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martes, 10 de febrero de 2026

¡Entre reyes anda el juego!


El conejo travieso ha sacado los pies del tiesto en su país adoptivo y, en vez de divertirse con el fútbol americano, se ha contagiado de la llamada batalla cultural. Y no es que haga mal, pues esto de defender a tu público potencial siempre ayuda a vender discos y seguir en el candelero (Que a estas alturas de la vida capitalista casi todo es muy lícito. Hasta Zara sacó tajada…), sino que me resulta cuanto ni menos chocante que se sigan politizando eventos que deberían pertenecer a la esfera deportiva/festiva.
Y no es que Donald Trump sea santo de mi devoción (otro día le daré para que vaya a la peluquería, que falta le hace), pero considero que, a estas alturas de la vida, los ciudadanos (traduzco: espectadores) deberían saber cómo discriminar el contenido real de los aderezos del relato, cosa que no sucede a pesar de haber erradicado (o eso dicen) el analfabetismo de Occidente.


Déjenme decirles que ayer, medios de comunicación de masas y redes sociales se pasaron el día diseccionando, enriqueciendo y analizando los movimientos, eslóganes, artistas invitados, decorados, el vestuario y el cuerpo de baile que Bad Bunny y sus patrocinadores (¿Quiénes serán?) desplegaron en su actuación del medio tiempo de la Super Bowl. Cosa que no me extraña teniendo en cuenta que es un escaparate sin parangón.
Lo vi claro. Aunque no sé si las referencias a las que unos comentaristas y otros hacían alusión eran reales (hay gente con demasiada inventiva y papel celofán), quedó claro que la intencionalidad de todo esto era echarle leña al fuego desde uno y otro frente, pues por todos es sabido que sin huestes no hay guerra que valga. Y lo peor de todo es que, a pesar de las que todos llevamos perdidas, entremos al trapo.



Por si sirve de algo, hoy les traigo Reyes, un libro que nos habla de todo eso gracias la elocuencia y el saber hacer de Rocío Alejandro (la también autora de La huerta de Simón) y Fondo de Cultura Económica.
Este álbum sin palabras (yo creo que, incluso sin la del título, hubiéramos entendido todo a la perfección) nos cuenta la historia de dos reyes. El del reino azul era feliz dándole forma a sus dominios, pero un día vio a lo lejos al rey verde que también estaba haciendo lo propio. Como los poderosos suelen tener un ego muy grande, el rey azul quería que su reino fuese mejor que el verde. Para ello creó edificios cada vez más grandes. Cuando el rey verde se percató de esto, entró en el juego y comenzó a elevar la altura de sus construcciones también. ¡Los dos querían que su reino sobresaliese respecto del otro! La disputa continuó hasta que uno de ellos se dio cuenta de que el problema era el otro y entonces…


Con un lenguaje gráfico sencillo y minimalista, la ilustradora argentina se interna en esta alegoría sobre las cuitas de poder y los conflictos bélicos. Utilizando la contraposición cromática (un recurso muy utilizado en este tipo de temáticas), la técnica de los sellos y tampones, la doble página como escenario discursivo y una bellísima metáfora final, consigue un discurso redondo.
Mucho movimiento, composiciones más que elegantes y detalles mínimos, este álbum de pequeñas dimensiones (¡Hasta en eso han acertado!) hace disfrutar a lectores de todas las edades e, incluso, desbordarse en actividades igual de sencillas que pueden incluir pataletas infantiles destructivas (Cuando lo leí por primera vez me recordó a esos juguetes de paralelepípedos de madera). Por todo esto y mucho más, ya está incluido en este post sobre álbumes y poder, este monográfico de la guerra en la Literatura Infantil y esta selección de álbumes silentes. ¡Disfrútenlo y haya paz!

lunes, 24 de noviembre de 2025

Cuitas de poder


El que piense que, después de cinco mil años de un mundo donde los poderosos siempre se salen con la suya, va a cambiar el sistema en un santiamén, está totalmente equivocado. Y es que si algo tiene el Homo sapiens es que gusta de mangonear a troche y moche. Lo que le dejen. En la familia, en la comunidad de vecinos, en la alcaldía pedánea, como diputado o en el Kremlin. No hay institución ni grupo de incautos que se salve.


