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martes, 18 de noviembre de 2025

La muerte en los cuentos tradicionales


Siempre que me encuentro con la muerte en los cuentos tradicionales, me acuerdo de una pequeña reflexión de Bruno Bettelheim en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas: […] los cuentos de hadas transmiten a los niños, de diversas maneras, que la lucha contra las serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana; pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose, al fin, victorioso. Las historias modernas que se escriben para los niños evitan, generalmente, estos problemas existenciales, aunque sean cruciales para todos nosotros. El niño necesita más que nadie que se le den sugerencias, en forma simbólica, de cómo debe tratar con dichas historias y avanzar sin peligro hacia la madurez. Las historias “seguras” no mencionan ni la muerte ni el envejecimiento, límites de nuestra existencia, ni el deseo de la vida eterna. Mientras que, por el contrario, los cuentos de hadas enfrentan debidamente al niño con los conflictos humanos básicos. Por ejemplo, muchas historias de hadas empiezan con la muerte de la madre o del padre; en estos cuentos, la muerte del progenitor crea los más angustiosos problemas, tal como ocurre (o se teme que ocurre) en la vida real.


Si lo piensan bien, no lleva poca razón, pues la presencia de la muerte en las historias que han abrigado a los seres humanos desde hace siglos tiene una serie de funciones que se trasladan a nuevas creaciones como el libro-álbum (Y les remito de nuevo a esta gran selección de libros sobre la muerte que aumenta cada año).
En primer lugar, la muerte es justiciera, sobre todo en lo que al plano moral se refiere. No son pocos los villanos que ven cercenada su vida como consecuencia de sus actos a lo largo del relato. Brujas, reyes, hermanos o lobos acaban siendo un banquete para los gusanos en loor del orden moral.
La muerte también actúa como impulsor de la madurez. Como bien apunta Bettelheim, la muerte de un ser querido puede enfrentar a los niños a una situación crítica, casi caótica que, de superarse (como sucede en la mayor parte de los cuentos) provoca cambios a nivel emocional. Aceptar la muerte es un paso de gigante para cualquiera y los críos no van a ser menos.


El tercer punto es más reflexivo, pues la vivencia que el lector tiene a través de las experiencias de los personajes, es un interruptor para tomar consciencia de su naturaleza mortal. Esto puede llevarle a cavilar sobre el sentido de la vida, cuáles son sus deseos, si se han cumplido y si puede cambiar su ruta de viaje.
Otro punto a considerar es el de la muerte como personaje, un recurso narrativo que nos lleva a explorar las apariencias. Qué aspecto tiene, cómo habla, cómo se mueve… No es lo mismo una muerte con voz dulce, tranquila y de aspecto bondadoso que una colérica vestida de harapos negros y con cara de pocos amigos. Todos estos datos nos ayudan a establecer una imagen personal de este concepto de una manera más directa.


Por otro lado, siempre que aparece la muerte en una creación literaria, ya sea oral o escrita, todo el contexto adopta un tono solemne y grave. Es un recurso narrativo de primera magnitud, quizá demasiado efectista, que genera intensidad (¿Recuerdan el comienzo de La ladrona de libros? Nunca sería el mismo sin la muerte). También sirve para dar un giro a la narración o como colofón final. Recuerden todos esos cuentos que han escuchado de niños, observen dónde aparece y entenderán a lo que me refiero.
Para terminar, hay que hablar del ciclo de la vida. La muerte no es el fin, sino una realidad biológica. Todos los seres vivos nacemos y todos morimos. Formamos parte de un proceso de transformación y renovación de la naturaleza. Quizá por eso en muchos cuentos, tras el fallecimiento del antagonista, tenemos un punto y final con un matrimonio, para que haya hijos, el ciclo vital siga girando y la contaminada oscuridad quede oculta por una luz inocente.


Todas estas cuestiones y seguramente muchas más haya pensado Ana Cristina Herreros, la editora de Libros de las Malas Compañías, una casa que tanto bueno ha hecho por los libros del ayer, hoy y siempre. Quizá esa sea la razón por la que ha incluido en su catálogo dos libros como los de hoy.
El primero es Cuentos de la Madre Muerte, un libro que fue publicado hace años por Siruela y que aparece nuevamente en las librerías con un aspecto renovado, corregido, aumentado e ilustrado. En él se recogen cuarenta relatos tradicionales procedentes de diferentes regiones de España, Grecia, Nepal, Rusia, Irlanda, Cuba o Marruecos en los que la muerte ocupa un lugar privilegiado.


