Mostrando entradas con la etiqueta Antoine de Saint-Exupéry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antoine de Saint-Exupéry. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de junio de 2014

Príncipes modernos


Entre príncipes anda el juego a pesar de la poca sangre real que circula en este país (menos todavía desde que el rey va a abdicar), y no me refiero a los Borbones, sino a otros que en aras de la democracia, salen como setas. Da igual que vistan coleta, tupida barba o incipiente alopecia, todos pretenden ser dueños y señores de un terruño que más nos valdría defender…
No teníamos bastante con los oligarcas de una clase política (algunos la llaman casta en el sentido más peyorativo) que ha dado mucho que hablar durante las pasadas semanas, que se encaraman a la palestra nuevos advenedizos con estudios y una verborrea apabullante que, adueñándose de una serie de consignas populares (y populistas), se han colado entre mileuristas y treintañeros parados a golpe de tertulia televisiva y videos a la carta (algo me huele a nacionalsocialismo nazi). Bien mirado es una renovación del “establishment”, algo que muchos agradecen ante mítines rancios y bipartidistas, pero que denota, una vez más, el regreso de una moda algo vintage que a través de la demagogia intenta convencernos de que otro cambio es posible (¡cómo si la historia no se repitiese!).
Que una gran campaña en los medios de comunicación de masas está detrás de estos nuevo príncipes de la libertad a la holandesa es más que evidente…, aunque para mí, lo realmente gordo es que se den pábulo de gran intelecto y magnífico curriculum ostentando cátedras meritorias cuando todos los que hemos estudiado en cualquier universidad española sabemos que aquí, el que no tiene padrino no se casa…


Lo mejor de todo es que, a pesar de desligarse del clásico principado maquiavélico y camuflado tras un supuesto régimen de consultas y decisiones asambleario (algo que yo llamo postcomunismo de clase), tratan al votante como un mero analfabeto añadiendo a la papeleta una jeta reconocible que da muestras, no sólo de que la imagen manda en este mundo global, sino de que, según su criterio, poco distamos del electorado afgano (pese a quien pese).
Lo único que me alegra saber es que, si estos nuevos príncipes algún día rozan la mayoría absoluta, será de agradecer ver cómo aumenta mi sueldo gracias a una renta universal para los mayores de edad (¡Viva Venezuela!) y cómo se engrandece mi patrimonio con algún que otro chalet nacionalizado (esto me suena a cubano…), que supongo será a costa del ciudadano, ese que seguirá entrampado con los bancos alemanes y algún  que otro usurero.
En conclusión y para terminar confesarles que no soy de príncipes, sino de principitos, bien sea el de Saint-Exupéry o bien el renovado por Pinto y Chinto en El estrambótico Principito, un libro de la editorial Bululú que no sólo pretende acercarnos a la obra original y complementarla en lecturas posteriores, sino que se erige como un homenaje a todos esos pequeños príncipes que con corazón humilde y justo dejan a un lado el poder y el corrupto mundo de los adultos para gobernar en sus diminutos e insignificantes planetas.


viernes, 9 de abril de 2010

Sobre "Le petit prince"



