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viernes, 8 de mayo de 2026

De rimas y cocinas


El consumo de pescado en España ha descendido un treinta por ciento en la última década. Tanto es así que las pescaderías se ven obligadas al cierre, las grandes superficies están considerando eliminarlas para dedicarse al producto envasado y la variedad de especies que consumíamos antaño ha quedado diezmada por esos paladares tan pueriles que criamos hoy día en el terruño.
Y la cosa no va solo de peces, pues las legumbres y la fruta empiezan a brillar por su ausencia en la cesta de la compra, el cordero y el conejo son testimoniales, la casquería ni verla y lo del pan es para echarse a llorar. Sí, ahora echen mano de su querida IA y constaten la realidad.
Lo más gracioso es que al españolito medio se le llena la boca con la dieta mediterránea y la cocina casera, mientras los pucheros se llenan de polvo en los armarios, los restaurantes y establecimientos de comida preparada hacen el agosto a diario y las familias solo comen como Dios manda los domingos en casa de las abuelas.


No me vengan con rollos. Abundan los cuchiflitos instagrameros, la cocina de fusión, las dietas fit y, sobre todo, la dejadez, la holgazanería y la pereza. Todos tienen tiempo para ir al gimnasio, procrastinar en las redes sociales, atiborrarse de series o irse de cervezas, pero ninguno para encender los fogones. A eso, en mi pueblo, también se le llama no tener vergüenza.
Por eso, yo siempre pienso que el mejor regalo que puede hacerte alguien hoy en día, es cocinarte. Pensar el guiso, ir al mercado, colgarse el delantal y meterse en harina. ¡Eso es amor y lo demás tonterías...! Si además consideramos que todo ese trabajo se resuelve en un instante tan efímero llamado bocado, el gesto merece silencio, respeto y cariño. He dicho.
Así llegamos al libro de hoy, un poemario que toma por bandera sartenes y pucheros y nos invita a probar un menú bien sabroso en el que se intercalan rimas que saben a entrantes, platos principales y postres. Hay de todo. Adivinanzas y chanzas hortofrutícolas, sabores conocidos y desconocidos, juegos refrescantes y palmas con mucho salero. Palomitas de maíz para acompañar la tarde, un café en rica compañía, historias de amor o recetas tan repugnantes como divertidas. ¡Reciten en voz alta y disfruten de la comida!

Tomate frito

Yo te quiero y te requiero,
como la mera a su mero,
y mi corazón ya late
como si fuera un tomate.

Late así, tomate frito,
que si no yo me derrito,
que me sabes a patatas,
que te meto en una lata.

Yo te quiero y te requiero,
como la mera a su mero,
y mi corazón ya late
como si fuera un tomate.

Late así, tomate frito,
que me lo dijo Pepito.
Comeremos ensalada
y no te daremos nada.

***

Pillo, pillo

Pillo, pillo,
pepinillo,
cebolletas
con barquillo.

Vinagreta,
cuchufleta,
babarillos
en chancletas.

Pillo, pillo,
pepinillo,
entra a casa
que te pillo.

Mar Benegas.
En: Con mucho gusto.
Ilustraciones de Rosa Ureña.
2026. Madrid: Bookolia.

lunes, 23 de junio de 2025

Bondades marinas


Este verano, seguramente muchos de ustedes dirijan sus pasos hacia la costa, esperando disfrutar de alguna de las 642 playas sobre las que ondea una bandera azul en nuestro país. Un signo de distinción para estos lugares que lugareños y forasteros llenan durante la canícula.
Aunque muchos piensen que esto de saltar olas y rebozarse en arena se remonta a tiempos inmemoriales, hoy vengo a decirles que es una moda relativamente reciente. Y es que no fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando se consolidó gracias a la aristocracia europea, cuando monarcas como Jorge III, Isabel II y Alfonso XIII, la Duquesa de Berry o la emperatriz Eugenia de Montijo empezaron a tomar los llamados "baños de mar o de ola" para mejorar ciertos tipos de dolencias respiratorias o cutáneas.


