viernes, 6 de noviembre de 2026

Otro futuro es posible


Lo de este curso no tiene nombre. Sobre todo con los alumnos de cuarto de la ESO y primero de bachillerato. Yo lo tengo claro: sus padres les han dado licencia para hacerse mayores. La verdad es que no sé cómo, pues ni siquiera lo son sus progenitores. Supongo que tiene que ver con zafarse de las obligaciones. Para unos, para otros. Eso es hacerse grande. Dejar de ser padre, dejar de ser hijo y que solo quede el espíritu santo.


Y así nos encontramos con alumnos que se acurrucan en sus pupitres, que duermen sobre los apuntes, que bostezan o que prefieren quedarse en la cama cuando el resto están de excursión. Críos que pasan dos horas diarias en el gimnasio, toman anabolizantes y se van a dormir a las dos de la madrugada gracias a las redes sociales o los videojuegos. Ellas se peinan en mitad de clase y ellos se comen los mocos como los orangutanes. Eso es hacerse grande.


Todo gracias a la inteligencia artificial, a los coches voladores, los vehículos autónomos, a la edición genética, las criptomonedas y la conquista espacial. Es lo que llamamos metamodernismo. ¡Con lo bonito que sería un presente y futuro como el imaginado por la protagonista del poemario de hoy! Y es que esta chiquilla pone la tecnología y los avances al servicio de la infancia. Un mundo optimista en el que toda convivencia es posible, el progreso no ensombrece lo humano y la frescura sobrevive a lo falible. Y es que la vida continúa a pesar del tiempo y sus devaneos apocalípticos. ¡Ya veremos…!

Palabras de sueño

El teléfono espía mis sueños.
Al despertar
me los cuenta todos.

Guardo palabras que sueño,
algunas son nuevas
y extrañas.

En los sueños se mezcla lo que existe,
lo que se quiere, lo que da miedo,
lo que no se conoce,

ni sabemos de dónde sale.


Me levanto

Enciendo mi ventana compacta
y aparece el mundo.

El silencio en la ciudad
es atronador cada mañana.

Mil y un objetos voladores,
mudos,
ultrarrápidos
y eficientes
se marcan un baile
sin música ni compás.

En la azotea
mis dos perros
y mis tres gatos
virtuales
junto con mi tata electrónica me despiden.

El teletransportador arcoíris seguro
para niños y niñas urbanos
es un punto de color
entre tanto vehículo sin gracia.

Angelina Delgado Librero.
En: Llegará mi voz a tu planeta.
Ilustraciones de Quim Torres.
2026. Barcelona: A buen paso.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Engaños ópticos


Nada es lo que parece. Si piensan que nos hemos deshecho de Óscar Puente, se equivocan. Si creen que Pedro Sánchez ha abandonado su empeño en seguir en la Moncloa, se equivocan. Si tienen claro que la derecha acabará con los problemas que acucian el país, se equivocan. Si opinan que Trump va a perder las elecciones presidenciales por el revés que ha sufrido en las de medio mandato, se equivocan. En definitiva, si confían en los políticos, se equivocan.
Y es que el arte del engaño es más viejo que la Charito. Y por supuesto, no lo inventaron los poderosos. También tenemos pillos, prestidigitadores, arquitectos, artistas o militares. Que los techos parezcan infinitos, estrategias que despisten al oponente, que los cuadros cobren vida, sacarte hasta el último céntimo mientras te quedas embobado o guardarse un as en la manga para ganar la partida. Hay muchos tipos de artimañas para darnos gato por liebre, la diferencia radica en cómo se utilicen, claro está.
Aunque respete todos los objetivos, a un servidor le vuelven loco los trucos lúdicos e inofensivos. Me trae más cuenta sorprenderme o sacarme una sonrisa, que sentirme ultrajado o derrotado. Aunque bien pensado, todo depende de la perspectiva. Quizá la realidad no siempre depende de lo que tenemos delante, sino de cómo lo interpretamos. Y es que la mayoría de las veces, la ilusión más increíble no consiste en hacernos creer lo imposible, sino en conseguir que dudemos de lo verdadero.


Así llegamos hasta Op Pop, el último álbum de David A. Carter que acaba de editar Combel (y que ya he incluido en mi maravilloso monográfico de libros móviles). Con el subtítulo de Un libro pop-up de ilusiones ópticas el reconocido ingeniero de papel nos sumerge en el maravilloso mundo del engaño visual gracias a un artilugio con doce páginas sobre las que construye seis escenas que nos invitan a mirar y remirar elementos que nos seducen y nos sorprenden a partes iguales.


