Las vacaciones ya están aquí y muchos padres estarán dándose de coscorrones contra la pared porque el chollo llamado “escuela” se les ha terminado. Y es que, queridos amigos, el colegio, además de ser ese espacio donde se enseña a leer y escribir, también realiza una gran labor social, más todavía desde que la mujer entró en el mundo laboral y la explotación infantil llegó a su fin en estas latitudes.
Así, muchas familias ven peligrar su estabilidad a base de niños y jóvenes descontrolados y con mucho tiempo libre, en una palabra, aburridos. Porque ya saben ustedes, queridos melones, que el tan ansiado descanso puede jugar en nuestra contra hasta convertirse en desidia, pereza o vete-tú-a-saber qué más cosas poco deseables. Que cuando el perro no tiene nada que hacer…
Chavales que se acuestan a las cinco de la madrugada y se levantan al mediodía (eso si no se despiertan de madrugada para hacerse fotos con el amanecer de fondo para subirlas a las redes sociales), tareas del hogar sin terminar, muchos videojuegos y la billetera abierta cada dos por tres para cerrarles la boca (¡Qué paradoja!) provocan bronca tras bronca que minan la paz familiar.
Tanta energía no puede desperdiciarse en la pasividad más absoluta. Así que es mucho mejor ocuparlos durante estos meses estivales, que si no, se puede armar la marimorena. Por eso hay que echar mano de escuelas de verano, campamentos deportivos, clases de natación, chapuzones en la playa, colonias de verano o clases de refuerzo. Son soluciones más que plausibles que les hacen mover el esqueleto, despiertan al intelecto y reaniman las habilidades sociales.
Y aunque muchos teenagers se echen las manos a la cabeza y lloriqueen por las esquinas cuando sus padres deciden que el procrastinar se va a acabar, terminan agradeciendo la actividad veraniega porque descubren unos días llenos de posibilidades en los que descubrir nuevas aficiones, personas y lugares con los que entretenerse mejor que con la Play, Instagram y ese consumismo que se ha convertido en el único sino de nuestros púberes.
¡Qué lástima que hace décadas no hubiera tanta oferta! La hubiéramos disfrutado a cascoporro… Antes solo teníamos los parques, el campo, la piscina o la playa. Bicicletas, balones, zompos y canicas, algún globo de agua y mucha imaginación, que es de lo que van los libros de hoy, algunos de los cuales se podrían incluir en ESTE OTRO POST.
Empezamos con Caballito, un álbum de Luciana Feito y editado por Pastel de Luna esta primavera. Con sus cantos redondeados, ya nos da una idea de a qué tipo de lector se dirige esta historia protagonizada por una niña que pasa los fines de semana en el campo. Allí hay árboles, pájaros, insectos y, sobre todo, está Caballito. Caballito es un corcel sin parangón. Con él descubre lugares maravillosos, inventa hermosas canciones y se enfrenta a pequeños peligros.
En este relato mínimo, además de recoger el clásico infantil de objetos transformados en animales, encontramos recursos narrativos interesantes. Por un lado, esa pequeña disyunción entre texto e ilustraciones que, al tiempo que crea una atmósfera de inocencia e incredulidad, potencia el relato fantástico. Por otro, las imágenes, aunque aparentemente sencillas, incorporan repeticiones (campo y ciudad, ojos abiertos y ojos cerrados), diferentes ópticas y metáforas (esa puerta…) que conversan con el lector.
Simpático a la par que delicado, seguro que este libro gusta a más de un chiquillo juguetón, incluso a sus padres gracias a un guiño final sobre las coincidencias intergeneracionales y la niñez recuperada.
