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martes, 6 de febrero de 2024

De cerdos y zorras


Sé que más de una me va a cancelar hoy, incluso alguna agencia de verificación me pondrá en sus listas negras. Pero me da igual. Que digan misa. Si tanto abogan por la libertad, he aquí la mía.


Punto número uno. No me gusta nada Eurovisión. Me parece hortera y casposo a más no poder. No tiene clase ni forma parte de subcultura alguna. Y desde que el brazo televisivo del gobierno se ha inventado el Benidorm Fest para aglutinar a todos esos eurofans en una suerte de Torremolinos Pride, menos todavía.
Punto número dos. No me gustan la mayoría de los artistas que participan en este concurso. De segunda, tercera o cuarta categoría. Una mitad necesita darse a conocer, la otra mitad, pagar sus facturas, y los más despistados, se meten en el ajo porque su manager o la discográfica de turno no saben lo que se pescan.


Punto número tres. Nunca hubiera votado por la canción que representará a TVE en el concurso. Por muy pegadiza que sea, es de calidad dudosa. La defienda el sátrapa de la Moncloa, Inés Hernand o la Virgen del Rocío, me resulta vacua, banal e inerte. Luego dicen del reggaetón, pero la letra de esta canción bebe de la demagogia y basura más pura, más si cabe cuando la imagen que proyecta de la mujer es la del barriobajerismo más insano.
Punto número cuatro. La palabra “zorra” no tiene cabida en mi diccionario. La utilizo muy poco. Mis amigos, hombres, tampoco. De hecho, la escucho más entre las mujeres que me rodean. No me vale que se adueñen de ella los mamporreros del régimen y nos la endiñen como si de un arma arrojadiza se tratara, alegando empoderamiento y reivindicando el falso heroísmo.


Podríamos hablar de otros elementos muy interesantes como que todo este espectáculo se dirige a un público eminentemente formado por hombres (¿paradójico, no?) homosexuales (pan y circo para mis votantes) o que son muchas las asociaciones de feministas que han pedido su retirada del circuito, pero yo voy a lo mío, que son los libros.
Por eso mismo, hoy me sumerjo en El libro de los cerdos, el ya clásico álbum de Anthony Browne que ha rescatado Kalandraka hace unos meses y que todavía no he destripado en esta casa de monstruos. Publicado anteriormente en Fondo de Cultura Económica, esta historia familiar en la que una madre, harta de la explotación doméstica a la que su marido y churumbeles le propinan a diario, decide desaparecer y dejarlos rebozándose en su pocilga.


Venerado por todas las amas de casa de este planeta y por quienes consideramos que las tareas domésticas no son exclusivas de las mujeres, este libro supuso un antes y un después en la imagen que las mujeres proyectaban en el universo del álbum ilustrado, una de las muchas denuncias sociales por las que el autor inglés ha sido considerado un pionero en ciertas temáticas.


Si bien es cierto que las cosas han cambiado en muchos hogares desde que se publicó por primera vez, allá en 1986, todavía sigue vigente como punto de partida para la reflexión individual, familiar y colectiva sobre la igualdad y los estereotipos de género.
Además, hay que tener en cuenta todas esas referencias y recursos narrativos que este genio del álbum incorpora en la mayoría de sus obras.


Metamorfosis graduales en los personajes (pura magia), guiños en el mobiliario (fíjense en enchufes, pomos de puertas, el papel pintado de las paredes y el menaje del hogar), secuenciaciones monótonas y sombrías en las que una madre de rostro oculto realiza tareas repetitivas, imágenes que se desbordan en la doble página y otras que se constriñen por marcos, cuadros famosos (¿Ven ese en el que falta un personaje? ¿Quién es?), elementos surrealistas con mucho significado (sombras y árboles), tapa y contratapa como elementos peritextuales… Sean zorras o cerdos, no se pierdan este libro.

martes, 29 de enero de 2019

Abriendo libros y cerrando el desánimo



No sé qué coño le pasa al personal. Tienen tan mala cara que desaniman a cualquiera. Unos  sufren de gripe (¡Como si yo tuviera la culpa! ¡Bastante tengo con intentar no pillarla!), otros con mucho trabajo (Yo vivo soterrado por pilas de exámenes que preparar y corregir, y no me dedico a joder al personal), y los menos aducen problemas familiares (mientras no sea un problema grave, hay que huir de los que se quejan de los hijos malcriados). El caso es que la cuesta de enero (más la emocional que la monetaria) está resultando muy acusada con una atmósfera tan grisácea.
Señores, yo también podría contarles mis penas (autocompasión… ¡vaya asco!), pero prefiero dejar de cavilar y lamentarme (sobre chorradas, la mayor parte de los casos) para ponerme con otros menesteres, léase quitar el polvo, preparar un bizcocho o planchar toda esa ropa que debería estar ocupando el armario.


Si no les apetece en absoluto dedicar su tiempo a las tareas domésticas, hoy les propongo una aventura (baratica, que ya sé que el dinero sigue mermando en sus bolsillos). Pónganse guapos (es un buen comienzo ese del quererse y cuidarse), echen mano del abrigo (que con está ciclogénesis pueden salir volando) y dirijan sus pasos a la biblioteca más cercana. Busquen la sección de narrativa, pues la propuesta de hoy tiene que ver con los clásicos, y, sobre las baldas, den con Peter Pan y Wendy, Robin Hood (en la edición de Howard Pyle), El mago de Oz, El viento en los sauces, Alicia en el país de las maravillas, La isla del tesoro y una colección de cuentos de  los hermanos Grimm. Con eso, bastará.


Si no me equivoco podrán pedir prestados estos siete libros (N.B.: No hagan como un servidor y devuélvanlos cuando sea menester… Les confieso que me he demorado un poco con el último préstamo… Soy un mal ejemplo y tendré que sufrir las iras de mi bibliotecaria. Lo reconozco). Váyanse con ellos a casa, de la mano o bajo el brazo (de ustedes depende el gesto cariñoso), elijan un sillón cómodo ¡y a leer!
Al principio, muy al principio, se sentirán algo estúpidos (¿Leer? ¿En vez de ver la serie de moda? No sé lo que aguantaré…), tras unos minutos esbozarán una sonrisa (Y aquí estoy… ¡con estos libros para niños!), seguidamente se olvidarán de sus prejuicios, y por último se sumergirán en las escenas imaginadas, en el mundo de la fantasía. 
No piensen que son los únicos, pues uno de los personajes icónicos de la LIJ actual, el Willy de Anthony Browne, también hace lo propio en Los cuentos de Willy, un título recién reeditado por Fondo de Cultura Económica.


Con este libro, el autor inglés pretende rendir un homenaje a unas cuantas obras fetiche de la literatura infantil a través de su (creo) alter ego, Willy, el mono que protagoniza sus libros-serie más conocidos, y de paso hacer un reconocimiento público (y necesario, tal vez) al universo bibliotecario (cruzar esa puerta… una bonita metáfora). También propone un juego a los pequeños lectores, pues abre esas historias a nuevas interpretaciones y finales en cada doble página, un recurso que utilizan muchos autores para introducir al lector en el país de lo (meta)literario y la creación.
¡Venga! ¡No pongan esa cara de muermos! ¡Atraviesen la puerta y disfruten de los libros!


martes, 23 de octubre de 2018

Semana de los cuentos (II): Revisando cuentos tradicionales a través del álbum



En esta semana de los cuentos que me he inventado he creído conveniente dedicar un apartado a los álbumes que han sido inspirados, recopilan, reinventan o reescriben los cuentos populares. Como son muchísimos los libros de este tipo desde que el álbum contemporáneo se abre camino y tenía que escoger uno, me he decidido por un título que la mayor parte de ustedes conocerán pero que todavía no tenía su habitación propia en este hogar de monstruos.
Se han escrito muchas cosas sobre El túnel de Anthony Browne (Fondo de Cultura Económica), cientos de reseñas que se suelen centrar en la mala relación de los hermanos que protagonizan esta historia y que suelen hacer pocas alusiones a los muchos guiños que su autor realiza a los cuentos tradicionales en las ilustraciones que lo componen. Una reinterpretación en toda regla de unos cuentos que inspiran y enriquecen el mundo onírico de Browne (y de nosotros). Así que ¡manos a la obra!


El argumento del libro es sencillo. El hermano y la hermana (NOTA: Así los llama el autor en las primeras páginas de la versión original. Conforme las pasamos Browne desvela su nombre: Jack y Rose. En la edición española el traductor prefirió obviar cualquier nombre propio y hacer el relato más impersonal y de paso universal. Esto provoca la pérdida de importantes conexiones entre texto e ilustraciones). Se llevan a matar. Cada vez que están juntos se desata una tormenta. El nene pincha a la nena y ya la tienen montada. La madre se hincha y los echa de casa. A ver si de una vez por todas empiezan a llevarse bien...
Aunque en principio podría ser de esos álbumes ñoños y educativos que tanto nos dan que hablar, el asunto cambia cuando nos empezamos a fijar en unas ilustraciones cargadas de símbolos que nutren una historia de referencias y significado algo que crea un nuevo horizonte en la forma en la que se miran los cuentos tradicionales, tal y como explica Brenda Bellorín en su artículo crítico Un mapa para entender el ADN de los cuentos de hadas contemporáneos.
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En primer lugar tenemos unas guardas peritextuales que ejercen de prefacio y epílogo. En la parte derecha de la guarda delantera aparece una habitación con su papel pintado incluido (¡Qué inglés es este hombre!) en cuyo suelo descansa un libro de cuentos, mientras que la izquierda hace alusión a un patio rodeado por un muro enladrillado. Interior, exterior. Dos espacios, dos universos opuestos y un libro que desata nuestra imaginación. En la guarda trasera el escenario es idéntico con la salvedad de que el libro se encuentra en el patio al lado de un balón. ¿Qué ha pasado aquí? Veamos que nos dice la tripa…
En la primera doble páginas observamos que aparecen cuatro escenas. La hermana. El hermano. La hermana. El hermano. Detrás de ellos cada uno de los fondos que nos aparecen en las guardas. Empieza a desvelarse el misterio. Tienen estructura de cómic, es decir, viñetas separadas por calles, una división espacial que da buena cuenta de la relación distante que existe entre ambos hermanos. Si nos fijamos detenidamente en las escenas de la derecha, el libro que lee la hermana es el mismo que aparece en las guardas. En él se puede observar una reproducción de una ilustración de Kay Nielsen para el cuento Hansel y Gretel, un cuento tradicional que tiene cierto paralelismo con esta historia y que veremos se repite una y otra vez. Sigue el desarrollo y vemos a los hermanos juntos, ella mira cabizbaja una servilleta donde esta bordada la flor que le da nombre en la edición original. Él con su balón…


Avanzamos y nos encontramos la habitación de la hermana. Es la primera vez que ambos comparten habitación. Ella duerme. Sobre la mesita de noche aparece una casa de dulces iluminada (nuevo guiño a Hansel y Gretel) y sobre la cama aparece un cuadro, una reproducción de una ilustración de otro autor clásico, Walter Crane, en este caso se refiere al encuentro entre Caperucita Roja y el lobo. No es la única referencia a este cuento, ya que si giramos la mirada hacia nuestra izquierda observamos como una capa/túnica roja con capucha pende del costado del armario mientras que de la puerta entreabierta asoma el hermano con una careta de lobo. Se encuentran ambos personajes.
En la siguiente doble página la acción toma cierto aire dramático con la intervención de la madre. Los dos niños cabizbajos se dirigen a una especie de callejón donde les espera un montón de basura. Mientras el niño parece aburrido, la hermana lee su inseparable libro de cuentos, en el que aparece una ilustración de 1871 del cuento Jack y las habichuelas mágicas (¿Recuerdan cuál es el nombre del niño en la edición inglesa?)


De pronto, un túnel. ¿No les recuerda al agujero por el que desaparece el conejo blanco de Alicia? ¿Por dónde se viaja al País de las Maravillas? El hermano desaparece. La niña corre en su busca. Lo cruza mientras su libro se abre por una página que representa otra ilustración clásica (todavía no he podido averiguar a quien pertenece… Si alguien la conoce soy todo oídos). Llega al bosque, ese lugar donde la fantasía y la realidad se funden, el escenario ideal que da rienda suelta a la imaginación. Al principio todo parece tranquilo, pero pasamos la página y los árboles empiezan a adoptar formas extrañas. El miedo hace aparición. Vuelve a aparecer el hacha del leñador, la casita de chocolate, la mata de habichuelas y la Caperucita de carne y hueso que es Rose. Incluso un gorila (Ya saben de la obsesión de este autor por los primates). Los troncos se transforman en un lobo que, paulatina y sorprendentemente adopta la pose del cuadro de Crane ya citado. ¿Este es el mundo de los sueños? ¿Está todo en su mente? El surrealismo está servido. 


Al fondo, en una parte del bosque talada, se ve la figura del hermano. Se ha convertido en estatua, una imagen que está rodeada de un fondo negro que acentúa el dramatismo. La hermana corre hacia él y con su sólo abrazo es capaz de retornarlo a la vida, un momento de la acción que también contiene reminiscencias de otros cuentos tradicionales como Hansel y Gretel (otra alusión más que intensifica la importancia que Browne le da), Hermanito y hermanita (un cuento recopilado por los hermanos Grimm donde el hermano es transformado en un cervatillo por la madrastra) o La reina de las nieves (en este cuento el hermano, que se encuentra frío e inmóvil por el hechizo de la reina de las nieves, recobra la vida gracias al candor de su hermana).
Terminamos la historia y vemos en la contratapa el mismo túnel. No hay rastro de la hermana. Sí está el libro de cuentos que aparece una y otra vez en las páginas. Cerrado. Ha cumplido su misión.


martes, 7 de febrero de 2017

Paseando por el parque con Anthony Browne


Cuando pronunciamos el nombre de Anthony Browne, reconocemos inmediatamente al autor de libros protagonizados por simios (ver toda la serie de Willy y su inmejorable Gorila) o de fábulas y cuentos contemporáneos como Cambios, El libro de los cerdos o El túnel.
Estas historias en formato de álbum reconocen los problemas de las sociedades modernas occidentales y la ruptura con los estereotipos de nuestro tiempo, a partir de situaciones en las que la inteligencia emocional tiene mucho que decir (N.B.: Esto se debe más a una cuestión personal que a una intencionalidad manifiesta, como se ha apuntado en ciertas ocasiones relacionando este hecho con los miedos y temores de niñez del autor).
Todas ellas le han valido a Browne para erigirse, no sólo como uno de los autores de libro-álbum más afamados dentro del panorama internacional (entre otros muchos galardones, se le concedió el premio H. C. Andersen en el año 2000), sino como uno de los representantes de la postmodernidad en el mundo de la ilustración contemporánea (Andricaín, 1996).