Puntos negros que bailan, líneas torcidas y planos deformados construyen formas tridimensionales, círculos que se mueven y se entrelazan, tamaños que se confunden, siluetas que parecen imágenes diferentes o cubos cambiantes son algunos de los mecanismos tridimensionales que vamos encontrando en un libro que va a encandilar a más de uno. Si además, todo esto viene aderezado de un texto que recuerda al soliloquio de un presentador que nos va guiando por este escenario, mejor que mejor.


Como en Un punto rojo, El cuadrado amarillo o El 2 azul, el autor sigue ligado a los juegos de búsqueda, pero esta vez aparcando los elementos que sirven como hilos conductores i ofreciendo una nueva perspectiva en la que, a modo de galería, nos presenta diferentes juegos de percepción. Gracias a colores intensos, las formas geométricas, los componentes interactivos como ruedas o solapas y, sobre todo, la cinética del objeto libro, nos invita a participar en la construcción del significado desde varias posiciones: lectores, espectadores y creadores (que para eso somos quienes pasamos las páginas). ¡Y que viva la magia en papel!

miércoles, 4 de noviembre de 2026

Viajes que enriquecen


Volvemos de viaje. Es hora de deshacer las maletas, de aterrizar de nuevo en la rutina y de echar la vista atrás. Evaluar los días pasados es un ejercicio que todos hacemos inconscientemente. ¿Se han cumplido las expectativas? ¿Realmente mereció la pena recorrer todos esos kilómetros, gastar hasta el último céntimo de nuestros ahorros?
Todo depende de nuestras prioridades, de nuestros deseos. Hay gente que busca el “wow factor” al torcer cada esquina y otra que se conforma con poca cosa. Los de más allá llenan su maleta de momentos insignificantes, pero divertidos, mientras que los más exigentes necesitan recorrer hasta la última calle que se abre ante ellos. Que si la relación calidad-precio del hotel, las facilidades en cuanto al transporte, este museo o aquel bosque… ¡Se pueden valorar tantos parámetros!
Yo soy de los que prefiere disfrutar con los amigos en torno a una cerveza, una buena comida. Deambular tranquilo, sin pausa, pero sin prisa. Contemplar aquello que te sorprenda, comentarlo con unos y otros, buscar analogías y sinergias. Mezclarse entre la gente, dejarse sorprender, probar esto y aquello. Un poco de riesgo nunca viene mal. Dejarse llevar es la mejor forma de viajar para enriquecerse. Y si llegas hasta un lugar como el del libro de hoy, estás de suerte.


Publicada por primera vez en 1975, La aldea más allá de la niebla, una novela de Sachiko Kashiwaba que nos trae Blackie Books este otoño en una edición ilustrada por Miho Satake, nos cuenta la historia de Rina, una chiquilla que, empujada por su padre, viaja hasta un pueblo misterioso ubicado en mitad de un valle envuelto en la niebla. Allí se topa con una anciana misteriosa que le ofrecerá alojamiento durante las próximas semanas a cambio de trabajar para distintos establecimientos de la aldea.


La acción se construye sobre un universo fantástico muy sugerente al que solo se accede por la intercesión de un objeto mágico, ese paraguas de lunares rojos con una cabeza de payaso tallada en la empuñadura. Un mundo híbrido cuyas fronteras se disipan entre el mundo real e imaginario, una atmósfera que permite experimentar lo extraordinario desde la curiosidad, lo surrealista desde lo cotidiano. Por otro lado, no es el visitante quien decide entrar, sino que es el propio espacio el que elige a sus visitantes.
A pesar de presentarse como una novela fantástica, este libro adquiere tiene un marcado trasfondo de relato sobre descubrimiento personal y viaje iniciático. Al principio, Rina se presenta como una niña inútil que carece de autonomía y depende de los adultos. Sin embargo, su dedicación y empeño en los diferentes negocios del valle le permiten desarrollar su responsabilidad e iniciativa.


No son pocos los estudios que apuntan a una gran diferencia con las obras de fantasía dirigidas a los niños occidentales: el universo mágico creado por Kashiwaba no es una utopía donde la protagonista se dedica a la mera contemplación, sino que es un microcosmos laboral, ya que el trabajo diario de Rina es la clave de su desarrollo personal. Es decir, la aldea es un reflejo de la ética japonesa del trabajo comunitario.