Y no es que esté mal. Como en otros mamíferos, siempre tiene que haber alguien al mando, preferiblemente espabilado, porque si no, la especie se va al traste. Lo realmente complicado es dar con ellos, sobre todo en esta sociedad de incierta inteligencia y nulo instinto, donde el más palurdo es capaz de hacerse con un sillón en el consejo de administración de algún grupo empresarial (¡Esos sí que saben y no el Fiscal general del estado!).
También suele pasar que a todo rey le llega su San Martín (¿O era cerdo? ¿O tal vez cárcel?), porque claro, el mundo es de los valientes y enfrentarse al enemigo puede salir caro. Y así se van sucediendo unos a otros, kamikaze tras kamikaze. Porque la Tierra sigue girando y los poderosos, alternándose. El que no lo vea es porque está ciego o, por el contrario, bien alimentado. Quizá ese sea el problema: conformarse. Y si no lo hacemos, entramos en el juego. Repitan conmigo: Poder es querer, querer es poder… ¿Y quién no desea una mijita de las dos cosas?


Aparcando la retórica, me meto de lleno en Los reyes del universo, un álbum de Antoine Dole y Magali Le Huche que ha editado Kókinos que les va a encantar (¡Ojalá Papá Noel se lo regalase a todos los políticos de este país!).
El día ha sido redondo y León se va a la cama. Satisfecho y como muchas otras personas, está convencido de que va a dormir como un rey, ¡el rey del universo! Cuando despierta, se encuentra con una nave espacial que ha aterrizado en mitad del jardín y de la que salen un montón de chiquillos extraterrestres. El cabecilla se le acerca y le dice que vienen del planeta Trochemoche Machín Machín y que está totalmente equivocado: ¡el rey del universo es él! Como no puede haber dos reyes en el universo, al extraterrestre le toca destruir la ciudad de León. León se acojona y le dice que dimite, pero su oponente dice que no, que la noticia ya ha trascendido y hay que buscar otra solución. ¿Cuál será?


A partir de una expresión cotidiana, los autores crean una situación alocada en la que caben muchos planteamientos. Paródico hasta extremos galácticos, este álbum plantea un conflicto, a priori desmesurado, en el que también se habla de cuestiones más profundas como la política, la paz, la cooperación entre líderes o los males del universo adulto. Y cito textualmente: Pero los adultos no pueden gobernar el Universo porque ellos piensan en pequeño. Más razón que un santo.


Diálogos de besugo, terquedad y abnegación, hipérboles y disparates. ¡Hasta un alegato en contra de la democracia! (¡Me encanta!). Son las piezas clave de este libro que incorpora formas narrativas propias del cómic para imprimir de dinamismo a un relato vertiginoso en el que el tiempo y las soluciones apremian. Como en la vida real…

miércoles, 22 de marzo de 2023

Cuatro libros sobre dictadores


Está más que claro que las elecciones se aproximan. Sólo hay que fijarse en las calles para darse cuenta. Ladrillos y cemento por todos lados, bien de flores y maceteros, las farolas y los bancos, cuanto más grandes mejor, inauguraciones y fiestas populares por todo lo alto.
En los medios de comunicación, los del régimen copan todo. No paran de vendernos la moto de quiénes gobiernan. Qué maravillosos son, qué bien hablan, cómo se preocupan por la sociedad... El mismo rollo de siempre.


Lo que más me jode son esos anuncios institucionales, una propaganda encubierta que pagamos entre todos para que ellos sigan con su negocio. Carteles y cortinillas radiofónicas llenan los muros y marquesinas de caras babosas anunciando las bonanzas en materia de sanidad y educación.


Sin embargo, nadie habla de los daños pandémicos, de la deteriorada sanidad pública, de las chapuzas jurídicas, de un sistema de pensiones esquilmado, del sangrado a los autónomos y de una educación cada vez más adoctrinadora e inútil. Da igual por qué comunidad autónoma te pasees, lo que prima es el plan global, uno al que se han adscrito los partidos mayoritarios de todos los países gracias a las agendas subyacentes.
El ciudadano nunca sale ganando en el negocio de occidente, porque aquí lo que interesa es que multinacionales y grandes corporaciones se llenen el buche. Mientras que Putin y los chinos tienen la culpa de cómo está los precios en el Consum, los jodidos ODS y la OTAN van a salvar el mundo. Menuda paradoja.


Yo lo tengo claro. En este un sistema donde nos encontramos más presos que nunca gracias a los ismos y el fact checking, donde la libertad de expresión ha sido erradicada gracias a discursitos que solo interesan a Bill Gates, el Grupo Bilderberg y los billonarios neomalthusianos, la única opción es rebelarse.
Por mi parte elijo decir y hacer lo que me plazca, evito complejos inertes, destierro los ismos imperantes, y traigo libros que como los de ESTA SELECCIÓN, les planteen preguntas de izquierdas y derechas, la peor de las dicotomías posibles en este mundo lleno de significantes.


El primer título de hoy es Las almohadas mágicas, una pequeña novela de Evyenios Trivizas, e ilustrada por Noemi Vola que Blackie Books acaba de incorporar a su colección Huesitos.
En ella, Avarismundo, el rey de un pequeño país llamado Cielópolis, no para de inventar todo tipo de leyes y prohibiciones para imponer sus caprichos. Lejos de ceder ante las ocurrencias de su monarca, los habitantes de Cielópolis encuentran en los sueños una resistencia.


Un día, el rey, reúne a sus tres consejeros para pedirles ayuda y el malvado Reptilio lo insta a fabricar unas almohadas mágicas que atormenten a los ciudadanos durante la noche y sean incapaces de aferrarse a cosas hermosas con las que combatir el despotismo del rey.


Generosa, humorística y con mucha metáfora, esta narración del escritor griego es una buena oportunidad para plantearse las realidades humanas y concluir que el despotismo es una lacra a la que hay que poner freno.


El dictador, una pequeña historia del autor sueco Ulf Stark que ha publicado recientemente TakaTuka, nos habla de otro pequeño tirano.
Quiere que le den la cena, lo arropen, le cuenten cuentos donde él sea el protagonista, y soñar que nadie le hace sombra y todos satisfacen sus deseos. Todo el universo debe girar en torno a él. Bueno, no todo, siempre hay gente que se rebela. Como Sirkka, una compañera de clase que no se deja impresionar por los ademanes de este dictador de poca monta.


Con una tipografía que recuerda al alfabeto cirílico y la gorra verde con estrella roja que luce su protagonista, la ilustradora Linda Bodestam parece haberse inspirado en las dictaduras comunistas soviéticas para darle forma a un mensaje que bebe de dobles sentidos entre el universo adulto y el infantil.


También les traigo Las palabras, un libro de Nicolás Bianco-Levrin y Julie Rembauville que editó hace años Pípala y he descubierto recientemente. A pesar de su título, en este libro sólo encontramos dos palabras, suficientes para desencadenar una historia que remueve la conciencia.
Todo empieza con el hallazgo de una corona y una nota de alarma con un mensaje indescifrable que, a pesar de los esfuerzos por destruirla, va de mano en mano hasta desvelar el secreto que acabará con una dictadura militar.


Basado en un cortometraje de los mismos autores (Nota: Si quieren echarle un ojo solo tienen que buscarlo por [R]), este álbum silente que bebe de los recursos narrativos del cómic, una puesta en escena muy oscura e intrigante, y unos personajes muy expresivos, se erige como uno de los mejores álbumes sobre la censura, la represión y el totalitarismo.


Para terminar toca hablar de ¡Votad a lobo!, un álbum de Davide Cali y Magali Clavelet publicado por Astronave que nos habla de las dobleces y el juego sucio en política. En la granja están de elecciones. Vallas publicitarias y eslóganes perfectos. Todo bulle de expectación y cada uno tiene su favorito hasta que aparece Jacobo Lobo, un candidato que con una campaña perfecta encandila a todos y se lleva el gato al agua. Aunque sus propuestas parecen impecables y su equipo parece muy serio y experimentado, empiezan a suceden cosas muy raras. ¿Será oro todo lo que reluce en él?


Con mucho humor y salero, este libro se adentra en el mundo de la política, de la manipulación de las masas, de los votantes ignorantes, de los abusos de poder, de la democracia y sus maldades. Con cierta ironía y mucha realidad constituye un excelente punto de partida que, sin decantarse por unos y otros, nos plantea muchas preguntas sobre lo subyacente a un universo que detesto.


Personajes estupendamente caracterizados, situaciones (y políticos) fácilmente identificables, y un final con vuelta de tuerca harán las delicias de todos los que, como yo, vean en este universo de trepas todo un acicate para montar gillotinas en las plazas de nuestros pueblos y ciudades.

martes, 16 de noviembre de 2021

Manipulación coronavírica


Como parece ser que lo del volcán está tocando su fin, habrá que desempolvar  la pandemia y darle protagonismo a la variante "Ómicron" para justificar las nuevas tropelías que, por parte de los caciques de turno (y que pronto secundarán sus homónimos españoles), se están cometiendo en toda Europa en aras del fascismo más asqueroso.
Y digo esto porque hay que buscar nuevas formas de represión social (por lo visto no hemos tenido bastante...). Ahora les ha llegado el turno a los no vacunados y a los niños, personas que por una razón u otra, no se han inyectado los preparados milagrosos que según los políticos, las farmacéuticas y los sabios de la medicina, nos iban a sacar de esta crisis sanitaria.


Son los nuevos apestados, leprosos de siglo XXI que van a verse confinados en sus casas porque amado líder así lo ha decidido, cómo no, amén al jaleo de unas huestes que, henchidas de manipulación (des)informativa y abanderadas por "eso" de la salud pública, se dedican a joder a otros iguales pasándose por el forro el artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos o el 14 de la Constitución Española.


Sí, amigos, llámenme conspiranoico, pero el caso es que llevo observando cómo, de unos meses a esta parte, no afloran datos sobre ciertas cuestiones (tan importantes como el porcentaje de población vacunada, una matraca veraniega de tres pares de cojones).
Nada se sabe de la eficacia de cada una de las vacunas que se nos han inyectado (o sí lo saben pero no cantan), qué repercusiones sobre la salud están teniendo las diferentes vacunas sobre la población (se ve que la incidencia de algunos fenómenos y patologías ha aumentado considerablemente en personas vacunadas), tampoco el número de fallecidos por coronavirus (esto ha sido una constante desde que empezamos la fiesta), la gravedad de quiénes acuden a los hospitales o lo que dice la comunidad científica sobre vacunar a los menores de 12 años (¡Venga! ¡Que sigan enchufándoles de todo a los críos!).


Todos los gobiernos tienen los datos en su poder pero sin embargo no los sacan a la luz, ¿Por qué…? Que en países como Chile o Portugal con más del 80% de la población supuestamente inmunizada, vean el número de contagios al alza, me hace sospechar. Que si nos hemos relajado en el uso de la mascarilla, que necesitamos terceras y cuartas dosis, que si los países africanos son los culpables (a lo mejor hay que darles las gracias) o que debemos llevar a la silla eléctrica a los no vacunados (¿Incluidos los niños? ¿Acaso no serán ellos ese 20% restante?). Eso sí, no hablan de nuevos fármacos para el tratamiento, ni de la incidencia de la nueva cepa sobre las UCIs, ni muchos menos de hacer pruebas de anticuerpos a todos aquellos que han sobrevivido a la enfermedad y que cuentan con inmunidad natural. ¿Por qué? Repito ¿Hay otros intereses detrás de la pandemia? 


Empiezo a pensar que, a pesar de la realidad vírica, hay demasiada manipulación en todo esto, que lo necesitan para perpetuarse en el poder, una coartada estupenda para restringir nuestras libertades a su antojo, impunemente. Telediarios monotemáticos, publicidad institucional, epidemiólogos, opinadores y espontáneos sostienen una campaña de manipulación mediática que poco a poco se ha hecho con una opinión pública que no sabe qué pensar y solo se deja llevar a merced de unos intereses creados.



