Este verano no he podido peregrinar a Santiago por culpa de los incendios que asolaron aquellos lares. Incomunicado durante varios días con el norte, decidí desistir y postponer la ruta portuguesa para el 2026. Esperemos que con mayor suerte, pues cada año que pasa, pirómanos, políticos y turigrinos (por ese orden) nos lo ponen más difícil a los que contemplamos la posibilidad. Mientras tanto, dediquémonos una vez más a hablar del camino como metáfora personal, literaria, musical o pictórica (¡cultural, vaya!).
Peter Van Der Hende. Travesía. Libros del Zorro Rojo. (Pueden leer la reseña AQUÍ)
Aunque es un tema muy manido con esto de la psicología positiva y cada vez se le adscriben más gurús e influmierders, esto de deambular por avenidas y descubrir senderos tiene su enjundia. Como ya apuntó Machado muchos años atrás, lo importante es caminar, cosa que no hace la mayoría del populacho cuando se interna en el viaje. Mucho Uber, mucho metro y mucho cocotaxi, pero menear el culo, poco, no sea que adelgacen. El camino sabe mejor si se hace andando o, mejor dicho, lento y pausado. Uno contempla, se detiene, se recrea, echar marcha atrás o tomar un desvío alternativo.
Mariana Ruiz Johnson. Por el camino. Kalandraka. (Pueden leer una breve reseña AQUÍ)
La vida como trayecto, el recorrido como el progreso, encarar los desafíos, experimentar suertes y desgracias, ser consciente de uno mismo y compartir el espacio y el tiempo con otros se afianzan como piedras angulares de esta alegoría que ya se considera universal. Incluso para hacer frente al olvido, para recordar a los que estuvieron, a los que ya no están. Probablemente el camino también sea tributo, sea esperanza, sea una forma de existir en el tiempo.
Y así, la experiencia se hace símbolo. La existencia se adscribe a un proceso constante pero cambiante donde cada individuo avanza y se detiene a un ritmo personal e instransferible. Elige, traza su itinerario, acierta y se equivoca en pos de un propósito, un destino real o ficticio. Cada paso nos moldea de una u otra forma, el camino a nosotros y nosotros al camino. ¿Aprendemos o no? ¿Crecemos o empequeñecemos? Depende de tantas cosas… De nosotros, de los demás, del itinerario elegido, del azar…
Marisa Núñez y Mariona Cabassa. El camino. OQO. (Pueden leer la reseña AQUÍ)
Alejándonos de lo propio y situándonos en lo literario, encontramos tres derroteros principales dependiendo del punto desde el que contemplemos el recorrido.
Por un lado tenemos la existencia como trayecto. El nacimiento es el punto de partida y la muerte suele ser la meta. Y digo suele porque a veces el creador decide que su protagonista se detenga antes. Así, cada etapa vital equivale a un tramo del paisaje. Todavía recuerdo las palabras de un compañero de peregrinaje que me hablaba de esto. Los ríos, los bosques frondosos, la árida estepa, la aproximación al mar... Es curioso cómo los seres humanos hacemos converger el tiempo, sus anacronías y sincronías.
JonArno Lawson y Sydney Smith. Un camino de flores. Libros del Zorro Rojo. (Pueden leer la reseña AQUÍ)
Por otro lado, encontramos el camino como proceso de búsqueda personal e iniciación, algo que se suele recoger en multitud de cuentos tradicionales: el llamado viaje del héroe. El caminante se enfrenta a situaciones problemáticas, decisiones y encuentros sorprendentes gracias a los que va madurando y transformándose desde un prisma interior. Es lo que se llama un proceso iniciático. El camino es la meta y no importa donde lleguemos.
Marianne Dubuc. El oso y el murmullo del viento. Juventud. (Pueden leer la reseña AQUÍ)
Por último, toca hablar de un significado que, en parte, se contrapone al anterior. El final del camino importa. Implica al destino y la adquisición o pérdida de cualquier virtud. El amor, la libertad o . El trazado puede ser tortuoso, acarrea incertidumbre y sufrimiento, también belleza y felicidad. Pero todo se desvanece cuando el protagonista llega a su puerto. Con cierto deje místico, se suele combinar con la metáfora anterior en pro de un mensaje positivista, negativista o simplemente diferente.
Leonore Klein y Saul Bass.
Henri viaja a París. Gustavo Gili-GG. (Pueden leer la reseña
AQUÍ)
Del mismo modo, podemos hablar de dos tipos de caminos literarios: el de solo ida y el de ida y vuelta. En el primero solo importa una perspectiva, mientras que en el segundo, la mirada es doble y ambos trayectos sirven a la experiencia de los protagonistas, sobre todo si se equivocan de camino (¡Hay brújulas internas que funcionan fatal! O quizá no...). Puede que esa sea la razón por la cual muchos autores deciden describir un recorrido circular y así evitar el regreso de los héroes, una decisión que entraña cuestiones discursivas muy interesantes.