La caracterización de los personajes es otro de los platos fuertes de una novelita donde podemos encontrar a la señora Picotto, la anciana que, a pesar de su mala baba y estrictas maneras, ejerce de gran mentora, Icchan, un chico simpático, entrañable y con una gran nariz que conecta rápidamente con Rina, John, el cocinero que hace los mejores sándwiches de la aldea, Nata, la despistada y excéntrica librera por la que he sentido gran debilidad, Shikka, el gran ceramista o Idiota, el impertinente loro de Thomas.


Me encanta la reciprocidad que hay entre la cría y los habitantes de “Calle Disparate” (así la llaman ellos). Los detalles que van y vienen. Ese hatillo lleno de regalos con el que la agasajan cuando abandona el valle de la niebla. Un derroche de bondad y pequeñas acciones que, alejándose de las grandes gestas, articulan un ecosistema solidario y cooperativo donde campan bondad y amistad.


Para terminar, toca mencionar la influencia que este libro tuvo sobre El viaje de Chihiro de Hayao Miyazaki y que el propio director admitió hace años. Elementos como una niña atrapada en un mundo fantástico, las analogías entre la señora Picotto y Yubaba o la necesidad de trabajar para conservar el estatus adquirido son algunas de las sinergias entre las obras literaria y audiovisual.
No lo piensen más. Saquen su billete para este viaje sin igual. No se arrepentirán.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Lidiar con el duelo


Ayer celebramos Todos los Santos y me dio por pensar en el duelo. Siempre he creído que, cuando alguien se va al otro barrio, quienes más sufren son los que se quedan. No les voy a negar que hay duelos y duelos. Unos son muy llevaderos y otros insoportables. De hecho, psicólogos y psiquiatras definen unos cuantos.
Los hay anticipados cuando el fallecido ha estado mucho tiempo enfermo y sus allegados van asimilando la defunción paso a paso. También tenemos el desautorizado, como por ejemplo el caso de una relación amorosa clandestina. El duelo ausente es aquel en el que una persona actúa como si nada hubiera pasado y niega de manera extrema dicha circunstancia. Existe el duelo colectivo, como el que, lamentablemente, sentimos todos tras el accidente en Urda. Hay especialistas que hablan del duelo crónico, una sensación de pérdida que se prolonga indefinidamente y de la que muchas personas no pueden zafarse. En definitiva, hay tantos duelos, como seres humanos.


De entre todos ellos, el que siempre me ha llamado mucho la atención es el duelo inhibido o reprimido, un tipo que, no sé por qué extraña razón, afecta a muchos chiquillos. Se lo digo por experiencia, pues en mis clases he conocido bastantes alumnos que no han sabido canalizar todas esas sensaciones a raíz de la muerte de un ser querido. Incapaces de llorar o verbalizar emociones, somatizan el proceso y se ven envueltos en cuadros clínicos llenos de migrañas y otras afecciones.
Y es que un encuentro traumático con la realidad, sobre todo cuando la experiencia no te provee de herramientas, es difícil de superar. No solo a los críos, sino también a los mayores. Véase el libro de hoy como ejemplo.


Nada y yo es el nuevo título de Kitty Crowther que se publica en nuestro país gracias a Fulgencio Pimentel. En él, la autora belga nos cuenta la historia de Lila, una cría que acaba de perder a su madre. Su padre, jardinero de profesión, está absorbido por su propio sufrimiento y no le hace demasiado caso. Para llenar ese vacío, la chiquilla vive acompañada de su amigo imaginario: Nada. Un día se acercan al jardín. Ha sido abandonado a su suerte desde que la madre falleció. Era su sitio favorito. En él crecían amapolas azules del Himalaya. ¿Volverán a brotar algún día?


