Mostrando entradas con la etiqueta Raquel Catalina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raquel Catalina. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de marzo de 2026

La magia del balcón


Mi espacio favorito de la casa es la terraza. Si bien es cierto que no es demasiado grande, tiene las dimensiones perfectas para albergar una mesita de acero y un par de sillones de mimbre que viven rodeados de todas las plantas que voy recogiendo en mis viajes (Ea… tengo esa manía…). Así, cuando llega el buen tiempo, puedo disfrutar del sol y la luna durante momentos fugaces. A veces, cuando las paredes se te echan encima, solo tienes que girar el picaporte y respirar hondo. 


Mucha gente prefiere acristalar balcones y terrazas para poner otra nueva barrera al polvo, no hay suficientes con puertas y ventanas. Pero yo estoy la mar de contento con mi propia atalaya en la que me siento vigía del pequeño universo que me rodea. Es lo que tiene disfrutar del exterior desde una parcela interior.

Una jungla pequeña
intenta escapar de casa.
¡La plaza está tan cerca!
La libertad se intuye.
Casi se puede tocar
a través de los barrotes.
Petunias, yedras, geranios,
tres pulgones,
dos orugas
y yo.
Observando la fuente,
un señor que pasea
y unos perros que juegan
desde el balcón.

M. Carmen Aznar.
Cárcel con vistas.
En: En casa.
Ilustraciones de Raquel Catalina.
2026. Barcelona: Akiara.


lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre la inspiración


Tengo muy abandonados los pinceles. Aunque hice un amago de recuperarlos durante la pandemia, no me han acompañado mucho durante todo este tiempo. Si acaso, unos cuantos apuntes a lápiz sobre anatomía humana que voy guardando en un cuaderno plateado. Meras distracciones para no perder el hábito, pero nada que pergeñe una obra pictórica con cierta enjundia.
Quizá el comienzo del nuevo año sea un momento ideal para retomar esta afición que me ha acompañado desde bien pequeño, pues si bien es cierto que el artista nace, también se hace. Por mucho talento que uno tenga, el trabajo diario es imprescindible a la hora de cultivar un arte. Rembrandt, Rostropovich, Quevedo o Nureyev. Todos vinieron al mundo con una predisposición natural hacia una disciplina artística, pero la constancia, una formación de calidad y variada, la práctica deliberada, la experiencia, la experimentación y la autocrítica los auparon como grandes artistas.


Sin embargo y a mi juicio, lo verdaderamente difícil es la búsqueda de un estilo propio, un sello personal que te caracterice entre esa amalgama un tanto incierta en lo que se ha convertido el arte. Y es que las musas no nos visitan a todos por igual. Hay personas con un poder creativo extraordinario, mientras que otras necesitamos de esa inspiración un tanto divina que nos abre el camino hacia la certidumbre artística. En mi caso, a veces es chispeante, otras reveladora y las más de las veces tortuosa.
Quizá ahí reside el verdadero don, esa especie de magia que envuelve al artista en un mundo tan particular como universal, tan evidente como desconocido, tan imperfecto como sublime. Una combinación extraña que articula un discurso que se desliza entre quienes lo disfrutan y que reverbera en ellos ecos propios y ajenos.


Es aquí cuando aparece Pequeña y grande, el libro con el que Arianna Squilloni y Raquel Catalina ganaron la última edición del Premio Internacional Compostela para álbumes ilustrados que convoca la editorial Kalandraka en colaboración con el ayuntamiento de Santiago de Compostela.


