Mostrando entradas con la etiqueta Marta Comín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marta Comín. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2026

Juegos, palabras y vueltas de tuerca


Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No solo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.


De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.


Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios


Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.


Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.

sábado, 9 de marzo de 2024

Serendipia poética


Es sábado y llueve afuera. Mientras tanto, una serendipia se abre camino en mi escritorio. Me colma de felicidad. A veces los libros son así. Geniales. Inesperados. Leo, leo y no me canso. Una suerte teniendo en cuenta que el mercado solo sabe ofrecernos productos banales y perecederos. Mucho compromiso y poca diversión. Me gustan las palabras, ver cómo juegan, cómo se retuercen. Menos intensas y más elásticas. Aire fresco es lo que necesito. Para eso te quiero, poesía.
Veintiocho creaciones que sobrevuelan la mesa mientras abro esa ventana que es este libro. No le está mal empleado el título. Que llegue pronto la primavera y, abierta de par en par, llene mi mundo del sabor de la brisa que borra todas las penas.

¿Y cómo sería
si por un día
fuera lógico…

que hubiera pingüirafas
con frac y largas gafas

y dos cocodrilantes
de trompas muy brillantes,

un trío de hipocruces
grandes, de pocas luces,

algunos dinogatos
comiendo de sus platos

y fueran visitantes
de un humanoológico?




Veo silencios que hablan
y no sé ni lo que dicen.
interpreto algunas pausas,
algunos andares libres.

Oigo que el verde anaranja
a pasos que ya no sigo
y, apoyado en la baranda,
mi andar se queda dormido.

Mientras se despierta un mundo
que leo largo y tendido,
espero a que alguien venga
antes que yo me haya ido.

Dani Espresate Romero.
En: Ventanas.
Ilustraciones de Marta Comín.
2024. Barcelona: A buen paso.


martes, 18 de octubre de 2022

Palabras aparte...


Vivimos en un mundo lleno de ceremonias donde lo verdaderamente importante es el boato y la apariencia. Todo se relaciona con lo ritual y nada con la verdad. Prima el relato y se obvian los hechos. Da igual lo que hagas en el reino de los impostores, lo que trasciende es la verborrea.
Y, ¡ay de ti si la utilizas indebidamente…! Mándalo a la mierda o dile hijo de puta al cortijero de turno, que verás la que te cae… El malo eres tú porque has roto esas convenciones odiosas sobre las que se sostiene todo el "establishment" social. A pesar de contrastadas y verídicas, ellos se encargan de restarle credibilidad a tus palabras, denigrarte y callarte. Eres un maleducado y tienes mala ostia, lo peor que puede pasarte en el universo de lo políticamente correcto. Da igual que lleves toda la razón del mundo o que actúes con respeto y elegancia, no vale de nada si hablando no pareces un cura inerte o una asistente social.


Por favor y gracias, buenos días, feliz año, te acompaño en el sentimiento y enhorabuena. Locuciones que se han instalado en el quehacer diario y que se supone dicen mucho cuando en realidad no sirven de nada. Lo digo como lo siento, máxime cuando todos los que se dedican a los discursos lo que en realidad están haciendo es parapetarse tras ellos.
Llenas de toda intencionalidad y vacías de toda humanidad (algo con lo que se suelen confundir los buenos modales), algunas veces las palabras son un juguete sin igual. Para embaucar, para convencer, para justificarse o para vengarse. Solo tienen que ver cómo nos las gastamos en las redes sociales, cómo se utilizan en los telediarios y cómo se pronuncian desde los estrados.


Por eso de vez en cuando no viene mal despojarlas de pompa y bambolla, e infamarlas como se merecen. Ya está bien de tenerlas tanto en cuenta. Menos seriedad y más broma con ellas. Porque total…, son un invento. Retórica, dialéctica, elocuencia, semántica…
Para ello les recomiendo que se hagan con el último libro de Marta Comín. Recién publicado por A buen paso, Un huevo en bicicleta es lo que podríamos llamar un álbum-artefacto. Podría ser un juego. Y lo es. Podría ser un diccionario. Y lo es. Podría ser una competición de chistes. Y lo es. Podría ser un arma. Y lo es. Podría ser un libro. Y también lo es.