Este álbum se adentra en el duelo infantil utilizando diferentes recursos narrativos que construyen un discurso complejo en el que los silencios, las distancias afectivas y los estados emocionales se articulan de principio a fin.
Para empezar, hace uso de la metáfora, principalmente de dos. La primera es Nada, un personaje fantástico con dos vertientes. Por un lado, es un mecanismo simbólico de acompañamiento y elaboración del duelo. Por otro, Nada es una extensión del amor materno, un rescoldo, un vestigio, un regalo (N.B.: Fíjense en cómo Nada alienta a Lila a enterrar las semillas. Tampoco se olviden de la última ilustración del libro).
La segunda metáfora es el jardín y las plantas. Sembrar, cuidar y esperar se convierte en un ritual que, poco a poco, paso a paso, permite recuperar la comunicación pérdida entre padre e hija, de reconstruir gradualmente sus vínculos. Al mismo tiempo, la naturaleza actúa en un proceso cíclico que también nos habla de renovación personal y emocional.
Otras metáforas que también me han gustado son el lilo, ese arbolillo que siempre permanece en flor y que nos refiere al optimismo de la niña (¿acaso nuestra protagonista ceja en su empeño?) o ese abrigo enorme que viste durante toda la acción (aunque su padre esté ausente emocionalmente, la sigue protegiendo físicamente).


Desde el punto de vista textual, me ha llamado mucho la atención la alternancia de la primera y la tercera persona. La voz del narrador se aproxima y se aleja. Unas veces nos sumerge en la realidad de Lila y nos hace partícipes de sus emociones. Otras, nos transforma en meros espectadores que observan con detenimiento momentos clave de la acción.
Al mismo tiempo, Kitty Crowther se recrea con el lenguaje y su cadencia para recrear una atmósfera íntima y poética. De todas las palabras que utiliza, “nada” es la que más resuena, aludiendo, no solo a su acompañante fantástico, sino a la ausencia materna que atraviesa el relato de principio a fin.


En lo que se refiere a la composición de las ilustraciones, llama la atención el espacio en blanco que acompaña a muchas de estas y que, o bien remite visualmente a esa nada omnipresente, o bien las ilumina tras ese periodo difícil donde se respira el duelo. Como en La visita de la pequeña muerte o El pequeño hombre y Dios, dos álbumes de temática un tanto trascendental e inéditos en castellano, Kitty Crowther también desarrolla una propuesta visual basada en figuras de trazo delicado que embeben al lector en una atmósfera más íntima.
Por sacarle alguna pega, decir que echo de menos esa tipografía de máquina de escribir utilizada en la edición original y que refuerza el carácter testimonial del relato y que lo aproxima al diario personal. Por lo demás, es una delicia que ya he incorporado en este monográfico dedicado a los álbumes y la muerte. Háganse con él. Es una orden.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Abuelos: todo un universo


Los abuelos ya no son lo que eran. Muchos pasan de obligaciones familiares. Se han dado cuenta de que la jubilación no es el fin. Que todavía les queda mucho por recorrer y disfrutar. Gimnasios, escuelas de idiomas, coros y rondallas, clases de baile y de pintura de costura. Y viajes, muchos viajes. Con tal de no pasar el tiempo explotados por sus hijos y nietos, lo que sea. Que ya está bien la broma. Total, ¿quién se lo agradece? Los unos crecen, se aferran a un móvil y ni musitan. Los otros tienen tanto que hacer y tanto de lo que quejarse, que solo se acuerdan de ellos en caso de necesidad o desahogo.
Ser abuelo no se resume en apoltronarse en el sillón y pasar la tarde viendo la televisión. Hay muchas formas de vivir la vejez y está fenomenal que la LIJ se haga eco de todas esas nuevas ópticas con las que encarar la tercera edad para dejar al lado esos estereotipos que nos han vendido desde antaño.
Y para que ustedes lo constaten, aquí les dejo seis propuestas sobre abuelos, seis visiones que se complementan unas a otras. Voces que disienten, que acunan, que permanecen activas y que cambian esa óptica un tanto homogénea sobre esas figuras que ensalzamos a pesar de su diversidad manifiesta (mis abuelas no se parecían nada entre ellas y las de mis sobrinos, mucho menos). Haberlos, haylos. Porque lo único que tienen en común unos y otros es haber tenido nietos. Manque ganen, manque pierdan.


Empezamos con La maleta, un álbum de Daniela Sosa publicado por Andana hace unos meses. Nos cuenta la historia de un niño que pasa las vacaciones con sus abuelos. Se aburre como una ostra porque todos los días son iguales. ¡Si al menos hubiera algún secreto que descubrir…! Y hurga que te hurga, el protagonista se encuentra con una extraña maleta en el desván. Cuando la abre encuentra un montón de cosas extrañas acompañadas de un sinfín de fotografías. ¿Quiénes serán esos desconocidos? ¿Conseguirá dar con la solución al enigma?


