miércoles, 27 de mayo de 2026

Atascado


Me siento doblemente atascado. Por un lado, mis fosas nasales llevan varias semanas sufriendo los estragos del polen. Gramíneas, olivo y plantago. Tres grupos de plantas ante los que hace tiempo desarrollé alergia y cada primavera me provocan un estado de abotargamiento total. Me pasaría el día tirado en el sofá, invirtiendo las tardes en siestas eternas, procrastinando como multimillonario inútil aislado del mundo exterior.
Por otro, y quizá debido a la congestión física, me siento bastante estancado en lo que a creatividad se refiere. Tengo la sensación de que mis neuronas están de vacaciones. Puede que estén centradas en otros menesteres, véanse las tareas de limpieza, la declaración de la renta (¡Quién odie a la agencia tributaria que levante la mano!) o el final de curso. Puede que, hartas de invertir ATP en cuestiones que no llevan a ningún lado, hayan decidido declararse en huelga.


El caso es que no se vayan a pensar que ando preocupado. A veces uno debe parar y convivir con el momento. Llegaré a un punto en el que, como si de un embotellamiento se tratase, el tráfico consiga autorregularse y todo empiece a fluir con normalidad. Y volveré a respirar con facilidad y mis ideas aparecerán de nuevo.
Todo es un proceso y no está de más ser consciente de ello. Cuando menos te lo esperas, ahí está: una traba. Luego otra y otra. Hay épocas en las que el camino parece bloquearse. Lo más inteligente es encomendarse a esa pachorra que tienen los viejos y elegir la resignación como vía de escape. Invertir el tiempo en otra cosa, aprovecharse del “ahora” y el “despacio”.


Y si todavía no les he convencido, quieren enfrentarse a la adversidad, luchar contra viento y marea y, en definitiva, pasar un mal rato a costa de un gran obstáculo, aquí les traigo Atasco, un álbum de Maite Rosende que hay que regalar a todos los obstinados. 
En este libro conceptual dirigido a todos los públicos, la autora donostiarra se acerca a todo aquello que nos abruma cuando aparece una dificultad desde una perspectiva simpática, amena y nada somera en la que, además de hacernos sonreír, nos propone un juego de miradas gracias a una sucesión de escenarios cotidianos en los que vernos reflejados. Una calle atestada de paraguas en un día de lluvia, un cielo tachonado de nubes o ese flotador del que es imposible escapar.


Así, con reflexiones indirectas e incluso un puntito escatológico (es lo que tiene el estreñimiento…), le va quitando hierro al asunto y vemos el mundo con otra lente. Un filtro colorista en el que morados, bermellones y amarillos reales dibujan un ecosistema donde la óptica y el optimismo aligeran las sensaciones y nos ofrecen la mejor alternativa: sonreír manque perdamos.

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