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martes, 17 de octubre de 2017

Libritos del pasado que regresan al presente


Los libros tienen una magia especial, no sólo para aquellos a los que nos gusta leer, sino para todos los mortales en general. Desde su concepción de objeto y dejando a un lado la parte más técnica (si quieren saber más de todo esto les recomiendo ESTE POST sobre el libro-álbum como objeto) para centrarnos en la mas emocional, tiene el libro la capacidad de retrotraernos al pasado, de hacernos mirar hacia el futuro, de recordarnos amigos ya olvidados, amores de juventud, viajes y otros muchos nudos vitales. Como muestra, el botón de hoy...


Andaba yo hurgando entre las estanterías de cierta librería madrileña (los monstruos tenemos mucho que ver con tejones y mapaches) cuando de repente me topé con dos libritos, de esos que te caben en la mano, de los que un niño puede pasar las páginas y no parecer torpe y desmanotado. Con su tapa dura, su sobrecubierta, ilustrados. Bonitos, bonitos, oiga. Al principio no los reconocí, pero empecé a darle al coco y me fueron resultando familiares. “Si yo juraría que este anda por alguno de mis estantes... Pero, ¿se titulaba así?”... ¿Y este otro? Me da en la nariz que lo leí en mis primeros años de escuela...” Fui a casa y continué hurgando y, efectivamente, allí estaban, vivitos y coleando.



El primero de ellos era Juanito Diminuto, un libro de Wilhelm Busch (sí, sí, el autor de Max y Moritz) que, aunque editado en 2014 por la editorial madrileña Reino de Cordelia que tantísimos buenos trabajos nos está trayendo durante los últimos años, para mí se titulaba Chiquito ya la edición con la que cuento es la de la Biblioteca Infantil de RTVE / Marpol (luego, leyendo el prólogo de la nueva edición, constate que los editores de Reino de Cordelia, también conservaban un ejemplar), una colección que recogía algunos de los libros mencionados en los contenidos del programa “Un globo, dos globos, tres globos” que se emitía en los ochenta en los canales de la televisión pública y que fue traducida por María Puncel con dicho título. Es un libro hermoso, con los grabados originales del artista que narran las peripecias (rimadas) de un niño diminuto que vienen a inspirarse en las de la Pulgarcita de Andersen. Una delicia, vamos.



Placa conmemorativa sita en el número 8 de la Calle Arenal de Madrid.

El segundo era Ratón Pérez por el padre Luís Coloma e ilustrado por la mano de George Howard Vyse, una historia que ha sido reeditada por la catalana Biblok en su colección Neverland. Esta narración que data de 1911 es una de las más olvidadas del ideario literario infantil español, ya que poco ha trascendido desde entonces a pesar de ser un ejemplo histórico de este tipo de literatura en nuestro país. Este cuento nació como un encargo que la corte española realizó al citado jesuita andaluz -autor también de otros cuentos para niños como Ajajú o Periquillo sin miedo- para agradar al por entonces príncipe Alfonsito o Buby (que era como la Reina Doña María Cristina llamaba al que más tarde sería el rey Alfonso XIII) cuando con ocho años se le cayó un diente. Si tienen curiosidad, les recomiendo echar mano de esta edición y disfrutar de las aventuras de este personaje que tanto calado tiene en la tradición oral iberoamericana.



viernes, 31 de marzo de 2017

Entre ficción y realidad


Las carteleras lucían la semana pasada el estreno de la última superproducción de la factoría Disney, La bella y la bestia, una película -se supone- para todas las edades (N.B.: Estos saben lo que hacen... Los niños necesitan cuentos de hadas, los adolescentes babeando con la Emma Watson, y los que empiezan a peinar canas recordando su infancia con la versión de dibujos animados que cautivó a medio mundo. Resultado: negocio redondo) que está basada en la versión homónima de esta historia (y bastante edulcorada, por cierto) de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Y digo versión porque, aunque se le atribuye a esta señora la autoría del relato, en realidad pertenece a Gabrielle Suzanne Barbot de Villeneuve (1740). No obstante y teniendo en cuenta que la literatura es un proceso en evolución y revisión constante en el que suceden multitud de procesos de mutación, hay que decir que esta narración recibe muchas influencias de la literatura occidental ya que se pueden encontrar muchas similitudes en los cuentos de otros autores (ver La piacevoli notti de Gianfrancesco Straparola de 1550 u otros cuentos de Perrault, Madame d'Aulnoy o Giambattista Basile) que a su vez se pueden relacionar con narraciones clásicas entre las que destacan las de Cupido y Psique, Edipo o El asno de oro incluidas todas ellas en La metamorfosis de Apuleyo (siglo II).



Otro dato interesante es que la historia de Villeneuve, además de estar influenciada por todos los autores que se han citado, parece ser que está relacionada con un hecho histórico protagonizado por un español, concretamente Petrus Gonsalvus un tinerfeño de origen guanche que nació en 1537 y que sufría hipertricosis, una mutación genética que provoca la hiperproliferación de vello largo y espeso por todo el cuerpo incluyendo el rostro y otras zonas que generalmente se encuentran lampiñas. Cuando contaba diez años de edad fue enviado como regalo a Bruselas, a la corte del emperador Carlos V. Durante la travesía, el barco en el que navegaba fue apresado por unos corsarios franceses que posteriormente lo entregarían como obsequio a Enrique II por entonces rey de Francia. Es allí donde Petrus recibió una educación refinada y se le concedió el tratamiento de “Don”. A la muerte del monarca, su esposa Catalina de Médicis, le concertó matrimonio con Catherine, una joven francesa. Tras la sorpresa inicial (ingrata) de Catherine, ambos se fueron conociendo, congeniaron y llegaron a tener seis hijos, cuatro de los cuales heredaron la mutación de su padre. Petrus Gonzalvus murió en 1618 con ochenta años.