Seguimos con el autor de En el desván. Satoshi Kitamura regresa a las librerías españolas con Hannah y el violín gracias a Océano Travesía. En este álbum, el autor japonés nos cuenta la historia de Hannah, una niña que estando en su jardín echa de menos a alguien con quien jugar. De repente, descubre una hoja en el suelo que le recuerda a un violín. Tal vez pueda sacarle una melodía. Así que, sin pensárselo dos veces, coge un palo del suelo y comienza a tocar su particular instrumento. Conforme suena la música, los pájaros comienzan a cantar, los insectos también. Incluso las nubes y las plantas. ¡Es un violín mágico!
Como muchos de los títulos incluidos en este post, Kitamura se dirige a los primeros lectores gracias a un lenguaje directo y sin florituras, desplegando ante el espectador un sinfín de imágenes llenas de color y armonía que nos entran por los ojos pero resuenan en nuestros oídos. Es curioso cómo, excepto en la portada y las guardas, en las ilustraciones interiores no hay ni el mínimo indicio de notas musicales, figuras, claves o pentagramas, un recurso que apoya esa idea de la melodía silenciosa de Hannah, una canción que solo puede escuchar ella gracias a su imaginación.
Aunque parezca repetitivo, no podemos obviar nunca la técnica tan característica de un autor que nos vuelve locos con su línea de tinta temblorosa, sus acuarelas bien elegidas y esas composiciones que recuerdan a las vidrieras de alguna catedral en las que perderse en los detalles (¿Han visto la orquesta? ¿Y el ave que se asoma por la ventana?).
Llegamos hasta Una niña con un lápiz, el libro de Federico Levín y Nico Lasalle que publicó hace unos meses en nuestro país la editorial Limonero y que nos cuenta la historia de una niña que solo tiene una cosa: un lápiz. Espera y espera hasta que de repente, le entra sueño. Lo primero, es que no va a dormir a la intemperie, así que, pinta una casa. Después hay que hacerse con una cama y también con una almohada. Y si quiere ver las estrellas, necesita una ventana en el techo. Y le falta lo más importante: ¡un cuento! Pero ¡que faena! Ella no sabe leer. ¿Quién se lo leerá?
En la línea del pionero Harold y el lápiz morado (y otros muchos), esta historia que bien se puede incluir en mis selecciones de libros para dar las buenas noches (ver esta y esta otra) juega con la idea de construir un universo personal a base de trazos de grafito. El lápiz, un elemento muy sencillo, no es más que la varita mágica con la que dar entidad a los pensamientos de la protagonista.
Sin olvidar el lado más tierno y familiar (hay cosas que no se pueden dibujar…), los autores se acercan al primer lector con un lenguaje muy sencillo que, con frases cortas, permite al narrador interno o externo, acercarse a un final tachonado de detalles que se nos han ido acercando paso a paso en unas ilustraciones en blanco y negro con pinceladas de bermellón y azul cobalto. Entrañable, lírico y muy cercano.
Y terminamos con Una tarde de lluvia, un libro de Aining Wen y editado por Apila que nos habla de Emma, una niña que planea ir al parque con su abuelo para ver los cisnes del estanque. Pero la tarde se ha puesto fea y no pueden salir de casa. El carrusel no sonaba, el tren de juguete no funcionaba y hasta el osito de peluche tenía la cara triste. ¡Menudo aburrimiento! Desesperada, Emma se pone a buscar en el armario algo con lo que entretenerse hasta que, de pronto, se topa con el juguete favorito del abuelo: un violonchelo.
Azul ultramar para un comienzo lluvioso y triste que va adquiriendo tonalidades cálidas conforme suena la música de Saint-Saëns. Una técnica mixta donde la acuarela, el gouache y el lápiz de color imprimen mucho dinamismo. Y alternancia de planos que aporta mucha perspectiva. Son algunos de los recursos que nos encontramos en un libro que, además de ser un homenaje a la obra del genio romántico, aborda las relaciones entre nietos y abuelos desde una perspectiva muy necesaria hoy día (analógico vs. digital siempre es un plus).
No se olviden de escanear el código QR para acompañar su lectura. Puede que entre tanto aburrimiento, algún lector sienta la imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento. Algo realmente maravilloso.
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