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lunes, 31 de octubre de 2022

Razones para no celebrar Halloween con libros infantiles


Llamadme anticuado pero nunca me ha gustado Halloween. Quizá esa sea la razón por la que no hago selecciones temáticas sobre este asunto ni que tire cohetes cuando se aproxima la fecha. Incluso me sorprende que otros lo hagan. He aquí mis razones.
En primer lugar hay que hablar de la imposición cultural. ¿Por qué pijo tenemos que celebrar en España una tradición que nada tiene que ver con nosotros? Sí… disfraces, dulces, algarabía… Pero lo que no comprendo es cómo el personal está más puesto en los pormenores de esta fiesta que en los de cualquier otra que se celebre en España. Sin ir más lejos en navidad ya nadie pide el aguilando, pero todos los críos están deseando pronunciar aquello de “¿Truco o trato?” cuando el fin es el mismo. Demencial y triste.
Luego viene el fin consumista de la jarana… Todos los que se pasan el día criticando a los gringos y sus fiestas capitalistas, son los primeros en apuntarse a la moda de pintarse la cara y vestirse de negro. Luego dicen que son muy de izquierdas y que basta de gastar, de darle brío a la tarjeta de crédito... Esto es como el “Yo defiendo la escuela pública pero mis nenes van a la concertada”.


Para terminar me vendrán con que cualquier excusa es buena mientras el objetivo sea la lectura. Carnaval, el día del libro o el de la Tierra. Y llevarán razón si son de esos que necesitan excusas para leer. Yo, por mi parte, y viendo lo que muchas editoriales publican para “celebrar” el evento, me dan ganas de cortarme las venas. Calidad poca y morralla mucha. Casi todo lo que es susceptible de ser reseñado en este día es apto para pasar el rato sin una pizca de literatura o de provocarnos un telele.
Y por favor, no mencionen el terror, porque en Halloween hay de todo menos de eso. Ni suspense, ni tembleques, ni ánimas, ni grajos. Albergan más miedo los versos de Lorca, que todos los libros de esta temática que se han publicado este año.

Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.

* * *

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

* * *

Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.

Federico García Lorca.
Abecedario para Federico.
Selección de Antonio Ventura.
Ilustraciones de Juan Vidaurre.
2022. Valencia: Iglú.


lunes, 27 de diciembre de 2021

Fascismo familiar



Aparte de miedo, lo que he visto y oído los días pasados no tiene nombre. El virus ha vuelto a despertar la peor parte del ser humano. La más cínica, alarmista, egoísta, separatista, simplista y absurda. No he visto cosa igual. Nada tiene ni pies ni cabeza.
Y si las anteriores oleadas hemos despellejado vivo al vecino, a la frutera o al profesor de nuestro hijo, gracias a Omicron la peña se ha ensañado con la familia, el último bastión a esa inconsciencia que muchos llevamos viendo todo este tiempo de pandemia. Les ilustro con algunos ejemplos de incoherencia por parte de aquellos que siguen a pies juntillas los dictámenes de “amado líder” y abogan por el fascismo familiar.


Tengo una amiga que ha pillado el bicho para no ver a la familia (interpreto…). Llevaba un mes cuidándose como una bendita. Desde que la nueva cepa apareció. Doble mascarilla, triple vacuna, teletrabajo y actos sociales bajo mínimos. Todo controlado hasta que la casualidad en forma de concierto en el WiZink Center (perplejidad máxima) se le apareció la víspera de Nochebuena. A eso le llamo yo hacer las cosas a conciencia. Y la familia un disgustazooooo…
Otro amigo mío se ha confinado con tal de no matar a la parienta. Tras una semana con un catarro que no llegaba a gripe, se le ocurre prestarse como cobaya a un test de antígenos (la cosa no tenía mucho sentido después de siete días disparando virus, pero bueno, allá él…) y ¡zas! ¡en to’ la boca! Se pasó la Nochebuena encerrado a cal y canto por prescripción de su señora, disfrutando de la cena gracias a la caridad familiar y departiendo con sus cosanguíneos vía on-line. Espero que los días que le restan (sin síntomas, por cierto), se entretenga leyendo y no le dé por practicar con el cuchillo jamonero.
Sé de otro señor que ha tenido en cuarentena a sus hijos toda la semana. Los nenes se fueron de juerga y él, en vez de actuar con lógica y hacerles un par de test en caso de que presentaran algún síntoma, les puso un cartel en la frente que rezaba “apestados”, los metió bajo llave en sus respetivas habitaciones y los alimentó por debajo de la puerta. Él, como ciudadano ejemplar (eso le ha dicho la tele), creerá que solo administró una dosis de penitencia a los pecados sanitarios de su prole, y yo solo barajo dos opciones: secuestro o maltrato.