He aquí dos pruebas más de que la Literatura, se oriente hacia los niños o los adultos, está relacionada con muchas cuestiones de la vida. la Literatura también tiene sus historias, coincidencias de las que muchos se olvidan pero que hay que recordar de tanto en cuanto (¿o cuento?). Lo único que espero es que, dentro de medio siglo (si llego), no tenga que escuchar que la bestia no es más que una invención de los estudios de Micky Mouse. Sería un varapalo para la historia, para Petrus Gonsalvus y Barbot de Villeneuve.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Sobre espejismos y realidades catalanas


Ya se han terminado los días de consultas populares (con mucho civismo a la europea y más folclore a la española), pero ahora seguiremos enredando más la madeja con el juego de dimes y diretes que se ha instalado en las altas esferas de la política, a tenor de la independencia catalana. Así que, cómo no, hoy toca análisis de lo acontecido, aunque lluevan las críticas sobre mi persona (no es la primera vez...).
Lo de ayer fue de risa, no sólo porque votaban los mayores de dieciséis años (¿Desde cuándo se tiene derecho al voto antes de la mayoría de edad? ¿También les venderán cava esta navidad?) y los residentes, fueran estos alemanes o argelinos, en Cataluña, sino porque Mas ya no sabía qué decir en la tele y Rajoy se pasó la jornada escondido en su ratonera de la Moncloa siguiendo la última hora de la pantomima.
La gente como un servidor (que los hay) estamos hartos de tanta cortina de humo, no sólo porque oculta otros -por no decir montones de- problemas más serios que nos acechan en la actualidad y durante los años venideros, sino por el trasfondo del asunto… Debajo de todo esto en vez de agresiones verbales, radicalización, opresores y oprimidos (cada uno cuenta la película como la ve…), y otras muchas razones que se han esgrimido desde la dictadura de Videla, pasando por el chavismo o el holocausto judío, está la mayor de todas, conocida vulgarmente como “la pela”. Son los billetes y no otros motivos, quienes enardecen a políticos y sus posibles seguidores (me encantaría saber si han votado y qué, los presentadores de “El tiempo” en La 1, Risto Mejide, Jordi Evolé, Gerard Piqué o Jorge Javier Vázquez).
A pesar de que algunos pretendan enriquecerse y controlar el cotarro (¡pájaros manejantes!), siempre he creído que los nacionalismos paletos traen miseria e ignorancia. Cerrarse al mundo por creencias y doctrinas no es bueno ni para la mente, ni para el bolsillo, algo que muchos empresarios catalanes (N.B.: ¡Cuántas buenas y rentables empresas ha dado Cataluña a nuestra economía!) saben y se instalan en “territorios españoles fronterizos”, además de inculcar a sus hijos el castellano (un mercado de 500 millones de hispanohablantes y una lengua que el gobierno catalán intenta desterrar de la escuela pública) en colegios privados de Barcelona, Valencia o Madrid.
Y yo me pregunto: ¿Qué será lo próximo? ¿Nacionalizar empresas españolas en Cataluña? ¿Perseguir y condenar a trabajos forzados a los que están en contra de la escisión de este territorio? Me suena a chompa y tercermundismo… El tiempo nos lo dirá, pero creo que sería más útil para todos estar en un mismo barco y remar en una sola dirección, porque, si mal no recuerdo, es el estado español el que paga los sueldos de todos los funcionarios a cuenta de emitir deuda pública, algo que obvian los medios informativos de ciertos territorios donde el independentismo es el pan de cada día.
Para todo ello y sin ánimo de ofender, debemos recordar el mensaje que Mark Twain nos hace llegar a través de su Fábula del gato, el espejo y el cuadro, un relato acompañado por las ilustraciones de Carla Olivé y publicada por la editorial Gadir. Todos vemos lo que queremos ver, algo que no depende de la realidad, sino del reflejo que esta nos devuelve a instancias de nuestra misma imaginación.


miércoles, 5 de octubre de 2011

De huelgas de profesores...



Dado que algunos de mis compañeros han ejercido su derecho a huelga y los alumnos, solidarizándose con ellos más por perrería que por convicción, no han acudido a las aulas, me he podido permitir el lujo de meditar sobre la situación educativa actual que tanta polémica está originando.
Cada país tiene la Educación que se merece y éste, el nuestro, no es excepción alguna. Entendiendo por nación todas aquellas personas que viven en un territorio y a las que une un sentimiento y cultura comunes, diría que, es el ciudadano, no sólo votando, sino actuando como tal, quien decide el sistema educativo que desea. Seguramente al leer esto echarán balones fuera y se autoconvencerán de que siempre han apostado por una “Educación pública y de calidad” (¿quién acuño este término?, ¿acaso la Educación no es universal…?), pero déjenme advertirles que, muchos de ustedes, cultos y leídos, de viva voz, me han hecho llegar su enfado con el profesorado, con nuestro salario, con nuestras vacaciones e, incluso, con nuestra formación, resumiendo, con nuestros privilegios, para finalmente regalarnos todo tipo de improperios e, incluso, depositar sus esperanzas en la enseñanza privada, esa que no toca los cojones y regala calificaciones estratosféricas a sus malcriados hijos… Jamás me he comparado con nadie, realizo mi labor al margen de la envidia que envuelve a este país. Y me defiendo: Yo trato cada día de soportar la mala educación de los hijos de otros mientras ellos lamen culos de izquierdas o derechas, disfrutan de vermús que alcanzan las veinte mil pesetas de antes o están en manos de su amante, razones más que suficientes para merecer algo de respeto por parte de un país que terminará engullido por su propia necedad, por su propia ignorancia.
Les afirmo rotundamente una cosa: sacrificaría todos esos privilegios que según muchos tenemos los docentes en pro de recuperar la goma de butano, la regla de madera y el castigo físico. Lástima que no sea así y no se recupere la verdadera esencia que impregnaba la Escuela, esa que leí hace unos días en Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos.

