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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Soñar a lo grande


Últimamente parece que si te conformas con poco te tachan de piojoso, usurero y malnacido. Tienes que gastarte hasta la última peseta. Vivir en un barrio de gente bien, que tus hijos vayan a los mejores centros escolares, conducir un coche de alta gama y viajar al tuntún son algunas de las aspiraciones de la sociedad en la que vivimos.
Medrar porque sí, a cualquier precio, sin ningún pudor. Billetes, billetes y más billetes. Nuestros sueños se resumen en eso mientras nuestros corazones han dejado de palpitar por valores mucho más alcanzables y satisfactorios, como coserle un botón a tu hija la desastrosa, el olor a tarta de manzana recién hecha o leer a Houellebecq bajo un granado en flor.


Decía una amiga mía que ella solo quería ganar la primitiva para poder permitirse el lujo de estar todo el día cocinando, arreglar su huerto y cuidar su casa. Que no le hacía falta nada más para disfrutar de la vida. Ni viajar, ni comprarse ropa cara, ni recorrerse todos los restaurantes de la guía Michelin, ni codearse con la flor y nata. Solo quería ser como el protagonista de la historia que hoy nos ocupa.


La sopa del señor Lepron de Giovanna Zoboli y Mariachiara Di Giorgio (Editorial A buen paso) es uno de esos libros que todos aquellos que se pirran por el éxito deberían leer. No solo porque da una visión bastante aproximada de lo que ocurre en este mundo voraz, sino porque resume de manera muy acertada esos sueños que se van de las manos.
El señor Lepron tiene por tradición cocinar una sopa durante el primer día de otoño. Toda su familia le ayuda a recoger las verduras necesarias y una vez que tiene los ingredientes, se encierra entre fogones y la prepara tranquilamente. El toque especial es echar una cabezadita mientras hierve en el puchero y dejar volando su imaginación. En el sueño de hoy su sopa se hace famosa en los alrededores. Todo el mundo quiere probarla. Se corre la voz por todo el país, por todo el mundo y el señor Lepron se verá obligado a montar todo un imperio en torno a su receta. Pero ¡ay! los sueños son caprichosos y, además de convertirse en realidad, no siempre nos hacen tan felices como esperamos.


Con lenguaje directo, tipografía cambiante y un estilo que confunde realidad y ficción (¿En serio le sucede esto al señor Lepron o es simplemente producto de su fantasía?), Giovanna Zoboli da una vuelta de tuerca muy contemporánea a la fábula o cuento de La lechera de Félix María de Samaniego, con la diferencia de que en este caso los sueños se agigantan en vez de empequeñecerse.


Para la ocasión Mariachira Di Giorgio Aguadas tranquilas sobre composiciones muy pensadas que nos retrotraen a los prerrafaelistas y el clasicismo más puro, y de paso nos recuerda a otras historias ya clásicas donde los animales habitan las oquedades de los árboles y el subsuelo (véanse los libros de Beatrix Potter o Jill Barklem). El rocío, la niebla matutina o la noche campestre contrastan con estilos más industriales y metropolitanos para ensalzar una historia que aboga por la defensa de lo mínimo.


Detalles que son todo un homenaje a la sopa Campbell’s o el cartelismo francés, ornatos y filigranas propios del art noveau, o composiciones que recuerdan a Edward Hopper, llenan un álbum que defiende la llamada “slow life” desde un prisma conformista y encantador.



martes, 17 de diciembre de 2019

Disfrutando del día a pesar del oficio



Comienza la cuenta atrás para las vacaciones de Navidad. Menos mal porque cada día me veo más decrépito y desbaratado. Esto de tanto trajín va a terminar conmigo. Y eso no puede ser, oigan. Hay que cuidarse lo que no está escrito, porque lo más importante es uno mismo. ¡Qué pijo los hijos, los abuelos, los nietos o los alumnos! ¡Yo, yo y yo!
No quiero decir con esto que haya que cultivar el egoísmo o ser el centro del universo, sino más bien el amor propio, uno basado en la autoestima y no en la autodestrucción. Porque les diré que hay gente que se quiere muy poco, y eso no puede ser. Hay que empezar desde bien temprano con los cuidados…


Un buen descanso (de unas 7-8 horitas es más que suficiente), desayunos nutritivos (cuando cuento lo que trago muchos no me creen), algo de ejercicio matutino (unas flexiones, unas abdominales), agua y jabón, cepillo de dientes y ungüentos faciales de calidad (para eso les puedo derivar con ciertas maricremas), ropa elegante (incluido su mejor chándal, que es la última moda), perfume (esto siempre se me olvida aunque siempre piense “Yo sin mi Chanel® no salgo a la calle”) y ¡para adelante!


Dirán que soy esto o lo otro, pero me da igual, creo que no hacen falta ingentes capas de chapa y pintura, tampoco echarse encima montones de billetes, ni siquiera horas y horas de gimnasio, tan sólo preocuparse un poco de lo que se meten en el cuerpo (sólidos, líquidos y gaseosos), de mantener una temperatura corporal constante y un adecuado tono muscular.
Es por ello que hoy quiero detenerme en uno de esos álbumes que da gusto regalarse de buena mañana, pues Profesión: Cocodrilo, un álbum de Giovanna Zoboli y Mariachiara Di Giorgio publicado durante este año por Adriana Hidalgo en su colección Pípala nos habla de eso y mucho más.