El álbum cuenta la historia de Natalia, una mujer que vive en una casita a las afueras del pueblo. Como la casa se le queda pequeña, decide irse a la ciudad, donde crece un poco más y de hacer muchas cosas, entre ellas convertirse en artista. Pero un día, la ciudad empieza a ser demasiado grande y regresa a su casita. Ella sigue menguando hasta hacerse minúscula, tanto que un día, creyendo que la casa está deshabitada, aparece un vagabundo…



En este cuento de hadas contemporáneo, además de recoger elementos fantásticos que tienen que ver con el tamaño, también se contraponen el mundo urbano y el mundo rural, una dualidad tan diferente como necesaria en la que se balancea un discurso conciliador que queda muy patente en la dedicatoria de la Squilloni.
Por otro lado, se vislumbra un alegato a la experiencia, la de sus dos protagonistas. Una cultivada, otra más mundana, pero igual de válidas. Tanto Natalia como el desamparado sin nombre (un detalle muy sutil gracias al que todos los lectores podemos vernos reflejados) abordan su realidad a través de la pintura, un arte casi expiatorio que me ha recordado a novelas para adultos como El verano que mi madre tuvo los ojos verdes.


Según nos contó Arianna en su reciente visita a Albacete, Natalia está inspirada en la figura de una tía abuela suya, una señora minúscula con una vitalidad excepcional. ¿Acaso no les recuerda a las brujas? ¿Quién si no iba a vivir en el bosque, apartada de la civilización? Por su estatura, también podría ser uno de los duendecillos que ayudaron al zapatero durante la noche…


Colores vibrantes frente a dibujos en grafito, diferentes tipos de planos, imágenes secuenciales, perspectivas cinematográficas, juegos de luces y detalles muy caseros son algunos de los recursos narrativos que Raquel Catalina recoge en este trabajo tan delicado como inspirador.

lunes, 23 de junio de 2025

Bondades marinas


Este verano, seguramente muchos de ustedes dirijan sus pasos hacia la costa, esperando disfrutar de alguna de las 642 playas sobre las que ondea una bandera azul en nuestro país. Un signo de distinción para estos lugares que lugareños y forasteros llenan durante la canícula.
Aunque muchos piensen que esto de saltar olas y rebozarse en arena se remonta a tiempos inmemoriales, hoy vengo a decirles que es una moda relativamente reciente. Y es que no fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando se consolidó gracias a la aristocracia europea, cuando monarcas como Jorge III, Isabel II y Alfonso XIII, la Duquesa de Berry o la emperatriz Eugenia de Montijo empezaron a tomar los llamados "baños de mar o de ola" para mejorar ciertos tipos de dolencias respiratorias o cutáneas.


Santander, Barcelona, San Sebastián, el Puerto de Santa María o Huelva fueron algunas de las ciudades elegidas por las clases pudientes para tomarse unas vacaciones mucho antes de que existiera el ferrocarril. Es por ello que diligencias y ómnibus prestaban sus rutas para viajar a la periferia desde Madrid y otras provincias del interior peninsular.
Como entonces pocos sabían nadar, se echaba al agua un ancla atada a una maroma y los bañistas, agarrados a ella, se metían poco a poco en el agua para recibir sus bondades. El cabo de la maroma era vigilado por el maromo (aquí tienen el origen de esa palabra tan sugerente) y una barca con personal entrenado vigilaba a los bañistas por si alguno se soltaba con el embate de las holas.
Más tarde, entre 1920 y 1950, ocurren otras dos circunstancias que siguen aupando el turismo de playa. La primera es el bronceado. Hasta entonces, tener la piel más negra que el tizne era propio de los estamentos más bajos. Campesinos y obreros trabajaban de sol a sol, mientras la socialité lucía pieles blancas e inmaculadas gracias a su inactividad. Esta perspectiva cambió gracias a la influencia de Coco Chanel y sus posados en la Costa Azul. La segunda es el uso del biquini, una prenda de vestir que necesitaba de largos paseos por la orilla de la playa para lucirse convenientemente.


Y así llegamos hasta nuestros días. Unos en los que el turismo de masas y la democratización del ocio nos llevan a disfrutar de nuestras playas por los motivos más diversos. Como el caso de la protagonista de uno de los libros más emotivos de la temporada. Ingrávida, una historia de Fran Pintadera ilustrada por Raquel Catalina (editorial Bookolia), nos cuenta el pequeño viaje que lleva hasta la orilla del mar a los cuatro miembros de una familia. Los hermanos no titubean y se adentran en su seno, un espacio reservado para las aventuras, el descubrimiento, la quietud y el disfrute.