Como seguramente me dirán que soy esto o lo otro, mi mejor defensa es El pequeño manipulador, un libro maravilloso de Bartosz Sztybor y Maciej Lazowski que acaba de publicar la editorial Thule. Con un lenguaje directo y sugerente, los autores polacos desarrollan un manual perfecto con el que desenmascarar a cualquier manipulador en ámbitos tan dispares como el comercio, la política, las redes sociales o incluso la familia.


Reúnen así un sinfín de estrategias con las que convencer a los demás para que hagan tu voluntad. Desde poner sus ideas en boca de gente influyente, hasta ofrecer regalos o decirte lo que quieres escuchar. Me encanta como toman ejemplos de la vida cotidiana, como juegan con lo irónico y las dobleces. 
Todo ello aderezado con unas ilustraciones coloristas que complementan y amplían el discurso para, alejándose de la supuesta inocencia de un texto parco y directo que consigue hurgar en nuestro subconsciente gracias al lenguaje visual donde la disyunción (se ve lo que no se dice) y la intriga (sugerencias y adivinanzas) tienen su cuota de protagonismo en un libro para todas las edades.
Delicia necesaria en estos días de tanto manipulador y manipulado.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Suplantación de poderes


Ha sido un verano extraño. Tan pronto nuestros televisores nos animaban a salir cuando nos diera la real gana para gastar hasta el último euro en nuestras vacaciones, que nos instaban a quedarnos en casa por culpa de la llamada quinta ola, esa que nos iba a llevar a la ruina hospitalaria de nuevo, que nos sumiría en otra debacle por culpa de todos esos jóvenes, pecadores e inconscientes que se habían lanzado a las calles por la euforia estival.
Por un lado nos premiaban como ciudadanos ejemplares. “Disfrutad como héroes que sois, que para eso os habéis tirado un año y pico ahorrando”. Y por otro se dedicaban a jodernos con sus toques de queda y artimañas varias. “Iros a la playa, idiotas, levantad el turismo como ratas enjauladas”.


Nos han atiborrado de mascarillas, han puesto a la venta los test de antígenos más caros del continente y nos han vacunado como al ganado porcino. ¿Para qué? ¿Para tener un verano más limitante que el del año pasado? Y me sigo preguntando: ¿Hasta cuándo van a seguir utilizando la pandemia como herramienta de poder, como arma de propaganda, como parapeto para ocultar otros problemas igual de serios?
Ahora nos dicen que una triple dosis, que habrá más olas, que no nos relajemos ¿No sería mejor abrir el ocio nocturno que tener las calles a rebosar de botellones? ¿No sería mejor ir buscando medicamentos para combatir la enfermedad que atiborrarnos a vacunas? ¿No sería mejor dejar de ver la televisión?


Yo no sé cómo, a estas alturas de la película, no se le han hinchado lo suficiente las pelotas a algún juez como para llevar al trullo a más de un político. Por manipulador, por mentiroso, por cobarde (Este último rasgo, aunque útil y muy de moda, siempre me ha resultado asqueroso).
Ahora saltarán otros cobardes diciendo “Qué más da quiénes gobiernen si el resultado siempre es el mismo” “Prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer” “Al menos estos no…” Y yo, que soy partidario de los cambios, de la evolución, respondo que prefiero las alternancias de poder a un enquistamiento social de los males que trae consigo cada ideólogo. Que no quiero hacerle siempre el trabajo sucio a la misma facción.


Si piensan que digo tonterías, aquí tienen El rey cerdo, un álbum escrito por Koos Meinderts e ilustrado por Emilio Urberuaga (ediciones Ekaré), donde se habla, ente otras cosas, de lo fácil que es suplantar a un gobernante mediocre por otro gobernante que se volverá igual de mediocre que el primero y que probablemente será suplantado por otro.
Utilizando una parábola moderna protagonizada por un rey al que le encanta atiborrarse de gorrino y un cerdo que se plantea su insignificante existencia, se desarrollan una suerte de casualidades que con algo de sinsentido y humor nos dejan entrever una realidad que se ha repetido una y otra vez en multitud de lugares.