Le he dado muchas vueltas a este colofón parisino, a este final francés. Dudaba entre terminar a la usanza, con versos incluidos, o ser más aleccionador y crítico. Pero al final, en el momento menos esperado, bien temprano, a bordo de un automóvil y conversando con mis tres compañeros de viaje, ha surgido la luz, y aquí se la traigo, radiante como la primavera que nos invade.
Cuando he de hablar de un libro como este, tan leído, tan idolatrado, tan consagrado, acostumbro a pensar mis palabras, no sea que alguno sienta herido su ego lector y sufra el arrebato de retorcerme el pescuezo…
A tenor de las lecturas escolares, decían los de esta mañana (ninguno de ellos maestro, aviso…) que los libros de ahora, unos efímeros, otros inadecuados, no son como los de antes, sempervirentes y de exquisita redondez. Y ponían como ejemplo la obra que trato hoy, El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Y hablaban de cómo su texto tenía la capacidad de adaptarse a las edades del hombre, de sus variados niveles de lectura, de cómo las acuarelas del autor seguían vivas tras tantos años…
Les seré sincero: yo soy de esos que han leído El principito a una edad tardía. Y como cualquier hijo de vecino, he tenido mis razones para no hacerlo antes. Veamos…: en mi niñez prefería títulos con argumentos más dinámicos, con buenas dosis de aventura, o si no era así, exóticos al menos, por lo que la ñoñería y parsimonia de ese niño caído de un planeta con nombre de ecuación matemática no me sugerían ni un ápice de curiosidad, mucho menos después de intentar ver la versión cinematográfica de Stanley Donen: horrible (todavía hoy lo sigo pensando). Hasta que llegó un día, el día adecuado. Y lo leí. Y me atrapó… Como ya saben, cuando caes en las garras de un libro especial, te devora una extraña quemazón. Y te envenena.
Conozco a mucha gente a la que no agrada este príncipe que arrancaba baobabs (costumbre que me pareció insolidaria y fea de solemnidad desde que leí que este árbol, debido a su soberbia y vanidad, fue condenado por los dioses a esconder su corazón en la tierra y mostrar eternamente sus raíces) y hablaba con zorros, pero quizá, conforme pasen los años, opten por la quietud, por la calma, y se endulcen como la fruta con libros como este, para dejar de ser viejos, para dejar de ser niños.

viernes, 22 de febrero de 2008

Lecturas en voz alta


Desgañitarse no es una buena afición para ningún docente, más que nada por el desacato que supone hacia las cuerdas vocales, verdaderas autoridades en nuestra delicada profesión. Conozco tantos maestros y maestras con voz de cascajo, tos desértica y carraspeos infrahumanos, que creo que jamás obtendremos, como gremio, premio alguno reconociendo nuestra melodiosa faena. Y es que los logopedas tienen un arduo trabajo con semejante afonía, de hecho, creo que he oído en algún que otro pasillo sindical, que se van a editar unas pegatinas cuyo lema rece “Pon un foniatra en tu vida”, y la verdad es que tamaña declaración no es nada despreciable.
El otro día, sin ir más lejos, me encontré con una de estas voces cazalleras, y hablando de la mejoría que estaba experimentando su voz, se me ocurrió recomendarle que acudiese a un curso al que asisto entre estos montes de singular belleza. La tía, lejos de amedrentarse, se animó a leer en voz alta, que es el tema sobre el que versa dicho curso y a eso de las seis y pico, ha aparecido por la Casa de Cultura.
De lecturas anda el juego, así que, ni cortos ni perezosos nos hemos enzarzado en dicha empresa. De Benedetti y Gerardo Diego han sido algunos de los textos utilizados en la sesión de hoy, Gonzalo Darabuc nuestro guía y maestro, y la voz, tanto nuestra, como de algunos invitados insignes, la protagonista.
Me sorprende la lectura de viva voz puesto que rompe la intimidad del idilio entre las palabras y uno mismo. No es una sorpresa non grata, pero si me extraña en cierto modo leer para el oyente, ya que, no es sólo perder ese espacio exclusivo entre el libro y yo, sino interpretar para la colectividad de los oyentes. Aun así, considero que la lectura en voz alta es un buen mecanismo para formar lectores, esto no quiere decir que las masas se rindan al libro de forma inminente, pero sí para hacer frente al abandono que sufre la literatura. Leer cuesta. El acto de coger un libro entre las manos, abrirlo, seguir las líneas con la mirada, procesar la información, utilizar la imaginación, humedecer el pulgar con la lengua y pasar la página ya leída, entraña una serie de movimientos que necesitan trabajo y energía, por no hablar del tiempo, aunque, como bien dice Daniel Pennac, el tiempo para leer es siempre tiempo robado.
Como colofón, recomendar El Principito de Saint Exupery, del que ayer leímos un fragmento, una obra que no deja indiferente a nadie. Unos odian y otros adoran ese cuento de aquel principito preocupado por sus rosas y encontrar un amigo.