En esta ocasión, la Comín elige dos expresiones cualesquiera formadas por un par de sustantivos y/o adjetivos y las representa gráficamente, pero al pasar la página, ¡voilá! Las palabras se combinan y surgen otras dos nuevas expresiones que ella interpreta a su libre albedrío (con esto quiero decir que el resultado es una oda al sinsentido y lo surrealista).


Un ejercicio inmejorable para sacar de quicio al más leído y desbocar la imaginación, el aspecto lúdico del lenguaje, el día a día, y sobre todo, a los deslenguados. Una vuelta de tuerca necesaria donde no hay que perder de vista ciertos detalles que conectan unas páginas con otras y nos llevan hasta una sorpresa final. 
A quien no le guste es porque se toma las palabras con mucha seriedad. He dicho.

martes, 28 de mayo de 2019

La suspensión de la incredulidad


 

Ante tanta cara de incredulidad tras el periodo electoral (la de los votantes me sorprende, pero la de políticos me encanta), he caído en la cuenta de que nunca he hablado en este espacio con tanta ficción de la llamada suspensión de la incredulidad, un mecanismo que todo lector debe conocer. A ello voy.
Aunque en la actualidad se puede extrapolar a muchos ámbitos, véanse los procesos electorales, los videojuegos o las series televisivas, el término suspensión de la incredulidad se acuño hace bastantes años, concretamente en 1817 por el poeta Samuel Taylor Coleridge. Él pretendía poner nombre al efecto que cualquier obra literaria de ficción produce en el lector, es decir, que este asuma un papel dentro de la historia aunque sea consciente de que todo es irreal y sólo se encuentre plasmado en un libro, que el espectador aparte voluntariamente su sentido crítico y se sumerja en un universo nuevo.
Para conseguir esto Coleridge aludía a ciertas características que debía presentar una narración para que el lector accediese a dejar a un lado el mundo real mientras realizara la lectura, que ese pacto entre lector, obra y autor fuese manifiesto, que el escritor convenza y el lector se deje convencer para no echar a perder una experiencia estética, lúdica y/o intelectual. No es lo mismo empaparlo en fantasía épica (imposibilidad verosímil), que en una trama mafiosa o que embeberlo en un drama amoroso (imposibilidad probable), la construcción de esta atmósfera que active la credulidad de lo imposible es diferente dependiendo de cada caso.


Años más tarde la suspensión de la realidad ha ido haciéndose más compleja, quizá porque los lenguajes utilizados en las distintas creaciones culturales han evolucionado y se han diversificado. La televisión o el libro-álbum han incorporado la imagen, estática o en movimiento, en un proceso complejo que facilita ese acceso a la ficción y deje entender las reglas de ese juego que supone el universo creativo. En el ámbito televisivo se me ocurre citar a la exitosa Juego de tronos, una serie por la que millones de espectadores se han dejado seducir hasta el punto de impregnarse de una historia que, a pesar de destilar elementos imposibles, ha creado verdaderos entusiastas.
¿Y puede ocurrir que el lector suprima ese limbo de credulidad, que rompa ese contrato? Por supuesto, sucede no pocas veces ante una novela, una película o un videojuego. Tiene lugar cuando el autor sobrepasa el límite de la permisividad del receptor, es decir, agota un acto de fe. Un giro estúpido, una palabra malsonante, un suceso poco lógico…, hay tantos desencadenantes que esa es la razón de que tanto escritura, como lectura sean ecosistemas frágiles en los que es bastante complicado alcanzar la estasis, el equilibrio.
Para terminar con este prefacio (ya saben que la recomendación viene después), una curiosidad, pues me llaman mucho la atención todos aquellos personajes que han suspendido esa incredulidad totalmente para quedar supeditados por completo al mundo fantástico y que tanto abundan en la literatura. Unos entre los que brilla Don Quijote, protagonista de nuestra obra más universal.


Y si después de tanta perorata no han quedado hartos de creer en lo increíble, aquí les dejo un librito que tras una apariencia sencilla tiene mucha sustancia, pues ¿Y tú, qué crees?, un álbum de Marta Comín (editorial A buen paso), nos atrapa para hablar de los diferentes puntos de vista entre los miembros de una familia (Adivinen quién es el narrador). Y es que este libro colorista, de figuras planas, con detalles sugerentes, y juegos de troqueles y perspectiva, nos cuenta como cada uno creemos las cosas según nos dicte la propia experiencia, nuestros anhelos y deseos, la naturaleza, los prejuicios, los miedos, las supersticiones o la utilidad con la que las rodeemos.
Yo creo que es un título que abre muchas preguntas y nos da respuestas. Creo que hace pasar un buen rato tanto a pequeños, como a mayores (¿Verdad, Ana?). También creo que con él se pueden proponer un sinfín de actividades, en casa o en el colegio. Creo que… ¡Basta! Ya he creído demasiado ¿Y ustedes? ¿Qué creen?


martes, 26 de febrero de 2019

¿Sube o baja la LIJ?



Todo sube y toda baja. Hace unos años los de Podemos estaban en la cresta de la ola, hoy son los de Vox los que les llevan la delantera (Veremos quienes ganan la próxima carrera electoral…). Cuando el Real Madrid no está en lo más alto, es el Barça el que tira millas (ojalá los sobrepase el Atlético, que ya estoy harto de tanta casta). Esto de las sucesiones también pasa con las divas del pop. Primero fue Madonna, le siguió Britney Spears, irrumpió  más tarde Beyonce, después Rihanna, apareció Lady Gaga hasta llegar a Dua Lipa. Así han ido unas y otras, subiendo y bajando.
La cosa no sólo va de estrellas de la canción pues la gravedad pone todo en su sitio (a menos que controlemos eso de levitar). Suben y bajan las grúas, también las norias y los ascensores. Suelen subir los aviones durante el despegue y suelen bajar durante el aterrizaje (esperemos que no sea de golpe). También sube el mercurio (cuando los termómetros se fabricaban con este metal fluido) en verano y desciende con las heladas del invierno. La savia bruta sube por el floema, y la elaborada baja por el xilema. También los humanos cuando crecemos, también los humanos cuando mermamos.


Hay cosas que siempre suben, como la hiedra cuando trepa por los muros, como las burbujas del champán, y cosas que siempre bajan, como las raíces que se entierran en las profundidades del suelo y los mineros que hurgan en las entrañas de los yacimientos.
Incluso la LIJ ha tenido sus periodos de crecimiento y de involución. No sé en qué momento estamos. Quizá la producción sigue subiendo, quizá los lectores continúen bajando, quizá se está acercando la fecha de caducidad, quizá nos hemos empeñado tanto en su difusión y transcendencia que hemos aburrido a cualquier aficionado potencial. Todo depende de cómo las fuerzas se opongan, de cómo sea su módulo, dirección y sentido. Así que mantengamos el equilibrio, nos lo dice Marta Comín en su libro Suben y bajan (editorial A buen paso).


Este libro ha pasado bastante desapercibido por los circuitos del álbum y necesita un hueco en el panorama del libro informativo (quizá no estricto pues la ficción también se abre camino en él) pues constituye una vía gráfica (y narrativa) inmejorable para establecer semejanzas, diferencias y variaciones respecto a las clásicas dicotomías que rigen nuestro lenguaje. Quizá pudiera dirigirse a prelectores y primeros lectores, sobre todo por la economía del lenguaje escrito y unas ilustraciones donde el contraste del colorido, la bidimensionalidad y lo recortado de las formas es muy patente, pero lo cierto es que cuanto más lo leo, más me encuentro en él, no sólo por lo evocador de las imágenes sino por el sentido cíclico que se observa en el orden natural y/o artificial, así que no se dejen engañar por su tamaño o apariencia, pues un adulto también puede ver su reflejo en él.
Por último vaticino que si se hubiera diseñado como boardbook, hubiera subido más… O quizá hubiera bajado… Quién sabe… Todo pasa, nada queda.