No se pierdan un texto en el que subyacen muchas preguntas y disfruten de unas ilustraciones coloristas y llenas de detalles que descubrirán los buenos observadores (Y para los malos, unas pistas… les invito a que se fijen en los cuadros del palacio y en el dosel de la cama, que descubran al personaje oculto en cada doble página y le hagan una caricia en la guarda trasera, y por último que disfruten del homenaje que un Urberuaga autorretratado le hace al gran ilustrador holandés Max Velthuijs).
Y tras la lectura sólo nos quedará preguntarnos aquello de: ¿A todo gorrino le llega su San Martín? Esperemos que sí. Y yo me alegraré.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Análisis post-electoral


Sí, Ayuso ha ganado. Y aunque a muchos les parece algo inexplicable, un servidor tiene muy claras las razones de su triunfo. Aparte de demagogias y populismo de los que cualquier político echa mano, la madrileña también ha jugado con buenas bazas.
En primer lugar es una tipa que no se achanta. Y eso que es mujer, condición para que no pocos la tachen de bruja mala, pues parece ser, como dije ayer, que el voto feminista (que no femenino) siempre debe relacionarse con la izquierda, y cualquier candidata de derechas es poco menos que demonizada. Chula como ella sola ha dicho y hecho lo que le ha dado la real gana, algo que a veces es de agradecer, más todavía en un panorama político donde el casting sin fuste recluta a los impostores y prescinde de la gente con carácter.


Por mucho que se empeñe, su gestión de la pandemia no es que haya sido la leche, pero primero, no ha supeditado la economía de la región (y del país, que Madrid es mucho Madrid) al mal pandémico, y segundo, ha construido un hospital (sí, de aquella forma, pero lo ha hecho, que otros los han tenido cerrados) para dar cobertura a los enfermos. En parte ha sido valiente y en parte ha dado la cara. Ya quisieran muchos haber hecho la mitad que ella. Pero no, se han escondido en sus respectivos agujeros para rezar el rosario (¡como si sirviera de algo!) o restringido la vida de los ciudadanos para añadir nuevos males a esto del virus. Salvar el culo es importante, pero demostrar lo que vales, también. Que para eso les pagamos.
A todo esto hay que añadir un montón de factores que van desde la ley electoral hasta la falta de credibilidad del resto de candidatos, los golpes de efecto, las traiciones y otras asociaciones ideológicas, una campaña que ha levantado ampollas en todas las facciones, el hartazgo social sobre ciertos temas, la crisis que está por venir, el aumento de la participación y un largo etcétera que hay que entender desde un prisma muy complejo que no tengo tiempo de poner sobre la mesa.


Y como punto y final a este análisis postelectoral les traigo ¡Abajo Leroy!, un álbum de Davide Cali y Guridi (Raúl Nieto) publicado recientemente por la editorial Tres Tigres Tristes y que ya he incluido en la selección de álbumes de corte político. En él, Leroy, un dictador de tres al cuarto, utiliza su poder para arrestar a todo aquel que proteste y ponga su gobierno en entredicho, aunque sea pacíficamente. El primer manifestante va a la cárcel, el segundo también, y así sucesivamente hasta que ya no hay queda un alma en la calle. Entonces, ¿nadie plantará cara al autoritarismo de Leroy? Las respuestas en el libro.
Con unas ilustraciones maravillosas que juegan con el espacio y donde las escenas a doble página actúan a modo de balanza equilibrada, posee un mensaje extrapolable a cualquier realidad política en la que se desoyen las opiniones que el pueblo lanza sobre sus gobernantes, y también se figura la mejor advertencia, no solo para la flamante ganadora de las elecciones a la Comunidad de Madrid, sino para todos aquellos que endiosados en su sillón, se creen intocables y no actúan con honradez y coherencia. Por lo tanto, ¡que se pongan las pilas y nos dejen de milongas!

