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jueves, 17 de diciembre de 2020

Arrasar con todo


A Laura, que hablamos mucho de esto.

No crean que estoy de cachondeo, pues el científico que hay en mí lleva meses estudiando los comportamientos faunísticos que se desarrollan a su alrededor. Luchas encarnizadas, madrigueras de aislamiento, cambios de pelaje, mimetismos y otras formas de camuflaje, nuevas estrategias para el cortejo, rodeos y más rodeos, sacrificios familiares o falsas señales de peligro. Son muchas las pautas comportamentales que estamos vislumbrando durante las últimas semanas. Todas ellas encaminadas a hacer frente a esta crisis del coronavirus. 


Si bien es cierto que las nuevas circunstancias no han mermado totalmente la vida de la mayoría, algunos están viendo alterado su modus vivendi de forma drástica. Lo peor de todo es que todavía no se han dado cuenta de que su mundo cotidiano se ha ido derrumbando con el paso de estos meses. 
Discusiones familiares, amigos silenciados, relaciones laborales inexistentes, ocio supeditado a telediarios y fake-news, hermetismo sentimental, obsesiones sanitarias y un sinfín de conductas poco lógicas y antinaturales, han dado buena cuenta de la incapacidad adaptativa de estos agazapados. 


Poco a poco, esa ineptitud etológica les está llevando a una situación devastadora que probablemente no tenga marcha atrás, pues todo lo que se prolonga en el tiempo (y aviso de que todavía nos falta otro año para regresar a la ansiada normalidad) crea hábitos difícilmente reversibles. 
Quizá sea otra forma de abordar la supervivencia, una basada en el egoísmo y el aislamiento, pero deben concienciarse de que también conllevará daños colaterales en los que la soledad y el orgullo transitarán lo incendiario, lo inhumano. 
Con este panorama, día que pasa, día que tengo más claro, que la pandemia, esa enfermedad que debería haberse convertido en un motivo de introspección y reconstrucción, se ha convertido en la excusa perfecta para arrasar con todo lo bello que habitaba en muchos, hasta reducirlos a un paraje yermo y baldío cubierto de cenizas. 


Y como guinda de esta perorata tan zoológica, les traigo El rey del bosque, un álbum de mis apreciadas Margarita del Mazo (a las palabras) y Rocío Martínez (a las imágenes), editado este otoño por Nórdica en su colección infantil que se llena de animales y metáforas ecologistas para ahondar en los efectos que las cuitas de poder tienen sobre ecosistemas equilibrados aunque desordenados. 
El oso, enemigo del caos que reina en el bosque, insta a los demás animales a elegir un soberano que ponga un poco de orden. Como no se aclaran, él mismo y por la fuerza se autoproclama rey. Como los demás no presentan ninguna objeción, el susodicho comienza a imponer su ley. Una alambrada, horarios para hacer cualquier cosa, limpieza forestal: todo un despropósito. 


Si quieren saber qué pasa con este bosque, les animo a internarse en este libro de colores vibrantes , recursos narrativos del cómic y montones de detalles (no pierdan de vista sombras y siluetas) que, con cierta vis informativa, también nos invitan a conocer buena parte de nuestra flora y fauna. Lo mejor de todo es cómo termina el oso. Y espero que ustedes, tras esta pandemia, no corran su misma suerte. 


viernes, 15 de mayo de 2020

Libertad de movimiento



Durante la jornada número 63 de confinamiento toca hablar de libertad. Sí, como lo oyen. Libertad. Porque creo que ya está bien...
Ni un solo estado europeo, ni siquiera aquellos que han sido más duramente golpeados por el virus como Francia, Italia o Reino Unido, han declarado un “estado de alarma” como el nuestro, ni mucho menos lo han extendido durante tanto tiempo.
Recordemos que dicho estado es excepcional y, aunque constitucional, se enmarca en un vacío democrático reservado para ciertas situaciones entre las que a priori no se encontraría la actual, pues esto es más bien un “estado de emergencia”. Sin embargo los que nos gobiernan han aducido siempre razones de salud pública para hacer uso de él, algo que la sociedad ha entendido y permitido a lo largo de estos dos meses, pero sobre la que comienza a desconfiar teniendo en cuenta los daños colaterales que se esperan de ella, así como las actuaciones poco decorosas y democráticas del gobierno en materia sanitaria, económica y sobre todo, legislativa.