Huelga decir que la mayoría de sus libros son difícilmente clasificables. Unos prefieren hablar de narrativa, otros los engloban en libros formativos, muchos en libros de valores, otros en álbumes de autoayuda... Yo prefiero ser más general y hablar de ficción (no sé si paraliteraria, me lo tengo que pensar...). La exploración del mundo interior del lector a través de las situaciones y personajes, la marcada presencia de los valores, el criticismo social, la direccionalidad del discurso o lo narratológico de sus imágenes cargadas de humor y simbolismo a partes iguales, son rasgos que imprimen cierta dualidad (definición-indefinición) a esa ficción que intenta ofrecer, tanto consciente, como inconscientemente, una serie de herramientas para enfrentarse a las realidades que ofrece la vida.
Fantasía didáctica, discurso críptico, constructivismo, divertimentos, juego... Sea lo que sea, los libros de Anthony Browne están bien trabajados, tanto física, como discursivamente. Y au...


Anthony Browne. Autorretrato.

Teniendo en cuenta todo esto, traigo a la palestra uno de los primeros álbumes del autor, que, paradójicamente, se despoja de muchas de estas convenciones presupuestas y nos permite conocer la evolución de este artista nacido en Sheffield, Inglaterra, en 1946 (¡Qué bien se conserva el jodío! ¡Qué lustre para setenta tacos!)...
Un paseo por el parque fue publicado en castellano por Everest hace unos cuantos años (yo tengo una edición de 1981, así que, sí, está ya descatalogado... Inténtenlo por la vía del libro usado), aunque las ediciones en gallego, catalán y vasco las podemos encontrar en el mercado gracias a Kalandraka. Junto a otras obras menos conocidas como Mira lo que tengo (Everest, 1981), El libro de Osito, Un cuento de oso (ambos en Fondo de Cultura Económica, 1994) Bear goes to town (inédito en castellano) o Through the magic mirror (su primer libro publicado y también inédito en castellano), constituyen la primera etapa de este creador.




Un paseo por el parque es una historia cotidiana con multitud de detalles que nos invitan a descubrir nuestro mundo más cercano. Esta es la historia de un niño y una niña que coinciden en el parque mientras sus padres pasean a sus respectivos perros. Son las mascotas las que se ponen a jugar primero para que después, como si de una enfermedad contagiosa se tratara, esas ganas de compartir y disfrutar se trasladan también a los dos niños. que terminarán por descubrir la amistad, finalmente traducida en un hermoso regalo.
En principio, parece una historia sin mucha chicha, con un discurso directo y afable. Pero la otra historia, la que subyace a un nivel menos visible, se refiere a la diferencia de clases sociales, a la sinergia que las diferentes facciones (en este caso clase obrera y clase media) pueden llegar a alcanzar (o no) en un campo de juego neutral. He aquí algunos puntos en los que fijarnos:


Veamos la caracterización de los personajes... Mientras que la niña vive en una típica “council house” (casas de dos o tres plantas revestidas de ladrillo caravista típicas de los cinturones industriales de las grandes ciudades inglesas que tanto proliferaron tras la Guerra Mundial) que ocupa una sola página, mientras que el niño en una vivienda unifamiliar de grandes dimensiones con garaje y jardín particulares, que ocupa una doble página. También habla por sí sola la vestimenta de los mayores (la madre del niño viste con pieles, mientras que el padre de la niña utiliza un atuendo aparentemente más humilde). E incluso, me atrevería a hablar de las razas de los perros como elemento de distinción (un labrador y un perro de trazo más callejero).


Sobre la relación que se establece entre ellos hay bastante que decir. Mientras que los perros, desprovistos de prejuicios comienzan a jugar, los seres humanos permanecen estáticos en un banco (Nota: Me encanta un fragmento de una ilustración en la que la mitad trasera de uno y la delantera de otro, gracias a la ayuda del tronco de un árbol, se funden para formar un único perro. Simbolismo precioso). Separados por un muro invisible, los niños parecen tenderse la mano mientras que los adultos permanecen aislados. Los pequeños deciden ponerse a jugar. La cosa va in crescendo. Se unen a la fiesta de los perros. El invierno da paso a la primavera y brilla el arcoiris (se puede ver en la copa de los árboles). Lo humano se cuela por los resquicios de lo mundano. Dos mundos diferentes se dan la mano a pesar de los prejuicios y en pro de la niñez. Un mensaje bonito del que quedan marginados los adultos con sus preconcepciones, con sus prejuicios (la conquista por la igualdad está cercana pero siempre hay alguien reticente...).


