que un buen padrino.
Dejando a un lado lo anterior, me centraré en el divismo artístico… Ese espíritu de reina de las fiestas que se abarrota en los corazones creativos de quienes vagan por escuelas de arte, conservatorios, facultades, estudios fotográficos y de diseño, o salones de alta costura, es una máxima de todo el que aspira a pasar a la Historia. Caprichos, terquedades e inflexibilidad son las cualidades que hoy día necesita cualquier creador en el cotarro de las ideas y otras copias baratas (muchos todavía no se han percatado de que griegos y romanos ya se encargaron de inventar el arte), hasta que dan con algún que otro empresario canalla que, harto de tanta gilipollez, le da un buen par de ostias, lo baja de esa nube de postura infantil y lo pone a trabajar por cuatro pesetas, algo ante lo que el susodicho agacha las orejas, curra a todo trapo y sacrifica lo que haga falta de su arte y compás.  No hay nada como una buena dosis de realidad…


El artista que lo vale, no es aquel que se subyuga al poder (el hambre es otra cosa…), sino aquel que vive de lo que le gusta, sin reparos, ni cambios de última hora. Los grandes que tienen claras sus ideas, las plasman con calidad y eficiencia siempre son reconocidos como tales, tengan un solo cuadro o una única sonata. Sigan el ejemplo del protagonista de Soy un artista, un álbum ilustrado de Marta Altés (editorial Blackie Little Books) muy divertido y con un ritmo maravilloso que me ha encantado; no aten a su sensibilidad, déjenla desbocarse, sin medida y sin pausa y quizá, sin directrices ni corsés, vea la luz la obra de arte de esconden en corazón