En vez de velar por la prevención (¿Y los test? ¿Dónde están?) y el cumplimiento de las medidas sanitarias (¿Por qué no plantean el uso obligatorio de la mascarilla en vez de jugar a la ambigüedad?), se están dedicando a meter miedo (Todos acojonaditos para pedir de rodillas que nos encierren para mantenernos a salvo del coronavirus) y a cercenar la libertad de movimiento y expresión, algo que recuerda más a regímenes totalitarios que a democracias parlamentarias. Si a ello añadimos una nula capacidad de actuación y planificación de un tiempo futuro que se prevé más que difícil, no es de extrañar que el pueblo empiece a hacerse preguntas sobre las mentiras vociferadas por los asalariados medios de comunicación y saltarse a la torera unas normas que ni siquiera los políticos respetan.


Con ello no quiero decir que comparta las manifestaciones en vivo o en diferido que realizan algunos sobre la gestión de esta crisis (eso de poner en peligro a mis congéneres u ofrecer una coartada al gobierno para más “estados de alarma” ante un repunte muy probable, no va conmigo)  ni mucho menos a valorar el outfit de los coronapijos o  perroflauters (siempre me ha parecido de muy poca clase eso de juzgar un libro por su portada), pero si diré que entiendo el malestar generalizado de una ciudadanía que sufre medidas policiales propias de las dictaduras (censura, toques de queda y sucedáneos de allanamiento de morada) y un escenario de incertidumbre en el que mentiras (ya me dirán que fiabilidad tiene el estudio de inmunidad) paguicas, chivateo y división social son el único plan B.


Podría haber hablado de la irresponsabilidad ciudadana, de cómo todo quisqui se dedica a hacer de su capa un sayo, de los niños desorbitados, del comadreo en parques y vías públicas, de las terrazas y de las malas cabezas, pero hoy no va a ser el día (ya ha habido otros previos y los habrá posteriores), sobre todo porque el ciudadano de a pie ha sufrido mucho durante estos 63 días y necesita respirar y aligerar sus cargas personales y emocionales (que son muchas algo que se desprende del notable aumento en la venta de ansiolíticos y antidepresivos), necesitamos sentirnos unidos y libres para empezar a digerir una difícil anormalidad que ya tiene mucho de jaula.


Aunque para ello podría haber elegido muchos álbumes, al ser viernes y festivo en muchas localidades, me he decantado por el tono siempre simpático, alegre y esperanzador de  mi querida Margarita del Mazo, que junto al siempre vitalista e imparable José Fragoso, han tejido La princesa Sara no para (editorial NubeOcho), una historia divertida que habla de una princesa llena de vitalidad, que no puede estarse quieta ni un momento y que mina las expectativas de unos padres que prefieren una hija tranquila y sosegada. Sara está fuera de control y eso no les gusta para el futuro del reino, llegando a buscar incluso una cura para su “Nomepuedoparar” galopante.


Mientras descubren el secreto y disfrutan de una narración con mucho humor, tanto verbal, como gráfico (les recomiendo buscar detalles y guiños en las desenfadadas imágenes del artista), sólo me queda invitarles a ser libres (sin molestar a nadie, como nuestra protagonista) a pesar de los grilletes que nos quieren imponer algunos.

jueves, 19 de marzo de 2020

De besos y padres


Una de las cosas que más estoy echando de menos durante esta cuarentena son los besos. Y quienes me conozcan saben que, aunque sean gratis, no voy propinándolos a diestro y siniestro, pues los besos significan algo y hay que sopesar muy bien a quienes dárselos. Ya sé que cariño y austeridad nunca se dieron la mano, pero en ciertas ocasiones hay que poner freno a la hipocresía.


A mis amigos, a mis sobrinos, a mi hermana... Pero sobre todo a mis padres. Lo necesito. Más en un día como hoy en el que además de celebrar el llamado día del padre, coincide con el santo de mi madre, así que en casa se celebra por todo lo alto. Arroz con pollo, bien de pasteles -si son de La Suiza, la confitería con más renombre de la ciudad, mucho mejor- y una larga sobremesa. Pero como mi madre está con el maldito virus, ni sobremesa ni sobrinos sandungueros ni besos.


