domingo, 3 de mayo de 2026

Madres o ecosistema de lectura


Cuando les pregunto a mis alumnos de bachillerato sobre la posibilidad de que el feto humano sea un parásito, siempre se quedan boquiabiertos. No me extraña, pues están acostumbrados a esas sentencias empalagosas sobre la maternidad que la cultura se ha encargado de ensalzar por los siglos de los siglos (amén), en vez de darle a la ciencia para comprender aquello de “dar mucho y pedir poco” o “amor grande, amor de madre”.
Nadie habla del flaco favor que los hijos hacemos a las madres durante la gestación. Pensamos que nuestras progenitoras son seres todopoderosos que dan la vida y nos acogen incondicionalmente en su seno sin sufrir daños colaterales. Pies no, señores, nada más lejos de la realidad.


No soy de los que consideran que la generación filial de los mamíferos sea un parásito estricto por dos razones. Una es que se trata de una relación intraespecífica, es decir, interaccionan individuos de la misma especie. Y otra es que va encaminada a la reproducción. No obstante, conviene llamar la atención sobre el riesgo que supone el embarazo para una mujer.
En primer lugar, los seres humanos se desarrollan en el útero materno, es decir, están alojados en el seno de otro individuo. Aunque esta estructura esté orientada exclusivamente para ello, supone modificaciones anatómicas, más todavía tratándose de un proceso relativamente lento. En segundo lugar hay que hablar de los cambios fisiológicos en los que intervienen hormonas y metabolitos que modifican el funcionamiento del organismo. Además, y aunque ambas generaciones compartan acervo genético, hay que llamar la atención sobre la serología y el sistema inmune, pues suelen actuar como enemigos de lo ajeno y a veces entran en conflicto. Por último, tras el parto y considerando que los humanos no alcanzamos una independencia temprana, las madres estirazan de los hijos unos cuantos años (dos, según la biología).


Así que, el que crea que detrás de cada madre no hay una buena dosis de sacrificio, que se lo vaya mirando para celebrar este día tan maternal. Y si de paso echa mano del Dulzura de Emília Nuñez y Anna Cunha, mejor que mejor.
Publicado en nuestro país por la editorial tinerfeña Diego Pun y con tan solo una palabra, la de su título, nos cuenta una historia que entremezcla el amor maternal, las relaciones intergeneracionales y la lectura como vínculo. Todo esto gracias a la vida de una mujer que, mientras está encinta, planta una semilla. Tanto su hija como la semilla se abren camino gracias a sus cuidados. La niña se hace mayor y abandona el hogar para labrarse un futuro como maestra. Regresa a casa para darle a su madre la noticia de que está embarazada y la madre le hace un regalo: ese libro que tanto leyeron cuando era una niña.


Galardonado con el premio Jabuti en su convocatoria de 2023, este álbum explora diversos puntos de vista desde una perspectiva coral que descansa sobre dos pilares fundamentales: la familia y los libros. Sin pretensiones ni demasiados golpes de efecto, la narrativa que construye este libro, además de honesta, es muy calmada gracias a esas tintas medias que llenan las imágenes y el ritmo pausado que desprenden sus composiciones estáticas.


Historias paralelas, metáforas vegetales, referencias cromáticas, rostros desdibujados y un final tan dulce como su título, hacen de este libro un buen ejemplo de lenguaje multimodal que facilita el acceso a cualquier tipo de lector. Así, poco a poco, vamos desentrañando un mensaje polifónico tan cotidiano como hermoso que indaga en la familia como ecosistema lector, contexto inspirador y empuje vocacional, algo que, bien mirado, ya es bastante.