Javier Bermúdez y Mercè López. Montañas, menudo viaje. Pastel de luna. (Pueden leer una breve reseña AQUÍ)
También hemos de hablar de la compañía, una cuestión importante en esto del camino. Hay personas que creen que es mejor viajar solo que mal acompañado, sobre todo cuando hay que tomar decisiones. Quizá sea porque no están preparados para afrontar los conflictos que surgen en el tránsito, quizá no quieren compartir toda la intimidad que pesada o ligera los va acompañando. Otros, sin embargo, optan por los viajes colectivos. Nunca viene mal un compañero de viaje sobre el que cargar la mochila y alguna que otra culpa, que cure las heridas, te empuje si desfalleces o simplemente marque el paso.
Arnold Lobel. Saltamontes va de viaje. Kalandraka. (Pueden leer la reseña AQUÍ)
Para terminar, les invito a que hagan acopio de todas esas novelas y álbumes ilustrados articulados sobre un viaje para descubrir cómo se suelen incluir en ellos mapas y planos que nos ayudan a entender la descriptiva de manera gráfica, al tiempo que nos ayudan a ubicarnos en dicho escenario. Uno los agradece sobremanera cuando lee El hobbit, La vuelta al mundo en 80 días, El viento en los sauces, El mago de Oz, Pinocho o El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia (¿Se han dado cuenta de la gran cantidad de clásicos de la LIJ que contribuyen a nuestro propio viaje?)
Mapa de Thror. Original de J.R.R. Tolkien (1936)
Y así, hablando de piedras, puentes, precipicios o bifurcaciones, nos adentramos en más caminos. Buenos o malos, acertados o equivocados. Cada viaje tiene su resumen y los de hoy, caminos de última hornada que aparecieron en las librerías hace relativamente poco tiempo, no podían ser menos.
El primero es el que emprende Evergreen, una pequeña ardilla que debe llevarle a su abuela Roble, la sopa que ha preparado su madre para que se recupere de sus dolencias. le teme a muchas cosas: a los truenos, a los halcones y a los oscuros senderos del Bosque de Espinos Cervales. Pero cuando su madre le encarga que le lleve sopa a su Abuela Roble enferma, la pequeña ardilla debe enfrentarse a sus miedos y emprender el viaje. Así, Evergreen se encuentra en el camino con otros habitantes del bosque. Unos quieren ayudarla y otros quieren hacerse con la deliciosa sopa de su madre. ¿Llegará a su destino?
Publicado en castellano por Océano Travesía, este libro de Matthew Cordell nos sumerge en los cuentos clásicos como Caperucita Roja desde una perspectiva más simpática y fantástica que permite introducir elementos narrativos que rompen el marco de lectura desde el relato de aventuras.
Onomatopeyas por un tubo, guardas convertidas en mapas (la cartografía siempre es un plus), ilustraciones que gracias a la técnica de plumilla y aguadas ocres recuerda a la tan utilizada por Arnold Lobel (¿No ven cierto guiño a su Saltamontes va de viaje? Yo sí) y muchas sorpresas que se acompañan de ese humor blanco que tanto gusta a la primera infancia, son algunos de los ingredientes que hacen de este libro una pequeña delicia otoñal.
El segundo viaje de hoy es el que recorremos gracias a El camino amarillo, un álbum de Sven Nordqvist, el padre de Pettson y Findus, que acaba de ser publicado en nuestro país por la editorial Flamboyant y en el que se vislumbra cierto guiño al camino que llevó a Dorothy hasta Oz.
El protagonista de este libro despierta en mitad de un bosque. ¿Dónde estará? Por suerte, unos hombrecillos muy amables lo llevan a casa de la mujer Sabelotodo que le invita a seguir un camino amarillo que lo llevará hasta su hogar. Siguiendo el sendero, encontrará cosas hermosas y extrañas, cosas que nunca ha visto… Gigantes que construyen iglesias, jirafas que no paran de reír, trolls muy feos, un tren en el que subirse cuesta una piruleta o un picnic organizado por un grupo de juguetes. ¡Todo aquí es posible!
El autor sueco se recrea en un universo imaginario lleno de detalles surrealistas e inverosímiles. Aunque cada página recoge paisajes donde merece la pena detenerse y recrearse, también juega con el lenguaje del cómic y enriquece el relato con viñetas y pequeños diálogos que imprimen dinamismo a la acción. Un híbrido muy interesante que intercala el libro de aventuras y el de actividades, sin olvidar a quien está dirigido.
Pasamos a El camino, un álbum de Nùria Figueras y Sebastià Serra (BindiBooks). Una madre y una hija se encuentran en el umbral de su casa. La madre le señala el camino serpenteante y le dice que al final encontrará un manzano para llenar la cesta y traerla de vuelta. La chica allá que se va, entre sorprendida y entusiasmada con la idea de trepar al árbol. Pero cuando llega al bosque todo le resulta muy extraño. Parece que ha anochecido, se cruza con unos bueyes enormes, el torrente ha destruido el puente y un gigante duerme en mitad de un claro. ¡Qué miedo! ¿Conseguirá llegar hasta el manzano?