Hay mucho lirismo y poesía en un libro que nos habla de la relación que los seres humanos establecemos con la inmensidad del líquido elemento, todo lo que cobija y sus posibilidades. Con una técnica donde el lápiz y las aguadas son las protagonistas, la ilustradora afincada en Valencia nos invita a un universo lleno de melancolía gracias a una sucesión de planos cinematográficos que aportan cierto dinamismo a los juegos y descubrimientos infantiles. El azul marino lo embebe todo


Con un final efectista, este relato nos remueve por dentro, e incluso nos hace retroceder para sopesar los detalles. ¿Se nos habrá pasado algo por alto? Con mucha sutileza, sus autores, echan mano de una pizca de disyunción, complementación y alguna que otra elipsis textual, para elaborar un discurso algo más complejo de lo que se espera. Nos cuestiona, nos lacera y arrebata. Un triunfo estético y sensorial que, sinceramente luminoso, nos enseña a nadar en libertad a todos. Lectores incluidos.

N.B.: El libro también está incluido en esta selección, pero si quieres disfrutarlo plenamente, evita sumergirte en ella antes de leerlo.

sábado, 6 de abril de 2024

El fin de la primavera


El bullir de esta época se ha apagado en mí. Ese vigor, la alegría que experimentaba todos los años, se han marchitando de golpe. Una sensación de desánimo se hace patente día tras día, y, lejos de transformarla en verano, otoño o invierno, llena ese jardín que es la vida con una honda tristeza. Hay algo en la enfermedad que desdibuja el presente. Como la calima o unas gafas sucias, no te deja ser tú, a pesar de desearlo con todas tus fuerzas. Y recuerdas los tiempos felices en los que todo era como tenía que ser: primavera.

Tu andar vacilante
se hizo firme,
poco a poco,
en el jardín.
Las briznas frescas
cosquilleaban, nerviosas,
las plantas nerviosas
de tus pies.
Y esos pies curiosos te acercaron
al arbusto de las muñecas,
al sembrado de las pinturas,
al matorral de las canciones,
al árbol alegre de las retahílas.
Otros jardineros
te tejieron bufandas,
te contaron historias,
te llevaron, de la mano,
a cada flor.

Les diste nombre a todas:
rosa, clavel,
poesía,
lavanda, azucena,
padre, abuela,
hierbabuena,
dalia, lirio,
amapola,
ruiseñor…

En primavera
brotaron, a centenas,
margaritas, comienzos
y despertares.

Y tus ojos, admirados,
los veían crecer.

M. Carmen Aznar.
En: El jardín que habitas.
Ilustraciones de Raquel Catalina.
2024. Barcelona: Akiara Books.


domingo, 8 de octubre de 2023

Bostezos y desayunos


Se supone que Dios hizo el domingo para descansar, pero a un servidor, con tanto trajín, se le ha atragantado el séptimo día de la semana. Limpiar el baño, hacer unas albóndigas, poner en orden la cocina, planchar la ropa, limpiar un cuarto de baño… Si a ello le unimos que ayer me pegue un tardeo monumental, tengo el cuerpo hecho mistos. Y lo peor vendrá mañana, cuando toquen diana y haya que empezar la semana. Arrastrarme hasta el baño, vestirme con desgana y preparar un desayuno con legañas. Menos mal que, como la protagonista de este poemario, siempre lo aderezo de momentos especiales, aunque a veces se me haga bola con los bostezos.

Párpados pegados al amanecer.
Un ratito más…
¡Cállate, despertador!

Desayuno bostezo.

Querida lentitud,
¿pusiste tú
sacos de arena
sobre mis pies?

¿Dónde está el botón
que abre las persianas pegadas
de mis párpados?

Un ratito más…
¡Cállate, despertador!

Alicia Bululú.
Lánguido.
En: Diario desayuno.
Ilustraciones de Raquel Catalina.
2023. Barcelona: A buen paso.