Además de todos estos elementos literales o más crípticos, encontramos multitud de referencias al estilo tan peculiar de su autor que nunca ha abandonado los guiños al surrealismo y el impresionismo, dos constantes en toda su obra. Es así como objetos descontextualizados irrumpen en las escenas. Plátanos coronando las columnas, salchichas trinchadas en verjas, árboles con forma de paraguas o los cameos de personajes de la gran pantalla como Tarzán o Charles Chaplin, llenan las páginas de un libro con muchos niveles de lectura.



Es llamativo que esta obra fuera objeto de revisión por parte del autor, que desarrollaría años más tarde una relectura al publicar Voces en el parque (1999), un título que bebe de este libro. Aunque existe algún que otro caso, no es frecuente que en la literatura infantil sea el propio autor quien revisite su obra y la dote de otro cáriz, rice el rizo, mejore el formato y lo haga más (llamémoslo así) "contemporáneo" (Es cierto que Un paseo por el parque es una rara avis dentro de la obra de este autor, sobre todo porque se aleja del estilo que las demás proyectan y se muestra más temporal, claramente setentera). Es así como Browne decide modificar la fisionomía de los protagonistas (monos antropomorfos), dota de una perspectiva más cinematográfica a las ilustraciones, y combina el uso de distintas tipografías, para obtener más aceptación comercial. Sí, existen escenas idénticas y recursos de estilo similares, pero son libros diferentes.




No sabría decir cuál es mejor, pero esta claro que Un paseo por el parque, aunque a muchos les puede resultar anecdótico, es más fresco, más abierto y menos dogmático, unos valores añadidos ante cualquier libro para niños.
Como curiosidad final y atendiendo al análisis entre los dos libros, me gustaría hacer un guiño botánico (mi especialidad biológica). Tanto Un paseo por el parque, como Voces en el parque, terminan con un regalo, una flor, que Browne decide cambiar en ambas obras. Mientras que en el primero elige un ranúnculo o botón de oro (Ranunculus sp. pl.) en el segundo elige una amapola (Papaver sp. pl. ¿Se han fijado en quiénes corretean por la taza?), dos flores ornamentales muy utilizadas en los jardines ingleses y fácilmente reconocibles por la pigmentación, y la forma de las hojas y el gineceo. Algunos pensarán que esto tiene algún significado, pero ya les digo que no, que es un mero recurso plástico que atiende a razones puramente estéticas más que a simbólicas.
Aprovechen este día de invierno y vayan al parque, quizá les aguarde alguna sorpresa, que parece que sale el sol...


Andricaín, Sergio. 1996. Anthony Browne, un postmoderno en el universo del libro infantil. Hojas de lectura, 42. Bogota: Fundalectura.

lunes, 5 de diciembre de 2016

"Coaching" emocional y ¿literario?


A la Miss-Pe, su Grey y todos los amantes de las nubes.

En un mundo occidental lleno de complejos personales y aspiraciones ionosféricas, no es de extrañar que mis alumnos lloren sin cesar. No sólo por kilos de más o kilos de menos, amores fatales o no correspondidos, dimes o diretes. No. Que si el pavor frente a un examen, que si la nota no les llega, que si mi padre me corta la cabeza.... Lo mejor de todo viene cuando en las sesiones de evaluación alguna “eminencia” pedagógica les receta psicoanálisis y ansiolíticos ipso facto... Además de unas incontrolables ganas de escupirle por tonto/a, me da la risa y pienso en lo feliz que era viviendo a todo trapo mis diecisiete años (unos que por cierto, ya no volverán... ¡Sniff!).
Quizá la crisis y su rasero hayan potenciado esa (auto)competitividad y (auto)perfección que no sólo observamos en los adolescentes, sino también en las madres de familia, los hombres de negocios y los opositores desesperados. Esos males, otrora de ricos, azotan hoy día a cualquier pobre que se deje obnubilar por las expectativas ficticias, en vez de comerse un buen guisado de costillas. Yo sigo con lo mío: prefiero volar liviano sobre el suelo que pisotear el cielo y llenarlo de mugre (Hay que velar por la limpieza celestial no sea que nuestra alma se cubra de roña). Sí, sí, mucha teoría: “La vida nos depara todo tipo de sorpresas...” Bla, bla... “De nosotros depende adquirir y saber utilizar las herramientas precisas para adaptarnos a cada situación...” Bla, bla, bla... ¡Pero qué poca práctica!