La escuela, la flor, la flor, la escuela…
Todo iba muy bien, cuando Godofredo entró en mi clase. Pidio permiso y fue a hablar con doña Cecília Paim. Sólo sé que señaló la flor en el florero. Después se marchó. Ella me miró con tristeza.
Cuando terminó la clase, me llamó.
-Quiero hablar contigo, Zezé. Espera un momento.
Se puso a meter las cosas en su bolsa y no acababa nunca. Se veía que no tenía ningunas ganas de hablarme y buscaba el valor entre ellas. Al final, se decidió.
-Godofredo me ha contado una cosa muy fea de ti, Zezé. ¿Es verdad?
Dije que sí con la cabeza.
-¿Lo de la flor? Pues sí, señora.
-¿Cómo lo haces?
-Me levanto más temprano y paso por el jardín de la casa de Serginho. Cuando el portal está solo entornado, entro deprisa y robo una flor, pero hay tantas, que sobran.
-Sí, pero eso no está bien. No debes hacer eso más. Eso no es un robo, pero es un “hurtito”.
-No, no lo es, doña Cecília. ¿No es el mundo de Dios? ¿No es Dios todo lo que hay en el mundo? Entonces las flores también son de Dios…
Se quedó pasmada con mi lógica.
-Sólo así podía hacerlo, señora maestra. Allí, en mi casa, no hay jardín. La flor cuesta dinero… y yo no quería que en la mesa de usted estuviera siempre el florero vacío.

martes, 27 de septiembre de 2011

La otra mirada





De sobra conocido, el veranillo de San Miguel, se antoja una buena época para membrillos y otros engendros… También el periodo ideal para que un servidor vuelva a la carga, no sea que sufran de varios jamacucos, debidos, en gran parte, al síndrome de abstinencia provocado por la desconexión literaria en la que les he sumido durante los pasados meses. Déjenme ser sincero (más todavía…) mientras les digo que no les he echado de menos. Nada, ni tan siquiera un ápice… Pero no se ofusquen, por favor… En vez de “desapego”, llámenlo “desconexión”.
Les podría comentar con todo lujo de detalles mis devaneos estivales, pero dispongo de poco tiempo para las noticias de este nuevo curso que empezamos (no me reprochen nada: descarguen su ira sobre el maestro armero, que el aquí firmante es un mandao…), por lo que iré directo al grano y les desgranaré una de mis lecturas playeras que, además, se ha revelado como novedad editorial recientemente.
No es lo mismo dedicarse a la escribanía que a la escritura, dos oficios estos con mucha solera. Aunque ser escriba esté más que obsoleto y prácticamente extinguido, se me antoja una profesión de mucho talento y concentración, no apta para la mayoría de mis alumnos, auténticos ineptos en cuanto a caligrafía se refiere. En la cultura oriental, el calígrafo, el que escribe, merece el reconocimiento ajeno, un trabajo introspectivo que, rebosando intimidad, busca el interior de uno mismo, mensaje que Herman Melville, en su obra Bartleby, el escribiente, lanza al lector. Alejándose de la intrincada creación de un personajes monumental, Melville se decanta en este relato por un protagonista que, ajeno a la realidad, puede servir como espejo -o espejismo- al espectador que, con cierta extrañeza, mira casi con piedad, a los ojos de esta especie de mártir anónimo, para llegar a la conclusión de cuán grande, cuán mezquina, es la naturaleza humana.
Decir que, pese a haber sido editada en incontables ocasiones, no creo que Bartleby sea una narración apta para adolescentes en ciernes ya que, bajo esta ligera apariencia, subyace una visión adulta: la otra mirada.

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Feliz Navidad!


Esta noche es Nochebuena… ¿A quién se le ocurriría la maravillosa idea de darle una denominación tan poco acertada? He aquí los motivos que me inducen a elucubrar sobre el asunto:
a. Durante la noche de este viernes celebramos la instaurada cena en la que familiares y otros seres del Averno, departimos con buen humor y alguna que otra puñalada. Confraternizamos con el cuñado o la nuera a base de toda una suerte de elogios y maldades, un ejercicio necesario, más que nada para sentirnos vivos y despellejarnos a gusto mientras nos dedicamos la más falsa de las sonrisas, que bien mirado es más sano que echarse la mano al cuello.
b. Riñas españolas aparte, aquí lo que importa es, derrochar billetes a mansalva en el Mercadona, llenar el buche como los pavos, ponerse como el Kiko Pantoja y, finalmente, como en cualquier bacanal romana, acercarse a la escupidera más próxima y vomitar a rienda suelta el amasijo de champán, langostino cocido, piña en almíbar y turrón de chocolate que momentos previos hemos engullido como verdaderos hambrientos.
c. Dejando a un lado el asunto estomacal, llega el turno de hablar del atuendo, pieza clave en toda reunión de alterne navideño. Desempolvar el fondo de armario, quitarle la polilla y embutirnos en esa pieza de mediocre costura que otrora nos sentaba como anillo al dedo es un auténtico ejercicio de valentía, por repetir vestimenta año tras año, por soportar los comentarios que despierta entre los allegados.
d. Y por último, si la suegra, la gastronomía y/o la moda no acaban con nuestra paciencia, seguramente los llantos de algún sobrino malcriado (les prometo que decapitaría a más de uno), la visita inesperada de algún vecino cuya cocina se ha incendiado, la borrachera del cuñado de turno, la llegada de la policía o las discusiones más variopintas, serán motivo suficiente para coger el abrigo, repartir besos a doquier y, mientras bajamos al portal, prometernos una vez más que la próxima Nochebuena nos quedaremos en casa, abriremos una lata de sardinas, nos hincharemos a vino con gaseosa y seremos los seres más felices sobre la faz de la Tierra.
En cualquier caso es Navidad y me creo en el deber de recomendarles un libro apropiado para la época, que en este caso es (en mi modesta opinión) el mejor libro de temática navideña jamás escrito: Cuento de navidad de Charles Dickens (en la imagen una edición ilustrada por Lisbeth Zwerger disponible en castellano –Destino- con el título de Canción de navidad). Léanlo, es mi particular forma de desearles una FELIZ NAVIDAD.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Otoñales