Con una trama sencilla y sin pretensiones, este libro explora la memoria familiar y el vínculo entre generaciones a través de los objetos. Como si de una cápsula del tiempo se tratase, la maleta es el interruptor que desata una pequeña serie de pesquisas que, incorporando pequeños detalles y enlazan las escenas, ayudan al protagonista/espectador a descifrar el pasado de aquellos que le rodean.


Desde el punto de vista técnico, destacan los detalles como las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo, el uso del color para contrastar el presente con el pasado, la alternancia de planos para imprimir cierto dramatismo cinematográfico y el viñeteado de las escenas que insufla dinamismo a la acción. Un trabajo sencillo, pero con una bonita funcionalidad.



Seguimos con otra aventura vacacional, en este caso la de Lobito en Palmeras y caracolas, una nueva entrega de esta serie de Magali Clavelet que ha publicado Flamboyant recientemente.
En la casa de Lobito los juguetes están viejos, los rotuladores están secos y las galletas están muy duras. Está hasta las narices de la rutina y necesita un cambio. Qué mejor que irse de vacaciones con sus abuelos. Se baña en la playa, disfruta de las rosquillas de la abuela, gana el primer premio de esculturas de arena y recoge trozos de vidrio pulidos por las olas. ¡Todo es maravilloso! Pero después de seis días como ese, Lobito empieza a echar de menos otras cosas…


Dirigido a primeros lectores, esta aventura ahonda en esa ilusión desmedida que los niños vuelvan sobre las vacaciones. Las expectativas están a la altura de la realidad y los cambios de rutina, si están acompañados de unos abuelos más que activos y volcados en el ocio, se agradecen sobremanera. ¿Quién no ha ansiado que llegue el fin de semana para irse a dormir a casa de sus abuelos? Otra cosa es que eso se convierta en algo cotidiano.


Con unas ilustraciones coloristas, personajes expresivos y cambios en el tamaño de las escenas que alternan secuencias de situaciones y grandes planos generales, el libro se acerca a situaciones con un punto de vista muy simpático donde contrastan las estampas evocadoras y un sinfín de detalles graciosos (fíjense en la colina del Hombre o las esculturas playeras) en el que podemos encontrarnos todos, que bien pensado, ya es mucho.



Nos detenemos en Mi yaya, el álbum de Begoña Montañés y Mercè Calí que acaba de editar A fin de cuentos. Sin lugar a dudas es el libro más emotivo de toda esta tanda ya que rinde un sentido homenaje al vínculo entre abuelos y nietos a pesar de la distancia que los puede separar. Y es que nuestro protagonista piensa que su abuela es todopoderosa como los superhéroes. Viaja en el espacio y en el tiempo, puede leer su mente y le hace muy feliz. ¿Acaso no es suficiente para pensar que lo es?


Con un lenguaje tan sencillo como evocador, Begoña Montañes utiliza la voz infantil para ahondar en las relaciones intergeneracionales desde una perspectiva inocente que ayuda al lector de cualquier edad a sumergirse en la experiencia propia, hacer esos momentos suyos y encontrar otros similares. Es decir, participamos en esa poética de lo mínimo y lo cotidiano que, a modo de cuaderno de notas nos habla del tú a tú.


Por su parte, Mercè Galí sigue fiel a su estilo en el que la economía de un lenguaje basado en líneas sencillas, los pequeños detalles en collage fotográfico, la caracterización cómica de los personajes o el uso de una paleta de color limitada (destacan el blanco, rojo y gris), construyen una historia ágil, agradable y con un buen sabor de boca.



Continuamos con Un novio para mi abuela, un libro de María Lavezzi publicado por la editorial maña Apila, que aborda con ternura y humor la soledad, el amor familiar y la importancia de la compañía durante la vejez.


La abuela protagonista vive sola. Bueno, sola, sola, no. Vive con su perro, Felipo. Y además, no para de hablar. Casca por los codos. Si tuviera pareja tendría a quien darle la murga y de paso podría jugar con su nieta. Así que, ni corta ni perezosa, la chiquilla pide ese deseo mientras sopla las velas de su tarta de cumpleaños. ¿Se hará realidad y encontrará a su media naranja?


Desde una perspectiva muy divertida (¿Por qué la mayor parte de las historias de hoy echan mano del humor blanco para desarrollar ese lado entrañable de las protagonistas?), los retratos (ese catálogo de posibles pretendientes me ha parecido una delicia. ¡Viva la diversidad en la tercera edad!), un giro fortuito en el guion y el epílogo que arranca una carcajada a modo de títulos de crédito (¡Todos queremos un gurú sentimental!) me ha parecido una historia honesta para regalar a todas esas personas viudas que quieren tener nuevas relaciones.



