jueves, 23 de abril de 2026

Celebrando los libros con Astrid Lindgren


Hoy es 23 de abril y, como manda la tradición, toca celebrar el Día del Libro.
Si bien es cierto que el panorama editorial nos está dejando titulares bastante descorazonadores (véase como ejemplo ese que ponía en el punto de mira que la mayoría de los títulos que encontramos en las librerías no vende ni un solo ejemplar), los monstruos seguimos defendiendo la lectura como una herramienta básica para enfrentarnos a la existencia.
Y es que, en una época convulsa donde las ideas, principios, pensamientos y modas poco o nada tienen que ver con los de los siglos anteriores, el libro sigue siendo ese espacio íntimo donde cabe lo polifónico, donde podemos descubrirnos a nosotros mismos y a los demás, los que están y los que fueron. Un lugar en el que la humanidad, sea la que se sea, se encuentra. Les puede parecer insuficiente, pero esa frontera nos capacita como comunidad. Tolerante o intolerante, respetuosa o irrespetuosa, amigable u hostil…, pero, al fin y al cabo, juntos.
Así, en este jueves primaveral en el que no caerá una gota del cielo, pero sí que cundirán los libros, he creído oportuno señalar Mi mundo perdido, un compendio de textos de Astrid Lindgren que hace poco más de un año recuperó la editorial Kókinos.
Con el subtítulo Sobre libros, lecturas, escritura para niños y recuerdos, este volumen se compone de once capítulos que Astrid Lindgren escribió en diferentes épocas de su vida. Un casi ensayo que se articula en cartas, conferencias, reflexiones y artículos periodísticos que nos arrojan una suerte da semblanza de una de las escritoras de LIJ más reconocidas en el panorama internacional.
Desde una perspectiva quimérica, pero igualmente sincera, esta lectura reflexiva dirigida a todos los que amamos los libros, sobre todo infantiles, desentraña cuestiones que muchos nos hemos preguntado alguna vez. ¿Dónde encontraba la inspiración? ¿Qué sintió durante la infancia? ¿Qué relación mantenía con sus padres? Muchas respuestas que se abordan desde el libre albedrío pero que siguen un mismo hilo conductor.
La autora de Pippi Langstrumpf nos habla de sus querencias, sus pasiones y principios. Con mucho de autobiográfico, pero sin esa línea temporal que a veces puede desbordar (sobre a todo los que se pierden con los contextos históricos), la autora sueca se adentra en la historia de amor de sus propios padres, habla sin tapujos sobre la escritura de libros que se dirige a los niños, defiende el ecologismo o ensalza el papel del bibliotecario infantil.
Todo esto consigue dibujar un arquetipo tan entrañable, como solemne, un libro que despierta muchas sensaciones. Desde lo nostálgico y emotivo, hasta lo crítico e irónico. Nos cuenta cuando, en la cocina de su niñez, escuchó por primera vez el relato de Bam Bam y el hada Viribunda, descubriendo inconsciente que los libros serían parte fundamental de su vida o de unos años de juventud muy convulsos en los que la Segunda Guerra Mundial se abría camino en una Europa herida.
Asevera y opina, acaricia y susurra, divierte y anima. Desde un juicio íntimo y personal. Así era ella. Y así está escrito.

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