De súbito y por fiel mandato del calendario, ha arribado el tan poco esperado otoño, ese que arremolina las hojas en los soportales y bufa a través de las rendijas.
La verdad es que se veía venir que las estaciones de este año iban a ser muy académicas, casi de libro, cosa rara en los países mediterráneos, donde, por cuestiones de demasiado sol y poca lluvia, nos conformamos con dos: el invierno y el verano. En cualquier caso se agradece semejante transición meteorológica, porque cuando el invierno nos asusta de golpe y porrazo, la nariz se torna inerte y los riñones crujen de frío... Me conformaré con ver brotar de la tierra el azafrán que de color nazareno tiñe los campos y llenarme el buche de los hongos más variopintos (a ver si este año hay más suerte con los alumnos y se pierden entre los pinares con tal de agradecerle a este humilde maestro las lecciones que imparte…).
Y para empezar esta temporada de musgo y árboles desnudos, de lluvia y bombillas tempranas, les sugiero un título que se me antoja muy otoñal, La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving (si he de recomendar alguna edición me decanto por la de la editorial Alba, un alarde de exquisitez si atendemos a las ilustraciones de Arthur Rackman), una de esas historias sencillas con bastante misterio que han arraigado en la cultura popular, sobre todo norteamericana. Y se preguntarán: “¿Por qué otoñal?” Reside en el ideario colectivo esa premisa de que el miedo, la tensión y otros tembleques, han de ambientarse con carámbanos, temperaturas bajo cero y nieve para parar un tren, cuestión creo que debida a Hollywood y sus producciones. Pero, si tuviera que elegir una ubicación climática para cualquier historia truculenta, me decidiría por las lluvias constantes del otoño, la luz apagada del otoño, la desnudez de los bosques en otoño, la fuerza del viento en otoño, el barro en otoño y la soledad del otoño. ¿Y ustedes? ¿Qué eligen?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Negando el servicio al poder


Como larva insaciable que, minuto a minuto, devora los brotes jóvenes, así es la indignación que corroe mi pensamiento estos días, presa del espanto que nuestra condición puede desatar… “¿A que se referirá éste, tan sentido?” Dirán.
Les hablo de ese desgraciado chaval, acusado en falso de infanticidio y que tantas portadas y telediarios ha copado. Tamaña gravedad que nos resultaría cotidiana si fuese verdad. Pero no, en este caso la inocencia se hizo esperar, tanto, que la democracia popular dictó rápida sentencia, eso sí, jaleada por las necias y arribistas palabras de políticos asquerosos y malnacidos. Pero ya es tarde: no hay justicia que resuelva esa afrenta de honor que pagará de por vida.
En ocasiones, con acontecimientos como este, siento el impulso de abandonar esta palestra, olvidarme de mi individualismo, resumirlo en miedo. Miedo al corrupto poder, al fascismo que esconden las siglas, a sus represalias… No importa quién seas o lo que hagas, ellas, las siglas, siempre estarán esperando, al acecho, para sacrificarte en aras de su victoria, de su encumbramiento, dejando entrever una vez más que el individuo no es libre hasta que las relega a un segundo plano, hasta que es dueño de su propia libertad, esa por la que luchamos en solitario cuando estamos acorralados. Libertad que Francisco Ayala promulgaba desde la azotea de la edad.
Lean a Ayala, el liberal español de todo un siglo. Lean estas frías tardes. Lean. Porque cuando alguien elige leer también hace uso de su libertad.
Dudo que la Literatura pueda hacer de nosotros mejores personas, pero sí, al menos, puede hacernos reflexionar sobre lo que nos acontece a diario pese a ser ese animal racional que otrora definieron los ilustrados.

martes, 13 de octubre de 2009

Del progreso


Auténticos visionarios; así deberíamos llamar a muchos autores de un pasado no tan lejano que dejaron en sus escritos numerosas ideas y avances de los que en la actualidad disfrutamos como si hubieran existido siempre. Desde la televisión, el avión o los cohetes espaciales, pasando por los engendros robóticos y otras creaciones del aluminio y el acero inoxidable, la Literatura -no bien nombrada- de ciencia-ficción nos ha provisto de muchos vaticinios sobre todo aquello que iba a mejorar (o empeorar, todo sea dicho de paso) nuestras complejas vidas. Podría ser pretencioso tratar a escritores como Julio Verne, de profetas que predijeron el futuro de manera acertada, pero como uno es de naturaleza inquieta y registra las páginas de los libros con fruición y cierta parsimonia, afirmo que no sólo actuaron como meros observadores/descriptores de lo que nos viene, sino que integraron en sus obras discursos casi filosóficos que nos hacen recapacitar sobre lo ético del avance científico y tecnológico.
Hoy día, bajo esta tecnocracia que tanto nos venden los señores de los medios de comunicación (¿Será este el motivo por el que el “bienintencionado” y censor matrimonio Kirchner está poniendo “remedio” a la libertad de prensa argentina…?), somos muy pocos los que nos paramos a pensar en las bonanzas y perjuicios de este o aquel invento, ya que la mayor parte de la sociedad ni se inmuta ante los categóricos beneficios que proclaman Microsoft, Apple, Wolkswagen o General Motors sobre sus productos. ¿Habremos caído en la desidia?... Ante una respuesta convincente, me limitaré a ejercer de androide con grado de satisfacción 5.82, encenderé el televisor y el reproductor de DVD, disfrutaré con Blade Runner y, una vez que termine esta pieza maestra del séptimo arte, abriré Robbie y otros relatos de Isaac Asimov (editorial Vicens Vives) para decidir si merecemos perecer bajo los montones de chatarra con los que el progreso nos dilapida a diario.