Santander, Barcelona, San Sebastián, el Puerto de Santa María o Huelva fueron algunas de las ciudades elegidas por las clases pudientes para tomarse unas vacaciones mucho antes de que existiera el ferrocarril. Es por ello que diligencias y ómnibus prestaban sus rutas para viajar a la periferia desde Madrid y otras provincias del interior peninsular.
Como entonces pocos sabían nadar, se echaba al agua un ancla atada a una maroma y los bañistas, agarrados a ella, se metían poco a poco en el agua para recibir sus bondades. El cabo de la maroma era vigilado por el maromo (aquí tienen el origen de esa palabra tan sugerente) y una barca con personal entrenado vigilaba a los bañistas por si alguno se soltaba con el embate de las holas.
Más tarde, entre 1920 y 1950, ocurren otras dos circunstancias que siguen aupando el turismo de playa. La primera es el bronceado. Hasta entonces, tener la piel más negra que el tizne era propio de los estamentos más bajos. Campesinos y obreros trabajaban de sol a sol, mientras la socialité lucía pieles blancas e inmaculadas gracias a su inactividad. Esta perspectiva cambió gracias a la influencia de Coco Chanel y sus posados en la Costa Azul. La segunda es el uso del biquini, una prenda de vestir que necesitaba de largos paseos por la orilla de la playa para lucirse convenientemente.


Y así llegamos hasta nuestros días. Unos en los que el turismo de masas y la democratización del ocio nos llevan a disfrutar de nuestras playas por los motivos más diversos. Como el caso de la protagonista de uno de los libros más emotivos de la temporada. Ingrávida, una historia de Fran Pintadera ilustrada por Raquel Catalina (editorial Bookolia), nos cuenta el pequeño viaje que lleva hasta la orilla del mar a los cuatro miembros de una familia. Los hermanos no titubean y se adentran en su seno, un espacio reservado para las aventuras, el descubrimiento, la quietud y el disfrute.


Hay mucho lirismo y poesía en un libro que nos habla de la relación que los seres humanos establecemos con la inmensidad del líquido elemento, todo lo que cobija y sus posibilidades. Con una técnica donde el lápiz y las aguadas son las protagonistas, la ilustradora afincada en Valencia nos invita a un universo lleno de melancolía gracias a una sucesión de planos cinematográficos que aportan cierto dinamismo a los juegos y descubrimientos infantiles. El azul marino lo embebe todo


Con un final efectista, este relato nos remueve por dentro, e incluso nos hace retroceder para sopesar los detalles. ¿Se nos habrá pasado algo por alto? Con mucha sutileza, sus autores, echan mano de una pizca de disyunción, complementación y alguna que otra elipsis textual, para elaborar un discurso algo más complejo de lo que se espera. Nos cuestiona, nos lacera y arrebata. Un triunfo estético y sensorial que, sinceramente luminoso, nos enseña a nadar en libertad a todos. Lectores incluidos.

N.B.: El libro también está incluido en esta selección, pero si quieres disfrutarlo plenamente, evita sumergirte en ella antes de leerlo.

martes, 25 de marzo de 2025

La nostalgia


No practico la nostalgia. Eso de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, no es lo mío. De hecho, pienso que la añoranza es la peor de las consejeras, sobre todo cuando intentamos pisar tierra firme y sobrevivir a los varapalos del tiempo. Sin embargo, y a pesar de que la morriña nos empuja a comparar el antes con el ahora, tiene aspectos bastante positivos.


Según apunta algún estudio de última hornada, la nostalgia nos ayuda a establecer una conexión entre lo que somos y lo que fuimos, de manera que exploramos nuestra existencia desde una perspectiva anacrónica sobre la que dar sentido a nuestra vida y construir nuevos momentos. Otros expertos también han señalado que la nostalgia puede aumentar la sensación de bienestar, potenciar la inspiración y la creatividad, hacernos sentir más jóvenes, despiertos, optimistas y enérgicos, e incluso animarnos a asumir riesgos y perseguir nuestros objetivos.


