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jueves, 6 de junio de 2024

Aprender, transformar y crear


Algunos nos pasamos la vida aprendiendo. De esto, de aquello y de lo de más allá. Invertimos nuestro tiempo y dinero en recibir cursos, leemos con voracidad manuales y artículos y debatimos con otros compañeros en pro de un ejercicio articulado y completo. Sin embargo, llega un momento en esa vida formativa en el que, por mucho que nos empeñemos, ya no conseguimos empaparnos de grandes conocimientos.
¿Acaso lo sabremos todo? ¿Hemos llegado a la cumbre de la sabiduría? Ni mucho menos. El aprendizaje experimenta una curva logarítmica en la que se observan tres fases, una inicial en la que los conocimientos se adquieren muy rápidamente, otra intermedia en la que nuestra capacidad para añadir elementos novedosos disminuye, y una última en la que alcanzamos el límite y donde las nuevas aportaciones son testimoniales.


Ese es el momento de recurrir a los grandes. Vivos o muertos, quienes han contribuido de un modo superlativo a una determinada disciplina son los únicos con cierta capacidad para hacernos reflexionar sobre lo que podemos aportar a esa parcela concreta llamada ilustración, astrofísica o neurociencia.
Sumergirse en su obra, darles vueltas y experimentar sobre ellos es un plan más que apetecible en ese afán constructivo por el que muchos nos pirramos. Cajal nunca hubiera descubierto la neurona si no hubiera mejorado las tinciones de Camilo Golgi, ni James Joyce podría haber hilvanado su Ulysses sin la Odisea de Homero. Revisitar el canon, los clásicos, nos ayuda a repensar todo aquello que hemos aprendido.


Este debe ser el motivo por el que Imapla (sobrenombre de Inma Pla) se ha atrevido con un proyecto basado en dos grandes autores de LIJ como Hans Christian Andersen y Leo Lionni. La patita fea, un álbum publicado por Océano Travesía, surge del empeño de la autora y la compañía de Daniel Goldin, uno de los grandes en la edición infantil y juvenil.
Tomando como punto de partida el clásico de Andersen pero cambiando el género de su protagonista, Imapla nos cuenta la historia de una pata que pone uno, dos, tres, cuatro y cinco huevos, los empolla y tiene ¿seis? Patitos, de los cuales, la última es grande y desgarbada. Como no se siente a gusto en su familia, la patita decide marcharse y descubrir el mundo exterior.


Si bien es cierto que en el inicio reverbera en cuento de Andersen, conforme empezamos a pasar las páginas, observamos los giros típicos de una autora que juega con nosotros a golpe de unos recursos narrativos muy gráficos que suenan a Lionni. Manchas de colores circulares que recuerdan a Pequeño azul y pequeño amarillo se funden en una algarabía que rompe el marco de lectura y nos ofrece con surrealismo nuevos puntos de vista con los que interpretar al pato que se transformó en cisne.


Metáforas visuales, composiciones estudiadas y mucho minimalismo se articulan para crear un divertimento que a un mismo tiempo nos confunde y nos abre nuevas puertas con las que desbordar el discurso sin ese punto constructivista que tanto gusta en el ámbito de la LIJ. Transformar y crear. Dos verbos fundamentales para hablar de un álbum que probablemente pasará desapercibido para el gran público pero que bien merece un aplauso.

viernes, 30 de octubre de 2020

Una dieta estupenda a base de terror y humor


Nunca celebro Jalogüin, esa fiesta de origen pagano (unos sostienen que se la inventaron los celtas, mientras otros dicen que fueron los romanos) que se relaciona con la cosecha de diferentes frutas u hortalizas. Prueba de ello es el típico juego de morder manzanas o las jack-o’-lantern, unas linternas que en Irlanda y Gran Bretaña se tallaban en nabos o remolachas como recuerdo de una vieja leyenda y que ahora tienen como materia prima la calabaza gracias a un cosechón que se produjo en Estados Unidos a finales del XIX. Si la cosa fuera poca, el cristianismo le dio un sentido litúrgico (ya saben ustedes que si no los puedes vencer, únete a ellos) y la fiesta quedaría ligada al recuerdo de los fallecidos y la llamada Santa Compaña. 


