Anoche dormí fatal. Mea culpa. Lo admito. Y lo peor de todo es que eso de “en casa del herrero, cuchara de palo” es una gran verdad. Algo que se podría hacer extensivo a lo de “consejos vendo que para mí no tengo”, pues antes de acostarme me salté unas cuantas reglas de oro que recogí en A pierna suelta para conciliar el sueño.
La primera es que me dio por ver una película bastante más tarde de lo que acostumbro. Teniendo en cuenta que mi televisión no funciona desde hace un lustro y que dependo del ordenador para el disfrute audiovisual, eso de mirar una pantalla durante dos horas afectó a mi capacidad de conciliar el sueño.
En segundo lugar, me puse hasta las trancas de adobo. Y miren ustedes que un servidor no suele entregarse a la gula nocturna, pero estaba con un apetito de mil demonios tras recuperar la rutina después del fin de semana (trabajo, ejercicio, quehaceres domésticos…), abrí el frigorífico, me dejé llevar por el ansia viva y Morfeo me pasó factura…
El tercer error fue de principiante. Cambié mi edredón antes de tiempo y con el fresco que nos han traído los últimos coletazos del invierno (de madrugada el mercurio ha bajado hasta los 5ºC en estas latitudes), la noche se hizo un tanto desapacible. No olviden que necesitamos una temperatura óptima para dormir.
Creo que esta noche, y teniendo en cuenta la maratón que me espera mañana con esto del puente del primero de mayo, me retiraré de los quehaceres informáticos temprano, practicaré el ascetismo en lo que a gastronomía se refiere e intentaré cubrirme con una mantita por si reaparece el frío nocturno. Pero sobre todo, echaré mano de un remedio infalible: leer un poquito. Y teniendo en cuenta que tengo el salón a rebosar de lecturas pendientes, no será difícil.
Y es que, como le sucede a la protagonista de Menuda nochecita, padecer insomnio es una lata. Nos lo cuenta Bruno Zocca, el autor de ¿Y si fuera otra cosa? gracias a Liana editorial. La chica no puede coger el sueño por más que lo intente. Quizá haya olvidado algo durante el ritual previo… Lavarse los dientes, ponerse el pijama, darle las buenas noches a su padre y apagar la luz. Pero nada, no consigue quedarse dormida. Por eso decide darse un paseo nocturno. Primero por la casa y después decide salir afuera. Todos duermen. Su padre, el perro, las ardillas, los pájaros, los ratones e incluso la luna. ¡Un momento! ¡Hay alguien que sigue despierto! ¡Un oso gigantesco! ¿Qué pasará?
Con un final sorprendente pero encantador y mucho humor blanco, el autor italiano presenta un álbum con estructura de sketch que es ideal para relanzar dos ideas. La primera es la establecer rutinas para que críos sean independientes en aspectos importantes de su mundo cotidiano, y la segunda sienta las bases para aupar la lectura como compañera inmejorable a la hora de tener dulces sueños.
Como aspectos destacables en las ilustraciones, he de apuntar la presencia de una familia monoparental (ponerlo en evidencia con naturalidad y sin pedagogía me resulta muy agradable), la caracterización de los personajes (Recuerdo a Klassen. Los ojos, los ojos. Siempre los ojos), el sinfín de detalles que convierten cada doble página en un juego de búsqueda, la alternancia de marcos entre las imágenes que me recuerdan a tiempos pasados y algunas composiciones. Una buena propuesta para pestañear plácidamente.





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