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martes, 22 de abril de 2025

Adolescencia y redes sociales


Adolescencia. Es la palabra de moda durante las últimas semanas gracias a una miniserie de televisión que ha puesto al descubierto los problemas que puede desencadenar el uso indebido de las redes sociales. Y lo peor de todo es aguantar a los padres que me rodean preguntándome qué opino al respecto. He aquí mis comentarios. El que quiera, que lea.


Lo primero de todo es que no la he visto ni tengo intención de hacerlo. Eso de entrar en bucle con los problemas profesionales no es lo mío. Ya tengo bastante con el día a día en las aulas, como para seguir alimentando sus demonios. Prefiero sumergirme en nuevos planteamientos, que recrearme en miserias más que asumidas.
En segundo lugar, les recuerdo que, como en cualquier otra serie de ficción basada en hechos reales, no todo lo que recoge sucede en el mismo grado, en el mismo orden o a la misma persona. Evidentemente, los guionistas trabajan para una industria que en muchas ocasiones necesita de la audiencia para tener éxito asegurado. Cuánto más impactante sea el producto a nivel mediático, más se hablará de este y las ganancias serán mayores.


No obstante, y a pesar de estas dos primeras consideraciones, llegamos al punto más peliagudo. ¿Los chavales utilizan las redes sociales como el protagonista de la serie? El sí es rotundo. Acosan a sus compañeros, hacen comentarios inoportunos e hirientes a conocidos y amigos, comparten contenidos inapropiados, manipulan archivos y cometen delitos tipificados en el código civil. Las cosas ya se van de las manos de los adultos, conque los críos…
Y muchos replicarán: “Mi hijo/a no”. Y yo les diré: “Desde el momento que tú le haces entrega a un chaval de 10 a 12 años de un dispositivo móvil con conexión a internet sin ningún tipo de control (y cuando digo control, digo control), te puedes esperar cualquier cosa”.
Me maravilla esa ligereza con la que muchas familias con cierto estatus y formación regalan estos objetos e incluso lo justifican. “Así puedo saber qué hace en todo momento… Es que me paso el día fuera de casa…” “Lo necesita para hacer las tareas de clase…” “Si es como una consola, ¿qué puede hacer con él…?” ¡Ja! El quid de los aparatos con conectividad a internet está en su interactividad y su cripticismo, es decir, el móvil permite el acceso a cualquier tipo de contenido y al mismo tiempo solo el usuario tiene el poder de saber a lo que accede y hace con él esquivando toda supervisión.


El otro día me comentaba una amiga que su hermano le compró un móvil a su sobrino con la condición de que podría leer todas sus conversaciones en las redes sociales y saber el historial de navegación. Evidentemente, el chiquillo le dijo que estaba de acuerdo, a sabiendas de que él era quién tenía el control y no su padre: podía mantener o borrar los contenidos que quisiera, es decir, manipular la visión que su progenitor tenía de él (ojito…). Convertirse en un chaval responsable, aunque actuara como un demonio. ¿Se les eriza el vello? Pues imaginen a Maquiavelo con un bicho de estos entre las manos…
Sí, queridos monstruos, la raíz del problema está en la tenencia de estos aparatos y no en su uso. Como todos sabemos, la niñez tardía y la adolescencia son lo que son, aunque muchos se venden los ojos. Los jóvenes trasgreden las normas. Unos muchas veces, otros, las menos, pero siempre hay oportunidad para ello. Y no me vengan con que la educación lo soluciona todo. Autoridad, instrucción y prohibición también cuentan (fíjense en el código de circulación dirigido a los adultos...).


¡Y ojo! Quienes crean que los políticos pondrán freno a los problemas que atañen exclusivamente al entorno familiar, se equivocan. Según rezan las leyes de mi comunidad autónoma (como en otras tantas), el uso del móvil está prohibido en las aulas, pero les puedo decir que el 80% de mis alumnos de 12 años (1º E.S.O.) acuden al centro con este en el bolsillo y, por supuesto, en connivencia con sus padres. Y no seré yo, humilde profesor, quien se enfrente a un hecho aceptado socialmente mientras no se utilice en mi presencia (que si los hijos viven embelesados con las pantallas, hay que ver a los padres...).
Así que, no me mareen más con su culpa desmedida y su amor paternal para que desmienta o confirme lo que expone esta serie de televisión. Adolescencia solo les ha hecho ver que la piedra está en su tejado. En su mano está dejarla o quitarla. No me den más la vara, por favor.


Acompañan este post, álbumes como:

Helen Docherty y Thomas Docherty. La zampa pantallas. Maeva Young

Paula Merlán y Concha Pasamar. Algo está pasando en la ciudad. Cuento de luz.

Pilar Serrano y Anna Font. Cuando la tecnología secuestró a mi familia. Tramuntana.