Vamos, que Halloween es un pupurrí la mar de agradecido que además de servir para el disfrute del otoño más cálido y echarse unas risas a costa de disfraces (este año las mascarillas tuneadas han sido la sensación) y golosinas, alimenta esa idiosincrasia anglo-capitalista que gusta de adaptar y remasterizar las jaranas para exprimirle los billetes a cualquiera. 
Si ayer ya les introduje en las historias de miedo para chavales despiertos, hoy les traigo uno de esos álbumes que no dejan indiferente a nadie, no sólo por el contenido, sino también por el continente. Es un libro que siempre recomiendo, que encandila a los lectores nada más verlo y que poca gente conoce. 


Frankenstein se hace un sándwich
de Adam Rex (editorial Océano) es un imprescindible gastronómico y “terrorífico” (y entrecomillo el adjetivo porque aunque es un libro protagonizado por brujas, fantasmas, hombres lobo, vampiros, momias y toda una toda una suerte de personajes más que conocidos, asusta bastante poco) que a golpe de rima nos arranca muchas sonrisas. 
Tomando como excusa pasajes de diferentes novelas y películas de terror, el reconocido autor se interna en lo paródico para buscarle lo positivo o negativo a esto de la comida, como indigestiones, tomatazos o dietas por exceso y defecto. 


Si eso no fuera bastante (sé que muchos de mis lectores son muy exigentes), Adam Rex presenta este compendio de pequeñas historias de una manera muy especial y en la que entremezcla distintos formatos textuales -como el epistolar, el periodístico, el académico o el publicitario- con visuales –cómic, televisión o cine-, que en algunos casos tienen relación y que siempre enriquecen el discurso dando lugar a un producto cultural enriquecido y que recuerda a otros libros de Jon Scieszka, Janet y Allan Ahlberg o Nono Granero por ejemplo. 


Aunque padres y docentes se pirren por las posibilidades didácticas que tiene este volumen (siempre el para, por, según, sin, sobre…), yo soy más partidario de entregarlo sin concesiones, para que los lectores, sean quienes sean, disfruten a carcajada limpia, se monten sus propias historias y las vayan moldeando como mejor decidan, pues siempre hay lugar para otros tantos disparates más, ¿no creen? 




lunes, 29 de junio de 2020

La importancia del gris



En este día en el que los colores se han apropiado de balcones consistoriales, buzones, escudos de armas y redes sociales, un servidor ha decidido decantarse por el gris. No me pregunten porqué, solo sé que hoy he estado un poco ceniciento.
No se vayan a pensar que es algo negativo. No. El gris siempre me ha parecido un color hermoso. Dejando a un lado su simbolismo (parece ser que lo plomizo siempre ha sido indicativo de tristeza), creo que debemos ensalzar mucho a los grises.


¿Sabrán que los grises permiten dotar de volumen a las figuras a través de las sombras y los contornos, no? También que el gris es el único color que tiene como complementario a otro gris, y que puede ser frío o cálido dependiendo del color de base (le pasa como a los negros: azulados, rojizos o verdosos). Tampoco olviden que sin el gris no habría fotografía -mal llamada, por cierto- en “blanco y negro”.
También tenemos la sustancia gris, un tejido que podemos diferenciar en el sistema nervioso que contiene la mayor parte de los somas neuronales y los axones sin vainas de mielina, y que por tanto se asocia con el procesado de la información (razonamiento, señores, razonamiento).
Tampoco pueden olvidarse que el gris es el color de muchos metales como el plomo, la plata, el platino o el aluminio, es por ello que el gris se asocia con lo industrial y tecnológico, algo que también se relaciona con  lo futurista (fíjense en las películas de ciencia-ficción de ahora en adelante).


Y con tanto gris llegamos hasta el escenario lunar en el que se desarrolla una historia muy apropiada para un domingo de asueto como este. Día de campo en la Luna de John Hare y editado en castellano por Océano Travesía es uno de esos álbumes sin palabras que te engancha en la primera lectura, te ofrece más en la segunda, te deja un poso agridulce y te ofrece muchas facetas de nuestra condición humana (¿He empezado fuerte, verdad?).


La acción se desarrolla en un futuro próximo en el que las visitas escolares se realizan a la Luna en vez de a los museos. Todos están muy atentos a las explicaciones del profesor excepto un niño despistado que, con la caja de ceras en una mano y el bloc de dibujo en la otra se queda durmiendo sobre una pequeña loma. Al despertar descubre que está solo en nuestro satélite. ¡Un momento! Alguien aparece desde ese suelo gris y pulverulento…


Con este argumento tan atractivo para los pequeños lectores (todo lo que tenga que ver con naves y trajes espaciales les chifla), se desarrolla una narración no exenta de humor en la que se habla de muchas cosas. La soledad, la falta de comprensión, el miedo a lo desconocido, la amistad, el reconocimiento artístico (fíjense en que ocurre mientras el profesor no mira) o el menosprecio al mundo adulto (sólo ve y experimenta el niño), son algunas de múltiples miradas que se recogen en un álbum que se decanta por una puesta en escena atractiva, para decirnos al final del todo que el gris importa tanto que puede dibujar un arcoíris en nuestros corazones.

miércoles, 29 de abril de 2020

Renacer




Dejando atrás el tirón de orejas del lunes, me asomo por la terraza y veo unos cuantos niños con sus respectivos padres danzando entre los árboles del parque (Sí, he tenido mucha suerte. No veo el mar pero al menos puedo respirar y sentir el sol sobre la piel). Primero fue el trino de los pájaros y ahora las voces infantiles. La cosa progresa adecuadamente. Esperemos que no se trunque de golpe y porrazo.


Dejo la mirada perdida y empiezo a cavilar. Si estos dos meses se nos han hecho eternos a los adultos, cómo habrá sido para ellos. No puedo ni imaginármelo. Seguramente cuando pase el tiempo y si la situación no se repite (que todavía tengo mis sospechas al respecto), no quedará ni el más mínimo atisbo de ello, pero hoy por hoy, son muchos los que siguen preguntándose “¿Qué pasa aquí?”


Es lo que se desprende de los mismos gestos y palabras que se escuchan cuando un niño vuelve a tomar los parques y las calles. El brillo vuelve a sus ojos. Es como si el viento fresco, las caricias del sol, avivasen un espíritu que ha ido mermando todas estas semanas. Sensaciones que me traen a la memoria multitud de situaciones y personajes de la Literatura Infantil como el renacer de Campanilla o cuando los niños de La materia oscura son separados de sus daimonion. Hay algo mágico en esos momentos.


Lo hermoso de reencontrarse con lo cotidiano, cuando la vida vuelve a nosotros inesperadamente, es un instante único. Porque a pesar de que cada uno vive con unas circunstancias diferentes, todo se resume a la misma cosa, el tiempo que disfrutamos de lo que deseamos, en definitiva, de lo libertario.
Perder, encontrar, renacer… Ese es nuestro devenir constante desde la niñez, el que nos lleva por los derroteros más insospechados de esa aventura extraña que es nuestro día a día. Y así, con actividades ordinarias que se convierten en extraordinarias continuamos la semana gracias al buen hacer de Imapla (Inma Pla para los conocidos) y la editorial Océano Travesía, que esta vez nos sorprenden con Lola y Peret (sí, sí, como dos genios del flamenco), un par de personajes entrañables que disfrutan de lo real y lo imaginario a partes iguales.


En Lola: tooodo un día en el zoo, nuestra protagonista visita el parque zoológico durante el día. Elefantes, jirafas y gorilas hacen las delicias de la niña hasta que se pone a llover y su madre tiene que llevarla a casa para continuar arropada por esos mismos animales entre las sabanas para construir sueños imposibles.
En Lola y Peret: tooodo el día en el circo, Lola se ha hecho mayor y tiene un hermano pequeño. Su madre los lleva al circo para que disfruten de los acróbatas, del hombre-bala o del forzudo. La función termina y tienen que volver a casa donde, creyéndose artistas, se ponen a juguetear con la cena…


Ambas historias se nos presentan como libros acordeón que por un lado se pueden contemplar como escenas aisladas, pero por otro permiten experimentar la continuidad del tiempo. Además, la siempre detallista autora, interviene la última escena del día con un elemento troquelado (la puerta: elección simbólica y maravillosa), para abrir un universo en el que la imaginación se abre camino en dos narraciones donde los detalles escondidos y el contraste entre los colores y las formas básicas dicen muchísimo.

viernes, 10 de abril de 2020

La ciencia ¿no es cultura?