En este álbum sin palabras con una estructura narrativa que utiliza elementos del comic, se nos cuenta el día a día de un cocodrilo. Este personaje tiene un modus vivendi envidiable. Su ducha, lo primero. Desayuna bien trajeado con tostada de tomate incluida y periódico en mano. Pasea por la ciudad, observa a un lado, a otro, compra un ramo de flores… Sencillamente, disfruta de la mañana.
En un entorno muy mediterráneo (la luz, las calles, la arquitectura, la gente, me recuerda a Roma o a Sevilla… Es algo que no me extraña teniendo en cuenta la procedencia de las autoras), este cocodrilo da buena cuenta de que la vida es bella. Pero ojo, no es el único, pues sorprendentemente, podemos encontrar a otros animales que se camuflan perfectamente entre la muchedumbre ataviados como personas sin llamar la atención lo más mínimo. ¿Qué juego será este en el que nos internan las autoras?


Todo esto nos lleva a un final ¿inesperado? y con cierta sorpresa que se adentra en el subconsciente del lector y le hace dos preguntas. La primera es si esperaba que el cocodrilo desempeñara otra profesión diferente ¿Quizá detective? ¿Quizá gánster? A veces las apariencias engañan si dejamos volar la imaginación. La segunda tiene que ver con el yo, con lo distorsionadas que son las imágenes de nosotros mismos, también con los anhelos de los demás, cómo nos vemos y cómo nos ven.
Fíjense por ejemplo en mí, muchos dicen que no parezco docente… Será la ropa, será que tengo un coche cani, será que me alejo de la típica pose cultureta… Visitadores médicos, comerciales, peluqueras, dependientes de  supermercado, monitores deportivos, camioneros, cocineros, barrenderos y vendedores ambulantes. Yo sólo sé que cualquier oficio tiene lo suyo y lo mejor es disfrutarlo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Animales existencialistas


A veces, en la literatura infantil, se producen coincidencias (no se si fortuitas o intencionadas) que, además de robarme una sonrisa, me producen una debacle interna que necesito aclarar colocando mis pensamientos sobre un papel (o en un documento de texto, que hoy en día viene a ser lo mismo), no sea que se me olvide quién soy, de dónde vengo y adónde voy...


No cabe duda de que si hoy se han levantado en clave metafísica, aquí tienen cuatro alternativas la mar de plausibles para lubricar la neurona.... La cabra que no estaba, de Pablo Albo y Guridi (Editorial Funreaders), El oso que no estaba, de Oren Lavie y Wolf Erlbruch (Barbara Fiore Editora) El ratón que faltaba de Giovanna Zoboli y Lisa D'Andrea (Editorial A buen paso) y El oso que no lo era de Frank Taslin (rebautizado por Ediciones Invisibles en su nueva edición como ¡Pero yo soy un oso!) son cuatro títulos para mear y no echar ni gota; no porque merezcan la pira, sino porque todos ellos adolecen de un claro existencialismo que me dispongo a cortar y doblar (¡si es que puedo!).


Lo del devenir es un coñazo aunque muchos lo tengan como afición..., se pasan la vida dándole al coco y produciendo poco... Una buena excusa para hacer lo que les sale del fandango. Un mero entretenimiento que, a mi forma de entender, da pocos frutos y que, o acaba contigo, o acaba contigo. Esta claro que eso de buscar sentido al día a día es para personajes aburridos como los de los libros de hoy: una granja entera, dos osos y un gato... Todos ellos bastante “zoo-lógicos” (¡chiste de biólogo al canto!). Eso sí, cabe destacar ligeras -o pesadas- diferencias entre unos y otros... Veamos... Tenemos dos osos bastante preocupados por hallarse en este mundo. Mientras el oso que no lo era ¿logra? dar consigo mismo, el oso que no estaba necesita la sabiduría y apreciaciones de sus compañeros en el viaje que se le presenta (podría parecerse al mismo que recorrió la Alicia de Carroll aunque en un tono más forestal) y hacer frente así a la amnesia sufrida -no sabemos muy bien porqué- y dar sentido a una nota que parece caída de un libro de autoayuda. Aunque el más somero de todos ellos está protagonizado por una cabra que parece una entelequia hasta el final de la lectura, te logra sacar una sonrisa y explora el significado de los verbos “ser”, “estar” y “parecer” desde la perspectiva de los terceros, esos que se encargan de dar rienda suelta a su imaginación y darle forma a la existencia de la cabra y la propia. La última historia, tiene que ver con un gato que deja de lado su propia vida para obsesionarse con la de un ratón que nadie sabe si existe.


Todas ellas son narraciones extrañas. A veces no tienen mucho sentido (les confesaré que a una de ellas me ha costado seguirle el ritmo y para otra necesité una explicación... soy así de básico y lerdo, perdónenme), otras, adquieren un hondo significado, pero todas tienen su contrapunto divertido y triste. Esto podría hacerlas aptas para todos los públicos, pero me gustaría aventurar que probablemente los niños encontrarían primero el somero humor, los adultos se sentirían abrumados por la incomprensión argumental de todos ellos, y tanto unos como otros necesitarían una búsqueda guiada para encontrar la intencionalidad narrativa. Por todo esto creo que sería una buena oportunidad para usarlos como excusa para un taller colectivo (¡aquí tienen chicha los bibliotecarios y maestros activos y creativos!) y cerciorarse de los varios niveles de lectura que he podido entresacar con este primer contacto.
¡Como la vida misma!