Agrupados en diferentes categorías en las que la muerte tiene diferentes papeles, léase la muerte que da la vida, la muerte enamorada o la muerte burlada, estos cuentos nos ofrecen esa visión plural de un fenómeno que no puede ser ajeno a ninguna cultura, de la estrecha relación que muchos pueblos establecieron con la muerte. Porque solo leyendo estos cuentos, daremos buena cuenta de los apelativos –cariñosos y no tanto- que los aztecas, los inuit o los zulú le otorgaban a esta vieja conocida. Motes de otro tiempo que perduraron o se olvidaron. 
En estos cuentos está Piet, que la busca incansablemente, también Kali, protectora de la vida, el peral de la Tía Miseria, Perséfone y su granada, la historia de Xuan que no pudo burlar al Güercu o la que explica por qué la muerte es invisible. Un puñado de buenas historias que se ambientan en diferentes contextos, proceden de diversas fuentes recogidas en un apartado final y están acompañadas de las ilustraciones del polaco Marcin Minor, un artista que va poblando con alegorías, motivos y escenas este volumen tan bien editado


Lejos de ser macabros, estos relatos diversifican una perspectiva que los grandes y pequeños deben conocer. Pues, al contrario de lo que pueden pensar muchos padres y maestros, sobre todo en esa cultura todavía muy barroca y siniestra que se embebe de la fe católica, hay muchas muertes. Cercanas, justas, maternales, torpes y hasta luminosas.


El segundo libro es El alfarero, el maharajá y la muerte. Este relato de Carles Cano e ilustrado por Aitana Carrasco, cuenta la historia de un alfarero que, por desconocimiento, modela la figura de un pavo real, ese animal exterminado de todo el reino, incluso de las representaciones artísticas, por haberse cagado sobre la cabeza del maharajá cuando este era niño. Un malvado ladrón descubre su ilegalidad y lo denuncia ante el maharajá que lo condena a muerte por haber desobedecido la prohibición real. Pero gracias al mago real y una pizca de magia, el maharajá lo perdona. La vida de ambos está íntimamente ligada: si uno muere, el otro también. Así y con todo, tarde o temprano, la muerte tendrá que tomar cartas en el asunto. ¿Conseguirá engañarla alguno de ellos?


Siempre me han gustado los protagonistas ingeniosos y, si además, la inteligencia tiene que ver con salvar la vida, mucho más. Siempre me han gustado las historias en las que la gente de a pie se enfrenta a los poderosos y, si además, ganan los primeros mucho más. Esta es de esas historias, pero les advierto que nada tiene que ver con la venganza, ese puntito entrañable que ofrece el autor apelando al trauma de niñez del maharajá, también ayuda a empatizar con el personaje.


La ambientación de la ilustradora valenciana es una maravilla. Colorista y llena de filigranas y ornatos, recuerda mucho a la estética oriental en la que se supone que se desarrolla la acción. Las guardas, el detalle de la portada, la expresividad de los personajes, la óptica cinematográfica, el estudio del vestuario (¿Han visto el collar y el cinturón que lleva la muerte?), las representaciones de la naturaleza, ese mono cabrón…
Les invito a que lo disfruten porque no se van a arrepentir.

lunes, 15 de febrero de 2021

Del amor y la estupidez humana


Menos mal que San Valentín y las elecciones catalanas han acabado. Sobre todo porque cada día tengo más claro que el amor y la democracia sirven para poco, e incluso me atrevería a decir que para nada. Y no se abalancen sobre mí, que todavía ando algo dormido para disentir. Sé lo que es el mal de amores y la decepción del votante, así que déjenme con lo mío, que ya tengo bastante.
Si tienen un ratejo, denle a la manivela y piensen, pues los tiempos han cambiado y hay que ser consciente de ello... Dejando a un lado el tema electoral (que ha sido lo más parecido al carnaval que hemos tenido este año), me centro en las cosas del querer, mucho más jugosas y patéticas, pues como sabrán, ayer las redes sociales se cubrieron de merengue por todos lados.


No es que un servidor sienta envidia, pues sé lo que es el amor verdadero, pero como buen científico, aprovecho la coyuntura para estudiar fenómenos tan jocosos, como preocupantes. Y no me digan que no les resulta llamativa esa imperiosa necesidad de gritarle al mundo que tenemos pareja. Sociópatas, activistas, gastrónomos, viajeros y tontos de capirote han perdido el culo por demostrarnos su amor, pero sobre todo, su mal gusto.
Siempre he pensado que tanto exhibicionismo oculta muchas carencias, no sólo sentimentales, sino también intelectuales. No se trata de falta de pudor, dignidad, decoro o autoestima, sino de inteligencia. Y no seré yo quien diga que se está mejor soltero o emparejado (cada uno lo que estime conveniente), pero no me den la barrila, que tanto alardear, a la postre, trae más de una fatiguita.