miércoles, 14 de octubre de 2020

Una de dictadores


Lo peor de las dictaduras es que nadie sabe muy bien cuándo empiezan ni cuándo terminan. A las pruebas me remito, pues todas las dictaduras han pillado a los ciudadanos en paños menores. O no se las esperaban o vivían engañados. 
A pesar de que a muchos se nos vienen a la mente ciertos nombres, no todos los dictadores son iguales, un hecho sobre el que, tomando como punto de partida un puñado de criterios, podríamos establecer una ligera taxonomía sobre dirigentes totalitarios. 
Si atendemos al carácter y dejando de lado a los malvados (típicos, básicos y poco interesantes), me voy a centrar en otras categorías poco explotadas pero con más enjundia… Hay dictadores egocéntricos, guapos, avariciosos, suavones y esquizofrénicos. Los primeros, henchidos, petulantes, gritones y pesados, los segundos, exhibicionistas y a la moda, se rodean de aduladores, los terceros no pueden disimular su cara de hambrientos ni su mirada felina, los que siguen, amanerados que gustan de subalternos, y los últimos, entre paranoias y excentricidades, están para encerrarlos. 


Aunque los más conocidos son los golpistas (elecciones amañadas, tanques y ametralladoras), en lo que se refiere a las formas también hay que dar visibilidad a los democráticos (¡Ignorantes! ¡Sálvese quien pueda voto en mano!), los mediáticos (Mami tú sabe: propaganda, folletines del corazón y redes sociales), y los sanadores (¡Vivan las pandemias, el miedo y sobre todo el COVID!). También hay dictadores con mucha folla (Da lo mismo. La de Cortes, la del Rocío o la de Regla. La cuestión es que se te aparezca la virgen manque pierda) y a otros lo que les mueve es la venganza (Cosas de perdedores: o revancha o no paran). 
Si hay dictaduras porque sí (véanse todas las anteriores), también las tenemos porque no. Me explico… Carencias afectivas de todo tipo -maternales, paternales, conyugales o filiales- han pergeñado más de un dictador que sólo clamaba algo de atención (y a pesar de ello nadie a la postre les demostró su sincero amor). Calvas, acné, grandes narices o patas de palo han abocado a más de uno a la dictadura, hete aquí a los feos y acomplejados. Y por último en esta categoría, tenemos a los dictadores que lo han sido porque otros nunca llegaron a serlo (carambolas del destino que nos dejan boquiabiertos). 


Y para finalizar con este catálogo llegamos a Ubú, el peor de todos y mezcla de todos los anteriores, que además es el protagonista del último álbum publicado en España de Jérôme Ruillier (editorial Juventud). Ubú comienza zampándose al rey y, evidentemente, se convierte en el nuevo rey. No teniendo bastante continúa con los verdes, con los azules y los rojos. Crece a cada bocado, a cada mordisco su poder aumenta. Pero no todo en las dictaduras es positivo, pues el poder, la mayor parte de las veces, también se indigesta. 


Una vez más Ruillier nos adentra en un discurso complejo a través de una línea narrativa aparentemente sencilla. Tomando como figura narrativa el círculo y jugando con tamaños, colores y composiciones, desarrolla una fábula llena de simbolismo que es capaz de desbordarse en mil facetas de diferente tonalidad. No se olvida del caos ni del orden (cuando Ubú no desata el desconcierto todo aparece medido al milímetro), tampoco de los diferentes ni de los iguales (ordenación por colores y tonalidades dentro de la misma gama). Ni de los protagonistas (negro, gris y amarillo, muchas veces situados en la página derecha), sean voraces (Ubú crece y crece, y se desplaza desde una posición lateral hasta el centro de la doble página) o cobardes (¿Adivinan quién es? Me parece un planteamiento discursivo muy interesante el de este personaje). Tampoco se olvida de causas ni consecuencias. Ni siquiera de los que recuerdan, porque evidentemente, el relato siempre necesita un narrador que perdure en el tiempo. 