Será que es un filtro que tiñe todo de color de rosa a pesar de que esos recuerdos estén rodeados de lágrimas, enfermedades o traumas de la niñez, algo que seguramente se relacione con esa capacidad del cerebro para desechar los momentos más oscuros de nuestra vida y darle protagonismo a los felices.
De hecho, si se fijan, las actividades culturales que se nos ofrecen están saturadas de un sinfín de estímulos que actúan como un reclamo publicitario, es decir, nos retrotraen por un instante a la juventud para, con un soplo de frescura (o lo que queda de ella en nuestra cabeza) nos incitan a comprar las entradas de un concierto, releer un libro o ver el remake de cierta película.
Y con este pequeño monográfico sobre lo nostálgico, me lanzo en picado a dos ejercicios de nostalgia convertidos en libro.


El primero es Bajo el asfalto, la flor, un álbum escrito por Mónica Rodríguez e ilustrado por Rocío Araya que publica esta primavera la editorial A fin de cuentos. El protagonista de esta historia es León, el de la risa bonita, un chavalín de una familia de vendedores ambulantes que acampa a orillas de un río bordeado de altos árboles. Un día encuentra una flor a la que cuida y de la que se hace amigo. A su lado verá las nubes cruzando el cielo y le confesará sus miedos y anhelos. Le hablará de sus recuerdos, de la burra llamada Brisa y también de Camila, su primer amor.


En parte (y en este título), el estilo de Mónica Rodríguez me recuerda al Platero y yo de Juan Ramón, El camino de Delibes o el Algunos niños, tres perros y más cosas de Juan Farias. Costumbrista por un lado y por otro, suculenta, la prosa de la ovetense discurre como un arroyo refrescante que se detiene en los rumores de un tiempo pasado, dejando que sus aguas envuelvan los cambios que le suceden en un chiquillo cuya vida cambia en tan solo unos días.


Del mismo modo, Rocío Araya nos regala unas ilustraciones desbordantes de luz en las que verdes, azules, magentas y toda una gama de colores cálidos nos insuflan vida durante la secuencia de acontecimientos que finalmente se verán sepultados por el gris asfáltico que lo opaca ¿todo? No, en la guarda final brilla la esperanza...


El segundo título de hoy, corre a cargo de Adrián Cordellat y Rosa Ureña bajo los cuidados de la editorial Bookolia. Antes todo esto era campo nos cuenta la historia de una familia que pasa las vacaciones en la casa que los abuelos tienen en un pueblo costero. Es ahí donde el padre enseña a sus hijos los lugares por los que transitaba su niñez, dónde jugaba y estudiaba, quiénes eran sus vecinos y las costumbres de aquel entonces.


Con marcado carácter autobiográfico, el periodista valenciano nos hace un recorrido por una infancia, la suya, que, como otros muchos niños de los años 70 y 80, discurría entre campos cultivados, bicicletas, cines y aventuras escolares. Una generación que no tenía contacto con los ordenadores ni los teléfonos móviles pero disfrutaba de la calle en cada momento. Además de retrotraernos al pasado, Cordellat también permite el encuentro intergeneracional combinando pasajes del ayer y del hoy que se confunden y no inspiran extrañeza gracias a pinceladas poéticas y un final efectista que es la guinda del pastel.


El texto se acompaña de las ilustraciones realistas que Rosa Ureña desdibuja gracias al lápiz de color y nos trasladan a otro tiempo difuminado por esa especie de neblina que cubre los recuerdos. Así, este álbum se transforma en una suerte de diario antiguo en el que caben escenas alegres y llenas de vida que se disponen simétricas a esas palabras que tanto nos evocan. Me han encantado los detalles realistas de las guardas y su capacidad para jugar con los recursos visuales, las metáforas sutiles y una óptica diversa.
Y así, con dos alegorías que brindan por el medio natural como escenario de cualquier infancia y se enfrentan al cemento y al ladrillo desde una perspectiva nostálgica, me despido hasta una nueva reseña recordando los momentos que pasábamos en la huerta de mis abuelos haciendo el indio, perdiéndonos entre las cañas de la balsa y hurgando en cualquier recoveco.