Con el rollo de que todos nos queremos (cosa que es mentira) muchos han tenido la excusa perfecta para putear a sus seres queridos estos días. “Lo hacemos por el bien de todos” “Hay que ser solidario. Este año más que nunca” “Gracias a tu sacrificio, nosotros viviremos” "Arrima el hombro aunque se te caiga a cachos de tanta vacuna" Les juro que oyendo tantas sandeces edulcoradas me he partido de la risa. Entiendo la precaución y preocupación cuando tienen sentido (personas con riesgos o sintomatologías graves), pero todo lo anterior es propio de los Monty Python.
La familia debería estar para apoyarnos, no para ensañarse con nosotros, denigrarnos, apuntarnos con el dedo o, en su defecto, con el hisopo de los test rápidos. No creo que nadie quiera hacer daño a sus seres queridos de forma consciente, y a pesar de que a muchos se les hayan nublado las neuronas con tanto miedo, que tengan un poco de vergüenza y demuestren respeto por sus allegados. Bastante tiene el que lo ha pillado con soportar la enfermedad y tomar decisiones poco agradables. Si nos queremos, que se note.


Para inspirarles algo de ternura por sus maridos, hijos y hermanos, hoy les traigo dos libros. Tanto Loba, de Pablo Albo y Cecilia Moreno (editorial Libre Albedrío), como Dos lobos blancos, de Antonio Ventura y Teresa Novoa (reeditado por Iglú) son dos álbumes que revisitan el tema de los lazos familiares y afectivos, en ambos casos tomando como protagonistas dos historias sobre lobos, unos animales que nunca abandonan a la manada.


En el primero se nos presenta una historia un tanto bucólica, donde la contemplación de la naturaleza acompaña a este viaje que realiza una loba hasta su cueva donde se encontrará con sus lobeznos. Todo el trayecto se llena de experiencias hermosas que también llenan de recuerdos a un lector, niño o adulto, que se fija en los detalles mínimos. La lluvia, las hormigas o el viento nos acompañan en este paseo sensitivo con final entrañable.
Aupado por unas ilustraciones coloristas donde las figuras planas, la geometría y el minimalismo son cómplices de un lector muy iconográfico que gusta de lo sencillo pero con abundantes detalles, lo encontramos irresistible para hablar del medio que nos rodea o leerlo en mitad del bosque.


En Dos lobos, un álbum con amplia trayectoria desde que lo publicara por primera vez Edelvives, también nos encontramos con una travesía, en este caso la expedición de rescate que llevan a cabo dos lobos que acuden al auxilio de una loba herida que se refugia junto a su hijo en mitad de la nieve. Si bien es cierto que el texto tiene mucho lirismo, también encontramos cierta tensión, un deje misterioso. Pinceladas intrigantes que nos invitan a avanzar en la acción, al tiempo que hacemos compañía a los dos protagonistas.


Un relato que ahonda en las relaciones familiares tomando como escenario unas ilustraciones donde los grandes espacios cubiertos de nieve y surcados por curvas sinuosas nos envuelven. El blanco, su amplitud, su soledad, tranquilizan e impresionan a partes iguales, al mismo tiempo que contrastan con esa oscuridad nocturna en la que avanzan unidas dos figuras animales, produciendo un efecto que atrapa y embelesa.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Luminosa necesidad


Yo no me creo nada. Soy un incrédulo de mucho cuidao. Eso de tener los ojos llenos de pan hace tiempo que se acabó. Es verdad que siendo más ignorante, se es mucho más feliz, pero también te calzan ostias como panes de centeno, que son recios y duelen más.
Tampoco es que vaya con pies de plomo -que la desconfianza nos hace flaco favor-, pero sí suelo poner en duda todo lo que me rodea. No sea que, una de dos, o me acostumbre a este mundo obtuso (con un porrazo monumental como consecuencia), o acabe engullido por esa impostura que se ha instalado en nuestros días (mucho “gracias”, “perdón” y “por favor”, pero humanidad, poquita).