A tenor de esta situación en la que los autodenominados "agentes culturales" han echado la persiana en las redes durante hoy y mañana para llamar la atención sobre su delicada situación, a un servidor (que se guarda su opinión al respecto… No más polémicas, pliz, que luego saco el guerrero ninja y se me ponen a hacer pucheros) le ha dado por reflexionar sobre si la ciencia pertenece a la llamada “cultura”.
Tras esa pregunta muchos se han lanzado a decirme que “¡Claro! La ciencia es esencial para el pensamiento” y yo, que soy bastante de Perogrullo les he dicho que si médicos, enfermeros, químicos, biólogos, farmacéuticos y técnicos de laboratorio se unieran a esta huelga, los miles de enfermos que hay estos días en los hospitales la llevarían clara (Aunque tampoco crean que hoy por hoy lo llevan mucho mejor teniendo en cuenta la falta de TODO con la que están actuando los gobernantes).
Hubo un tiempo en el que las personas cultas se preocupaban por empaparse de montones de áreas y no son pocos los casos de pensadores que estaban al tanto de los hallazgos y avances en diferentes áreas científicas y tecnológicas. Desde la Grecia antigua hasta la Ilustración se pueden encontrar ejemplos de científicos-humanistas y viceversa.
Todo cambia con el sentimiento romántico y algunos ismos posteriores, los del siglo XX, en los que los binomios ilustrados naturaleza-humanidad, felicidad-utilidad, libertad-igualdad o razón-ciencia que tanto ensalzaron el progresismo, el modernismo y la democracia política se fueron al traste siendo desplazados por otros. Así es como el idealismo y el irracionalismo se abren camino durante el pasado siglo, y sigue aumentando el sentimiento tecnófobo gracias a los acontecimientos de las dos guerras mundiales y los desastres ecológicos. La cosa sigue su curso y llegamos hasta el día de hoy, en el que el subjetivismo posmoderno imperante ridiculiza a la ciencia como una mera sierva de los sistemas. Resumiendo –que me pongo muy intenso-, la ciencia y la tecnología son instrumentos, mientras que las humanidades nos nutren el alma (Sí, sí, mucho alimento pero ¡ay si algunos les dijeran esto a todos esos que fabrican respiradores y PCRs…!)


Por otro lado tenemos el mito de la erudición humanística. El mundo de la “cultura” sabe de todo. De vacunas, de peplómeros, de inmunidad, del bosón de Higgs, de dinámica de fluidos, de álgebra y de tierras raras. Sabe de tánto que eleva ese eclecticismo al conocimiento absoluto (Por eso nuestro ministro de sanidad estudió filosofía y lleva ejerciendo como político desde los 21 años). Sin embargo, los de ciencias sólo podemos saber de ciencias, porque claro, esa es la “ley ontogenética cultural”… Otro paradigma asentado sobre el humanismo que hace aumentar todavía más ese anticientificismo que cunde en la sociedad y disminuye la visibilidad del trabajo discreto que gente del ecosistema científico realiza en sus ámbitos. 


Para terminar hablemos de entretenimiento y espectáculo. Por lo general, la “cultura” siempre se restringe a lo humanístico pero sobre todo desde el prisma del ocio, es decir, cualquier producto cultural que no se adscriba a esos términos, actores y receptores mediante, parece no ser cultura. Como ejemplo, fíjense en la filosofía o la legislación, ambas disciplinas tradicionalmente humanísticas (díganselo a griegos y romanos) pero relegadas a un segundo plano (¿apropiación indebida del trono?). Algo parecido le ocurre a la ciencia, que como necesita otro tipo de consumo, no entraría en esos parámetros definitorios.