viernes, 21 de febrero de 2025

Como una... mesa camilla


Me pongo negro cuando los compañeros de trabajo no parar de preguntarte sobre tu vida privada. Quieren saber dónde te vas de vacaciones, qué comes, cómo pasas tu tiempo libre y con quién follas. Lo peor de todo es cuando no se zafan de ello y tienes que soltarles una fresca para que te dejen de hablar hasta la jubilación. 
Si bien es cierto que a todos nos gustan los chismes, por lo menos que no se note. Que cuando el cotilleo es tan evidente, me genera rechazo. Entiendo que la gente quiera saber con quién se juega los cuartos, pero sin rozar la obscenidad. Además de ser desagradable, produce demasiado ruido y no nos deja ver lo que de verdad importa: trabajar. Que cuanto más roce, más dimes y más diretes, más se empercuden las relaciones y menos se produce.
Lo dicho: aléjense de chafarderos y correveidiles laborales o acabarán envueltos en un serio problema.

Le dijo que, sin querer,
había roto un plumier.
Aquel dijo que fue adrede:
-Rompió plumier y un juguete.
Y así llegó hasta otra oreja:
-Plumier, juguete y la mesa.
Siguieron cuchicheando:
-Y una silla. Fue bailando.
Luego, a modo de reproche:
-Y también ha roto mi coche.
-Y el perchero y la pizarra,
y tres libros con la jarra.
-Y también se cargó la escuela
y la casa de mi abuela.
-Es que ha roto la ciudad,
quiere romper hasta el mar.
-Y también se cargó el mundo
y el garrote de Facundo.
-Las galaxias y hasta el sol,
eso fue metiendo un gol.
-Un plumier… ¡Será perverso!
¡Si se cargó el universo!

***

Que hay una vaca que vuela.
Que hay un melón que camina.
Que hay una mujer que sabe
cantar ópera dormida.
Que una hormiga tiene manos.
Que hay un perro que habla inglés.
Que han llegado los marcianos
montados en aeroplanos
y con pelotas por pies.
Que si vieron una momia,
Que si bailaba claqué.
Que si había un restaurante
servido por tres ciempiés.

¡Qué barbaridades cuentan!,
lo que dicen por ahí
y aseguran que son ciertas.
¡Hay que ver lo que hay que oír!

Mar Benegas.
Cuchicheos y habladurías y ¡Hay que ver lo que hay que oír!
En: Ruidos y ruiditos.
Ilustraciones de Laia Domènech
2023. Madrid: Bookolia.

lunes, 13 de enero de 2025

Álbumes invernales


Este año parece que no va a nevar. A pesar de los días fríos que se han sucedido durante las últimas semanas (pocos y mal avenidos), se supone que este año hidrológico va a ser más seco de lo normal. Cosas del cambio climático y el empeño de las multinacionales por explotar el sinfín de recursos que hay en los polos… Mientras nos hacen creer que esto del clima es cosa nuestra, ellos se pasan por el forro todas esas convenciones y pugnan por exprimir el limón.
Lo peor de todo es que la Navidad, San Antón o Jueves Lardero, festividades donde las hogueras, el calor humano y las viandas calóricas tienen mucho protagonismo, ya no son lo que eran. Ni siquiera en los libros infantiles campa la nieve a sus anchas. Todo cambia y nada parece creíble. Yo solo espero que esto no sea más que otro óptimo cálido medieval y los carámbanos que disfrutamos en las páginas de la LIJ, vuelvan a los aleros de los tejados.
Mientras tanto, sumerjámonos en el invierno gracias a un puñado de títulos que, como de costumbre, he incluido en mi selección de álbumes nevados, pero que diseccionaré brevemente en este post vestido de blanco.


