martes, 7 de abril de 2026

Una prisión llamada escuela


Siempre que terminan las vacaciones, una extraña desazón se apodera de mí. No creo que sea la depresión postvacacional, sino más bien un duelo incierto que te lacera. No entiendo muy bien las razones, pues mi trabajo no es que sea picar piedra, menos todavía en mi caso, un maestro muy vocacional.
Pensándolo bien, no hay que dejarse engañar por las apariencias, pues la labor del docente no es solo dar clase… El colegio es un ecosistema laboral bastante complejo. Como sucede en otros ámbitos, no es un lugar habitado exclusivamente por adultos, sino que en él interaccionan personas de muy diferentes edades y procedencias. En primaria tenemos gente con tres años de edad hasta esa maestra que decide jubilarse a los sesenta y cinco. En secundaria, la persona más pequeña cuenta con once primaveras.


Hay que admitir que esta realidad nos aporta mucho dinamismo (ya saben cómo se las gastan nuestras criaturas: un no parar), pero también nos lacera a diario con sueños rotos, sorpresas inesperadas y todo tipo de sinsabores (padres coraje, delincuentes juveniles, dramas amorosas e intentos de suicidio, entre otras lindezas).
Y si esto os parece poco, hay que añadir que, a pesar de la permeabilidad social que se respira entre estas cuatro paredes (somos los reyes de la última moda), los habitantes de la escuela sufrimos un encarcelamiento obligatorio. Aquí no hay quien se airee a menos que haga novillos o deserte de la tiza. Seis horitas del tirón. Un “gran hermano” tela de entretenido que engancha y repele a partes iguales. Una idea que ha captado estupendamente la Bea en su último álbum.


Si abren En la escuela, una de las últimas novedades de Thule, se encontrarán con un grupo de alumnas que llegan el primer día de otoño a un colegio que no vuelve a abrir sus puertas hasta que finaliza el curso. Al principio nadie sabe cómo funciona. Como en cualquier escuela, todo parece difícil y habrá que trabajar con ahínco. Muchas se sienten solas, tienen percances con las compañeras o no entienden las actividades. Pero conforme pasan los días, cada cría va encontrando un aliciente, una asignatura que va transformando el curso de las cosas y la escuela pasa a ser un lugar extraordinario.


Como en muchos otros libros, Beatriz Martín Vidal desarrolla una alegoría llena de dobleces para todo tipo de lectores. Por un lado, tenemos una lectura enriquecida sobre los primeros días de colegio que invita a los más pequeños a perder el miedo y acercarse a ese lugar tan desconocido como apasionante para cualquier generación. Por otro, utiliza la idea del internado (esos uniformes de colegio religioso, esa tapia y esa reja impenetrable lo dicen todo) para sugerirle a los adultos que lo que ocurre allí es un misterio que solo los privilegiados (léase los niños) pueden descubrir.


Con sus recursos habituales, la Bea crea una atmósfera muy reconocible que alterna planos cinematográficos, contrastes de color y luz (comparen las primeras escenas y las últimas), escenas inquietantes (¡Ese uniforme que cuelga de la puerta se ve imponente!) y el triunfo de lo fantástico, lo etéreo o lo angelical se funden en una sinfonía muy esperanzadora. Y eso me gusta, ya que denota un cambio de registro en la obra de una artista que gusta de ahondar en la complejidad humana, sus deseos y miserias. ¡Bravo!

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