Bautizada con el nombre del protagonista de la comedia satírica de Alfred Jarry, esta historia no sólo busca un guiño a la obra del dadaísta francés (hablar de una versión creo que es demasiado), sino que da una vuelta de tuerca a una particular a una fábula de tiranos que el niño-espectador puede identificar con un buen puñado de recursos estéticos, pero bajo la que subyace sobre todo un sustantivo llamado LIBERTAD.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Hijos de la guerra cultural



Por si no tuviéramos bastante con la crisis que se avecina (elijan el adjetivo ustedes), la mayor parte de los días asistimos atónitos a un circo que da ganas de vomitar. Lo peor de todo es que la cosa no se queda en el hemiciclo (todavía no sé por qué ninguna organización libertaria no ha camuflado francotiradores entre los estenotipistas), sino que también llena las calles, los medios de comunicación y hasta los libros, de su basura. ¡Bienvenidos a un nuevo episodio de la guerra cultural! 


Además de servir para el desfogue de algunos (¡Qué pesaditos se están poniendo mantenidos, palmeros y salvadores!), no hay que olvidar que la guerra cultural, esa que Gramsci propondría hace casi un siglo y que lleva perpetrándose en nuestra sociedad unas cuantas décadas, pretende alcanzar el poder político a través del poder cultural, cosa que se empieza a oler, sobre todo en esto de lo literario. 


Y es que, señoras, señores, el universo literario (también el de la LIJ, como ya apunté AQUÍ) lleva muchos años lleno de críticos, lectores y enterados que, infiltrados en todos los medios de comunicación de masas, las redes sociales y los ambientes universitarios e intelectuales, vociferan desde un lado y de otro las bonanzas de quienes -se supone- exhibieron en sus creaciones discursos afines a las diferentes facciones. 
Alejados del humanismo que nos interesa a algunos, se dedican a las arengas (¡Facha! ¡Comunista!) para espesar todavía más uno de los climas sociales más asfixiantes de los últimos años y así dejar a un lado la pluralidad de los discursos. Amontonan los nombres de literatos, poetas y dramaturgos sobre su trinchera particular y, mientras los deslegitiman intelectualmente, también se apropian de sus obras para perpetrar así la necesaria propaganda. 


Unamuno, Borges, Delibes, García Lorca, Benedetti, Larra, Pérez Galdós, Alberti, Pío Baroja… Son muchos los que, según esos iluminados, se han sentado en un bando u otro. Muchos de ellos sin tan siquiera hablar de sus inclinaciones políticas en sus obras, algo que la mayor parte de los espectadores ignoran en pro de una manipulación sesgada (N.B.: Curiosa paradoja esta, la de creer a un tercero en vez de echar mano de las bibliotecas y LEER). 
Escuchen, melones. No dejen que otros lean por ustedes. Lean sin prejuicios a todos y cada uno de estos autores. Seguro que dan con ustedes mismos en las páginas de Fortunata y Jacinta, Los santos inocentes, Niebla, La casa de Bernarda Alba o Marinero en tierra. Cada vez tengo más claro que lo que debería ser un discurso luminoso y fraternal está siendo corrompido por ideas que poco tienen que ver con lo que muchos pensamos. 


Y así llegamos a dos de esos álbumes sobre conflictos y guerras. El primero es La batalla de Karlavach del reconocido escritor Heinz Janisch y el ilustrador Aljoscha Blau, un álbum recientemente editado por Lóguez, y el segundo es Boom. La guerra de los colores del siempre genial Ximo Abadía y editado por Montena. 
Aunque ambas historias echan mano de los colores para referirse a los enfrentamientos entre grupos de seres humanos, difieren en algunos puntos. Mientras que el primero echa mano de  un simbolismo más cercano a los cuentos tradicionales (ropa y derivados) para desarrollar un discurso más libre en lo que a interpretación se refiere, el segundo es más expositivo y se centra más el aspecto gráfico, prescinde de metáforas y otras figuras literarias pero juega con la línea y la complementariedad en un exquisito juego de contrastes.



El resultado de ambos es maravilloso (fíjense en que las ilustraciones de ambos se decantan por las formas angulosas y puntiagudas), sobre todo porque ambos se mantienen al margen de los consabidos sesgos (algo que agradezco al máximo cuando se trata de una temática como esta) y se posicionan al lado del pueblo, uno que en ambos casos toma la última palabra para obviar a los poderosos y sus cuitas. 
Espero que tomen nota y empiecen a leer, un verbo que siempre derrota a la ignorancia y a quienes desean tomar ventaja con ella.