No es que vaya de sobrado ni clarividente. No. Simplemente prefiero sopesar pros y contras a través de mi propia experiencia y arrojar algo de luz a tanta neblina grisácea. Que si no, acabamos viviendo de pura ficción, de sainetes y entremeses en toda regla que entretienen pero no alimentan. Ensoñaciones varias que unas veces ayudan, pero otras encorsetan.
No actúen como pollo sin cabeza. Trae más cuenta poner en entredicho ese espejismo, que renunciar a la realidad. Ya les digo que lo uno puede ser lo otro, y lo otro, lo uno. Denle al interruptor, enciendan el mundo e iluminen su camino. Despierten y descubran que hay más allá de las bambalinas, adéntrense en la espesura y descubran de primera mano lo que habita tras los castaños. Hagan como Colombina, nuestra protagonista de hoy.


Antonio Ventura y Pablo Auladell se vuelven a unir en este libro gracias a la editorial Iglú (ya repitieron tándem en 2008 con El sueño de Pablo) para articular un relato poético y tranquilo que deja muy buen sabor de boca.
Un castillo. En él habitan Colombina, una princesa, y Arianna, su ama nodriza. Colombina no puede salir del castillo (clásico argumento para hablar de la represión de la infancia) y su cuidadora, además de cariño, habla con ella sobre los sueños y le cuenta historias. Sí, lo que leen, cuentos en otro cuento (un poquito de intertexto nunca viene mal), donde el simbolismo se esconde en cualquier resquicio..., tras el vuelo de los pájaros, en las figuras del unicornio y el minotauro, o el semblante de la luna. Referencias que hablan de mitos clásicos que interpelan voces literarias de otro tiempo (¿Quizá a Calderón?).


Teniendo en cuenta que este proyecto empezó hace diez años, tal y como apunta Auladell, supone un punto de inflexión en lo que se refiere a las técnicas utilizadas. El artista abandonó el óleo y tomó el grafito, las cretas y el pastel como medios de expresión, donde las texturas recordasen a una estética más primigenia. El trazo rápido, ligero, emborronado en unos dibujos que también se sirven de escenarios elaborados con recortes de papel, para darle ese aire de bosquejo, de apunte imperfecto en el que también vive la belleza. Pero lo que más me ha gustado de estas imágenes es su claridad. Están llenas de luz, una luz necesaria.


Cuidada maquetación, elementos del libro-objeto (fíjense en las guardas peritextuales a modo de prólogo y epílogo) y una cadencia narrativa pausada y sutil. Posturas (figuras de espaldas o niños y regazos) y gestos (las manos, miren las manos) que recuerdan a la pintura renacentista, esa que se enmarca en geometrías perfectas. Todo esto y mucho más nos ayuda a situar una historia donde realidad y ensoñación, día y noche, son las caras de una misma moneda: el anhelo humano. Deseos de niños que se retuercen en el interior de cada uno con un único objetivo, el de ser libres y ver más allá.

lunes, 21 de marzo de 2011

Primavera...


El final de la segunda evaluación siempre llega cuando el día se prolonga y las noches se hacen más cortas, los niveles hormonales de los púberes se disparan y uno tiene que enfrentarse a estos con todo tipo de artimañas. Entre las más utilizadas del profesorado se cuentan los trabajos en grupo, las actividades de repaso y… las películas. ¡Qué sería del profesor sin el séptimo arte!
Excuso decirles que un servidor no las utiliza continuamente por dos sencillas razones: el tiempo escasea y lo que se convierte en rutina acaba aburriendo.
En cualquier caso encontrar películas cuyo argumento esté relacionado con la materia que imparto se hace difícil (N.B.: Uno siempre puede salirse del contexto y aprovechar cualquier escena para sacar buen partido en pro de las áreas científicas), pero por si tienen curiosidad y les sirve de ayuda, citaré algunas que utilizo con cierta frecuencia:

- Los últimos días del edén.
- El jardinero fiel.
- Diamante de sangre.
- X-Men 3.
- Viaje al centro de la tierra.
- Océanos.
- Earth.

De entre estas, la que más veces he visto es Nómadas del viento, una película francesa de tipo documental con una fotografía excelente e imágenes impresionantes que narra las vicisitudes de las aves migratorias. Mis alumnos, pequeños y mayores, siempre quedan boquiabiertos y contentos tras verla, y cuando piden más, escaneo las imágenes de Un cuento de cigüeñas de Antonio Ventura y Leticia Ruifernández (editorial Tàndem) y finalizo con una pequeña historia a caballo entre la realidad y la ficción…

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Tesoros de la niñez


A Luis, bibliotecario escolar y fiel seguidor.

