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viernes, 28 de noviembre de 2025

Disyunción poética



A veces, como si de una revelación se tratase, nos topamos con libros que abordan la narrativa desde una perspectiva diferente a la habitual. Y no tiene nada que ver con tener una estructura más o menos lineal, sino con ese gran cajón desastre llamado discurso multimodal, tan en boga hoy día en el ámbito de la LIJ.
Sin lugar a dudas uno de los recursos que más ponen en evidencia esa condición de relato caleidoscópico es el de la disyunción narrativa. Cuando palabras e imágenes parecen ir por dos caminos totalmente diferentes, pero que se complementan dando forma a una historia completamente novedosa como resultado de las individuales, sientes una especie de revelación que te recorre los intestinos.


Quizá sea un tanto efectista (para gustos, los colores), pero a mi forma de entender las sinergias entre los diferentes lenguajes que convergen/divergen en este producto editorial que es el álbum, siempre es un aliciente eso de cambiar la perspectiva y encontrar nuevos significados
Eso le pasa a este poemario, que saltando de verso a imagen y de imagen a verso, empiezas a ser consciente de que germina, trepa, se adhiere y te ahoga. Con metáforas, con calma, con un poco de disyunción poética. Ese instante en que te habla y tu conversas, es mágico. 

La lagartija
duerme junto a la puerta.
Nada le falta.

***

Mi madre canta.
Su voz se escapa, alegre,
por la ventana.

***

Fuera, el zorzal
entona su canción
o su lamento.

***

Las flores blancas
preguntan al almendro:
“¿Por qué no bailas?”.

***

El olmo viejo
se aferra a sus raíces.
Nada le aterra.

Fran Pintadera
En: Haikus para detener un tren.
Ilustraciones de Ina Hristova.
2025. Almería: Libre Albedrío.


lunes, 8 de noviembre de 2021

Viejos y pellejos


Si algo me han dejado claro los años, es que los ancianos son complicados. Y no es que tenga abierta cruzada alguna en contra de los viejos, simplemente voy notando el paso de los años por cuenta propia, percibiendo ciertos cambios que otrora solo asociaba a mis padres y abuelos, creyéndome en el deber de reflexionar sobre ello y, de paso, avisarles.


Llámenlo experiencia, picardía o sabiduría, pero el caso es que hay que andarse con mucho ojo cada vez que nos cruzamos con algún miembro de la llamada tercera edad. Manipuladores, suavones, tercos, pedigüeños y desafiantes. Lo tienen todo, como los niños. Bueno… Todo, todo, no. Todo menos la juventud.
Tiemblo cada vez que uno de esos compañeros que rozan la jubilación toma la palabra en algún claustro. Tiemblo cuando en la cola del supermercado tengo delante a una señora de avanzada edad. Tiemblo cuando mi padre pilla un resfriado. Tiemblo cuando, mientras leo un libro en el parque, alguno se sienta al lado. Tiemblo pero no de miedo. Tiemblo porque son tan impredecibles que cualquier palabra mal dicha, el mínimo y descontrolado gesto, puede desembocar en un desencuentro de amarrarse los machos.


Lo más inteligente es dejarles a sus anchas, que hablen, que te cuenten batallitas, que opinen de esto y lo otro, decir lo que les venga en gana, que ya se lo pueden permitir casi todo. Un ejercicio de lo más sano en estos días de pose e impostura, donde se aprende más en un mercadillo que en los escolapios.
Si bien es cierto que hay que pillarles el puntito, también necesitan que les marquen el paso, que si no se te suben a la chepa y no hay quien se haga con ellos, algo que saben muy bien el personal asistencial, trabajadores de lo social, camareros, dependientes y cajeras, los del banco, y algún que otro familiar.


Y con estos consejos para disfrutar, sufrir y domesticar yayos, nos acercamos a Las nietas de Baba, uno de esos cuentos tradicionales convertidos en álbum gracias a Ina Hristova y la editorial A buen paso.
La autora se deja llevar esta vez por sus raíces búlgaras para internarse en una de las historias que le encandiló en la infancia de la mano de su abuelo. En ella, Baba, una anciana que sale al bosque a recoger yerbas y bayas, se topa con un lobo hambriento al que, para salvarse de sus garras, le promete entregarle a sus tres nietas, unas niñas de nombres sugerentes que el lobo no puede rechazar.