El primero es Lobo en la nieve, un libro de Matthew Cordell publicado hace unas semanas por Océano Travesía. Ganador de la Medalla Caldecott en 2018, este libro sin palabras (algún aullido y poco más), nos habla de dos historias paralelas que se entrelazan un atardecer nevado. Al salir del colegio, una niña se encamina hacia su casa, pero es sorprendida por una tormenta de nieve, todo se desdibuja y se pierde en mitad del bosque. Del mismo modo, un pequeño lobezno se separa de su familia y se topa con la niña. Esta lo recoge y protege de otros animales, hasta que la loba aparece delante de ellos. ¿Qué sucederá? ¿Logrará escapar la niña? ¿Sobrevivirá a la tormenta?


Con muchos recursos propios del cómic, el autor nos habla de la cooperación entre humanos y animales y de cómo la inocencia infantil es capaz de sortear los peligros. Desde un prisma realista, esta historia bien resuelta y enternecedora, tiene un puntito que recuerda a clásicos como El libro de la selva. En el apartado técnico hablar de la simetría narrativa, una portadilla muy cinematográfica y unas guardas peritextuales que se convierten en álbumes de fotos familiares.


El segundo libro que nos encontramos es Jugamos en la nieve, el tercer álbum de Verónica Fabregat publicado por Akiara que va enriqueciendo una pequeña colección de libros sin palabras (NB: pueden ver otros aquí o aquí) en los que un grupo de chavales disfrutan de sus correrías en mitad de la naturaleza. En esta ocasión, el invierno se abre camino con una nevada monumental y los protagonistas se lanzan a disfrutar de los trineos, las charcas heladas y las batallas de nieve.



Como en los títulos anteriores, los detalles, las secuenciaciones y la omnipresente naturaleza (¿Han visto a ese zorro?) son los recursos y escenarios narrativos que hacen de los juegos un relato coral en el que cada niño tiene mucho que aportar. Diferentes situaciones que, por muy cotidianas que sean, me despiertan la necesidad de volver a esos momentos de felicidad a esa patria compartida que es la infancia.


Llegamos al ecuador de esta pequeña tanda de libros invernales con Un regalo de invierno, un nuevo libro de Concha Pasamar (Bookolia). Siguiendo la estela de Tiempo de otoño, la autora navarra publica una nueva historia ambientada en el invierno (¿Será este el comienzo de una tetralogía dedicada a las estaciones del año?). Un niño desea volver a disfrutar con la nieve. Al regresar a casa contempla la noche fría y nublada mientras se prepara para ir a la cama. ¿Encontrará su deseo hecho realidad a la mañana siguiente?



Con una prosa delicada, Pasamar se adentra en el universo de las mínimas cosas, esos pequeños sueños que alientan las ilusiones infantiles. Acompañada de unas ilustraciones que recuerdan a la precuela, toda la historia se llena de una plasticidad íntima y bastante tranquila donde resuena otra época en la que no hacían falta fuegos de artificio con los que disfrutar de lo que nos rodeaba.


La penúltima reseña es para El deseo de topo, un álbum de Sang-Keun Kim, editado por Pastel de luna. Aunque es la secuela de Cuando estés preocupado, esta historia protagonizada por el mismo personaje se puede leer de manera independiente. Topo acaba de llegar a la ciudad y se siente solo. En su regreso a casa, se encuentra con una bola de nieve con la que decide sincerarse. Tanto cariño le toma que decide llevársela a casa en el autobús, cosa a la que se niega el conductor. Es por eso que el topo urde un plan: le dará forma de oso polar e intentará colarla en el siguiente autobús. ¿Lo conseguirá?





Terminamos con Alessandro Montagnana y su Corazón de invierno (NubeOcho), una historia navideña que también pueden encontrar formando parte de esta gran selección. En ella nos encontramos con una pequeña bandada de petirrojos que echan a volar con las primeras nevadas. Chip, se ve sorprendido por una ráfaga de viento y termina perdiendo el rumbo. En mitad del bosque encuentra iluminada una pequeña casa. Es el hogar de Lula, un zorro que lo invita a entrar y compartir con él los preparativos navideños. Entre tanto, los hermanos de Chip regresan a por él y se marchará dejando a Lula muy solo. ¿Encontrará con quién celebrar la Navidad?




miércoles, 1 de mayo de 2024

Frustrados por el trabajo


Se calcula que un treinta por ciento de los trabajadores españoles no están satisfechos con su ocupación. Mientras unos aducen falta de incentivos, otros expresan sus frustraciones tras darse de bruces con la elección incorrecta. 


A veces pienso que todo se resume en esas falsas expectativas que todos tenemos durante nuestros años escolares, cuando, sumidos en nuestros ideales y ansias de triunfar, nos encontramos con una realidad que poco tiene que ver con ese estrellato que promulgan las redes sociales. 
Dinero, viajes por medio mundo,  crecimiento personal, estabilidad, mucho tiempo libre... La mayor parte de los puestos de trabajo no tienen nada de eso. Todo lo contrario. Mal pagados, estáticos, aburridos, esclavistas, inestables... ¿y necesarios? Creo que nadie nos hacemos la pregunta correcta cuando se trata del tema laboral, pues el trabajo, además de permitirnos sobrevivir, dignifica y edifica. 


Pensarán que es una frase muy manida, pero sinceramente, y aunque a un servidor también le encante rascárselos a dos manos, en muchas ocasiones y gracias a mi trabajo, me siento útil para otros seres humanos, presto un servicio a los demás y permito en el avance de nuestra sociedad. Todo (o casi todo) trabajo es necesario, incluso los artistas de circo o los barrenderos. Y eso, ya es bastante

Cuando la noche extiende
su capuchón de estrellas,
el circo también cierra
lentamente sus párpados,
y los artistas sueñan
con playas, con delfines,
con barcos, con sirenas...
Y sueñan que caminan
por las calles estrechas
-entre el ruido y la gente-
de una ciudad cualquiera
y que compran entradas
para ver las proezas
que hacemos las personas
de a pie: el poeta,
la médica, el sastre,
el pastor, la maestra,
la lechera, el mecánico,
el albañil, la obrera
o aquel que con su escoba
va limpiando la acera.
Cuando la noche arranca,
el circo sueña y sueña.

David Hernández Sevillano.
Sueño de circo.
En: Días de circo.
Ilustraciones de Neus Caamaño.
2024. Madrid: Bookolia.



lunes, 4 de diciembre de 2023

Querida Nanen:


Perdona que haya tardado tanto en escribirte, pero todavía no he encontrado la forma de estirar el tiempo. Sé que llevas unos años abriéndote camino en el mundo editorial, discreta, temporada tras temporada, entre los miles de álbumes ilustrados que llenan los estantes. Aunque hasta ahora no te haya dicho nada, he leído todos y cada uno de ellos, y tenía pendiente esta misiva para hacerte llegar mis impresiones.


En cierta ocasión, un editor español me dijo que a él no le preocupaba que un ilustrador le diera una negativa por respuesta. Pegabas una patada y, de la nada, salían otros doscientos dispuestos a coger su oferta al vuelo. Yo me quedé mirándolo de reojo y pensé hacia mis adentros “¿Qué pijo dice este?” Para deshacerme de él lo antes posible, le di unas palmaditas en la espalda y lo mandé a sacarle la pringue a más incautos. Estoy seguro de que si hubiera pensado en ti desde el primer momento, nunca hubiera encontrado sustituto a tu trabajo.


Y ahora dirás que qué mosca me ha picado, que no es propio de un bicho como yo dedicarme a tanto jabón. A lo que yo contesto que mi lengua desatada se equilibra con mi ojo clínico, y cuando este manda, la otra se calla. No nos conocemos de nada, ni siquiera hemos intercambiado dos palabras cuando hemos coincidido en persona, pero eso no quita para darle al césar lo que le corresponde, más todavía en un mundo tan mediocre como este en el que las mafietas y los amiguismos prostituyen lo literario.
Y si no crees mis halagos, ahí van las razones.


La primera es Mi selva, un álbum publicado por Tres Tigres Tristes en el que empezaste experimentando con las miradas. La de un lado, la de otro y la del espectador. Un juego de malabares visuales en el que empezabas a darte cuenta de que las narrativas gráficas tienen montones de posibilidades a la hora de contar historias mínimas enriquecidas por diferentes perspectivas y que ayudan a lo unidireccional, lo bidireccional y el gran plano general.



Ese baile de disfraces entre un niño y su brujo (¿Acaso no son eso los padres?) hijo en el que la imaginación y el campo son esenciales, me pareció encantador. Rosa, verde y negro como colores de ritmo explosivo, estampación como técnica fresca. Un comienzo muy prometedor con una caja de cartón como fondo.


La segunda razón se llama Ensimismada (Bookolia), una oda al amor tardío, a la espera pausada, a la introversión, a la extroversión, a las casualidades, al encuentro entre doña Julia y su nuevo vecino. Seguías experimentando con los colores, con las técnicas. El rojo y el verde brillaban sobre el resto, una combinación difícil pero a la vez acertada. Seguías usando los estampados en este nuevo registro donde los lápices se iban enredando en ti y en el tocado de la protagonista.



Encontré la historia bonita y delicada. Aracne, las Parcas o la Bella Durmiente. Un tributo a todas esa mujeres que tejen, pero que al mismo tiempo las invita a abandonar su zona de confort y mirar hacia fuera, hacia esa plaza en la que bailar al son del cariño es el deseo final.


Mi tercer motivo llegó con La verdad verdadera, un libro editado por TakaTuka que me dejó ver a la Nanen más canalla y subversiva. En esta historia intergeneracional donde una abuela y su nieta mantienen una seria conversación en la que la cría se dedica a exponer las razones por las que la casa está hecha un completo desastre, estuviste muy fina. No solo porque dieras cabida al lado positivo de la mentira, sino porque juegas con nuestra imaginación y nos enredas en una batalla campal gracias a la composición de cada doble página.


Esas mentirijillas que adoptan forma humana, que aumentan de tamaño e incluso en las que también contribuye la abuela, una que rompe todos los esquemas narrativos y se disipa con la sorpresa final, son encantadoras. Y si tenemos en cuenta que toda la acción se desarrolla en una especie de escenario teatral, ¿para qué queremos más?


Seguiste dándome razones con Calma, un conflicto materno-filial que, si bien tiene mucha vis actual, se puede extrapolar a cualquier época. Quejas, reproches y caprichos. Muchas gotas de agua, quizá lágrimas, que van llenando la habitación y la convierten en un estanque calmado donde la madre se zambulle para buscar un lugar seguro ante los constantes abates de su hijo, un déspota contemporáneo. Me encanta la metáfora. Pero cuando, de repente, el hijo acude al encuentro de su madre y, sintiendo una soledad punzante, se sumerge con ella para fundirse en un abrazo, termino cautivado.


Un instante compartido en el que ambos esbozan una sonrisa de perdón, de arrepentimiento, de encuentro, es lo que necesitaba y tú lo has dibujado. Acompañado de esos versos de Lorca (el epílogo perfecto), el formato, el uso de la divisoria entre las páginas, cómo muta el estampado del papel que cubre la pared, y otros tantos detalles, son prueba de tu buen hacer.


Y la última razón es Abandonada en la colina, ganador del premio internacional Recordando a Barbara Fiore. 


Si bien es cierto que hubiera ganado muchísimo con una edición algo más pequeña y en tapa dura (el libro lo merece), he de decirte que es de tus obras más maduras. Sobre todo porque eres capaz de conjugar dos historias simultáneamente y que se entienda a la perfección. Dos protagonistas, la persona y el objeto, se funden en una historia paralela en la que decadencia y resurgimiento van en direcciones opuestas pero complementarias.


La salud mental, el deterioro de la institución familiar, el valor de la libertad, la enajenación y sus consecuencias, la naturaleza como cura de todo mal, el encuentro con uno mismo y el paso del tiempo. Son muchos los temas de los que nos has querido hablar y lo mejor de todo es que somos capaces de leerlo gracias a tus lápices de colores, los recursos del cómic y esa luz que va llenando poco a poco tu narrativa.


Enhorabuena Nanen. Espero que el público sepa reconocer tu buen hacer y se vayan aireando tus obras en este difícil mundo de los libros ilustrados. Con cariño, Román.