Y obviando la política (ya me extendí mucho en ese aspecto en este artículo que les recomiendo leer pues muchos puntos se pueden extrapolar a casi toda esa esfera cultural que se ha levantado en armas), les he traído Porque sí, un álbum de Mac Barnett e Isabelle Arsenault, editado por Océano Travesía, un libro para que reflexiones sobre todo esto.
Es la hora de dormir y una niña, ya encamada, se dedica a lanzarle preguntas a su padre. Cuestiones como por qué el océano es azul, qué es la lluvia, o por qué las hojas cambian de color, se agolpan en la mente de una niña curiosa, mientras que su progenitor le da las más inverosímiles respuestas creando así un hermoso espacio poético en torno a la hora del sueño.
Cabe destacar tres cosas. La primera es un título que se refiere a la típica frase de los padres cuando los hijos les hacen preguntas cuyas respuestas desconocen, y que establece un juego disyuntivo con el corpus central del libro, pues este padre sí ofrece soluciones muy imaginativas a su hija. La segunda se refiere a la estructura que responde más a la del álbum informativo que a la del de ficción, y sobre la que destaca el juego de colores entre preguntas y respuestas. Por último llamar la atención de la escena en la que se ve completa la habitación de la niña (los grandes círculos de colores con preguntas desaparecen para dar paso a otro enigma) y que nos da numerosas pistas sobre sus aficiones.
Ahora bien, aunque es cierto que el libro desprende un momento tierno y evocador en el que trasciende lo estético, también hace un flaco favor al despertar científico ya que antepone lo literario al conocimiento empírico, algo de lo que he estado hablando en los párrafos anteriores. El álbum es precioso, no lo voy a negar, pero como he echado de menos un apartado final en el que se dé respuesta a todas las preguntas que se recogen en él (hubiera estado genial aunar esas dos parcelas), esta tarde, teniendo en cuenta que de ciencia sí podemos hablar (no somos cultura, ironías y paradojas aparte), responderé algunas en la cuenta que los monstruos tenemos en Instagram para todos aquellos que quieran conocer las basadas en la evidencia.
¡Y feliz viernes santo!

miércoles, 8 de abril de 2020

De la constancia



Mientras muchos pasan los días quejándose amargamente de lo cuesta arriba que se les está haciendo la cuarentena, otros empezamos a dar gracias por esta reclusión obligada. No es que yo esté a favor del encierro (¡Ojo! Con lo gambitero que soy yo, ¡faltaría…!), pero sí que he encontrado un punto medio a caballo entre lo productivo y lo positivo de estos días en casa… He limpiado a fondo los más recónditos lugares de mi hogar, he ordenado los libros (por orden alfabético tomando como referencia el primer apellido del primer autor, que siempre hay algún curioso que me pregunta estas cosas) y me he puesto al día con muchos menesteres que llevo en ristre. Le he llegado a decir a algún amigo que hay días en los que siento que me faltan horas para terminar todo lo que me planteo desde bien temprano (aviso de que yo madrugo a pesar de la situación).


Una de las cosas que decidí retomar esta cuarentena fueron los lápices y los pinceles. Aunque había hecho el amago de llenar la paleta de pintura y preparar algunos cartones (es mi soporte favorito aunque reconozco que lo mejor es el lienzo), no me había dado por hacer cosillas aparentes, más que nada porque pintar requiere su tiempo, y si es al óleo y sin secantes de por medio, más todavía. Es por ello que imaginándome que esto iba para largo y que tenía la terraza acondicionada (que el aceite de linaza y la trementina no se llevan bien con interiores habitados), me puse al lío.


Hasta hoy no se pueden ver muchos resultados, sólo un par de bocetos a lápiz, algún divertimento sobre un bloc y cuatro pinceladas (no se preocupen que en cuanto tenga algo definitivo lo publicaré en mi cuenta de Instagram), pero sí me he percatado de que, como cualquier otra disciplina, la pintura requiere de práctica. Que si la abandonas una temporada, es una tarea complicada regresar al punto en el que la dejaste aparcada. Pierdes la perspectiva, el punto justo con las mezclas, decidir la composición… Una vez más te vuelves a caer del guindo, te retrotraes a la niñez y descubres que hay pocas destrezas innatas en esta vida.
Por este motivo me he acordado de un librito que se publicó a finales del año pasado y que contiene la esencia de lo que les cuento. Les hablo de El encargo, un álbum de Claudia Rueda (editorial Océano Travesía) que cuenta la historia de un emperador que le pide a un famoso pintor el dibujo de un gallo. Pasa el tiempo y el emperador, deseoso por saber cómo va el desarrollo de su encargo, envía algunos ojeadores hasta la casa del pintor que siempre regresan con las manos vacías. Harto de esperar, el emperador decide ir él mismo hasta allí y ver qué es lo que sucede con la dichosa pintura.