Como podrán imaginar, tratándose de una vieja y de un cuento de toda la vida, nada termina como parece a pesar de ese punto de partida que suena a infanticidio. Nada como una vieja sabia, experimentada y ocurrente para desarrollar un discurso jugoso, inteligente y chispeante donde el doble sentido nos arranca una sonrisa y las palabras se convierten en el mejor acicate para la supervivencia.
Arquetipos clásicos de la tradición oral, la recurrencia del número tres, la omnipresencia del bosque como escenario mágico, aprendizajes varios, una buena dosis de humor y la vis gráfica del este de Europa, hacen de este libro un regalo inmejorable para todos los ancianos que llevan a gala esa de “Sabe más el diablo por viejo que por diablo”.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las banderas son del pueblo



De entre todas las cosas que han acontecido durante el fin de semana, me quedo con la polémica sobre el uso de la bandera española, un emblema que empieza a suscitar mucho interés. Era de prever teniendo en cuenta que nuestra enseña estaba acumulando mucho polvo y que es en situaciones extremas como la que vivimos, cuando recobra sentido el estado-nación.
Nunca he sido de exhibiciones patrióticas y mucho menos de símbolos, y si a ello unimos que ya soy bastante español, evito los excesos que abarroten y engalanen (cosas de la estética). Esto no quiere decir que no entienda y apruebe que otros luzcan nuestra bandera como les salga del pijo, más si cabe cuando no hacen daño a nadie.


Es por ello que ando bastante extrañado con que un amplio sector de la población -el mismo que ha renegado de ella por motivos partidistas durante mucho tiempo- se haya echado las manos a la cabeza porque otro amplio sector se dedique a colgársela por toda su anatomía cual árbol navideño. A lo que yo objeto: si nuestra bandera es un símbolo constitucional y pertenece a todos los españoles, ¿por qué no han hecho gala de ella todos los habitantes de este país que lo deseen desde el 6 de diciembre de 1978?
Que si apropiación indebida, que si provocación, que si violencia y que si un montón de razonamientos más que criminalizan el uso de la rojigualda y ponen en evidencia que algunos sólo se sienten cómodos luciendo nuestros colores durante las competiciones deportivas (para lo que hemos quedado…), mientras que para otras celebraciones prefieren exhibir símbolos como la bandera republicana -un hecho cuanto ni menos paradójico pues muchos dábamos por hecho aquello de la transición-.


Si tanto les molesta, lo que deberían hacer es dejar de asociar nuestro estandarte con apelativos del pasado que tanto hacen por perpetuar el mito maniqueo de las dos Españas y, si les apetece, lucirla como mejor les parezca. Porque la patria, la nación, es de sus ciudadanos, no de sus políticos, y la bandera, como símbolo, aparte de representarnos es de lo poco que nos queda para sentirnos parte de un colectivo que comparte alegrías, desencuentros y penas como las vividas durante esta pandemia, y de paso, reconocer como nuestros, los muertos de vecinos, amigos y conocidos que, aunque piensen y voten de manera diferente a nosotros, también han sufrido mucho durante los últimos meses. 


Con tantas banderas de por medio, hoy viene al pelo traer a este sitio de monstruos La bandera de Amalia, otra de las novedades de Ekaré con Nono Granero a la pluma e Ina Hristova a los pinceles. En este álbum colorista y con un sabor muy agradable (me recuerda al del pan con vino y azúcar), se nos cuenta la historia de una costurera que recibe el encargo de elaborar una gran bandera que engalane la plaza del pueblo durante las fiestas de otoño. Amalia, la protagonista elige las mejores telas y se pone manos a la obra, pero una serie de percances la obligan a elaborar una bandera muy diferente a la oficial.
Muchos se limitarán a decir que este título es un canto a la pluralidad, también que le resta importancia a los símbolos -cosa que no sucede, pues el símbolo sigue aunque haya cambiado de forma-, pero lo bueno de los libros con enjundia es que tienen diversas lecturas. Y en la mía creo que Amalia, además de tener algo de los cuentos de antaño (ruecas, hilanderas, sastres, agujas y tejidos mágicos) y dar rienda suelta a su inventiva e imaginación para enfrentarse a los problemas, también ensalza el valor de la auténtica bandera, una que entrega desinteresadamente a sus vecinos para cobijarlos y ayudarlos. Una bandera bajo la que se resguardan los músicos de la lluvia, ejerce de sombrilla para un bebé y protege las cuerdas vocales del tenor local.
Sí, amigos, se ve que las banderas son del pueblo.