Ustedes publiquen y los demás golismeamos. Muchos tendrán suerte y se les aparecerá la Virgen en las bodas de oro, mientras otros empezarán con las rosas y el champán para terminar en el juzgado de guardia, en la UCI, en el banco de alimentos o en el taxidermista (a la cornamenta hay que sacarle brillo). A estos últimos bien les valdría mantener sus vidas con cautela, no sea que otros jetas y tunantes tomen nota de la estupidez que ostentan y les toque repetir la jugada.
Yo lo tengo claro: para dar con los despojos de mi existencia en cualquier cuneta, prefiero guardar mis recuerdos en un álbum de fotos.


De entre todos los libros de amor que guardo en la manga, hoy me he decantado por La verdadera historia de la rata que nunca fue presumida, un álbum basado en un cuento popular que acaba de publicar Libros de las Malas Compañías con adaptación de Ana Cristina Herreros, ilustraciones de Violeta Lópiz, y que no deja indiferente a los lectores.
Esta historia de la tradición oral balear y recogida por el archiduque Luis Salvador de Austria en el siglo XIX, nos cuenta las aventuras de una rata que se encuentra una moneda y se compra una col para hacerse una casa. Una vez que la tiene lista, se asoma al balcón. Todo el que pasa por allí la pretende. Rechaza a burros y patos para finalmente casarse con un gato. Sí, como lo oyen.


Atrévanse a descubrir el final. Les aviso de que quedarán más que satisfechos, no solo porque este cuento rimado sigue vigente (el mundo no ha cambiado mucho aunque pensemos que sí), sino por estar enmarcada en un formato enriquecido que desdobla el discurso gracias a las magníficas ilustraciones de Violeta Lópiz. Realizadas con una paleta de color limitada y cargadas de un simbolismo muy contemporáneo, las que acompañan al texto actúan como preludio a otras finales que beben de la principal y plantean una suerte de juego visual que construye un reflejo de esas historias anónimas que nos rodean sea cual sea nuestro sexo, origen, edad o condición. Que los animales personificados, valen para cualquiera.

lunes, 9 de enero de 2017

Cuentos bajo cero


Atrás quedaron los días de vacaciones para regresar a una rutina que, aunque necesaria, es poco agradecida (¿A quién le gusta trabajar? Al primero que levante la mano lo mando al psiquiatra...). Si a todo ello añado las gélidas temperaturas que sufro en mi lugar de laboreo, la cosa se va de madre...
Todavía está por llegar el instituto en el que no tenga que ir con el chambergo encima toda la santa mañana. Mientras que unos tienen una orientación nefasta (se ve que los arquitectos sólo pensaron en lo "bonito y barato", y se olvidaron del "bueno", sobre todo en lo que a funcionalidad y eficiencia energética se refiere), otros tienen una gestión económica de país bananero (¡Pero qué malos son los políticos...! ¡No tenemos con qué encender...! ¡La culpa de este tiritar es de las petroleras...!), pero el caso es que, hay alumnos y maestros (esos tan envidiados) que se pasan el día con la manta a cuestas (y sin exagerar)... Que sí, que sí, más frío se pasa en el campo o sobre un andamio, pero aquí, sepan ustedes que también (y eso sin ser friolero... 9 º C marcaba el termómetro en el interior del laboratorio a las 9:12 minutos)


Quizá todo se deba a un problema de ubicación y que por estas latitudes prestemos poca atención a los rigores del invierno por ya tener bastante con los de agosto, algo estúpido teniendo en cuenta que Albacete ostenta el récord de temperatura mínima en una capital de provincia (el 3 de enero de 1971 alcanzamos los -24ºC). La ropa, las construcciones y nuestros hábitos, no atienden al hielo o la nieve, y así nos pasa, que vivimos congelados. Y como todo no se puede tener, elijan: o calor en enero, o fresquito en verano... Para hacer bien el amor hay que venir al sur, pero eso sí, no se les ocurra venir en pleno enero a menos que el vuelo proceda de Oslo.
Y con tanto frío y escarcha, en este lunes de invierno no he podido resistirme a apuntar a los Cuentos noruegos, unos recién publicados por la pequeña editorial Libros de las Malas Compañías en una edición más que recomendable para todos aquellos apasionados con el mundo de los cuentos populares. Esta es la colección que Absjørnsen y Moe recopilaron y publicaron entre 1841 y 1871, mucho antes de que Noruega existiera como país. 




Estos cuentos, más que interesantes para muchos folcloristas como Jakob Grimm, se utilizaron para normalizar la lengua noruega una vez que la triada de los países nórdicos (Dinamarca, Suecia y Noruega) se escindiera. En este volumen de sus cuentos completos pueden encontrar más de una centena de narraciones como El rey oso (también conocido como Al este del sol y al oeste de la luna, del que, por cierto, hay una edición preciosa ilustrada por Kay Nielsen) o Los doce patos salvajes, acompañadas por los grabados de los mejores artistas de la época y precedidas por un prólogo de Gustavo Martín Garzo.


Así que, estas noches bajo cero, ya saben: sofá, manta, algo que caliente el gaznate y cuentos, muchos cuentos.