Conforme envejecemos (seamos fríos), no sólo peinamos canas, nos empeñamos en lucir como cuando éramos pipiolos o intentamos retomar aquellas aficiones que en su día nos parecían auténticas pesadillas, también dejamos de olvidar para empezar a recordar…
A muchos les parece triste eso de cambiar el lustre de la juventud por la carcoma de la vejez, pero siempre hay un dulce sabor en lo añejo de la vida que, si no nos permite estirar las patas de gallo, recuperar el tono muscular y poner el michelín a rajatabla , bien nos valida para adelantar a los mozos que nos siguen con unos cuantos errores y una migaja de sabiduría, mientras contemplamos con una grata sonrisa ese puñado de recuerdos que atesoramos en una destartalada caja de zapatos o en una lata oxidada… Cromos, un zompo, cartas de amor, juegos de naipes y una bolsa de canicas, la piedra que recogimos durante aquel verano o esa cinta de casete con la canción que bailó nuestro primer beso… Todos guardamos lo más importante de nuestra niñez, de nuestra adolescencia, en los detalles más diminutos, no por esperar que un día otros los hallen y queden perplejos mientras intentan descifrar ese ávido coleccionismo, sino para, una vez llegue ese día en el que nos creamos mera hojarasca, podamos mirarlos y sonreír a esa vejez con la juventud del ayer…, porque nadie es senil atendiendo a la fecha de nacimiento que aparece en el D. N. I., se es viejo por no haber guardado ni un ápice de lozanía en lo más somero del corazón.

Ventura, Antonio. 2010. La caja de los tesoros. Ilustraciones de Juan Vidaurre. Barcelona: Sinsentido.

miércoles, 28 de abril de 2010

Abecés


[…] Por lo que la profesora, harta de cacharrear entre cuadernos escolares, gomas de borrar mordisqueadas y el polvo que los años había ido acumulando en el fondo del cajón, tomó con decisión el lápiz y escribió con letra amplia y clara sobre el papel:
“Se busca Abecedario con veintisiete letras, ordenado y fácil de aprender. Tiene las tapas blancas y alguna pincelada roja. Cada letra viene acompañada de una ilustración deliciosa y una pequeña frase que moja el corazón. Se perdió antesdeayer, cuando la lluvia mojaba las aceras y la primavera llegaba. Atiende también al nombre de Abecé y Alfabeto. Es suave, agradable y bastante redicho. Adora a todo el que no sabe leer, sobre todo a los niños con los ojos muy abiertos. Aquel que lo encuentre, será recompensado con un buen libro.”
Y hecho esto, dobló el anuncio, lo guardó en su bolsillo y se dirigió a la redacción del periódico. […]




Otros abecedarios hermosos...


Abecedario realizado con patrones de coloración de alas de mariposa. http://www.sciencenewsforkids.org/articles/20051116/Feature1.asp


jueves, 10 de julio de 2008

Regalos

Regalar nunca está de más, sobre todo cuando encuentras aquello que puede originar cierta sorpresa e ilusión.
No nos engañemos, regalar es fácil, lo verdaderamente difícil es dar con un buen regalo, por este motivo, uno es partidario de regalar sólo cuando hallas el objeto que anime a la ilusión.
Muchos creerán que estas fechas de sosiego y descanso no son muy propicias para estar regalando, sino más bien para estar gastando la paga extraordinaria en otros menesteres más egoístas, como puede ser aparcar el cuerpo en una soberbia tumbona, untarse hasta el duodeno de pringue con olor a zanahoria o pillando unos súbitos mareos a lomos de cualquier crucero transmediterráneo. Yo soy de esos pocos que regalan en estas fechas, será por expurgar el espíritu y hacerlo rebosar de pensamientos menos grises que los que he tenido en pasados días (¡maldita oposición…!), así que, ayer, sin comerlo ni beberlo, dí con dos estupendos regalos, y hoy, de buena mañana, los he entregado a sus dueños (siempre he pensado que los buenos regalos ya tienen propietario, son como los perros perdidos que los encuentra un amigo).
El primer regalo a sido para Rosa, la que sueña, y qué mejor regalo que El sueño de Pablo, de Antonio Ventura y Pablo Auladell (Editorial Los cuatro azules), donde los sueños alcanzables y la realidad se cogen de la mano en las palabras de un niño que se enfrenta al mundo adulto desde una perspectiva sencilla que aupa sus deseos más inmediatos.
El segundo regalo lo he encontrado para Amparo, que le encantan todas las letras del abecedario: ABC3D de Marion Bataille –Editorial Kókinos-. Para ella este recorrido por el alfabeto en forma de libro álbum desplegable de pequeño formato y renovados aires, donde la “A” se escapa del papel y la “S” gira sin parar buscando una nueva forma de enseñar la magia de las letras, verdaderos ladrillos de la palabra.