Claudia Rueda narra magistralmente una parábola de corte oriental sobre la importancia de la paciencia y la profesionalidad que, aunque contextualizada en el panorama de lo artístico (me recordó a Antonio López y su famoso retrato de la familia real), puede extrapolarse a diferentes situaciones de cualquier oficio. Y por favor, no dejen de impresionarse por todas y cada una de las ilustraciones que llenan este cuaderno de artista con un claro objetivo: animarnos a dar lo mejor de nosotros aunque ello conlleve esfuerzo y constancia.

martes, 17 de marzo de 2020

Una, dos, tres..., un montón de cosas bonitas



Uno, tres, siete, veintitrés, veinticuatro, cincuenta y siete, ciento dos, trescientos quince… Así hasta los once mil y pico, la cifra oficial de contagiados por el coronavirus (no les voy a decir la estimada por algunos epidemiólogos para no asustarles, aunque debería). La mayor parte de nosotros no creía que esto fuera a suceder tan pronto pero ya ven que la realidad supera a la estadística y una vez más los españoles nos hemos superado (esta vez en lo malo). También les digo que cifras muchos más elevadas debemos de esperar para dentro de una semana, así que ya saben: en casita y sin dar por culo en urgencias para que la cosa se ralentice una miaja.
Y ya que nos hemos puesto muy serios contando (bueno, los políticos no, ya saben que ellos eso de la aritmética lo llevan muy mal, tanto para los millones que chorizan, como para el número de parados), dejémonos de cosas poco agradables y vayamos enumerando otras que nos arranquen una sonrisa, que ya les prometí construir un oasis de positivismo en esta casa de los monstruos.


En esta cuarentena me he propuesto contar los volúmenes que forman mi biblioteca. No se crean que va a ser una tarea fácil pues están desperdigados por todos los rincones de la casa, algunos por el trastero, otros los he ido repartiendo por casa de mis padres, de mi hermana y de algunos amigos. Así que tendré que hacer un contaje en diferido. (N.B.: Hagan apuestas en los comentarios y quien más se aproxime a la cifra final, tendrá regalito).


Tampoco estaría mal contar los lápices que tengo (siento verdadera pasión por estos útiles de escritura). De grafito, de distintas durezas, de colores, acuarelables, pasteles, sanguina… Sin contar portaminas, tengo todo tipo de lápices. Y se preguntarán “¿Para qué?” Pues para cuarentenas como esta en las que hay que retomar ciertas aficiones y sacarle un poco de color a la vida, no caer en el aburrimiento más absoluto y ejercitar un poco el dibujo.


Flores, tenedores, galletas, calzoncillos, pares de zapatos, camisetas, bombillas, latas de cerveza, clavos, chinchetas, clips, pintalabios, pliegos de herbario, minerales, fósiles, rollos de papel higiénico o bolsas de plástico. Cualquier cosa es buena para entretenernos estos días y saber cuál es nuestra debilidad más grande. Y así, un número tras otro, llego hasta uno de esos libros que te roba una sonrisa, no sólo porque esconde cosas muy bellas dentro, sino porque supone un juego matemático.


Un millón de puntos de Sven Völker (editorial Océano Travesía) fue elegido uno de los mejores álbumes infantiles del 2019 por el tándem The New York Times y la New York Public Library (ya saben lo que se prodiga esta lista entre los monstruos), algo que se debe a una puesta en escena muy colorista y llamativa donde el diseño y los primeros planos tienen mucho que decir, así como en el significado poco evidente de las ilustraciones.


Esto hace que además del juego que supone poder contar los puntos que aparecen en cada doble página (cada vez que pasamos página nos encontramos el doble) y dar fe de la suma que se nos presenta, establece otro aspecto lúdico preguntando al espectador la solución a esas adivinanzas sutiles que invitan a conocer el mundo desde perspectivas desconocidas.
Con sorpresa incluida al final, creo que no se lo pueden perder.



jueves, 5 de marzo de 2020

La extinción de la belleza



Para Chus, mi librera de San Juan, que siempre descubrimos libros juntos.