Llegamos a Nina y Tita, un álbum de Beatriz García-Huibrodo y Raquel Catalina publicado por Kalandraka que da buena cuenta de cómo han cambiado los tiempos para todas las abuelas.
Y es que nuestra protagonista está un poco extrañada. Sus libros dicen que las abuelas siempre llevan el pelo recogido en un moño blanco, cosa que no les sucede a ninguna de sus dos abuelas. Una lo tiene blanco pero largo y suelto. La otra, rubio y corto. También ha leído que caminan despacito o con bastón. Mentira. Sus abuelas andan muy deprisa e incluso montan en bicicleta. O que están cocinando dulces a todas horas. Y de eso nada, que a una de ellas le encantan las parrilladas, mientras que la otra se pirra por una ensalada. Entonces, ¿a quiénes se referirán todas esas historias que ha leído?


Con una estructura muy asequible para los primeros lectores, utilizando comparaciones graciosas y un golpe de efecto final, las autoras desmontan los estereotipos asociados a las personas mayores para acercarnos personas activas, independientes y con una forma de vida nada tradicional. Del mismo modo, incorporan una pequeña crítica al mundo de la LIJ e invitan a reconsiderar las representaciones de las abuelas en estos productos culturales.


Además de describir esa realidad a la que alude el texto, las ilustraciones incorporan otra línea narrativa en la que la niña y sus padres van preparando una fiesta de cumpleaños. Todo parece un juego de descubrimiento en el que las imágenes van incorporando detalles de manera silenciosa que contextualizan las escenas finales.
Un libro muy sencillo para poner de relieve que todo cambia y que las relaciones intergeneracionales no dependen tanto de la edad, sino del espíritu de quienes intervienen en ellas.



Para terminar con esta pequeña selección de abuelos tenemos Mi madre me contó que mi abuela, un álbum de Rosa Álamo, editado hace un año por Thule y que nos cuenta la historia de una abuela gracias a la intervención de una madre que le va trasladando a su hija los avatares de otro mundo, de otra época que resuenan en la actualidad. Abuela y nieta, nieta y abuela tienen muchas cosas en común aunque no se hayan conocido.


En lo que a la estructura narrativa se refiere, Rosa Álamo utiliza la frase que da título al libro una y otra vez. Una especie de mantra que hace hincapié en la importancia de la transmisión oral entre madres e hijos, no solo de historias fantásticas, sino de los acontecimientos familiares.


Sobre las ilustraciones, me gusta ese toque tan surrealista que bebe de autores como Hopper o Leonora Carrington. También los guiños a las grandes obras que aparecen representadas en los distintos cuadros que llenan las paredes de ese salón (y cuyos nombres y autores pueden encontrar en la página de créditos). Por último, la metáfora de la silla, ese trono omnipresente tachonado de unas flores que recuerdan a las de Georgia O’Keeffe y sirve de hilo conductor a toda una historia que no solo pretende convertirse en una alabanza a esas abuelas que probablemente muchos niños no han conocido, sino a su legado. Una idea donde conviven pasado y presente. Y teniendo en cuenta que estamos en los días previos a Todos los Santos, me parece un colofón final estupendo.

lunes, 26 de octubre de 2026

Wildwood: un bosque, dos preadolescentes y muchas aventuras


El viernes se estrenó en los cines de toda España Wildwood: el bosque salvaje, la nueva película de Laika, un estudio de cine estadounidense especializado en la técnica de animación “stop-motion”. Tras adaptar a la gran pantalla libros como Coraline de Neil Gaiman (Los mundos de Coraline) o ¡Tierra de monstruos! de Alan Snow (Los Boxtrolls), le ha llegado el turno a Las crónicas de Wildwood, el primer volumen de la trilogía de Colin Meloy (texto) y Carson Ellis (ilustraciones), que fue editado por Alfaguara allá por 2012 y que acaba de recuperar Duomo Ediciones para aprovechar el tirón de la película (espero que se anime con la segunda y tercera parte).