martes, 29 de septiembre de 2009

Cegados por los libros


Todos tenemos claro que venerar los libros puede ser un hábito contraproducente para la salud. Más todavía, si al desquiciamiento de Don Quijote o Madame Bovary añadimos la condición de personas poco recomendables (N.B.: no conozco a ningún lector inofensivo…), por lo que afirmo que los libros tienen graves efectos secundarios tras buenos atracones intelectuales –u ociosos-.
De uvas a peras, a pesar de lo muy chiflados que estemos por los libros, no viene mal eso de bajar de las nubes y del mundo literario, e ingresar en la existencia más real de la carne, el hueso y la hipoteca, porque bien es sabido que quien abandona estos lares por otros más gustosos –léanse Telecinco, Kriptón o Namec-, sufre horrores en su regreso al asfalto. Es lo que tienen los vicios, sean novelas o meta-anfetamina en cristal, y los viciosos: que evaden a uno del aburrido deambular.
Hay que vivir con los libros, no de ellos (de esta afirmación quedan exentos libreros, bibliotecarios y otros seres nacidos tras la aparición del papiro), no sea que, como el señor Mendel, Mendel el de los libros (Stefan Zweig, editorial Acantilado) necesitemos una guerra para pegarnos un batacazo de ensimismamiento editorial y suframos lo que no está escrito por no estar al loro de los acontecimientos diarios.
Aunque pensándolo detenidamente, en la historia de Mendel, los libros se vengaron doblemente. Se vengaron de él por su exceso, se vengaron de él por defecto… Y finalizo advirtiendo una vez más que no hay mayor castigo que la ignorancia, en este caso la ignorancia de quienes lo castigaron.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

De las chanzas del amor



Algunos que beben romanticismo a diario proclamarían que el amor es el motor del mundo mientras los más realistas disentirían de modo firme y tajante. Esta vez, yo, quien siempre se lanza a la palestra, permaneceré cauto en mis afirmaciones.
Veo poco amor en el mundo que contemplo a diario. En los autobuses, en los bares, en los centros de trabajo…, veo poco cariño en lo que me rodea, ninguna hospitalidad, nula solidaridad. ¿Cómo algo que no está presente es capaz de hacer girar los engranajes de nuestra existencia? Quizá ese amor no es palpable, es un amor que subyace bajo la tristeza, la envidia, el dolor o el sufrimiento. ¿Es el amor escondido, ese que te desgarra y asola, un efecto o una causa? Piedra angular dirían muchos, mero espejismo afirmarían otros. Un servidor ya no sabe qué creer…
Cada uno cuenta la película según le va (o según querría que le fuese)…, y si no, fíjense en los protagonistas de las dos obras de hoy. De la primera ya comenté algo en cierta ocasión -más de oídas que otra cosa-, pero ahora que lo he leído puedo decirles más chismes sobre él. Un grito de amor desde el centro del mundo, del nipón Kyoichi Katayama, es un categórico libro de adolescentes para adolescentes (si atendemos a las ventas del mismo, aseguraré que la literatura juvenil está de enhorabuena ya que las editoriales y los lectores adultos parecen pirrarse por este tipo de libros aunque sean enmascarados como novelas maduras) pero, aunque el argumento está bien elegido, la lectura no cubre mis expectativas –quizá por las características de la literatura moderna japonesa, sea dicho de paso- ya que se instala en una dilatada nube de sutilidad infinita que no trasciende lo desgarrador que puede llegar a ser el final… No sé…, no deja sentirse esa empatía que esperaba del amor ideal y eterno, aunque pienso que es una sugerente recomendación para chicos con las feromonas por las nubes (Evaristo, lo siento enormemente pero desde que leí Samurai, de Hisako Matsubara, todo el amor se me queda pequeño).
El segundo título, El amor de Erika Ewald, es una pequeña lección –pese a la densidad del texto, no hay mal que por bien no venga- para todos aquellos que se ciegan de amor, viven aterrorizados por sus propios sentimientos y, finalmente, se desengañan. Como Erika Ewald, ¿quién no se ha decepcionado alguna vez?, ¿quién no ha deseado defenestrarse por desamor? Esta pequeña historia de Stefan Zweig (editorial Acantilado) debería ser lectura obligatoria para quinceañeras mojigatas y sentidas que no se detienen a pensar que el amor se esconde en cada rincón del mundo, en cada mota de polvo.

martes, 25 de agosto de 2009

El capote



“EL CAPOTE” de Nikolái Gógol. Ilustraciones de Noemí Villamuza. Nórdica Libros: noviembre de 2008.