De golpe y porrazo todo está controlado por psiquiatras, psico-pedagogos y “coaches”. Es el producto de una sociedad que, a pesar de su modernidad, se siente cada vez más huérfana. En un principio, esta intromisión fue consensuada (ya saben que abomino del intervencionismo en sus múltiples facetas), para, paulatinamente, transformarse en una necesidad prioritaria de Occidente (Mami, qué será lo que tiene el negro...) que con sermones y doctrinas va paliando el dolor de su enfermedad endémica: el vacío.
Ni qué decir tiene que el mundo infantil, como extensión del adulto, y concretamente el de la literatura infantil, también se han hecho eco de ello. ¡Qué mejor que el libro, ese artefacto cultural de primer orden, para ayudar a estos niños pobrecitos que no saben qué se pescan! Y así pasa, que muchas editoriales han aprovechado la coyuntura para dar forma e incluir en su catálogo todo tipo de libros que, escritos por psicólogos de profesión (curiosa incursión), enmascaran de literatura la autoayuda y ahondan en el estado emocional del lector con fines terapéuticos.


Quizá no haya nuevo bajo el sol ya que la LIJ ha estado ligada, inevitablemente, a lo pedagógico. La diferencia es que las fábulas de Esopo abanderaban lo cotidiano, lo ético y lo moral, mientras que en nuestros días se trata de enseñar qué es la ira, la sorpresa o la envidia a través de un libro (¡Vivan las sociedades capadas emocionalmente!). Como bien nos indica Juan Cervera AQUÍ “[...] el didactismo con mayor o menor intensidad sigue presente en los libros para niños, y seguirá presente bajo nuevas formas que lo alejen de los tonos suasorios y paternalistas de antaño, pero con intenciones a menudo menos claras y, por supuesto, al servicio de otros intereses frecuentemente mucho más alejados del niño y su verdadera problemática que los de antes”.
Cada cual que compre los libros que quiera, pero lo mejor sería hacernos la pregunta "¿Para qué los compramos?" Si la respuesta es “Para divertirnos” la cosa está más clara que el agua. En cambio, si tiene más que ver con “Para que mi hijo sepa hacer amigos” o “Para que mi nena aprenda a ordenar su habitación”, hay que hacerse otra pregunta con respuesta más compleja: "¿Dónde termina lo literario y empieza lo didáctico y pedagógico en la Literatura Infantil?"


Como algunos estamos de puente y hay mucho que hacer, prefiero responderles con un ejemplo. Willy y la nube el último libro de Anthony Browne (Fondo de Cultura Económica), además de darle en el asa a todos los que se hinchan a somníferos y terapias variadas a causa de esas nubes que les rondan la cabeza (más les valdría irse de juerga y dejar de parecer lo que no son), incluye en sus características ilustraciones surrealistas, abundantes metáforas y elementos libres de doctrina, que empujan suavemente al lector a la hora de avanzar a través de ese campo de minas llamado “Día a día”.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cumpleaños infantiles y miedos adultos


Con tres bocas que alimentar, no es de extrañar que X, mi compañera de viaje diario, tenga siempre algo de lo que hablar y que el quehacer diario de una madre de familia monopolice el tema de conversación la mayor parte del trayecto... Ayer tocó: “los cumpleaños”. Toda una fiesta... Pregúntenme lo que quieran. Ya sé todo lo que tiene que saber un ¿humano? para celebrar el cumpleaños de su hijo de una manera occidentalmente aceptable y sin darle mucho al coco. Bolas, colchonetas inflables, animadores infantiles, merienda -contratada o a escote-, fotos a troche y moche, griterío y llantos, regalos por un tubo, corona de princesa y ¡hasta un trono! incluidos (¡Más madera!), hacen las delicias en el (supuesto) día más feliz en la vida de un niño. Mientras ella justificaba el circo (lo hacen todos los padres cuando me ven la jeta, estoy muy acostumbrado...), yo me acordaba de todas las fiestas de cumpleaños a las que había acudido en mi niñez y pensaba que, excepto el atrezzo y el vestuario, poco habían cambiado las cosas... Y me sonreía.


Desde que era (¿o soy?) un mico, todas las celebraciones de esta índole me resultaban un tanto quijotescas, ya que entremezclan la realidad de la niñez con la mirada adulterada de los mayores, sus ficciones y convenciones, que, por extensión, hablan de sus miedos y otros males sociales. Compra el regalo, parlotea con el resto de los invitados, sonríe, habla de lo maravillosos y bien educados que son todos... No se sabe si estos faustos se deben más a la reafirmación de los padres y sus ganas de figurar, o al mero afán de que los críos disfruten de una tarde con sus iguales. En definitiva, unas reuniones que se merecen más de un estudio sociológico. Algo que a empezado a hacer Anthony Browne en su último libro, ¿Qué tal si...?, editado por Fondo de Cultura Económica.