La historia comienza cuando Prue McKeel, una chiquilla de doce años, se despista y una bandada de cuervos se lleva a Mac, su hermano pequeño, por los aires. Tras pedir ayuda a Curtis, un compañero de clase, la persecución los llevará hasta el Territorio Impenetrable, un lugar más allá del río Willamette, en la ciudad de Portland, donde se encontrarán con animales que hablan, conspiraciones de poder, batallas sangrientas y poderes sobrenaturales.
Es imposible resumirles las más de 568 páginas que configuran un relato muy intrincado, pero si me gustaría hacer una pequeña radiografía de los recursos narrativos, las ilustraciones y los puntos discursivos que me han resultado más interesantes.


Primero de todo, señalar el interruptor que desata la acción: el rapto de un bebé. ¿Acaso no les recuerda al clásico de Sendak en el que se inspiró la película de culto En el laberinto? Si en Al otro lado, la protagonista se llama Aída, aquí tenemos a Prue. Si en Al otro lado tenemos goblins, aquí tenemos aves de rapiña. Me encantan los guiños. No lo puedo evitar. Sigamos...
Aunque la novela parece tener una protagonista indiscutible, Prue, el autor utiliza el personaje de Curtis para desdoblar el itinerario narrativo. Cada uno toma un camino (algo semejante a lo que ocurre en El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien) y sufren experiencias diferentes. Mientras la figura de Prue realiza el llamado viaje del héroe, Curtis sufre una transformación más explosiva que se adentraría en los derroteros de la literatura iniciática. La primera va y viene de Wildwood al mundo real, se reconcilia con el pasado, con sus padres y crece, el segundo decide habitar un universo nuevo en el que, finalmente, se descubre a sí mismo y encuentra su lugar.


Del mismo modo, la novela adquiere una perspectiva coral donde caben multitud de lugares y personajes como Alexandra, una gobernadora viuda condenada al exilio que, completamente trastornada por los dramas personales, pretende destruir Wildwood con la ayuda de un ejército de coyotes, Brendan, un hombre noble y valiente que encabeza a los bandidos que mantienen a raya a las hordas de Alexandra, el Búho Rex, príncipe heredero del Principado Aviar que se ve encarcelado por culpa de tretas de poder, Iphigenia, la anciana mística y líder en el Bosque del Norte que tiene la habilidad de comunicarse con las plantas o Richard, el cartero que ayuda y guía a Prue.


Este libro tiene muchos elementos de la tradición (fíjense en los cuentos tradicionales, la novela fantástica o de aventuras), pero los incluye en una sociedad imaginaria que está organizada con jerarquía, burocracia y disputas de poder. Es decir, el bosque no es un territorio simbólico en el que los niños transiten a la madurez, sino que se configura políticamente. Esto puede parecer un punto fuerte para que el lector más avezado se haga preguntas sobre la autoridad, el odio a los diferentes o la legitimidad de las instituciones, pero también puede aburrir a otros lectores.


Aparte de los dilemas morales, las decisiones éticas y los conflictos humanos, hay que añadir el discurso ecologista que subyace en toda la historia, pues si Alexandra consigue llevar su plan a cabo, la hiedra despertará y acabará con todo lo que pillé. Es decir, salvar a Mac, también es salvar Wildwood.
Con un estilo muy descriptivo (a veces, demasiado), cierto tono épico, notas de humor e ironía, es una lectura accesible, aunque he de decir que yo hubiera prescindido de ciertos pasajes y ese tono tan solemne para imprimir un ritmo más fluido y desenfadado.


Sobre las ilustraciones de Carson Ellis, esposa de Colin Meloy (todo queda en familia…), decir que acompañan al texto y contribuyen a la caracterización de los personajes y la ubicación espacial con ese estilo a caballo entre lo vintage, el folk y el indie que tanto reconocimiento tuvo durante los primeros años dos mil. 
La artista realizó dos tipos de ilustraciones, unas en tinta negra que se van intercalando a modo de escenas, miniaturas u ornamentos, y otras a color que ocupan toda la página. Todas cooperan entre y enfatizan el significado de la obra. Igualmente, se agradecen los mapas que nos ubican a lo largo del viaje, así como todas esas referencias del Portland real que introduce en las imágenes y que nos sitúa en esa frontera de credibilidad e incredulidad que tanto nos seduce a los monstruos.



No sé si la adaptación al cine de animación será fiel a la historia, pero da buena cuenta de las sinergias que este tipo de películas tienen con la LIJ (no se olviden de visitar ESTE POST donde trato con profusión el tema). No obstante, yo siempre les animo a leer antes de ver, que este libro de fantasía tiene su aquel.