Con este camino, los autores deconstruyen una idea muy recurrente para cualquier caminante: siempre es más difícil la ida que la vuelta. El miedo a lo desconocido se apodera de nuestro subconsciente y lo que en principio parecía sencillo, se vuelve tortuoso y complicado. Sin embargo, una vez superados todos los obstáculos y miramos hacia atrás, nuevas postales se abren camino y las impresiones son diferentes a las de la primera vez.
Juegos tipográficos, alternancia de primeros planos y planos generales, una óptica un tanto cinematográfica, tres obstáculos que recuerdan a los cuentos tradicionales y una vuelta de tuerca con enjundia, hacen de este relato una buena opción para chiquillos miedosos que empiezan a despegarse del hogar y padres de ideas claras que quieren darles independencia para explorar el universo entero.
Llegamos al cuarto título de esta pequeña selección, El camino generoso, una propuesta muy interesante de Marta Comín que ha sido publicada por A buen paso. El mundo dijo "ven", y el niño comenzó su camino. Así empieza un libro en el que un chiquillo deambula por el mundo. Prueba los frutos de los árboles, cruza el río, juega con las formas de las nubles. Todo es nuevo a su alrededor, vive con entusiasmo cada encuentro y los animales, las plantas y el universo entero responden a su llamada.
Con un lenguaje directo y sencillo, la autora valenciana construye un viaje que a muchos puede parecerles un tanto surrealista. Sin embargo, refleja el paseo de un crío cualquiera, una imagen de los primeros pasos que da la infancia en un universo tan cercano como desconocido. Por otro lado, ahonda una y otra vez en un existencialismo basado en el reconocimiento mutuo. El protagonista existe gracias al mundo y el mundo también existe gracias a él. No he podido evitar ver algo de El árbol generoso de Silverstein en este libro. Será culpa de esa reciprocidad en la que el dar y recibir entre la naturaleza y los seres humanos termina ensalzando la homeostasis de la que tanto hablamos los biólogos.
Por último, apuntar algunos recursos narrativos, como los típicos bocadillos de cómic que llenan un álbum de diálogos, las ilustraciones con marco que parecen enormes viñetas, el desplegable final que añade un redoble de tambores a la acción y contiene esa foto de familia final. Si bien es cierto que la Comín se mantiene fiel a su estilo, este álbum me recuerda en cierto modo al trabajo de Antonio Ladrillo. Quizá sea por los colores planos y brillantes, la línea curva que tanto movimiento imprime a la historia, esas composiciones equilibradas y los detalles que aúpan el juego de búsqueda. En definitiva, una delicia.
Para terminar, incluyo en esta pequeña selección un libro que ya cuenta con la mayoría de edad, pero que creo que bien merece una reseña. Y es que Camino a casa, de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng (Fondo de Cultura Económica, 2008) es uno de esos libros que nos habla de un camino cotidiano, aunque lleno de referencias históricas bastante complejas.
Ganador del XI Concurso de Álbum Ilustrado A la Orilla del Viento, nos cuenta el camino que recorre una niña desde el colegio hasta su casa. Mientras anda, la protagonista imagina a un león que la acompaña a recoger a su hermano pequeño, ir a comprar algo de comer y preparar la cena.

A priori, esta lectura no debería llamarnos mucho la atención teniendo en cuenta que muchos niños y adolescentes desarrollan una vida autónoma de unos padres absorbidos por las obligaciones laborales, todo puede parecer normal. Todo cambia cuando empezamos a fijarnos en los detalles de las ilustraciones... Escenarios de pobreza infantil (fíjense en el mobiliario) y precariedad laboral (fíjense dónde trabaja su madre para salir adelante) que dan buena cuenta de la realidad que deben afrontar muchos menores. Por si esto les pareciese poco, de repente aparece una foto de familia y nos asola una pregunta: ¿Dónde está el padre? La respuesta se encuentra todavía más oculta en los detalles, concretamente en el titular del periódico que descansa al lado de la foto familiar. “Familias de desaparecidos en 1985”. ¿Acaso el padre fue uno de los muertos o desaparecidos tras la toma del Palacio de Justicia por un comando guerrillero?

Por otro lado, fíjense en la fecha del pedestal desde donde baja el león. "1948". Fue el año del llamado "bogotazo", una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en Colombia como consecuencia del asesinato al líder del partido Liberal y que desencadenaron el periodo conocido como "La Violencia", cuando la presencia de grupos paramilitares, carteles de droga y migraciones forzosas asoló el país. Es decir, los autores realizan un recorrido histórico de los sucesos más importantes de su país para contextualizar una denuncia social.
Por último, señalar la bella alegoría del león, pues simboliza a ese padre ausente (fíjense en la melena que lucen ambos) que atemoriza a todos menos a su hija, una que le pide permanecer, quedarse, que al fin y al cabo, siempre significa implica dejar de caminar.