Y si a mí, que soy un besucón, se me ha antojado el día un poco triste, no me quiero imaginar lo que habrá sido de esos que sólo los besan en ocasiones especiales (Piensen que hay muchos, ¿eh? Que parece que los hombretones no podemos ir dando muestras de amor sin ninguna excusa). Espero que este día del padre sin padres les haya hecho reflexionar sobre lo importante que es regalar una caricia y un abrazo a aquellos que irán faltando dentro de unos años.


Por si esta no fuera una razón de suficiente peso, les recuerdo que durante los pasados días mucha gente ha perdido a sus seres queridos. Seguramente lo estarán pasando muy mal, sobre todo por lo deshumanizado de este virus que no entiende de despedidas ni de lazos familiares. No han podido acompañarlos durante la enfermedad ni han podido darles sepultura. No han dicho adiós a quienes les dieron la vida, y eso, déjenme decirles, deja un vacío muy grande.
A pesar de ello, creo que este coronavirus que nos está cambiando a pasos agigantados, también lo hará en otros ámbitos, y que las relaciones con las personas que siempre hemos tenido cerca, adquieran la consistencia necesaria para que este tiempo que vivimos no las siga desgastando.


Aunque hoy no he tenido mucho tiempo (N.B.: A quien se lo diga no se lo cree, pero lo cierto es que estado muy atareado: ejercicio, cocina, limpieza y algo de dibujo), he sacado un rato a última hora para recoger unos pocos títulos que hablan de padres, para celebrar este día con los monstruos. Hay padres primerizos, padres únicos, también hay padres numerosos, padres sensibles y padres juguetones. Todos lo que traigo a la palestra bien merecen su atención, así que una vez que esto termine, ya saben: hay que acudir a una librería y regalarle el que más le guste a su padre.


¡Feliz día a todos, incluidos los Josés, Josefas, Pepes y Pepas!

martes, 24 de febrero de 2015

Segundas partes. Reflexiones en torno al libro-serie.


Cuando un producto es rentable y provee de cuantiosos beneficios, la práctica editorial más habitual es la de lanzar al mercado secuelas del mismo. Segundas, tercera, cuartas y quintas partes se agolpan en las estanterías de medio mundo y comienza un nievo ciclo de consumo que se engancha una y otra vez al bolsillo.
Aunque viene siendo la tónica común entre novelas juveniles e infantiles, no lo ha sido tanto en el género del álbum ilustrado (salvo contadas excepciones de gran éxito entre los niños, véase el Pomelo de Ramona Badescu y Benjamin Chaud), un tipo de libro que conlleva más trabajo (incluimos la labor del ilustrador, no se olviden) y más inversión (la tapa dura, el color y la maquetación encarecen el producto final) que las anteriores. A pesar de ello, la tendencia está cambiando y cada vez son más los libros ilustrados que cuentan con segundas y terceras partes.
Esta decisión, marcada por la editorial de turno o por los padres de la criatura, tiene una serie de consecuencias (no me meteré en un juicio de valores, que ya está bien de agitarles los tuétanos) entre las que cuento las siguientes:
1. La optimización de la idea inicial por parte de los autores/ilustradores. Pese a que el proceso creativo es lento y complejo, dense cuenta que, actualmente, los libros ilustrados tienen una vida que no va más allá del curso escolar, marcado principalmente por las novedades del sector y cuatro actividades de promoción. La obra abandona los estantes de las librerías demasiado pronto y las historias no trascienden lo que debieran (¡Qué poca rentabilidad a tantas horas de trabajo…!) Con las secuelas esto cambia: la idea se sigue explotando, los autores se animan y ven como sus “hijos” crecen a lo largo de las páginas. En resumen, es más satisfactorio.
2. Aumenta el interés del lector. Cuando embebemos al lector en la acción y éste conoce a los personajes, muchas veces siente la necesidad de sumergirse más profundamente en sus vidas, en sus defectos y virtudes. Le resulta atractivo saber qué caminos nuevos recorrerán y es por ello que las segundas y terceras partes siempre enganchan antes al lector, lo embaucan peligrosamente en la aventura de leer.
3. Optimización de la inversión. Cuando uno conoce de manera tangible las ventas de un determinado libro, es más fácil priorizar gastos o presupuestar su secuela. Conocemos el número de lectores potenciales, sabemos quiénes son y adónde van a comprar, es por ello que las segundas partes de ciertos libros nos permiten una mayor concreción a la hora de imprimirlo (los excedentes son una lata), su lanzamiento y las campañas de difusión. Es decir, el azar pasa a ser un factor de menor importancia y el proceso es menos arriesgado.
4. El desgaste y la pérdida de frescura narrativa. El ritmo de la industria no está a la par del ritmo creativo. Forzar las ideas, no dejarlas reposar, madurarlas convenientemente, y plasmarlas lo antes posible en un soporte físico, a veces provocan una pérdida de calidad, dejando que la obra literaria roce la paraliteratura o se transforme en ella. Por todo esto la programación y el marco temporal en este tipo de libros-serie deben pensarse milimétricamente.
5. Encasillamiento. Los libros-serie suelen tener bastante éxito comercial y teniendo en cuenta que todos los autores/ilustradores anhelan tener un libro memorable, es un suculento bocado verse enrolado en un proyecto como este. Pero… ¡cuidado! Pasar a la posteridad puede tener un alto precio ya que sobreexplotar una idea puede terminar acotando nuestro estilo en obras similares o restar oportunidades a otros proyectos válidos.



Estén de acuerdo o no con mis análisis, les invito a tomar entre sus manos Carlitos Super M –secuela de Las gafas de ver- (Margarita del Mazo y Guridi para Ediciones La Fragatina) y Cómo esconder un león a la abuela –secuela de Cómo esconder un león- (Helen Stephens para Ediciones B – B de Blok), para disfrutar de dos buenas segundas partes que prueban el buen hacer de sus autores en sus respectivas primeras. ¡Espero sus comentarios!



lunes, 13 de enero de 2014

Gafas, sinsabores y amores


Cambiarse de gafas es una lata, no sólo por tener que recaudar una buena suma de dinero (ya saben ustedes que el mundo de los anteojos, lentillas y otro tipo de lupas no es nada barato a pesar de que ciertas franquicias estén empeñadas en vendernos gato por liebre), sino por acudir a la óptica de turno, probarse los cientos de modelos que hay en las estanterías, discrepar con tu madre, tu mujer y tus hijos sobre cuál es la más adecuada para tu fisionomía facial, barajar las ventajas y desventajas de la pasta, el metal, el anti-reflejante, si se pueden cambiar varillas y patillas, o si podemos acoplar unos cristales viejos a esta montura… Eso, en el mejor de los casos, porque lo de las progresivas, tiene miga…
Lo más gracioso de todo viene cuando tu acompañante, ese que ha pasado por el quirófano para prescindir de este martirio adquirido o heredado que es la gafa, o que ha tenido la suerte por naturaleza de tener la vista de un águila, se pone a merodear entre las lunas tintadas, esas recomendadas ante sol y nieve, para sentirse una estrella de cine, constatar lo vacilón que resulta colgarse unas lentes oscuras o dar rienda suelta a su imaginación mientras toquitea las marcas de alta gama…


De seguro que si un servidor no tuviera que llevar este objeto incómodo que se apoya sobre nariz y orejas, no tendría en deseo colocarse unos quevedos para protegerse de los rayos de luz a menos que fuera estrictamente necesario. Me enferman esas tías que se ocultan tras sus gafas de sol, esos niñatos macarras que las visten en discotecas y salas de fiesta, y quienes las usan en espacios cerrados e iluminados con bombillas. Necios… Se nota que no han sufrido los estragos delastigmatismo y la hipermetropía en la infancia ¿Acaso no saben que, como al protagonista de Las gafas de ver, con Margarita del Mazo a las palabras y Guridi a las ilustraciones (Ediciones La Fragatina), las lentes nos traen más de un quebradero de cabeza a los que las usamos desde niños? Muchos complejos han acabado con las gafas pisoteadas en el patio de recreo, muchos tontos se han reído (y ríen, por lo que siguen siendo imbéciles) de nosotros, y muchas envilecidas mujeres nos han repudiado por ser miopes, pero… ¿saben qué? Allá ellos con sus estúpidos prejuicios, siempre hay gente que sabe valorar una mirada enmarcada… y quererla.