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jueves, 18 de febrero de 2021

De ofensores y ofendidos


En estos días hemos asistido a un nuevo número de la telenovela nacional gracias a la detención de Pablo Hasél. Todos los medios se han llenado de imágenes sobre la detención de este señor y las posteriores protestas callejeras. Que pobrecito, que abajo la monarquía, que España es un país opresor… Excusas para un alarde de violencia y descontrol sin fuste que, como siempre, nos sale caro (¿Se creerán que es el rey quien paga el mobiliario urbano?).


Entre pitos y flautas me ha dado tiempo para adentrarme en la historia del tal Hasél y constatar que, aparte de rimas poco curradas y letras incendiarias, la cosa da para una de propaganda y poco más. Cacareo y revuelo tienen sentido (evidentemente, a todo el mundo le molesta que lo callen), pero no se ahonda en la raíz del problema en el que se ha visto envuelto este catalán aburguesado (creo que no es ningún muerto de hambre, miren de quien es hijo) que juega a revolucionario y sinvergüenza (tanto como el rey, eso está claro).


Dictámenes judiciales aparte (si cometes delitos tipificados y reincides, ya sabes lo que toca...), creo que los medios (des)informantes han reducido a la mínima expresión una historia con cierta manteca, pues nada se ha hablado de la traición nacionalista ni de nuevos intereses postelectorales creados. Digámoslo alto y claro, además de sujeto mediático -y distractor-, el señor Rivadulla -apellido original de Hasél-, es otra “víctima” del show independentista.


Esperemos que, al menos, este MC reaccionario saque tajada del escándalo y se dé un baño de multitudes en su resucitado canal de YouTube. Si es listo (que no lo dudo), lo petará con su nueva situación de mártir y relanzará una pobre carrera como juglar contemporáneo. Que al final, facha o republicano, es lo que nos importa: aprovechar la coyuntura y sacar tajada. 


Él lo tiene claro, ¿y ustedes? Les pregunto porque a tenor de las consignas compartidas y los montones de likes cosechados, empiezo a pensar que soy el único que no ha caído en el clictivismo más complaciente, ese activismo de sillón para amantes de las redes sociales que se apuntan al carro por comodidad, miedo o ignorancia. Dirán que no les hace falta leer nada más allá de lo dictado, ¿para qué? Si total, ya leen otros por nosotros y nos dan todo el relato bien digerido y masticado.
Y es que, amigos, cada vez soy más reticente a participar en todo este tipo de circos. A pesar de que estoy muy a favor de que cada uno diga lo que quiera (yo el primero, aunque me censuren: echen un ojo a los comentarios de esta entrada), me tomo la actualidad con más cautela, no sólo porque cada uno cuenta la vaina según le apaña, sino porque te percatas de que todo el mundo quiere libertad de expresión pero luego tuercen el morro y practican la ley mordaza.


A ofensores y ofendidos les digo: tómense la vida con el rigor que se merece. Es cierto que cada cosa tiene su perspectiva, pero también su medida, y aunque nos joda, el buen humor siempre debe estar presente. Como decía Twain es nuestra mejor arma y exhibiendo una sonrisa evitamos entrar en una cadena de despropósitos y ponernos de mala hostia los unos a los otros. Algo que resumen requetebién Charlotte Zolotow y Geneviève Godbout en su De mal humor, un librito recientemente editado por Tramuntana que viene al pelo.
El día empieza lluvioso. Aunque a Charlot, el perro, le da igual, no parece que suceda lo mismo con el resto de la familia, pues el mal humor va pasando de mano en mano y todos acaban mosqueados. Del padre a la madre, de la madre a los hijos, los niños se lo llevan a la escuela. Y así, uno a uno, todo el mundo parece recibir su dosis de mala virgen.
Una historia encadenada de la siempre cercana pluma de Charlotte Zolotow que gracias a la tierna mirada de la ilustradora canadiense, da mucho juego en eso de la convivencia escolar y familiar (sin sacarlo de quicio, claro, no hace falta utilizarlo para hacer un juego de la oca emocional). Yo sé a qué malencarado regalar este libro tan simpático y veraz, ¿y ustedes?


jueves, 12 de abril de 2018

Pisando charcos agradables



Este año parece que eso de “Abril, aguas mil”, un refrán del que parecía que nos habíamos olvidado, se va a cumplir a la perfección. Excepto en el sureste peninsular, parece que el agua aflora por todos lados. Cunetas, torrentes, manantiales, ramblas y lagunas endorreicas llenas. Entre el deshielo y lo que sigue cayendo, parece ser que al menos, durante este año, no nos faltará agua.
Pero ya saben que nunca llueve a gusto de todos y mientras que unos agradecen sobremanera las abundantes precipitaciones, otros están hasta el fandango de cielos encapotados. Mientras que los agricultores del sur peninsular están dando saltos de alegría (¡Esto era un secarral!), los hosteleros de la cornisa cantábrica están a pique del llanto...


Yo no sé muy bien en qué grupo incluirme, más que nada porque los del sur empezamos a echar de menos el calorcete primaveral, ese al que nos habíamos acostumbrado durante los últimos años. No crean que no estoy contento con este regalo de los hados que tan bien riega nuestros campos, pero no estaría nada mal que, entre chaparrón y chaparrón, pudiéramos echarnos una cañita al sol.
Aunque lo nuestro es quejarnos (ya saben..., llueva o haga frío, viento o calor), hay que ser conscientes de que los días grises y desapacibles nos confinan bajo techo y entre cuatro paredes. Si hablamos de personas caseras, el plan es estupendo, pero si se trata de almas callejeras, la cosa se pone turbia, no sólo por la escasez de colecalciferol o Vitamina D3 (ya saben que necesitamos de los rayos del sol para transformar el colesterol en este producto valiosísimo para nuestra absorción intestinal), sino para la buena marcha de nuestra salud anímica y mental.


Es por ello que, teniendo en cuenta que se avecina todavía más agua, a todos los que como yo sienten verdadera pasión por formar parte del mobiliario urbano, les recomiendo que, además de estoicismo, se aprovisionen de buen humor, o en su defecto lugares alternativos (salas de cine, bibliotecas, teatros o universidades populares) en los que ¿quién sabe? Encuentren alguien que les haga compañía, pues la lluvia, a pesar de sus maldades, también puede ser una excelente alcahueta.


Y si no, fíjense en Adèle, la protagonista de Rosa a pintitas, un libro para lectores sensibles y románticos (¡Por fin! ¡Se agradece algo bonito, ñoño y estereotipado!), ideado por Amèlie Callot y Geneviève Godbout (Me enternece ese toque vintage y atemporal de sus ilustraciones) y editado en castellano por Impedimenta. Sus ánimos quedan bajo mínimos cuando rompe a llover. El agua empieza a caer y todos se quedan en casa, y su negocio, “El delantal a pintitas” pierde afluencia. Se siente triste y sola, sin ganas de hacer nada. Adèle odia los días grises. Pero un día, alguien deja olvidadas unas botas de agua al lado del perchero, al día siguiente, un chubasquero, y otro, un paraguas. ¡Quién se los haya dejado olvidados ya no podrá pisar los charcos! Quizá sería buena idea que Adéle aprendiera a pisarlos y sacar algo bueno de todo esto, ¿no?... Y hasta aquí puedo leer, que lo mejor es el final... Je, je, je
Acostúmbrense a saltar sobre los charcos, a llenarse de barro, y encontrarán que la vida es juguetona como las gotas de lluvia que salpican la primavera...