Hasta las narices me hallo de tanto discursito bifaz. Feminazis y machistorros, comunistas y capitalistas, podemitas y fachitas, madridistas y culés… La caterva no cambia. ¿Acaso no saben hacer otra cosa que limitar toda su existencia a un puñado de consignas repetidas hasta la extenuación? ¡Qué discurso tan empobrecido, por dios! Estaría bien que no fuesen tan reduccionistas y se dedicaran a leer, a buscar lugares comunes y, sobre todo, a no soltar sapos y culebras por la boca, que ya empieza a ser muy evidente eso de “por el interés te quiero Andrés”.
Lo que yo me pregunto (con mucho fervor y devoción) es si todos los que pasan el día despotricando de unas cosas u otras en las redes, tienen también tiempo para detenerse a contemplar la belleza que les/nos rodea, o si, por el contrario, son incapaces de apreciarla por muy delante de las narices que se la coloquen. Lo digo porque tengo la ligera sensación de que están tan ensimismados en su parcela de rumiantes que no viven para otra cosa, algo demasiado peligroso, más todavía cuando los ánimos se empiezan a caldear.
Es evidente que cuando más te relames las comisuras, más difícil es distanciarte de la película y mirar hacia otro lado. Absortos. Así nos va... Con el coronavirus (Que extraño es todo, ¿verdad? Se me antoja (in)verosímil).,, Con lo del día de la mujer y las discrepancias de los ismos (¡Más madera! ¡Más madera!)... Con la nueva ley de educación y el nuevo código penal (todo es tan nuevo que suena a vintage)....



Me pongo a pensar en todo esto mientras recuerdo la puesta de sol desde el muelle de Brighton. Apoyados sobre la barandilla mirábamos el mar en calma y unos cuantos estorninos volaban cerca. A cada movimiento de la brisa marina, otros tantos se unían a la bandada. Danzaban cada vez más cerca. Bajaban y subían en su vuelo, viraban de repente su rumbo, como si de un dulce quiebro entre amantes se tratase. Por un instante me fijé alrededor: ya no éramos los únicos espectadores boquiabiertos. 
La multitud sonreía, nosotros mismos nos mirábamos dichosos. El día se detuvo en ese instante y sólo teníamos ojos para lo que algunos llamaban en inglés “starling murmuration”. Dejamos la mente en blanco y vimos como cientos de aves dibujaban formas caprichosas sobre el cielo, líneas fluidas que se expandían sobre el nublado horizonte. No pensábamos nada más, sólo volábamos con ellos.


Y entonces llega a mi mesa El día de las ballenas. Y siento como la historia sin palabras ideada por Cornelius, el colectivo de escritores formado por Davide Cali, Guido Sgardoli, Tommaso Perchivale, Pierdomenico Baccalaro y Davide Morosinotto, e ilustrada por Tommaso Carozzi tiene mucho que ver con esa destrucción de la belleza que un día tras otro llevamos a cabo en las redes sociales, en las aulas, en la barra del bar, o en el banco del parque. No hace falta cortarles las alas a los pájaros, envenenar los océanos o liarse a tiros. También extinguimos la belleza con nuestra palabras.


Un día cualquiera en una metrópolis cualquiera, los cuerpos de enormes cetáceos tapan la luz del sol, flotan entre los rascacielos. Se desata el caos, la muchedumbre ve una amenaza en sus lentos movimientos y los poderosos deciden acabar con ellos.
En pocas páginas, los autores se adentran en nuestro subconsciente con una fábula que algunos pueden traducir en ecologismo, con una narración que oscila entre lo inverosímil de Chris Van Allsburg y lo surrealista de Shaun Tan. Todo ello sin perder de vista un estilo figurativo que siempre permite descubrir detalles literarios (fíjense en el nombre que aparece en el parte meteorológico), cinematográficos (¿Acaso no ven en esos planos generales y contrapicados la magia del cine?) e incluso museísticos (Si alguna vez van al Museo de Historia Natural de Londres, acuérdense de este libro) que tienen que ver con el pasado y con el futuro en el que nos podemos ver reflejados.