Hacía bastante tiempo que no hablaba de este hombre, uno de los más aclamados creadores de álbumes ilustrados, pero tras encontrar este título a finales del pasado curso escolar, decidí reservarlo para la vuelta al cole y darle cierta trascendencia, no sólo por el tema en él tratado, sino porque me resultaba bastante trascendental para todos aquellos lectores que se ven involucrados en los avatares de la vida infantil. En él, Browne sigue adentrándose en los miedos infantiles desde su ya acostumbrada doble (a veces incluso triple) perspectiva, la del protagonista y la de su familias, que la mayor parte de las veces es muy diferente aunque el autor siempre encuentra un punto en el que ambas confluyen y se equilibran (N.B.: a veces, muy de soslayo y con cierto cariz surrealista y divergente, su tratamiento argumental me recuerda a Sendak). Es por ello que esta recomendación de hoy va para padres e hijos que acuden a un cumpleaños sin saber muy bien qué pasará allí...

martes, 19 de marzo de 2013

Paternales




Tras el “Habemus Papam”, el “Habemus Fallas” y el “Habemus corralito chipriota”, llegamos al inexorable “día del padre” que en honor de San José, padre putativo de nuestro Señor, se celebra en los países católicos, una festividad que, como bien se ha visto con la de San Patricio (¡Cuán grande es el poder de la globalización anglosajona!), se está extendiendo sobre la faz de la Tierra a pasos agigantados.
Aunque muchos celebren este 19 de marzo la paternidad de su genitor, lo mío también va de madre, ya que incluimos en el mismo día su onomástica… ¡Otra Pepa más para la historia! Es por ello que, a modo valenciano, festejamos una fecha tan señalada, con arroz y, si se tercia, fresas con nata, una delicia primaveral que no abunda durante la que sentimos cerca (Europa está acabando con nuestra bien surtida despensa). A veces también hay algún regalo… Si se nos ocurre algo a la descendencia, claro está.
Recuerdo ese año en que, aprovechando la edición de dos libros de Anthony Browne, Mi papá y Mi mamá, un par de álbumes ilustrados que creí inspirados en mis padres (¡increíble, pero cierto…! Es otra prueba evidente de que casi todos son iguales…, o al menos los de Mr. Browne y los míos… ja, ja, ja), maté dos pájaros de un tiro. Con enormes dosis de humor -algo característico de este autor y que se aleja de la languidez y pusilanimidad de otras obras con sentido paternal-, abundantes colores vivos y pinceladas de ternura, son capaces de entresacar una sonrisa al serio semblante que abunda entre los quehaceres paternales o maternales. Es por ello que, prefiriendo rescatar un par de buenos libros de bibliotecas y almacenes editoriales, les recomiendo este presente para sus respectivos y distintos a otros muchos que se han editado recientemente.
Una buena oportunidad para darles un beso y decir aquello de "¡Felicidades!"

lunes, 15 de octubre de 2012

Editoriales "lijeras" en televisión





Al abrigo de una huelga de estudiantes de la que prefiero mantenerme al margen y de la serie de “acertadas” declaraciones políticas que han calentado la Pilarica como si de  jotas de estilo malsonantes se tratasen (un servidor prefiere las de Andorra, Huesca o, en su defecto, “Los sitios de Zaragoza”), he decidido redactar una de esas entradas noticieras que tanto gustan a la comunidad lijera…
Hace, más o menos, una semana, el telediario de la primera cadena de TVE se hacía eco del “Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial” que ha recibido Kalandraka, esa editorial de literatura infantil y juvenil que todos conocemos, durante el presente año. Aparte de deshacerse en elogios, hacer un recorrido histórico de esta empresa, dar cera, pulir cera y vender la moto, la información hacía alusión al duro trabajo que supone comercializar un producto minoritario, el libro, en este caso dirigido a un público muy exigente, los niños.
A mi juicio, el éxito de Kalandraka se debe a una serie de factores -lejos de la publicidad, distribución y venta- entre los que se cuentan:
-          Apostar por ediciones en lenguas co-oficiales, sobre todo en gallego, retomando así la labor que durante la Transición comenzaron las pequeñas editoriales catalanas que intentaban aupar la cultura de cuño nacionalista.
-          Realizar una selección de títulos que aúnen, tanto obras actuales de factura nacional, como grandes clásicos contemporáneos que habían quedado descatalogados durante mucho tiempo.
-          Ocupar una parcela que había quedado abandonada tras la desaparición de las grandes casas editoriales de LIJ de los años ochenta y primeros noventa como Miñón o Altea.
Y para la dar la enhorabuena a esa editorial que jamás me remite ejemplares (ni solicitándolos formalmente), aquí les dejo con dos de sus novedades para este comienzo de curso, el manifiesto feminista firmado por Nella Bosnia y Adela Turín en Rosa Caramelo, y el simpático y simiesco viaje interior propuesto por el aclamado Anthony Browne en ¿Cómo te sientes?
Y si no tienen bastante literatura infantil por hoy, pásense por Google y disfruten del animado “doodle” con el que el citado portal de búsquedas ha querido deleitarnos en el 107º aniversario de la aparición de la primera tira del cómic Little Nemo in Slumberland en el New York Herald.