Un pequeño tesoro se hace grande cuando quien lo toca y lo retiene posee un alma humilde. Akaki, en este relato, es esa alma humilde cuya paupérrima vida da un giro por el simple hecho de verse obligado a encargar un capote nuevo, que ha de sustituir a su ‘casi transparente’ capote viejo.
En su insignificancia y pobreza, la simple perspectiva de poseer algo nuevo y bello hace sentir a nuestro protagonista como un hombre animado, decidido y acompañado. A pesar de que su ansiado tesoro vaya a ser de tela común, y vaya a ser adornado con piel de gato y no de marta; el capote es para nuestro antihéroe del ‘material del que están hechos los sueños’.
Para llegar a alcanzarlo, Akaki desarrolla toda una pequeña estrategia, busca mil veces alternativas, y ahorra de las formas más peregrinas: incluso saltando por las baldosas para no gastar las suelas de sus zapatos.
Gógol relata esta pequeña historia con tanta ironía: que nos arranca una sonrisa; con tanto descaro: que dejamos que conduzca la historia hacia donde desee; con tanta libertad: que no nos extraña que deliberadamente sea impreciso en sus descripciones, e incluso crítico con otros escritores que creen en la omnisciencia del narrador.
Y aunque Gógol es irónico, fresco y libre; su mensaje es desgarrador: ‘Cuánta inhumanidad hay en el hombre, cuánta grosera ferocidad se ocultan en los modelos más refinados e irreprochables …”; y nuestro héroe no tiene otro destino que el de ser vapuleado primero por sus congéneres, y después por un ‘personaje importante’ que le sume aún más en la desgracia, sólo vengada gracias al libre albedrío de su creador.
Noemí Villamuza subraya con sus ilustraciones la pequeñez física de Akaki y su carácter apocado. Así como la veneración de nuestro héroe por el único objetivo de su vida antes de encargar su capote: copiar con buena letra aquello que escriben otros. Noemí nos permite también admirar la arquitectura sanpetersburguesa, rica y refinada, cuya cúspide sólo llega a alcanzar, efímeramente, Akaki portando su capote nuevo.
Y nuestro pequeño tesoro será abrir este libro, y dejad que acaricie nuestro intelecto, nuestros ojos y nuestros dedos. Sin siquiera la ambición de poseerlo, sino de disfrutar del material del que están hechos los sueños.
Autora de la reseña: Miriam Abad Peña. Madrid (España).

martes, 23 de junio de 2009

Crisis de creatividad


-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.

Oscar Wilde
El príncipe feliz y otros cuentos.
1997. Madrid: Anaya.

martes, 16 de junio de 2009

Preguntas y respuestas



Muchos son los que se extrañan de mi sempiterna (o eso intento) sonrisa y se pasan la vida preguntándome cómo la consigo –les aviso que hay cualidades que, lejos de ser innatas, necesitan cierto entrenamiento-. Unas veces respondo que se debe a la suerte y otras a que realmente soy un afortunado: tengo una familia que me quiere, un trabajo que me gusta, pocos amigos con los que comparto multitud de cosas, demasiados enemigos que me gastan malas pasadas y un sinfín de circunstancias más.
Pese a estas respuestas un tanto opacas (a veces tenemos que aprender a contestar lo que la gente quiere oír…), pienso que lo que más feliz me hace de todo lo que tengo es no pensar en lo que no tengo (¡Joder, me ha salido un trabalenguas!). La felicidad, la mayor parte de las veces, se resume en conformarse. Conformarse con una sonrisa a la que le falta un diente, conformarse con un paseo sobre el barro, conformarse con mirar las estrellas por un agujero, con una vieja silla, conformarse con un mal libro, conformarse con una tostada medio quemada, con una canción a medio cantar… Claro está que luego, cada uno tenga la potestad de querer, decidir y conseguir cambiar lo que no le agrade, cosa igualmente necesaria e independiente de la otra.
Sobre este tema, la felicidad o la infelicidad –según se mire- son miles los libros que se han escrito en la Literatura Universal (por no decir todos), y hoy, de entre estos he elegido un relato que es novedad editorial, Las tres preguntas, de León Tolstoi (en la edición de Gadir que les propongo, con ilustraciones de Raquel Marín), una pequeña fábula con tres preguntas y algunas respuestas.
Y, como punto final y por no dejarles con la duda, les diré que con lo que más me conformo es conmigo mismo mientras doy las gracias por vivir, por poder sentir todo lo que siento y por compartirlo con quien esté a mi lado en ese instante.

martes, 9 de junio de 2009

Debidamente orientados


Siempre estamos a vueltas con qué es la Literatura Infantil, y a veces, con libros como el de hoy, uno se atolondra como si de un mazazo de sofocante calor se tratase. Sin mucho más que decir, les presento: queridos lectores, Un niño prodigio de Irène Némirovsky. Irène Némirovsky, mis seguidores (seguramente algunos/as de ustedes conocerán el título más famoso de la autora de hoy, Suite francesa, por el éxito obtenido recientemente -la verdad es que yo no…-, así que estarán familiarizados con su prosa, bien trabajada y áspera, casi rugosa, por lo que todo lo que diga les puede parecer una chorrada).
Una vez realizadas las presentaciones es hora de entrar al trapo. Allá voy.
Enmarcada en una colección de literatura infantil y juvenil (editorial Alfaguara) Un niño prodigio podría clasificarse como “obra para lectores maduros” pese a ser un título de escasas 70 páginas (me alucina comprobar que las editoriales sigan utilizando como criterio de selección la extensión de los volúmenes). Una de las razones es su nivel de lectura que, aunque de fácil comprensión, es intenso, ya que se pueden establecer varios niveles de interpretación muy variados y dispares.
Está claro que la LIJ no tiene que ser sencilla, ni plana, ni censora, pero hay veces que, bajo la prosa, subyacen intenciones del autor demasiado complejas e ininteligibles que pueden provocar lecturas equivocadas en ciertos lectores de poca edad. Considero que Un niño prodigio es un buen libro para jóvenes debidamente formados y con la suficiente capacidad para enfrentarse a los tres motores de esta narración: la realidad del fracaso, el amor juvenil y el irracional capricho.
Como punto y final, cabe decir que casi cualquier libro es alimenticio (está claro que los hay más sabrosos, más insípidos, más nutritivos y menos), y que si a eso añadimos una correcta orientación puede que no resulten ofensivos, ni lleguen a turbarnos considerablemente. De todos modos, no se priven, lean Un niño prodigio y háganme saber su opinión.