Eso le decía yo a la librera Chus el otro día cuando me hablaba de este libro. “¿A que te inspira una pena confusa?" Algo se desgarra por dentro al mismo tiempo que agita nuestra conciencia. En su lectura, no son las ballenas las que mueren, somos nosotros los que nos consumimos poco a poco.




miércoles, 26 de febrero de 2020

Coronavirus o el poder de la histeria colectiva



Regreso de un largo fin de semana y me encuentro con que el coronavirus nos acecha cada vez más y mejor. Ya lo estoy viendo… Los medios de comunicación se van a poner las botas (amarillismo mucho, pero cuestiones prácticas, pocas), los políticos aprovecharán para hacernos alguna putada (como si no fuera bastante intervenir los servicios secretos y el poder judicial... se van a dedicar a la salud pública... ¡La casta metida a médicos! ¡Socorrooooo!), los fabricantes de mascarillas (inútiles en las primeras fases de los contagios, por cierto) se van a hinchar a vender, y los científicos y sanitarios se cagarán en nuestros muertos por los tembleques infundados y el reventón de los servicios. Una situación la mar de halagüeña como ya ven... y la cifra de contagios sigue aumentando...
Por si no fuera poco y dada mi condición de biólogo, se ve que me va a tocar ejercer de maestro en horas no lectivas (para que luego digan que no trabajamos) explicándole a más de uno los riesgos que conllevan estos bichitos para la salud (¿Para qué? ¿Hay sentido común en España? Creía que nadie, incluido el Ministerio de Sanidad, sabía qué era eso).


“Yo que tú, me preocuparía más de la buena higiene (ya saben: dos cumpleaños, agua y jabón), una dieta rica en legumbres, verduras y frutas, hacer algo de ejercicio, usar condones y evitar las drogas, antes que de buscarme una buena mortaja” le dije ayer a una niñata. Y va se me enfada (otra que quería mentiras). Ni estaba de cachondeo ni le pedí matrimonio (¡Eso sí sería una faena, teniendo en cuenta como está el percal!), pero la cuestión es torcer el morro. Menos mal que deje a un lado las catástrofes naturales, la incidencia de cáncer, los accidentes de tráfico o la gripe, que si me descuido, me fusila.
Señoras, señores, lo mejor que pueden hacer ante esta familia de virus complejos de ARN (ácido ribonucleico, para poco doctos) es darle la importancia que tiene (mucha, pero ni es la peste negra ni estamos en el medievo), tomar unas precauciones básicas (lávense las manos, eviten los estornudos, limiten a cero el contacto salival y los sitios atestados) y confiar en los servicios sanitarios de nuestro país que son extraordinarios (en el gobierno, ni hablar). 
Nadie sabe cómo puede sobrevenirnos la muerte. Lo importarse es no dejarnos llevar por la psicosis colectiva (¡Qué malo es formar parte del rebaño y las consignas partidistas!) y hacer marcha de manera más o menos cuerda (no demasiada, que las locuras también nutren el alma).


Y para aquellos que han salido medio locos pero no apelan al sentido común (ni colapsar urgencias sin motivo ni atestarnos el guasap de todo tipo de armagedones, me parece lógico), les dejo un álbum del año pasado que pasó un tanto desapercibido (se lo dice uno que está muy puesto y sólo conocía la edición inglesa), pero hiper-necesario para todos aquellos que gustan de poner el grito en el cielo y sacar de quicio el más mínimo problema.


Accidente de Andrea Tsurumi (editorial Océano-Travesía) además de ser uno de esos libros que con una propuesta humorística y estructura de sketch se mofa de nuestra condición histérica, es bastante interesante por alguno de los recursos narrativos que utiliza, como por ejemplo las guardas peritextuales (cuando lean el libro entenderán por qué) o la función narrativa de la portadilla, algo que es cada vez más frecuente en obras de autores contemporáneos -les recomiendo echar el ojo a las de Sergio Ruzzier-.
Así mismo, la autora de este libro echa mano de algunos recursos propios del tebeo, como los bocadillos o la secuenciación de escenas (tiene mucho sentido en una obra de vértigo donde el espacio-tiempo habla por sí sólo), para articular una historia en la que Lola, un pequeño armadillo convierte un pequeño percance en todo un desastre para darse cuenta que ni siquiera su madre está exenta de cometer un fallo.


El zumo derramado, una tarta aplastada, una manguera anudada o incluso una biblioteca desbaratada son parte del lío monumental que se forma en una ciudad que recuerda mucho a las de Richard Scarry (¿No ven mucho de este autor en el interior de las casas o en la caracterización de los personajes?).
Si a todo ello unimos una gran riqueza léxica y lo expresivo de la tipografía (la forma y tamaño de las letras dicen mucho a lo largo de toda la historia), no puedo más que recomendar a manos llenas un librito que seguro les hace repensarse su posición y luchar de una manera firme y sensata frente a los males del CoVID-19.