Para más álbumes sobre esta temática, no te olvides de visitar ESTE OTRO POST

viernes, 28 de mayo de 2021

Niños, jóvenes y ocio digital: ¿sí o no?


Móviles de última generación, redes sociales, videojuegos o el mundo del cibersexo están a la orden del día, no sólo entre niños y adolescentes, unos con quienes paso gran parte del día y me tienen al corriente de las novedades, sino entre los adultos.
No se engañen, todos vivimos embobados frente a las pantallas de nuestros smartphones, tablets u ordenadores. Aun así, es curioso cómo se demoniza la tecnología que consumen críos y jóvenes, unos que se presuponen irresponsables y sin autoridad moral para hacerlo. ¿Por qué ellos no pueden usarlos libremente, pero sus padres pueden sumergirse en ellos durante horas sin que pase nada?



Lejos del anacronismo, los prejuicios intergeneracionales, la brecha digital, el analfabetismo tecnológico o el uso delictivo de las TIC, hay una realidad impepinable: gran parte de la población infantil y juvenil de este país (un 71% aproximadamente) utiliza todos los días los dispositivos electrónicos y desarrolla su tiempo de ocio en base a juegos o recursos digitales.
Esta cifra/razón es más que suficiente para plantearnos un debate serio sobre el presente y el futuro del ocio infanto-juvenil en sociedades como la nuestra, en la que los hábitos han cambiado enormemente durante los últimos veinticinco años y que, junto a otras realidades, está acarreando lo que se denomina la desinfantilización de la infancia.



Con este panorama toca hacerse preguntas como ¿Es posible la socialización a través de los videojuegos? ¿Desarrollan y potencian el lenguaje verbal las narrativas digitales? ¿Construyen, diversifican y amplían el discurso cultural? ¿Ayudan a la comprensión del mundo? ¿Cualquier producto digital se puede considerar desde el prisma cultural? ¿Sustitutivas o complementarias?



Sobre las primeras no tengo ni la más mínima idea, pues consumo y conozco poco estos productos. Creo que es algo que deberían tratar los especialistas en hipertextos y contenidos digitales, o los creadores de apps, interfaces de usuario y juegos interactivos. No obstante y desde mi posición como educador, sí me veo capaz de aportar alguna consideración a la última pregunta.



Teniendo en cuenta el desastre educativo, sobre todo en lo que se refiere a lectura instrumental y comprensión lectora que constato una y otra vez en mis aulas, puedo decir que aquellos alumnos que consumen estos productos de forma masiva no destacan especialmente en expresión verbal, ni escrita, ni hablada.
No es de extrañar, pues frente a las pantallas y los joystick, ecosistemas donde el lenguaje gráfico es la clave, tenemos el libro, un espacio donde prima la palabra y que, a pesar del empeño de los gurús culturales, ha visto descender enormemente sus adeptos desde las trincheras infanto-juveniles, más todavía los del ala masculina.



En parte me duele y en parte me preocupa. Me duele porque son dos realidades que no deberían ser excluyentes pero que, sin embargo, lo son a merced de mercados donde interesa más la diversificación de productos que amplíen los foros de consumo, que el enriquecimiento cultural. Me preocupa porque veo cómo la balanza se inclina hacia uno de los lados y supone una pérdida de capital intelectual para las generaciones actuales y venideras.



Aparte de todo esto y avisándoles de que no tengo nada en contra del móvil ni del ordenador, de hecho son dos de mis herramientas de trabajo fundamentales, no sólo para ensalzar la LIJ, sino para mantenerme informado, desarrollar actividades y contenidos, o escribir, sí debo decirles que creo que vivimos absorbidos -y absortos- por todos estos dispositivos, algo que debería, como mínimo, darnos por pensar en lo improductivo que rodea cualquier vicio.



Es así como llegan a las estanterías libros como los que hoy acompañan a esta pequeña reflexión y nos hablan de un modo u otro de la necesidad de dejar el móvil a un lado. Críticos tanto con padres, como con hijos engatusados por todo tipo de pantallas, todos ellos plantean una ruptura con estos aparatos para disfrutar de otra serie de quehaceres que nos estamos perdiendo. 
Lo dicho. A veces, apagar un rato todos sus dispositivos y mírense a los ojos, no sea que se les olvide que de abrazos y miradas también vive el ser humano.

Acompañan este post, álbumes como:

Beatrice Alemagna. Un gran día de nada. Combel.

Ilan Brenman y Rocío Bonilla. ¿Jugamos? Algar.

André Carrilho. La niña de los ojos ocupados. Thule.

Amélie Javaux y Annick Masson. Una familia desconectada. Laberinto.

Philippe de Kemmeter. Papá está conectado. SM.

Patrick McDonnell. Tek, el niño moderno de las cavernas. Océano Travesía.

Marina Núñez y Avi Ofer. Atrapamiradas. Kalandraka.

Si quieren conocer más álbumes relacionados con este tema, no se olviden de visitar ESTE OTRO POST