lunes, 30 de marzo de 2009

Ahorradores



Esta mañana de lunes nos ha sorprendido con la intervención de Caja Castilla-La Mancha por parte del Banco de España. Está claro que a todo gorrino le llega su San Martín, pero algunos esperaban que, como por arte de magia, la fecha señalada se demorase un poco más… Y es que cuando políticos y prestamistas se hermanan, es mejor echar a correr, ya que, no sé cómo, siempre somos los mismos quienes pagamos el pato (me incluyo porque todos mis ahorros están en la citada caja de ahorros y monte de piedad). Se rumorea que aeropuertos, obras faraónicas y empresas inmobiliarias son los deslices inversores que han llevado a la ruina a esta entidad bancaria, pero me atrevería a decir que los que manejaban este cotarro no tenían ni puta idea de economía y a lo más que aspiraban era a enriquecerse a costa de las pensiones de los jubilados. Y así pasa…
Ya lo dijo Andersen: ser algo en la vida cuesta trabajo… Así que tomen buena nota, amigos y amigas: si algún día les toca educar en el arte de la vanagloria, háganlo lejos de los ardides de la picaresca y del tema morrocotudo, que algunos estamos hartos de tanta jeta y preferimos a los que aspiran a un reconocimiento digno fabricado con el trabajo diario y el esfuerzo constante… Y si ahorran una peseta, guárdenla debajo del colchón…

Yo aspiro a ser algo, decía el hermano mayor de otros cinco: quiero ser útil en el mundo. Aunque de humilde oficio, si de él reportan mis semejantes algún provecho, llegaré a ser algo. Voy a ponerme a ladrillero, y como los hombres no pueden pasar sin ladrillos, he aquí que ocupándome en fabricarlos, podré decir que sirvo de algo.
-Es verdad, contestó el segundo; pero con muy poco te contentas. ¿Qué significa hacer ladrillos? ¿Quién no es capaz de fabricarlos?
[…]

Andersen, H. C. 1983. Algo. En: Cuentos.

martes, 3 de marzo de 2009

Hombres grises



La taxonomía humana es una buena afición si le sabes sacar partido. Se lo dice todo un experto en esta “ciencia” tan poco razonable… Si están interesados en practicarla, les conmino a elegir el mejor banco de un concurrido paseo, determinen también una banda horaria en la que llevar a cabo sus observaciones empíricas y, finalmente, tomen asiento y deslúmbrense por la fauna humana que concurre ante ustedes. Anoten todo tipo de datos sin discriminar ni los obvios, ni los suculentos: tamaño relativo, altura, color de piel, belleza, bufanda o pantalones, gorras, sombreros y boinas, perros, gatos u otro tipo de acompañantes, número de arrugas, paraguas… y miradas, sobre todo presten atención a sus miradas… Todos son parámetros útiles a la hora de establecer una correcta clasificación de los transeúntes.
Practiqué este curioso pasatiempo durante unos cuantos años. En metros, autobuses parques, bibliotecas… Y les puedo susurrar (espero que me oigan) que sólo hay dos tipos de personas: las que están llenas de color y las que no, las personas grises.
De todos modos he de advertirles que, muchas veces, estas personas grises son mero producto de las circunstancias y que detestan ser así, porque también anhelan llenarse de vida, abandonar la monotonía en la que están sumidos y pasear sobre el arco iris…
El caso es que, como bien cuenta Fernando Alonso (no el de los coches, como dijo un seguidor de esta bitácora) en su obra El hombrecito vestido de gris y otros cuentos (Alfaguara), para abandonar este gris estado, sólo hay que tomar la decisión (otras hay que ser elegido por ese caprichoso monstruo que es el azar…no todo es tan fácil…).
Así que, en este día, a todos aquellos que pasean con esa mirada gris, me permito mandarles un abrazo en forma de libro.

jueves, 12 de febrero de 2009

Edgar Allan Poe, doscientos años después. Congreso Internacional.


Uno, a veces, se ve embrollado en empresas un tanto extrañas, como ejemplo véase la siguiente cuestión: ¿Qué hace un maestro de ciencias naturales en un congreso internacional sobre Edgar Allan Poe? La respuesta es otra pregunta: ¿Acaso no puede un hombre cultivar sus inquietudes literarias? (N.B.: Para una respuesta “adecuada”, acuda a la administración educativa, ya que son los que la manejan los que dudan de las aficiones de uno). Y en pos de estas inquietudes, fui la pasada semana… Edgar Allan Poe, International Conference. Two Hundred Years Later (del 3 al 6 de febrero de 2009. Facultad de Humanidades UCLM, Albacete -Spain-)… Bonito título… Y para que no se queden con las ganas de aprehender todo lo que allí aconteció, aquí estoy yo.
Nadie sabe donde moran los muertos pese a nuestra dedicación por buscarles una mala tumba. Y así pasa: que nos olvidamos de ellos hasta que conmemoramos su nacimiento. Por esta razón, Poe, para facilitarnos sus efemérides, nació en 1809 y murió en 1849 (y ahora que conozco un poco más a este escritor, dudo que sea una mera casualidad…). El caso es que Poe, fuera borracho, drogadicto, dandi, vividor, ególatra, psicópata, o no, era un genio, quizá no del tamaño de Shakespeare, pero sí un genio vívido y especial. Quizá esta genialidad tan romántica (a mi modo de entender las vicisitudes de su vida, Poe fue el Lord Byron del lumpen americano) procede de su incesante búsqueda del todo y de la desilusión continua bajo la bóveda celeste. Desde sus cuentos góticos (los más conocidos) a las primeras incursiones en la novela detectivesca, Allan Poe nos sorprende con un alarde de estilo, porque, en palabras de Marita Nadal, la grandeza de Poe reside en su oficio como arquitecto narrativo.
De variopinto corpus han sido las ponencias y comunicaciones de este encuentro con Poe, y si me permiten ser original, ensalzaré algunas de éstas (de entre las que asistí) mediante una enumeración de sustantivos comentados: 1) retratos (los retratos que roban almas, que predicen los acontecimientos futuros, pinturas que nos esclavizan… Wilde y Poe unidos por Esther Bautista), 2) esquema, colores, números, personificación (Poe no se aleja del esquema del cuento de hadas puesto que está limitado por la extensión, el relato es a un mismo tiempo el yugo y el éxtasis… los estudios cognitivos de la Literatura reflejan principios de semiótica que mucho tiempo atrás describió Propp; gracias Eusebio, Amparo y Nicolás), 3) sensibilidad (hay que hurgar mucho en el corazón de uno para describir el arte de otros, ¿verdad Dra. Cantalupo?) 4) dolor, misterio, misticismo (alejarse de la tradición pasada no es una solución, la solución es crear un nuevo marco referencial para los motivos religiosos) y 5) silencio (Words are murderous things… Y Mª Carmen Pérez puso la palabra final).
Aunque Poe es un referente en la Literatura posterior (no cabe duda que Wilde, Baudelaire, Conan Doyle o Bradbury son alumnos suyos), mi acompañante y yo echamos en falta una retrospectiva sobre los autores que influyeron en las obras del autor (a excepción de la de Charles Dickens por parte de Fernando Galván, que agradecí sobremanera), así como un estudio de literatura comparada entre la obra de alguna escritora más o menos coetánea, por ejemplo Mary W. Shelley o George Elliot (recordé mucho El velo alzado durante parte del congreso) y el creador de El cuervo.
Y sin más, dejemos descansar a los cuerpos inertes de los creadores en el silencio de la eternidad.

