Este verano, seguramente muchos de ustedes dirijan sus pasos hacia la costa, esperando disfrutar de alguna de las 642 playas sobre las que ondea una bandera azul en nuestro país. Un signo de distinción para estos lugares que lugareños y forasteros llenan durante la canícula.
Aunque muchos piensen que esto de saltar olas y rebozarse en arena se remonta a tiempos inmemoriales, hoy vengo a decirles que es una moda relativamente reciente. Y es que no fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando se consolidó gracias a la aristocracia europea, cuando monarcas como Jorge III, Isabel II y Alfonso XIII, la Duquesa de Berry o la emperatriz Eugenia de Montijo empezaron a tomar los llamados "baños de mar o de ola" para mejorar ciertos tipos de dolencias respiratorias o cutáneas.
Santander, Barcelona, San Sebastián, el Puerto de Santa María o Huelva fueron algunas de las ciudades elegidas por las clases pudientes para tomarse unas vacaciones mucho antes de que existiera el ferrocarril. Es por ello que diligencias y ómnibus prestaban sus rutas para viajar a la periferia desde Madrid y otras provincias del interior peninsular.
Como entonces pocos sabían nadar, se echaba al agua un ancla atada a una maroma y los bañistas, agarrados a ella, se metían poco a poco en el agua para recibir sus bondades. El cabo de la maroma era vigilado por el maromo (aquí tienen el origen de esa palabra tan sugerente) y una barca con personal entrenado vigilaba a los bañistas por si alguno se soltaba con el embate de las holas.
Más tarde, entre 1920 y 1950, ocurren otras dos circunstancias que siguen aupando el turismo de playa. La primera es el bronceado. Hasta entonces, tener la piel más negra que el tizne era propio de los estamentos más bajos. Campesinos y obreros trabajaban de sol a sol, mientras la socialité lucía pieles blancas e inmaculadas gracias a su inactividad. Esta perspectiva cambió gracias a la influencia de Coco Chanel y sus posados en la Costa Azul. La segunda es el uso del biquini, una prenda de vestir que necesitaba de largos paseos por la orilla de la playa para lucirse convenientemente.
Y así llegamos hasta nuestros días. Unos en los que el turismo de masas y la democratización del ocio nos llevan a disfrutar de nuestras playas por los motivos más diversos. Como el caso de la protagonista de uno de los libros más emotivos de la temporada. Ingrávida, una historia de Fran Pintadera ilustrada por Raquel Catalina (editorial Bookolia), nos cuenta el pequeño viaje que lleva hasta la orilla del mar a los cuatro miembros de una familia. Los hermanos no titubean y se adentran en su seno, un espacio reservado para las aventuras, el descubrimiento, la quietud y el disfrute.
Hay mucho lirismo y poesía en un libro que nos habla de la relación que los seres humanos establecemos con la inmensidad del líquido elemento, todo lo que cobija y sus posibilidades. Con una técnica donde el lápiz y las aguadas son las protagonistas, la ilustradora afincada en Valencia nos invita a un universo lleno de melancolía gracias a una sucesión de planos cinematográficos que aportan cierto dinamismo a los juegos y descubrimientos infantiles. El azul marino lo embebe todo
Con un final efectista, este relato nos remueve por dentro, e incluso nos hace retroceder para sopesar los detalles. ¿Se nos habrá pasado algo por alto? Con mucha sutileza, sus autores, echan mano de una pizca de disyunción, complementación y alguna que otra elipsis textual, para elaborar un discurso algo más complejo de lo que se espera. Nos cuestiona, nos lacera y arrebata. Un triunfo estético y sensorial que, sinceramente luminoso, nos enseña a nadar en libertad a todos. Lectores incluidos.
N.B.: El libro también está incluido en esta selección, pero si quieres disfrutarlo plenamente, evita sumergirte en ella antes de leerlo.



.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario