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domingo, 31 de mayo de 2026

Una gallina muy quijotesca


Para el que no lo sepa, los huevos de las gallinas son óvulos, concretamente la yema del huevo. Como el resto de las aves, el óvulo puede estar fecundado o no dependiendo de si su dueña se ha apareado con un gallo o no. Generalmente, los de granja no lo están porque los distintos sexos se encuentran separados o porque la gallina se encuentra aislada en una jaula. Si están todos juntos, no se extrañen si se encuentran un embrión en formación cuando rompan la cáscara.
Pero ¿qué pasa con el resto de partes que hay en el huevo? Se van añadiendo como cubiertas nutritivas y/o protectoras a lo largo de un proceso que dura entre 24 y 26 horas. Normalmente, las gallinas hacen su puesta por la mañana, aunque alguna vez se les hace un poco tarde. Algo de lo que el resto del corral se percata gracias al característico cacareo que emiten al terminar.


Cuanto más joven es la gallina, más huevos pone. Entre el primer y el tercer año de vida se alcanza el máximo de puesta (seis o siete huevos semanales), y a partir del tercer año va decayendo esa producción. Al llegar a los ocho años, la gallina cesa completamente de poner huevos y toca echarla al puchero (ya saben que “gallina vieja hace buen caldo”).
Además de todo esto, hay que tener en cuenta que, cuantas más horas de luz haya durante el día, más ponen las gallinas. Por eso, en primavera y verano encontraremos más huevos (se superan las 12 horas de sol) que en otoño e invierno (abunda la oscuridad). Esta es la razón por la que en muchas granjas tienen focos para estimular a estas aves (de estas prácticas, poco se habla…).


Y así, entre gallináceas y ese producto tan encarecido últimamente, nos topamos con Una gallina de altos vuelos, un álbum de Carla Novillo que acaba de publicar la editorial madrileña Pastel de Luna para suerte de todos los monstruos. Este libro nos cuenta la historia de Alonso Quijano, el hijo de un panadero, que cuida de Clotilde, su gallina. Para que no salga volando la suelen atar a una bota vieja, pero a la gallina no le gusta y ha dejado de poner huevos. Alonso decide cambiar la bota por un zapato de baile de su abuelo. Pero como es más ligero, ¡ups! Clotilde echa a volar con el zapato y todos sus huevos. ¿Cómo hará las madalenas el padre de Alonso sin ellos? ¿Conseguirá el niño dar con ella?


Inspirado en una costumbre muy antigua, la autora nos brinda una obra ecléctica en la que combina lo humorístico, lo interactivo y lo poético con un guiño rotundo al amor entre Don Quijote y Dulcinea. Ambientado en la llanura manchega y sus típicos molinos de viento, esta historia protagonizada por dos niños, tiene mucho de la obra magna de Cervantes a pesar de estar protagonizada por el vuelo de una gallinácea que anhela la libertad.


Fiel al estilo utilizado en El arenque volador, Novillo recupera el ocre del papel, los diagramas, elementos modernos y antiguos, el collage, diferentes tipografías y ese perfil tan característico de sus personajes que engatusa a todo tipo de lectores. Capas más lúdicas (fíjense en esos laberintos angulosos y sinuosos) y capas más idílicas se entremezclan en un álbum donde todo parece muy casual, aunque no lo sea, incluidos la receta y los croquis mecánicos finales. Un libro ideal para celebrar este 31 de mayo con un toque muy manchego.

lunes, 25 de mayo de 2026

Juegos, palabras y vueltas de tuerca


Hace muchos años me inscribí en un pequeño curso coordinado por Guadalupe Vadillo de la Universidad Autónoma de México e impartido a través de Coursera, la conocida plataforma de formación que hace una década pegó el petardazo. Se titulaba Ser más creativos y se dividía en una serie de módulos que perseguían potenciar la creatividad a través de procedimientos, rutinas y protocolos sencillos (si les interesa, creo que todavía está disponible).
Si bien es cierto que al principio me resultó demasiado teórico, cuando llegamos a las actividades que nos proponían, me entusiasmaron. No solo porque podía aplicar estas hojas de ruta para generar nuevas ideas en mi vida laboral, sino porque podían servirme como herramientas a la hora de improvisar y buscar soluciones más o menos inmediatas.


De entre todos los ejercicios que propusieron me encantó uno que tenía que ver con el azar narrativo. Consistía en establecer tres grupos de elementos. Imaginen: electrodomésticos, animales y ciudades. Realizábamos tres listados y dejábamos que el azar los conectara. Había muchas variaciones. Se podían utilizar sustantivos, adjetivos y verbos. E incluso modificar la dirección de lectura. El resultado era muy loco.
Siempre me acuerdo de esta pequeña formación cuando me encuentro con ciertos álbumes en los que se mezclan conceptos que no tienen ninguna relación y, como por arte de magia, rezuman nuevas formas narrativas, propiedades emergentes que nos ayudan a seguir esperanzados ante un panorama literario bastante estático en el que las temáticas buenistas y la sensiblería extrema lo copan todo.


Es lo que me sucede con los libros de Antonio Ladrillo, Enric Lax o Marta Comín, una autora que acaba de publicar Piedra, papel o cocodrilo (A buen paso). En este nuevo título, la santanderina afincada en Valencia, además de darle una vuelta de tuerca al tradicional juego de “piedra, papel o tijera”, nos invita a participar de las triangulaciones que surgen entre protagonistas bastante aleatorios


Con un extenso catálogo de interacciones inesperadas, las posibilidades se desbordan en un curioso baile donde el surrealismo hace aparición y de paso nos arranca más de una sonrisa. Absurdas o no, las relaciones sin sentido entre una rata, un niño y un peluquero o entre un mago, un mosquito y un dinosaurio, se convierten en la moneda de cambio humorística entre el lector y el libro.


Es decir, Comín propone y dispone. Por un lado, ofrece la posibilidad de adivinar qué ocurrirá en estos pequeños sketch a cuenta del disparate o, en su defecto, inventarnos nuestra propia película. Por otro lado, al pasar la página, nos sumerge en su ficción para que riamos con sus ocurrencias o contrastemos las nuestras. ¡Eso sí! Dar y recibir; toma y daca. Algo que quiere decir que nadie gana y todos pierden, una curiosa forma de percibir los conflictos desde esa atalaya tan especial que son los libros.

miércoles, 20 de mayo de 2026

De trabalenguas y pejigueros


Mi hermana y yo hemos dado mucho por culo. Supongo que como todos los hijos. Más todavía en aquellos años en los que no había clases extraescolares y las amas de casa hacían acopio de paciencia e ingenio para mantener a raya esa mezcla de aburrimiento e hiperactividad que tan insoportable se hace en la infancia.
Mientras otras madres echaban mano de la tele, la mía optaba por el parque. Así se echaba sus chascarrillos, mientras nosotros nos untábamos de alegría, mierda y barro. La jodienda venía cuando nos poníamos enfermos y tocaba encerrarnos entre cuatro paredes. Había libros, algún juguete y mucho tiempo. Nada era suficiente, por lo que, a veces, la Fefa recurría a esos entretenimientos verbales que nunca pasan de moda: los trabalenguas.
Su favorito era el de El cielo está… y el que protagoniza el libro de hoy, Tres tristes tigres, para mi gusto el ejercicio de dicción y aliteración más difícil en nuestra lengua. A día de hoy, todavía me parece una tortura. Y supongo que para muchos de ustedes también. Pero lo más sorprendente de todo es que, después de tantos años, siga conservando la magia y logre captar la atención de generaciones de niños que se pirran por las palabras, aunque la sociedad se empeñe en desterrarlas de su universo.


Y así, con el recuerdo de mi madre y nuestra lengua de trapo, además de rogarles que apaguen las pantallas y disfruten de los juegos verbales con sus vástagos, les acerco el álbum que se ha marcado Edu Flores a cuenta de la famosa jerigonza.
Como ya se podrán imaginar, Tres tigres tiquismiquis (editorial Apila) está protagonizado por el conocido trío de felinos que, hastiados de escuchar siempre la misma historia, se rebelan y convencen al narrador para que le dé una vuelta de tuerca al guion. No contentos con lograrlo, deciden sacarlo loco con todos sus caprichos y reparos. ¿Por qué están en un trigal si ese no es su hábitat natural? ¿Por qué dicen que son tristes si no lo están? ¡Y tampoco son idénticos!… ¿Será capaz de contentarlos?


Ambientada en unos estudios de cine (fíjense en las guardas), esta propuesta tan simpática invita al lector a formar parte activa de ella gracias a las interacciones que recoge, véase como ejemplo ese “encuentra las diferencias”. Ideado para leer en voz alta (fíjense en las variaciones tipográficas) y partirnos de la risa con ese humor tan blanco, sugiere nuevas herramientas con las que desbordar otros espacios lingüísticos tradicionales.


Aunque algunos lo lleven al terreno del didactismo, un servidor gusta de ese tono irreverente que rebosa en la LIJ, donde la subversión a las pautas adultas constituye una vía de escape imaginativa. Lleno de referencias a los cuentos tradicionales, guiños a otros títulos del catálogo editorial y un golpe de efecto final, este libro interpela al lector pidiéndole que se una a la fiesta de la lengua.


Por si no les parece bastante el reconocimiento que recibió por parte de la Biblioteca Pública de Nueva York como uno de los mejores títulos para niños en español del 2025, ya les dice un servidor que se arriesguen. No todo va a ser condimentos gráficos y discursos metafísicos. Hay libros que bien valen una sonora carcajada echando mano de la verborrea de toda la vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Lágrimas reptilianas


¿Por qué lloramos? Se puede llorar de tristeza, rabia o risa. Sin embargo, en otras ocasiones, esa pregunta nos ronda la cabeza porque no entendemos o es difícil identificar el motivo que nos lleva a ello.
Antes de nada, el llanto es una respuesta fisiológica y psicológica ante cambios vitales que unas veces son muy evidentes y otras, no tanto. Por lo general, suele ser una válvula de escape del cuerpo. Liberar el estrés acumulado durante una temporada vertiginosa, procesar emociones complejas como la muerte de un ser querido o una ruptura sentimental, una reacción a cambios hormonales como la menopausia o simplemente por agotamiento.
Eso sí, hay que tener muy claro que eso de llorar a todas horas no es muy normal. De hecho, el llanto supone una llamada de atención ya que implica una exteriorización de una condición y como tal, supone un signo de alerta ante los demás. Más todavía si viene acompañado de insomnio, apatía o nerviosismo.


Otra cosa muy diferente es lo que hacen ciertas personas para manipular a otros, lo que se llama vulgarmente, lágrimas de cocodrilo. Esta expresión tan utilizada en el mundo occidental, tiene su origen en relatos de la antigüedad que calaron muy hondo a partir de la Edad Media en las que se apuntaba a que los cocodrilos lloraban para inspirar pena en sus presas y luego aniquilarlos.
Aunque Shakespeare o Henry Purcell la utilizaron en sus obras para imprimir dramatismo a sus personajes, la realidad es que los cocodrilos producen lágrimas cuando están mucho tiempo fuera del agua para mantener sus córneas húmedas. Incluso se piensa que su mecanismo de secreción se relaciona con la apertura de las fauces. De ahí esta relación un tanto sesgada.


Si prefieren otra explicación más inverosímil, siempre pueden acudir a la que André François dio en su primer libro como autor del texto y las ilustraciones (1956) y que esta primavera reedita la editorial Kalandraka para los lectores en lengua castellana.
En Lágrimas de cocodrilo nos encontramos con un niño muy llorón al que su padre le recrimina esa compasión tan superficial. Como este no sabe a qué se refiere, el progenitor le explica pacientemente. Así es como empieza una historia de lo más rocambolesca y surrealista donde la instrucción y la fantasía se entremezclan. “Es fácil atrapar un cocodrilo; sólo necesitas una LARGA CAJA DE MADERA y te embarcas para Egipto” sentencia el padre. ¿Cómo terminará?


Aunque se trata de un álbum ilustrado aparentemente sencillo, en él podemos encontrar cuestiones muy reseñables, como el uso de la segunda persona (siempre hay cierto extrañamiento en este recurso textual… ¿Acaso el protagonista y el lector son la misma persona?), el uso de la metáfora gráfica, imágenes contradictorias (¿Dónde están los comensales de la mesa? ¿En el estómago del cocodrilo o salieron corriendo?) o esa mezcla entre didactismo paternal y hedonismo disfrutón que tan bien le sienta a la LIJ.


Si nos centramos en las características físicas del libro, hay que destacar esa caja dura y resistente que, a modo de carta y estableciendo una sinergia metaliteraria con la lectura, contiene al propio libro. De forma estrecha y alargada (10,5 x 3,5 x 0,5 cm), es ideal para contener un cocodrilo (recuerden la fisionomía de cualquier reptil). De hecho, ahí está, ya que el libro que se aloja dentro tiene un cocodrilo impreso en las tapas. No obstante, si el lector gusta de manipular el objeto que se presenta ante él, podrá ver cómo asoma su dentadura a través de una pequeña ventana abierta en la caja (¿Será el franqueo de este envío tan especial?), así como una etiqueta que se hace pasar por título: "1 cocodrilo".


Sobre el arte de François, ensalzar una vez más su maestría con el dibujo y la caracterización de unos personajes que destilan simpatía y desenfado. Como en otras obras, utiliza el trazo negro y una paleta de color limitada (naranja y verde) que le confieren ese toque vintage tan especial que ostentan libros de la misma época.
En definitiva, una joyica que hay que atesorar.

jueves, 30 de abril de 2026

Combatir el insomnio


Anoche dormí fatal. Mea culpa. Lo admito. Y lo peor de todo es que eso de “en casa del herrero, cuchara de palo” es una gran verdad. Algo que se podría hacer extensivo a lo de “consejos vendo que para mí no tengo”, pues antes de acostarme me salté unas cuantas reglas de oro que recogí en A pierna suelta para conciliar el sueño.
La primera es que me dio por ver una película bastante más tarde de lo que acostumbro. Teniendo en cuenta que mi televisión no funciona desde hace un lustro y que dependo del ordenador para el disfrute audiovisual, eso de mirar una pantalla durante dos horas afectó a mi capacidad de conciliar el sueño.
En segundo lugar, me puse hasta las trancas de adobo. Y miren ustedes que un servidor no suele entregarse a la gula nocturna, pero estaba con un apetito de mil demonios tras recuperar la rutina después del fin de semana (trabajo, ejercicio, quehaceres domésticos…), abrí el frigorífico, me dejé llevar por el ansia viva y Morfeo me pasó factura…


El tercer error fue de principiante. Cambié mi edredón antes de tiempo y con el fresco que nos han traído los últimos coletazos del invierno (de madrugada el mercurio ha bajado hasta los 5ºC en estas latitudes), la noche se hizo un tanto desapacible. No olviden que necesitamos una temperatura óptima para dormir.
Creo que esta noche, y teniendo en cuenta la maratón que me espera mañana con esto del puente del primero de mayo, me retiraré de los quehaceres informáticos temprano, practicaré el ascetismo en lo que a gastronomía se refiere e intentaré cubrirme con una mantita por si reaparece el frío nocturno. Pero sobre todo, echaré mano de un remedio infalible: leer un poquito. Y teniendo en cuenta que tengo el salón a rebosar de lecturas pendientes, no será difícil.


Y es que, como le sucede a la protagonista de Menuda nochecita, padecer insomnio es una lata. Nos lo cuenta Bruno Zocca, el autor de ¿Y si fuera otra cosa? gracias a Liana editorial. La chica no puede coger el sueño por más que lo intente. Quizá haya olvidado algo durante el ritual previo… Lavarse los dientes, ponerse el pijama, darle las buenas noches a su padre y apagar la luz. Pero nada, no consigue quedarse dormida. Por eso decide darse un paseo nocturno. Primero por la casa y después decide salir afuera. Todos duermen. Su padre, el perro, las ardillas, los pájaros, los ratones e incluso la luna. ¡Un momento! ¡Hay alguien que sigue despierto! ¡Un oso gigantesco! ¿Qué pasará?


Con un final sorprendente pero encantador y mucho humor blanco, el autor italiano presenta un álbum con estructura de sketch que es ideal para relanzar dos ideas. La primera es la establecer rutinas para que críos sean independientes en aspectos importantes de su mundo cotidiano, y la segunda sienta las bases para aupar la lectura como compañera inmejorable a la hora de tener dulces sueños.


Como aspectos destacables en las ilustraciones, he de apuntar la presencia de una familia monoparental (ponerlo en evidencia con naturalidad y sin pedagogía me resulta muy agradable), la caracterización de los personajes (Recuerdo a Klassen. Los ojos, los ojos. Siempre los ojos), el sinfín de detalles que convierten cada doble página en un juego de búsqueda, la alternancia de marcos entre las imágenes que me trasladan a tiempos pasados y algunas composiciones deliciosas (como la utilizada en la tapa). Una buena propuesta para pestañear plácidamente.

lunes, 13 de abril de 2026

Gastronomía sobrevalorada


Hoy comienza la Feria de Bolonia y como la mayor parte del sector del libro infantil y juvenil se va a poner hasta las trancas de parmesano, salami, parmigiano reggiano, balanzone, porchetta, fior de latte, mortadela y biscotti bolognesi, toca hablar de gastronomía italiana.
No sé qué pensarán ustedes, pero un servidor la encuentra innecesariamente endiosada. Para mi gusto y aunque sea un éxito rotundo, es demasiado monótona y sobrevalorada. Pasta y pizza, pizza y pasta. La base de cualquier comida en toda la bota.
Es cierto que los tienen muy diversificados, pero cada vez que visito el país de los Apeninos acabo hasta las narices de rigatoni, rotelle, farfalle, fusilli, pappardelle y sagnarelli, de pizza napoletana, romana, bianca o fritta. Da igual que sea margherita, marinara, diavola o quattro formaggi, que se cocine con salsa arrabiatta, carbonara, amatriciana o pesto genovés, es siempre lo mismo. Lo peor de todo es que se empeñan en ensalzar sus diferencias (mínimas y sutiles) o tienes que aguantarlos a todas horas mientras alaban las bondades de este sota, caballo y rey culinario (¡Chonivinistas!).


Lo siento, pero no tienen nada que hacer con la española. Las legumbres son testimoniales (algún plato hacen por ahí…), las verduras muy básicas, pocos guisos de cuchara (y si los hay llevan pasta… ¡qué hartura!), no existe la tortilla ni la ensaladilla, el consumo de pescado es muy bajo (si acaso, anchoas, crustáceos y moluscos) y geográficamente es muy uniforme.
Quizá el éxito de la comida italiana radica en ese sabor uniforme que, utilizando las masas de harina de trigo como fundamento, llega a todo tipo de público. Cualquier plato tiene un trasfondo muy almidonado que agrada a paladares infantiles, delicados y nada exigentes. Si a ello añadimos que su elaboración puede industrializarse con cierta facilidad y que sus inventores son los reyes del marketing, no nos debe extrañar que haya pasado a llamarse “comida internacional”.


Y para acompañar esta crítica gastronómica, traigo a este espacio los Espaguetis de Pablo Albo y Andrea Antinori (espero que no se enfade mucho conmigo…), un álbum publicado por la editorial Takatuka que nos cuenta la historia de una familia cualquiera en un día cualquiera que se dispone a preparar un poco de pasta para matar el aburrimiento. El padre no se lo piensa dos veces y pone a hervir el agua. Cuando el hermano mayor, un teenager en ciernes, echa mano de estos, se encuentra con una nota: los espaguetis han huido. Es el momento en el que comienza toda una aventura con persecución y viaje a Italia incluidos.


Con ese humor tan surrealista sobre el que suelen erigirse las historias de mi casi-paisano, el libro nos adentra en la rutina familiar utilizando como excusa ese momento tan coral de preparar la comida. Bien pensado, es una buena oportunidad para caracterizar a todos los miembros de una pequeña tribu al tiempo que anima a cooperar a los lectores en las tareas del hogar. La voz narrativa me encanta, pues tiene muchos reflejos que pueden sacarnos los colores, así como elementos simpáticos (juegos de palabras, confusiones verbales y descontextualizaciones) que bien valen unas carcajadas.


Lo mismo sucede con las ilustraciones de Antinori donde el color, la composición, el desenfado y las desproporciones (Nota: Observen a esa insignificante troupe de personajes enfrentándose a pomodoros y macarrones… ¿Acaso son tan inútiles que van a fracasar ante un plato tan sencillo como los espaguetis a la boloñesa?) complementan al texto estupendamente.
Aderezado con un pequeño vocabulario italiano a modo de apéndice final (cortesía del ilustrador) y algún que otro guiño metaliterario (el toro, el toro…), tengo que decirles que me ha encantado (a pesar de la omnipresente pasta).

miércoles, 8 de abril de 2026

Libros quiméricos


Hace un porrón de años leí la Teoría de la literatura infantil de Juan Cervera y me adentré en el concepto mismo de “literatura infantil”. Según este autor tan venerado en la llamada didáctica de la lengua, además de hacer referencia a todas aquellas obras que se producen para la infancia, distinguía tres vertientes.
La primera aludía a la literatura escrita para la infancia, es decir, todas aquellas obras que se realizan expresamente para el público infantil, la categoría a la que pertenecen gran parte de las obras que hoy en día podemos encontrar en las secciones dedicadas a este tipo de lectores en librerías y bibliotecas y que constituyen ejemplos sustanciales del canon. Por ponerles un ejemplo, les diría Peter Pan y Wendy, una novela que nació gracias a los regalos dramatizados que los hermanos Llewelyn Davies recibieron de su padre adoptivo, James M. Barrie.
La segunda es lo que Juan Cervera llamó, la “literatura ganada o robada”, un término que ya definió Marc Soriano y que agrupaba a todos esos títulos que en un principio no fueron pensados para críos y adolescentes, pero que poco a poco, gracias a su temática, la ambientación, el género o cuestiones discursivas fueron adoptadas por los chiquillos como propias (esa apropiación (in)debida que hoy en día está de moda. Si quieren conocer algunos de estos libros lles invito a visitar este otro post.


En tercer lugar, Cervera definió la “literatura instrumentalizada”, un tipo de literatura infantil cuyo propósito queda subordinado a los intereses del adulto, es decir, obras de carácter didáctico y/o pedagógico que intentan inculcar mensajes que se apartan de lo literario y dirigen el discurso de manera unidireccional. Algo que pueden encontrar en todos aquellos libros de valores y emocionarios sobre los que tanto seguimos debatiendo los que nos dedicamos a este mundo tan complejo.
Algo más tarde, descubrí que en esta tipología podíamos incluir una cuarta categoría, la de los libros producidos por la infancia, un tipo de literatura que, desafortunadamente, no abunda en las estanterías.
Estaba yo pensando en todo esto, cuando de pronto me vino a la cabeza que los mejores libros infantiles que conozco reúnen características de estas cuatro categorías. La mayor parte de ellos se dirigen a los chiquillos, parecen haber sido escritos por un niño (quizá ese adulto que nunca creció), gustan tanto a adultos como a chiquillos (hay mucho de literatura “crossover” en ellos) y generalmente, familias, docentes o bibliotecarios, pueden encontrar algún mensaje con el que satisfacer sus intenciones dogmáticas, aunque los pequeños lectores vean otro completamente diferente. Piensen en Los tres bandidos, Pequeño azul y pequeño amarillo, Las estaciones o Donde viven los monstruos.


Y así llego a ¿Alguna vez has oído cantar a un caballo?, un álbum de Pauline Barzilaï publicado por Libros del Zorro Rojo que podría incorporarse a esta categoría quimérica. ¿Habéis oído alguna vez una casa correr? ¿Una rana cantar como un flautín? ¿O visto unos zapatos besarse? Quizá nunca los hayas visto porque estas cosas suceden cuando nadie observa. Quizá no las veamos porque son invisibles a los ojos de quien no cree que puedan suceder.


Menos mal que su protagonista nos guía en este catálogo de momentos fantásticos en los que la imaginación se hace patente desde las miradas infantiles. Lo imposible se hace posible gracias a onomatopeyas irreconocibles, formas grotescas que recuerdan a los pintores vanguardistas y un contraste de líneas y colores que se perciben desde un universo tan cotidiano como onírico.


Objetos y animales bailan en un concierto surrealista pero reconocible en el que resuenan ecos complejos. Dobles páginas en las que habitan niños y mayores que ven reflejos propios, carcajadas y alguna que otra caricia de este mundo incierto.

jueves, 12 de marzo de 2026

Un país de ladrones


Yo no sé cuántas veces he oído eso de que España es un país de ladrones y hoy, en un alarde de autocrítica, me he puesto a reflexionar sobre el tema. He aquí mis divagaciones.
Aunque generalizar es una estupidez, todos sabemos que la clase media y baja abunda entre los 47 millones de almas que habitamos la piel de toro. La mayor parte de nosotros nacimos y moriremos pobres. Quizá no de solemnidad, pero sí de espíritu, que para eso somos muy barrocos. Es lo que tiene una sociedad conformista, cainita y vividora (léanse entre líneas Italia, Grecia y el Mediterráneo). Si a todo eso unimos el adjetivo “ignorante”, concluiremos que no, que no somos pobres, somos miserables.


Esto, junto a una Guerra Civil que muchos se han empeñado en prolongar casi noventa años (la división siempre ayuda para creerte mejor que el de al lado), han hecho de nosotros una sociedad en la que se premia al pícaro y se sanciona al tributante. Por listo, por simpático, por guapo. La cuestión es sobrevivir y si es a costa de los demás, mejor que mejor.
Añade al batido una pizca de religión y… ¡cacao maravillao! Pedigüeños de portón, curas manejantes, beatas criticonas, señoritos recién confesados… Galdós, siempre Galdós. Incluso cien años después, sigue dando en el clavo con Menina y Doña Paca. Todo quisqui quiere ser alguien, sobre todo si no puede serlo. Aunque sea robando. Mejor que matando, una consigna que llevamos a gala en este suelo de católicos y pecadores.


Carteristas, curanderos, empresarios o incluso, presidentes del gobierno. Que si el Dioni, que si el electricista de la Catedral de Santiago, los que desvalijaron a José Luis Moreno, Ábalos, Bárcenas y Begoña Gómez. Hay cacos para todos los gustos y clases sociales. A unos no hay quien los pille y a otros, al instante. También los hay finos y muy torpes. Esos me gustan mucho. Que estamos en España y el chiste es necesario.
Esto nos lleva hasta Joaquín Camp y El robo, un álbum que publicó Fondo de Cultura Económica hace un tiempo y que refleja estupendamente la torpeza con la que suelen actuar las bandas de ladrones poco organizadas. La historia nos cuenta las peripecias de tres cacos que deciden desvalijar la caja fuerte de un banco. Aunque el plan es sencillo (excavar un túnel) y cuentan con el asesoramiento de los mejores especialistas, se les hace difícil llegar hasta ella. Aparecen en mitad de un sinfín de lugares, pero en el banco, ni por asomo. ¿Conseguirán dar con él?


Con ese humor blanco tan característico en la obra de este autor argentino afincado en España, se abre ante nosotros una obra bien simpática que puede resultar muy cercana a todo tipo de público. Mientras los más ancianos del lugar se acordarán de Los ladrones somos gente honrada, los pequeños lectores disfrutarán con la ineptitud de los protagonistas para orientarse en el subsuelo.


Me encantan esos contextos surrealistas que abren nuevas puertas ficcionales. Y es que un ring de pressing catch, una escena peliculera o un concierto sinfónico son algunas de las posibilidades en las que el lector puede desbordar sus propias ideas. Si a todo esto añadimos un final con mucho contrapunto discursivo (decepción y consuelo siempre van unidas), podemos afirmar que lo que nos roban estos ladronzuelos es el corazón.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Volar o no volar, he ahí el dilema


Seguridad ciudadana. O así llaman a esa nueva dictadura que se instauró en nuestro país desde la pandemia y que se ha agudizado desde el trágico suceso de la DANA de Valencia. Así, nuestros gobernantes, en aras del buenismo imperante, velan tanto por nuestra integridad, que han desarrollado nuevas formas de control echando mano del miedo (o eso dicen ellos) imperante. Nada nuevo bajo el sol.
Sin ir más lejos, les hablaré de mi ciudad, una sobre la que se ceba el viento cada dos por tres. Es lo que tiene vivir en la meseta, que las montañas no funcionan a modo de parapeto y el aire corre a su antojo desde tiempos inmemoriales. Así estamos por estos lares: más que volanderos.


Cuando esto sucedía antaño, la gente se quedaba en su casa. Si tenía que salir a la calle por cualquier circunstancia, se mantenía alejada de zonas arboladas y algún que otro edificio viejo para evitar desgracias. Sin embargo, hoy en día, nuestros queridos ayuntamientos se ha inventado un plan de emergencias (si tiene nombre pseudolatino, mucho mejor) para cubrir el expediente y, de paso, encerrarnos a golpe de aburrimiento en nuestros hogares.
Que hace viento, cierra las bibliotecas, las filmotecas, los centros culturales, las piscinas cubiertas y los pabellones deportivos para que no haya corriente. Que llueve, también. Que nieva, ídem. Todo es por nuestro bien. Somos tan inútiles que necesitamos de su buen hacer. Y si esto no funciona, talan todos los parques y nos dejan sin una puta sombra con la que combatir los rigores veraniegos. Eso sí: el dinero, para sufragar sus vicios, pero el mantenimiento de las infraestructuras y los servicios, ni olerlo ¿Para qué echar mano del sentido común si pueden hacer lo que les plazca?


En fin, el caso es no dejarnos decidir. Sufrirlo o disfrutarlo, he aquí el dilema. Los chiquillos lo tienen claro. ¡Dejar su cuerpo a merced de los vendavales o hacerle frente a sus versiones más huracanadas! Resumiendo, que Volando, de Ana Marqués y Natascha Rosenberg (editorial Tutifruti) me viene al pelo para dar rienda suelta a mis recuerdos de infancia y ensalzar las bondades del viento.


Porque precisamente esa es la esencia que impregna este álbum tan divertido en el que una niña se ve amenazada por la fuerza del meteoro mientras espera el autobús y decide aferrarse a un árbol para evitar salir volando. Como el viento sigue bufando imparable, muchos otros empiezan a agarrarse a ella. La primera es una hormiga. A esta le sigue un conejo en calzoncillos. Después un avestruz, un león e incluso un viejo cocodrilo. Al final, el autobús llega y hacen un descubrimiento la mar de interesante…


Con vis de cuento acumulativo, este libro bien simpático en el que la caracterización de los personajes y el golpe de efecto final gracias a las páginas desplegables son el punto fuerte, ensalza con humor blanco un mensaje narrativo sencillo, pero efectivo.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Libros simpáticos y humor español


Está claro que al mundo de la LIJ le gusta la caspa. Pero más claro tengo todavía que eso asusta a críos y jóvenes. Y así nos va… El 25% de las criaturas que no leen en este país afirman que es aburrida, toda una pena teniendo en cuenta que la diversión está asegurada en muchos libros.
Lo peor de todo es que muchos monstruos tienen la insana costumbre de menospreciar los libros que derrochan simpatía. Me molesta esa gravedad que exhiben. No solo porque denota elitismo, sino porque no dan cabida en el corpus a obras que simplemente están en las estanterías para divertir al personal, algo la mar de interesante cuando, detrás de la creación, se divisa algo de inteligencia. ¡Que para conseguir algo de humor, hay que darle al coco un rato! ¡Odo!


De esto sabemos algo los españoles, que siempre encontramos hueco para la chanza. Buen reflejo de ello es gran parte de los álbumes patrios, algo que imprime cierto carácter a la hora de definir nuestra producción literaria, aunque afrancesados y anglosajones nos tilden de soeces y sinvergüenzas.
Aunque el humor es universal, también hay que considerarlo bajo un prisma cultural que, la mayor parte de las veces, tiene que ver con lo regional. Así podemos decir que el humor español es muy directo, viene marcado por lo irónico, la sátira y el sarcasmo. Se basa principalmente en la picaresca, la exageración y la autocrítica, los juegos de palabras y los dobles sentidos.


Y para ejemplificárselo (si es que no les ha quedado claro) hoy les traigo una buena tanda de álbumes made in Spain y muy simpáticos con los que sacarles una sonrisa mientras les planteo diferentes escenarios en los que discurrir cuestiones no tan jocosas (Detrás de un buen chiste siempre hay una gran reflexión, o al menos eso pienso yo).


Octavio Ferrero y David Pintor nos invitan a conocer a Joe Rudo paracaidista (editorial Iglú), el segundo título de esta pequeña selección. Joe Rudo es el paracaidista más experimentado del mundo, prueba de ello es que se dispone a realizar el salto número un millón treinta y cinco. El avión vuela alto, su compañero le da la señal, se deja caer, tira de la anilla, se despliega el paracaídas, pero ¡en vez de bajar, Joe Rudo empieza a subir! ¿Cómo es posible? Si sube hasta el espacio no podrá respirar por la falta de oxígeno. ¡Hay que buscar una solución! De repente, una bandada de patos pasa cerca de él y, agarrando uno por el pescuezo y utilizando su pico, hace un agujero en la lona. ¡Pero ahora baja muy deprisa! Como no consiga tapar el agujero se estrellará contra el suelo. Así que, sin pensárselo dos veces, se quita los pantalones y los lanza al agujero. ¿Conseguirá ralentizar el descenso?



Con un formato vertical muy sugerente que ayuda a imaginar la caída del protagonista, este libro aborda con mucho sentido del humor la capacidad para enfrentarnos a las adversidades sea cual sea nuestra experiencia previa, pues incluso los más profesionales se ven involucrados muchas veces en atolladeros aparentemente insalvables. En nuestro ingenio está la llave para enfrentarnos a ellos y salir bien parados. Con un lenguaje visual lleno de muecas y contorsiones, David Pintor nos presenta a un payaso aéreo sin parangón.


Proseguimos con La señora A y el señor Z de Teresa Durán y Gustavo Roldán (Kalandraka). La señora A le tiene pánico a los colores. Ni el amarillo ni el verde ni el azul ni el rojo. No puede con ninguno de ellos. Lo suyo son el blanco y el negro en todas sus variantes. En los muebles de su casa, los cuadros que cuelgan de las paredes, su ropa y hasta las joyas que utiliza. Un día, aparece el señor Z, un payaso muy famoso que se acaba de mudar al piso de arriba y siempre lleva puesta una nariz roja y redonda. Ambos se encuentran en el portal y, nada más verlo tan colorido, la señora A sufre un colapso y cae rodando por las escaleras. Hay que llamar a una ambulancia para que la asista un médico que le diagnostica alergia cromática. ¿Habrá algún remedio para curar la dolencia de esta mujer?



Con el inconfundible estilo de Gustavo Roldan, este librito nos presenta una situación cómica en la que se plantean dos cuestiones principales. Por un lado, nos topamos con un conflicto entre dos personas con gustos opuestos, el mundo en technicolor versus el universo en blanco y negro. Dos formas de ver la vida. Por otro lado, tenemos una posible terapia: ¿por qué no, poco a poco, vamos acostumbrándonos a lo desconocido? Un mensaje en pro de esa convivencia que generalmente se hace cuesta arriba pero siempre tiene un final óptimo.


Nos encontramos con La piara, un álbum de Margarita del Mazo y Guridi publicado por NubeOcho y concebido como la secuela de El rebaño (Ya saben, para comprender esta historia deberán leer la primera parte). Un grupo de cerdos son menospreciados por las ovejas del rebaño que todas las noches hace que Juanito se duerma y los cerdos deciden darles una lección a sus compañeras ovinas: van a demostrar que son superiores a ellas y Juanito dormirá más y mejor. Dicho y hecho, se plantan en la cabeza de Juanito cuando llega la hora de dormir con la excusa de que las ovejas están de vacaciones. Después de saltar vallas, pasar la noche a la intemperie o disfrazarse de ovejas, consiguen su cometido, pero ¿a qué precio?



Como ya hicieron con la precuela, el tándem Del Mazo-Nieto se lo pasa estupendamente con una nueva vuelta de tuerca al clásico remedio para conciliar el sueño: contar ovejas. En esta ocasión, además de elegir ganado porcino (la suciedad y el aspecto desaliñado siempre dan mucho juego) se mueven por derroteros discursivos sobre el ser y el parecer, dos verbos con mucho que decir en esto del existencialismo. Y es que los marranos, con ese interés desmedido por darles en el morro a los ovejos, pierden totalmente su esencia. Sí, queridos, querer es poder, pero si lastra nuestra naturaleza, habrá que mirárselo. Situaciones muy jocosas, unos personajes muy simpáticos y una historia para irse a la cama. ¿Qué ingrediente falta? Para mi gusto, ninguno.


El penúltimo libro de esta tanda se llama Dentro del león, está escrito por Pablo Albo e ilustrado por Anna Font. Recogido en la pasada selección de los White Ravens, este título publicado por la editorial almeriense Libre Albedrío nos cuenta la historia de un león con una barriga enorme que acude de urgencia a la consulta de la doctora Durrell. Cuando este le dice que su estómago lo está matando, la médico le pide que se tumbe en la camilla y abra la boca. Le mete la mano en la boca y saca a un padre y un pingüino. El padre le pregunta por su hijo. La señora Durrell se ha quedado muda, así que el hombre mete su brazo en las fauces del león y saca al taquillero del zoo y otro pingüino. Entre los tres siguen hurgando en la tripa del león y sacan una taquilla, al tercer pingüino, una ambulancia con un enfermero, una enfermera y una camilla con otro pingüino. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Te atreves a descubrirlo?


El libro es una maravilla lo mires por donde lo mires. En primer lugar, nos presenta una historia encadenada sin desperdicio (¡A quien se acuerde de todos los personajes habrá que darle un premio!) haciendo uso de una situación inicial muy surrealista. También, el hecho de que haya tanto personaje, le confiere un toque de relato coral muy entrañable. Ese puntito de “adivina qué ha pasado” da mucho juego cuando cuentas una historia, sobre todo si el león nos cuenta toda la verdad al final del libro (Me encanta comparar el desbordamiento ficcional de cada interpretación con la del autor). Por último, alabar el magnífico trabajo de la ilustradora que imprime ritmo al texto, caracteriza a los personajes estupendamente y juega mucho con la narrativa visual.


Terminamos, como no podía ser de otra forma, con una pequeña dosis de escatología. Aquí no se rima, un álbum de Leticia Jiménez y Susana Rosique que publicó Apila hace un tiempo, me parece una propuesta ideal para defender la idea con la que introduje este puñado de libros. Y es que los niños a veces necesitan propuestas participativas con las que desfogar, algo que les permite un libro como este que, no solo les invita a transgredir las normas impuestas por la sociedad adulta, sino a reírse a carcajada limpia con los manidos caca, culo, pedo y pis.


El lector llega a una granja y el encargado de recibirlo es un ratón muy amable que va presentando uno a uno a los habitantes. La primera es la vaca Paca, que come hierba y hace… ¡Nooooo! No seas malpensado. Hace muuuuu. También tenemos a Juanito el mulo, que bebe agua y tiene un gran… ¡Que noooo! No sigas por ahí o el ratón terminará por enfadarse… ¿Lo hará?



Jugando con la rima facilona y ese juego de adivinanzas que supone el averiguar lo que pasará en la página siguiente, las autoras se divierten a base de esa “mala educación” que saca de quicio al ratón protagonista conforme interacciona con los espectadores. Un libro ideal para leer en voz alta y con un buen montón de niños dispuestos a las risas mayúsculas. No conozco a nadie que se resista a este libro.