martes, 13 de marzo de 2012

Reinventando


Dudo mucho que los tiempos hayan cambiado, dado que, de invención, la vida tiene poco… Por mucho empeño que pongamos en idear, diseñar e innovar, siempre se repite la historia. Tomemos como ejemplo la televisión, esa maquina infernal que consume el tiempo como ninguna otra… ¡Se ruega silencio en el plató, que entramos en antena!
La memorable hostia que se zampó la Jenny en “Hombres, Mujeres y Viceversa”, ese escaparate del nivel sociocultural del tronista español, se queda corta frente a la cantidad de perrerías que tres idiotas se gastan con el fin de destrozar piezas únicas del automovilismo... Pensándolo bien, me río, cosa que no sucedía antes de que la televisión digital terrestre llegase a nuestras vidas… Lo máximo en este ranking de estupidez televisiva es ver a un Licenciado en Filología Hispánica guiando a un rebaño de guacamayos en busca de un aspirantón al que despellejar, un cometido más loable que el de ese atajo de madres que buscan pareja para sus Edipos, dejando así en evidencia el omnipresente poder del mangoneo familiar… En fin, siempre nos quedarán concursos inmortales como “Pasapalabra” o ese que presenta Jordi Hurtado plagado de “listismos” y “listismas”… Pero, ¿alguien se ha percatado de que todos estos programas son meras copias de otros que les antecedieron? Intenten adivinarlos…
Y tras este jocoso recorrido por el presente audiovisual con añejo sabor, resumo diciendo que vivimos anonadados ante multitud de productos, engendros e historias que, a pesar de prometernos nuevos sabores y sensaciones, son meras copias de otras que existían hace lustros, por lo que, haciendo gala de inteligencia, es preferirle reinventar los clásicos y dotarlos de un nuevo formato, que exprimirse en limón para dar con algo de mención, lema que ha guiado los pasos del reseñadísimo Anthony Browne en su reinterpretación del clásico popular Ricitos de Oro y los tres ositos, pasándose a llamar Los tres osos (FCE), un buen ejemplo de lenguaje visual, cuidada edición y doble mensaje.

lunes, 27 de febrero de 2012

¡Celebrando cuatro años!


Después de una semana carnavalera de lo más agitada, dejamos a un lado las biografías de ilustradores con renombre y nos disponemos a celebrar el cumpleaños de este espacio, que nunca viene mal darse un homenaje…, aunque vistos los pocos comentarios que recibo últimamente, la tentación de cerrar esta bitácora se agudiza cada día más (uno no sabe si las horas que dedico a actualizar los contenidos o a desarrollar nuevas ideas sirven para algo…). 


Y para soplar otra vela más sobre este pastel de reseñas bibliográficas, pensamientos e imágenes, acudiremos a otra de las obras de nuestro personal padrino, Maurice Sendak, ilustrador y narrador que tiene mucho que ver con el bautismo de este lugar. Ya era hora de reseñar Outside over there (1981), otra de las controvertidas obras de Sendak que inspiró a Jim Henson para su película En el laberinto (¿recuerdan a una jovencísima Jennifer Connelly que intenta rescatar a su hermano de las manos de David Bowie?) y cuyo agradecimiento a Maurice Sendak aparece en los títulos de crédito. 


En este álbum ilustrado con el que me topé en una biblioteca parisina hace un par de años y que rescató la editorial Kalandraka hace unos años, se narran las peripecias que Ida, una pequeña y despistada heroína, sufre para salvar a su hermano de los malvados goblins que lo han secuestrado haciendo acopio de un chubasquero amarillo y una imaginación ilimitada. 


Bajo esta historia que fue inspirada por el secuestro del hijo de Charles Lindbergh (sí, sí, el aviador) en 1932, una noticia que marcó a Sendak según él mismo, subyace el sentimiento de indefensión que sufre cualquier niño. Al mismo tiempo y en clara alusión a su propia y protectora hermana, Sendak nos lleva al mundo de la aventura a través de los ojos de Ida, una niña que sufre una transformación en este pequeño viaje iniciático: de los celos y el rencor, al cariño y la responsabilidad, un camino que cualquier infante ha de recorrer y que algunos álbumes ilustrados han recogido entre sus páginas, véase el caso de Cambios de Anthony Browne. 



Y nada, con este título tan galardonado, y animándoles a seguir visitándome de vez en cuando, a opinar de mis opiniones y a quejarse de mis irreverencias y desatinos, este servidor se dispone a apagar la cuarta vela que “Donde viven los monstruos: Literatura Infantil y Juvenil” se ha ganado en el ciberespacio gracias a ustedes.