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miércoles, 13 de enero de 2021

¡CIERREN LAS VENTANAS DE LAS AULAS, POR FAVOR!


Mientras unos regresaron a las aulas tras el parón navideño, otros nos incorporamos más tarde por culpa de la nieve. ¿Y cómo nos las hemos encontrado? Literalmente heladas.
Por si se les había olvidado, seguimos bajo las inclemencias del COVID-19, un virus que, según los expertos, se contagia principalmente a través de las gotículas de saliva que desprendemos durante la espiración forzada, los estornudos o el habla. Por ello y para minimizar la presencia aérea del virus se recomienda ventilar los espacios cerrados. Ahora bien, ¿qué significa “ventilar”? 


Hasta dónde yo sé, ventilar consiste en renovar el aire circulante en un espacio de una manera periódica, como hacemos muchos en nuestros hogares todas las mañanas durante 5-10 minutos. Una idea que nada tiene que ver con tener ventanas y puertas abiertas de par en par que permiten durante las 5-6 horas que dura la jornada escolar que la temperatura interior se iguale con la del exterior, incorpore la humedad ambiental a las aulas y establezca corrientes de aires difícilmente soportables, un concepto de ventilación que las administraciones competentes y los medios de comunicación están insertando en la sociedad durante los últimos meses. 
Si en septiembre, y teniendo en cuenta nuestra climatología, lo de las puertas y ventanas abiertas de par en par era incluso agradable, durante las últimas semanas se está convirtiendo en una “norma” desvirtuada, insoportable e incluso denunciable. 


Teniendo en cuenta el anexo III del Real Decreto 486/1997, todavía vigente y que regula las disposiciones mínimas de seguridad e higiene en el trabajo, les informo que deberán (y cito textualmente) “evitarse las temperaturas y las humedades extremas, los cambios bruscos de temperatura y las corrientes de aire molestas”. Además sitúa el rango de temperatura para aquellos lugares donde se realicen trabajos sedentarios entre los 17 y 25 ºC (artículo 3.a.). 
Si bien es cierto que gran parte de los edificios públicos cuentan normalmente con estas condiciones, no ocurre así con colegios e institutos, construcciones en la mayoría de los casos con grandes deficiencias térmicas y/o energéticas. Con ello quiero decir que lo de pasar frío o calor no nos pilla de sorpresa en el presente curso escolar, sino que viene de muy lejos, algo por lo que no hemos recogido firmas ni secundado ninguna huelga (me gustaría ver a otros sectores del funcionariado trabajando en estas condiciones). 
Lo que sucede es que si a esta realidad sumamos una norma sacada de quicio, sobre todo por los políticos, la inspección educativa, los equipos directivos y otras jerarquías, nos hemos visto obligados a sufrir temperaturas inferiores a 10ºC en las aulas durante las últimas semanas, algo que, permítanme decirles, es intolerable, tanto para alumnos, como para docentes. 


Si en materia científica todavía no hay estudios fundamentados que defiendan este tipo de medidas, ni vemos hospitales de esta guisa, podemos concluir que este despropósito nada tiene que ver con el verbo “ventilar”, ni siquiera con la palabra “pandemia”, sino que está más relacionada con las expresiones “salvar el culo” o “buscar culpables", unas que son muy típicas cuando la mala gestión, la salud pública y el miedo se entremezclan sin ton ni son en un panorama complejo como el que vivimos. 
Para seguir justificando esta situación, nos vienen con que lo hacen por nosotros, por nuestros alumnos e hijos, por el éxito colectivo. Pero no. Podrían habernos dado el suficiente material de protección, podrían haber hecho PCRs a mansalva, podrían haber realizado test serológicos rápidos, podrían haber dispuesto rastreadores para los centros o podrían haber contratado más personal para evitar aglomeraciones y desdobles académicos innecesarios. No, una vez más. Lo único que han hecho es abrir las ventanas e instar a alumnos y profesores a acarrear mantas muleras, usar ropa siberiana, y tratarlos de culpables e irresponsables cuando ha quedado más que claro que la mayor tasa de contagios tiene lugar en el ámbito privado y familiar.


Lo que está claro es que, como sucede con otras enfermedades respiratorias, léanse el catarro o la gripe, la mayor prevalencia del COVID-19 tiene lugar durante el invierno, algo que hemos observado, tanto en el 2019-2020, como en el actual, una cuestión que puede deberse, bien a las condiciones climatológicas, bien a otras de la propia naturaleza del virus ya conocidas o no. Por tanto es una irresponsabilidad por parte de las autoridades, tanto educativas, como sanitarias, implementar medidas que puedan agravar la situación durante estas semanas que auguran temperaturas mínimas extremas. 
Sí, hay que ventilar desde el sentido común, pero no tratar a niños, jóvenes y docentes de una manera indigna, deshumanizada y reprobable, algo que no se hace con otros sectores como los agentes fiscales, los trabajadores del padrón, los prevencionistas o los médicos de atención primaria. 
Ventilen 5-10 minutos varias veces al día, pero durante el resto de la jornada escolar ¡CIERREN LAS VENTANAS DE LAS AULAS, POR FAVOR! 


NOTA: Las imágenes que acompañan a este manifiesto pertenecen a Invierno, uno de los títulos que configuran la serie dedicada a las cuatro estaciones que Gerda Muller realizó en los años 90 y que todavía hoy día siguen imprimiéndose por todo el mundo por casas editoriales como ING edicions. Disfruten de ellas y constaten que esta estación del año también trae muchas cosas hermosas.

martes, 10 de abril de 2018

Olvidando las torrijas a base de fruta



Estoy más que harto de la gente que quiere abandonar el sobrepeso y se agencia toda una serie de vanas excusas... Que si su metabolismo ha cambiado durante los últimos años, que si no tienen tiempo de ir al gimnasio, que si el estrés les ha llevado a estados de ansiedad incorregibles, etc. El cabreo viene porque un servidor no sabe qué creerse, sobre todo cuando vamos a comer por ahí y los ves hinchándose a bebidas azucaradas, bollería procesada y un sinfín de alimentos hipercalóricos, aunque luego, en su hogar, expíen la culpa con queso bajo en sal, leche desnatada sin lactosa y embutidos de pavo.
Sí, amigos, abres los frigoríficos de medio país y, aunque están atestados de toda la gama de productos procesados, escasean potajes, lentejas, fruta y otros mojes. Así concluyo diciendo que no es un problema hormonal o de obesidad (que los hay y muy severos), sino simplemente dietético.


Desde que el mundo de los alimentos industriales llegó a nuestras vidas, los problemas de sobrepeso y otras enfermedades relacionadas con la ingesta de carbohidratos, como la diabetes mellitus, se han incrementado en las sociedades occidentales. No es que el aquí biólogo vaya a decir que estos productos sean venenosos como pregonan muchos gurús apocalípticos, sino que en muchos casos incorporan multitud de sacarosa, aceites saturados y espesantes (almidones de cereales y polisacáridos de algas), un exceso que, acompañado de un defecto proteico, vitamínico y de fibra alimentaria, propicia la acumulación de reservas energéticas en el organismo y nos lleva a pensar que pueblos y ciudades son en realidad granjas de engorde de no-sé-qué raza extraterrestre.


El secreto (no como la dieta del Alfon) parte de una preferencia sobre los productos naturales, ejercicio (no sólo el spinning o las pesas, que parece que las salas de musculación son el súmum del deporte) y hacerse de comer. Dejarse a un lado el filete de añojo y la lechuga y convertir la cocina en un santuario. Que si un guisao bien desgrasado, con sus patatas y sus alcachofas, unas lentejas (viudas, como las de mi madre), unos gazpachos con collejas (y hay que cogerlas), una simple tortilla de patatas (sin plástico que la recubra y con aceite de oliva, of course), ensalada diaria, lácteos nocturnos, un huevo frito por la mañana, agua (que hace la vista clara), vino o cerveza... Y fruta, fruta, mucha fruta. La que gusten. Pera, plátano, manzana, granada, melón, sandía o fresa. También albaricoques, melocotones o paraguayos, mangos, ciruelas o uvas. Y por supuesto, naranja valenciana.


Y con el jugo de la naranja (¿Sabían que si beben el zumo sin pulpa se ralentiza la digestión de la fructosa?), nuestro hesperidio (nombre científico que recibe este fruto) favorito, llegamos a un libro delicioso que, aunque venga de otras latitudes más frías, se impregna de nuestro sol mediterráneo y llena los bosques de abetos con el olor del azahar. Con sólo una naranja, El huevo del sol de Elsa Beskow (editorial ING), una de las damas de la ilustración y LIJ sueca, nos narra un cuento ya clásico (fue publicado por primera vez en 1932 y todavía sigue vigente... imaginen lo mucho que cala en los pequeños lectores...) que entre hadas, duendes y animales de los bosques boreales, del amor que los pueblos nórdicos profesan a nuestra tierra, sus frutos y el sol que nos baña. Una declaración de intenciones que toma forma gracias a un descuido y una visión infantil que se desborda en cada una de las bellas imágenes que configuran un álbum obligado en cualquier biblioteca.