lunes, 9 de febrero de 2009

Feliz No-Día de la Paz


Estoy hasta los mismísimos de que nos pasemos los trescientos sesenta y cinco días del año celebrando cosas. Invento este muy útil para todos los medios de comunicación, ya que, año tras año, se pueden hacer eco de las mismas noticias sin que el informado se sienta engañado, y de paso, rellenar la parrilla. Creo que, si nos lo propusiésemos, podríamos contabilizar más de un centenar de efemérides en el mismo día. Y es que el género humano lo celebra todo, desde el cumpleaños de un abuelo al que estamos deseando enterrar en pro de un hueco donde poner la tele de plasma, hasta el día en el que nos divorciamos de la única persona en este vasto universo que podría soportar nuestros ronquidos…
Lo mejor de todo es cuando conmemoramos postreramente: he aquí mi especialidad. Aunque mi madre diga que me acuerdo de lo que quiero, a veces intento acordarme hasta de lo que no me interesa, tarea harto difícil ya que nunca tengo éxito, así que, directamente, me olvido de todo (creo que la construcción gramatical anterior se debe a una clara influencia de la ministra Maleni… perdónenme, no era mi intención insultar su comprensión lectora).
Hoy, tras visitar ciertas bitácoras amigas, he caído en la cuenta de que me olvidé por completo de la celebración del “día de la paz” en este crítico rincón. Asunto casi herético, puesto que el tema pacifista ha llenado no pocas páginas en este género de la Literatura Infantil.
Como penitencia, en este “no-día de la paz”, les voy a endosar El hombrecillo de papel, un clásico del libro-álbum español que cumplió el pasado año treinta años de supervivencia editorial. Galardonada con varios premios, entre los que contamos el Nacional de Literatura Infantil o el Diploma de Honor H. Ch. Andersen, la obra de Fernando Alonso nos habla sobre las noticias desagradables del mundo, de su oscura sombra y del deseo de cambio para que las nuevas generaciones disfruten de un mundo mejor, más justo, más libre y hermoso.
Y prometiéndoles que, durante los trescientos veintiséis días que restan del presente año, recordaré el “día de la paz”, me despido hasta más ver.

lunes, 19 de enero de 2009

Bicentenario


Aunque cada día tiene sus efemérides, uno no puede dedicarse a ellas por entero, si no esto se parecería más a un libro de sucesos que a un espacio de libros. Pese a ello, hoy no he podido obviar una de las celebraciones literarias del año, festejada con todo tipo de actos a lo largo y ancho del mundo. Hoy, hace doscientos años, nació en Boston el mayor exponente del relato breve, Edgar Alan Poe. Así que, habrá que conmemorar…
La figura de Poe, siempre cargada de ciertas controversias, es la de un hombre poco usual. Ya desde su nacimiento apuntaba firmes promesas de disonancia… El hecho de ser huérfano, posteriormente adoptado, desarrollar un carácter fuerte, apasionado y tremendamente sufrido, o jugar con este o aquel vicio, son aspectos que, aunque rodeen a los hombres de la primera mitad del siglo XIX (mitad en la que se desarrollan sus cuarenta años de vida), hacen de Poe un individualista nato, liberal en pensamientos y hechos, tanto, que puede que acabaran con él.
De claro formación periodística, Poe desarrolla el relato como arma eficaz a la hora de mostrar la sociedad, su sociedad, tanto sus cuentos de corte “gótico” (todos conocemos El cuervo, aunque un servidor prefiere El corazón delator, mucho más inquietante) que tanto influirían sobre escritores como Oscar Wilde o Baudelaire, como sus narraciones críticas (siempre he tenido la sensación que Los crímenes de la calle Morgue se parecían más a una mofa del entramado policial que a un misterio irresoluble).
Creo que es un buen momento para leer a Edgar Alan Poe, además de porque es una figura emblemática dentro de la creación literaria (no podemos olvidar que hoy día, el relato breve tiene un auge y un amplio mercado), porque también es de esos autores que ha caído en el olvido –como tantos otros clásicos-. Así que, desempolven sus libros, acudan a las bibliotecas.
Les dejo con una frase del mismo Poe que encontré por estos mundos cibernéticos:

Mi vida a sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro.