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jueves, 12 de febrero de 2026

El disfraz innecesario


Desde que no andamos como nuestra madre nos trajo al mundo, el atuendo siempre ha sido una forma de significarse. Para ricos y pobres, para hombres y mujeres, para niños y mayores. La ropa es una forma de identificarse. He ahí la razón por la que todavía hoy hay una cantidad inimaginable de marcas de ropa con las que unos y otros buscan significarse.
Colectivos, géneros, tribus urbanas, poder adquisitivo… Si lo piensan bien podríamos hacer una radiografía de cada uno de nosotros simplemente analizando el tipo de ropa que vestimos. Materias primas, manufactura, visibilidad de la marca, colores, diseño… Todo habla sobre quiénes somos, pues el ser humano, desde tiempos inmemoriales busca diferenciarse de sus iguales de un modo u otro.


No obstante y en muchos casos, el aspecto suele ser poco concluyente. Más todavía en un mundo en el que todo quisqui juega a parecer en vez de ser, la estrategia estrella en redes sociales y medios de comunicación insustanciales que solo busca el aplauso. Y es que esa transgresión que muchos entendían como forma de vida, se convierte en pretensión en este universo de la impostura.
Menos mal que todavía nos queda el carnaval, esa fiesta que empieza hoy (¡Jueves Lardero, señores!); la mejor excusa para la desobediencia, dar rienda suelta a lo incorrecto y dejarnos de pamplinas. No pocos se enfundarán en cuatro trapos y se lanzarán a las calles, las verbenas y los bares transformados en el personaje que deseen para cometer todo tipo de paripés y atrocidades. Ya saben que disfrazarse es una cuestión de actitud. Dejarse llevar por la inspiración y entrar en el papel es mucho más interesante que emperifollarse sin fuste.


Y si no, que se lo digan a la protagonista de Feliz cumpleaños, el último libro de Heena Baek publicado por Kókinos, su editorial de cabecera en nuestro país y que ya he añadido en esta selección de libros cumpleañeros.
La cebra está hecha un desastre. Toda su vida está llena de oscuridad y tonos grisáceos que la atormentan, un verdadero drama teniendo en cuenta que se acerca su cumpleaños. Menos mal que su tía quiere que se ponga las pilas y le envía un regalo muy especial: un armario que le ofrece un outfit diferente para cada día. Sin esperarlo, el armario le da en el asa y se empieza a sentir muy animada. Se deja llevar y comienza a disfrutar de ese universo textil tan variopinto que le ofrece el mueble. Parece otra, se siente especial y muy disfrutona y decide celebrar su cumpleaños con una fiesta por todo lo alto. Pero de repente, el día llega y el armario solo le ofrece un capirote de cumpleaños. Al ver que no hay con qué vestirse, suspende el evento y se mete en la cama muy triste, pero la función debe continuar...


Como en muchos otros de sus libros, Heena Baek utiliza esa magia a la que nos tiene acostumbrados con un sentido un tanto aleccionador, pero siempre brillante. Y es que cambiar la perspectiva de una persona que sufre una depresión, sea por las causas que sean, siempre es un bonito mensaje. Y si, además, se hace uso de un escenario onírico, mejor que mejor.
Por otro lado, Baek afianza la incorporación en sus obras del objeto fantástico como elemento expiatorio, una forma de vía de escape de esa realidad tan insustancial que nos azora en la sociedad actual. Como sucede en los cuentos tradicionales, caramelos, panes o en este caso, armarios, son los encargados de dar esa vuelta de tuerca necesaria a unos (anti)héroes que, lacerados por sus circunstancias, intentan recobrar su espacio en el relato de una forma autónoma.


En lo que a recursos narrativos se refiere, además de sus ya clásicos dioramas y esculturas, la autora coreana utiliza esta vez una serie rítmica que establece un marco de lectura repetitivo que, al quebrarse, crea una sensación de extrañamiento (o decepción, para gustos los colores), que resuelve con un final (pseudo)optimista que siempre se agradece. Me encantan, tanto la descripción de todos modelitos (ese guiño a la moda siempre tiene mucho tirón) y las escenas basadas en las nuevas tecnologías, pues videollamadas y chats favorecen esa aproximación a los lectores del nuevo milenio.

lunes, 12 de enero de 2026

Viaje a la (im)perfección

 

Además de imposible, querer ser perfecto es un lastre. No solo por la desazón que supone competir consigo mismo, sino por lo innecesario de vivir volcado en la eterna comparativa (incluso envidia). Porque, piénsenlo bien: ¿qué significa ser perfecto? La perfección de la que hablan muchos no deja de ser una convención que se llena de subjetividades, sobre todo cuando implica tomar referencias.



Quizá para muchos, Pedro Sánchez sea un modelo a seguir. En Estados Unidos, Donald Trump es todo un ejemplo para sus votantes. Lo mismo sucedía con Margaret Tatcher, una mujer de bandera. Incluso gran parte de la sociedad alemana quería ser como Adolf Hitler. Imaginen… Lo dicho: es un tema muy controvertido.
Y no solo ocurre en el ámbito de la política. Rafa Nadal, Greta Thunberg, Lionel Messi, Malala Yousazfai… ¿A ustedes les gustaría ser como ellos? A mí, en absoluto, sobre todo porque su imagen está completamente sesgada. Que los medios de comunicación y las redes sociales dirijan nuestra mirada hacia ellos ¿es suficiente para ser perfecto?


Creo que cabe una distinción entre completo, excelente y perfecto, pues las palabras, aunque pueden funcionar como sinónimos, albergan diferencias sutiles que se refieren a lo paradójico. Y es que, como apuntaba Leibniz, la mejor de las posibilidades no quiere decir que sea la perfecta. Puede que estas personas hayan alcanzado la excelencia en lo que a sus propósitos se refiere, pero caben otras muchas maneras de alcanzarlo.
Por lo que a mí respecta, me bajo de los cánones y prefiero un poco de jugo. Que las dobleces humanas también insuflan un pelín de dinamismo a ese mundo insustancial al que nos aboca la sociedad del postureo. Abogo por lo imperfecto, por eso que ni homogeniza ni encorseta. Un propósito que libera.


Que se lo digan a la protagonista de Esto a Rita no le pasa, un álbum de Simona Ciraolo publicado por Andana, que indaga la frustración infantil. La protagonista de este libro (No sabemos cómo se llama… ¿Por qué será? ¿Querrá la autora que cada lector le ponga el suyo?) hace un dibujo. Cuando salen de clase, el padre de Rita, su mejor amiga le dice que es precioso, sin embargo, cuando ella llega a casa, mientras le enseña el suyo a su madre, se percata de que tiene una mancha. “Esto a Rita no le pasa” piensa la pequeña. Ese borrón minúsculo comienza a convertirse en una obsesión. Tanto es así que la mancha cobra vida propia y le demuestra que lo que a priori parece un defecto imperdonable es capaz de mutar en una fuente de inspiración y una forma de libertad creativa.


En esta ocasión, además de estudiar la expresividad de los personajes y utilizar elementos propios del cómic (secuenciación de las acciones o bocadillos para los diálogos), Ciraolo juega con el lenguaje compositivo y enriquece el marco de lectura con unas guardas peritextuales, el uso de diferentes planos, textos que se fragmentan, composiciones basadas en diagonales, tercios y mitades, pero sobre todo, en el contraste de esa mancha de tinta sobre ocres, tostados y pasteles. Si a todo ello añadimos esa historia cotidiana que se puede extrapolar a cualquiera, este libro bien merece una lectura. 


Y es que los niveles de autoexigencia de algunos chiquillos pueden llegar a ser tan insoportables como descorazonadores. Una crítica desafortunada, una equivocación o una mirada diferente nos pueden hacer caer en un abismo muy doloroso del que algunos no ven la salida. Por eso la perspectiva es muy importante, incluso transformadora. Quizá ahí reside el aprendizaje. Lo fortuito, la frescura o los inconvenientes también forman parte del proceso, convirtiendo lo rutinario en auténtico.



viernes, 10 de octubre de 2025

Leer en los susurros


A veces leo libros que no alcanzo a escuchar con claridad. Unas veces me susurran muy bajito. Otras hay demasiado ruido. Y entre unas cosas y otras me pierdo entre las palabras que los arman. Y no es que no digan nada, pues dicen muchas cosas que te impregnan con fuerza, solo que, como si de otra lengua se tratase, no te envuelve la evidencia. Y piensas que la nitidez es un lastre, pero también un regalo, el de entenderse con la mirada a través de la niebla.


El de hoy es uno de esos libros que te habla claro y fuerte pero que no logras descifrar completamente. Sabes que en él hay tristeza, hay ensimismamiento, hay aislamiento. Pero también cariño, comprensión y una pizca de esperanza. Quizá ese sea el misterio de la poesía, alcanzar a todos gracias a un idioma ininteligible.


María José Ferra y Mariana Alcántara nos dan una lección narrativa que habla y cuenta, pero que también calla y silencia. Aves enjauladas, paciencia bordada en rojo, mucho espacio, sombras misteriosas, abrazos que consuelan, guardas peritextuales… Todo se articula para que cualquiera lea a su manera, pero todos alcancemos la esencia.

Soplo y despierto al único habitante del lugar.
No lo sabe, pero soy yo quien dibuja las nubes
y las cuelga sobre su cielo con un alfiler.

Yo, el que cada día, imagina una ventana para él.

Dentro de mis lágrimas hay peces blancos
que confunden el agua con el aire.

María José Ferrada.
En: La soledad de los peces.
Ilustraciones de Mariana Alcántara.
2025. Diego Pun: Santa Cruz de Tenerife.

lunes, 12 de mayo de 2025

Rabia, tristeza y lodo


El que piense que las relaciones familiares son muy sencillas, que levante la mano para que los demás podamos apedrearlo… Y lo digo muy en serio porque teniendo en cuenta como está el patio, lo más normal es que los parientes se tiren los trastos a la cabeza y riñan por cualquier estupidez. Herencias, cuñados, yernos… cualquier excusa es buena para ahondar en relaciones complejas que, a golpe de infancia, se van enquistando.


Y es que eso de que todos los hijos, padres, sobrinos y nietos son iguales es una mentira como una catedral. La típica coletilla que todos nos aprendemos para no hacer distinciones y evitar los conflictos con algo de diplomacia. Si todos somos diferentes, ¿cómo vamos a desempeñar el mismo papel en la tribu, en la mínima expresión social?
Hay hijos que son más cariñosos y otros que viven con el morro torcido, nietos que se prestan a cualquier recado y nietos que pasan de todo, abuelos que cuidan de todos los nietos y los que sirven a unos pocos elegidos. Hay tantas variantes que no podemos ser equidistantes con cualquiera por el mero hecho de compartir un porcentaje de nuestros genes. Y la gente debe ser consciente de esta realidad.


Eso no quita para que la familia duela y podamos echarle un cable, pues a fin de cuentas, hemos compartido mucho tiempo, sobre todo el de la niñez, ese cúmulo de circunstancias que nos moldean hacia el futuro. Sí, la infancia: ¿El germen de nuestras miserias o un espacio reflexivo? Cada uno que elija su camino, que bastante tenemos como para andar con reproches familiares. Lo decimos yo y la Alemagna, en su último libro.


Cada tarde, Sen se acerca al colegio para recoger a su hermana pequeña, Yuki. Todos los días la misma ceremonia; Sen le da las llaves de casa, se esconde bajo su capucha y camina a tres kilómetros por delante de ella. Hasta que un día, Yuki, llena de cólera, decide tirar las llaves por la alcantarilla para darle una lección a su hermano. Lo que en principio parece un acto de venganza por el desprecio fraterno, se convertirá en el comienzo de una aventura a través de un misterioso reino gobernado por Su Alteza Lodo, Princesa de Barro, un personaje que, mostrándole los rincones de su territorio, también le permitirá indagar en sus sentimientos más oscuros.


En este libro publicado por A buen paso), Beatrice Alemagna además de utilizar sus característicos colores neón (para el álbum que nos ocupa el elegido ha sido el verde) y explorar las relaciones familiares, recrea un universo muy particular en el que podemos encontrar guiños a la Alicia de Carroll (a día de hoy, un desagüe equivaldría a ese hueco en el árbol por el que huye el Conejo Blanco), La reina de las nieves de Andersen (en una versión más subterránea) o a los universos oníricos de Miyazaki (no me dirán que los moquitos no se parecen a los kodamas de La princesa Mononoke pero en su versión más oscura y untuosa).
El barro, la suciedad, la basura y los desechos se amontonan en un espacio claustrofóbico que, a modo de estercolero emocional, va consumiendo a nuestra protagonista en una mezcla de ira, rabia y tristeza que chorrea por las paredes de ese reino tan infecto como necesario.


A pesar de lo complicado del tema, la autora italiana consigue hilar una historia con muchas fisuras por las que asomarse como protagonistas o como espectadores. La Jungla negra, el Lagondite, el Museo de los detestables o la Rabioteca. Todo articula un recorrido por las diferentes emociones de Yuki que se desbaratan gracias al grito ¿auxiliador? ¿liberador? ¿culpable? de su hermano y culminan con esa escena en un balcón desde el que se divisa el exterior. ¿Pero saben que es lo más bonito de todo? Que ningún adulto se asoma a las escenas para mediar en el conflicto, y eso, dados los tiempos que corren, es maravilloso.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Solos ante la vida


No entiendo porqué mucha gente es incapaz de ir sola al cine. Es algo que siempre me ha llamado mucho la atención. Ellos me responden que siempre han acudido a ver una película con su pareja o el grupo de amigos de turno como manda la tradición, y yo pido razones.


Lo primero que se les ocurre es ponerse profundos y rondar esa idea de construir momentos colectivos en los que todo el mundo pueda dar su opinión para enriquecerse mutuamente. Luego se bajan de la burra y empiezan a largar de lo lindo. Que en aquellos años tocaba aprovechar la oscuridad de la sala para meterle mano al ligue de turno, para abrazar a alguien en caso de una escena peliaguda o que les da miedo la oscuridad.
Si bien es cierto que todas me parecen igual de válidas (cada uno que haga lo que quiera), creo que hay una asociación de ideas muy malograda con esto de la compañía de la que muchas empresas dedicadas al ocio como las aerolíneas o las cadenas hoteleras se aprovechan para sacarnos los cuartos.


Cuando te acostumbras a realizar cualquier actividad, por cotidiana que sea, con una o varias personas, también estás perdiendo la capacidad de experimentar y valorar ese momento desde un prisma individual. Esto no quiere decir que sea mejor o peor, sino simplemente diferente. La satisfacción de establecer un diálogo contigo mismo te ayuda a interiorizar la experiencia y concienciarte de tu posición en el mundo.
Y ya que me he puesto el “modo mindfulness” on, hoy me toca detenerme en Yo puedo sola, el nuevo álbum de Kathrin Schärer que acaba de editar Lóguez y que está haciendo las delicias de todos los que, de vez en cuando, nos ponemos un tanto profundos e introspectivos (sin abusar, claro está).


Como ya hizo en su Estar ahí, la autora alemana se dispone a explorar un montón de actividades cotidianas en las que participan las crías de un sinfín de animales. En esta ocasión presta mucha atención a la autonomía de los pequeños lectores-espectadores, esos que se identifican con las escenas que se van representando en cada doble página.
Lirones, ardillas, tejones, conejos, cerdos o zorros se levantan, desayunan, van al colegio, aprenden y juegan. Desde que se levantan hasta que se acuestan hacen todo tipo de tareas por sí solos. Del mismo modo, las imágenes nos hablan de esos momentos desde una perspectiva emocional en la que la alegría, la frustración, la tristeza o la sorpresa se entremezclan a lo largo del día.


Una excusa perfecta para indagar en nosotros mismos gracias a una treintena de imágenes que, acompañadas de un sinfín de verbos infinitivos, abogan por la curiosidad y la autosuficiencia durante los primeros años de vida. Aunque también me atrevo a recetarlo a muchos niñatos inútiles y adultos sin inteligencia emocional alguna, es una buena manera de echar a rodar a los prelectores en este mundo lleno de cosas disfrutonas que podemos hacer solos.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Gente amargada


Hay gente que, de tanto fijarse en los demás, vive amargada consigo misma. Si los demás no hacen lo que ellos quieren o lo que se esperaría que hiciesen, ya la hemos liado. Viven molestos por todo, aunque lo que llevemos el resto entre manos no les repercuta en nada. Y si eso sucede, por mínimamente que sea ¿es para ponerse así? Pregunto. Cualquier excusa es buena para liártela, su máxima aspiración vital. Y luego: a vengarse.
Si salimos, que deberían cerrar todos los bares sin excepción. Si te compras un coche, quieren que los erradiquen de la faz de la tierra. Si te casas, que ojalá te divorcies pronto. Si les avisas de que llegas un poco tarde a la comida, tienen un hambre voraz y ni te esperan. Si te gusta la Navidad, que la prihiban. Y así todo. Lo peor de todo es que convierten esa actitud en una forma de vida, por lo que, ni viven, ni dejan. Todo un despropósito en lo que a existencialismo se refiere y que les aboca a la soledad más absoluta.


Lo peor de todo es que esta fauna florece como setas, más todavía en el mundo del coaching, las personas vitamina y el self care. Estoy deseando que la Marian Rojas Estapé nos dé uno de sus mítines sobre la gente amargada, a ver si alcanzo a entender la base fisiológica de este fenómeno. El tono con el que hablan, el rictus que se gastan, sus quejas constantes, crispados, volátiles y ofensivos… Lo que más anonadado me tiene es esa satisfacción que recorre sus higadillos haciendo que otras personas se sientan mal. ¿Estará su oxitocina a los niveles de la discontinuidad de Mohorovicic?
Ni ellos mismos saben de dónde viene ese estado de pobreza emocional. Se creen que lo controlan todo y con joder a los demás, solucionan cualquier brete, pero lo cierto es que a mí no me gustaría sobrevivir (que es lo que hacen) de esa manera. Con la cantidad de cosas malas que hay en la vida, no sería capaz de alimentarlas todavía más. Pero bueno, allá ellos...


Yo, lo único que tengo claro es que forman parte de un variado elenco de actores secundarios de los que prescindo en esa obra de teatro que es mi devenir. Y si hay que soportarlos por obligación, cuanto más lejos y menos trato, mejor. Prefiero hacer eso que ponerme a su altura y actuar como el protagonista del libro de hoy.
Un paseo con Kiki, un álbum de Davide Cali y Paolo Domeniconi (editorial Petaletras), nos cuenta la historia de Tristán y su mascota Kiki, un enorme Tyrannosaurus al que pasea por el barrio con total normalidad. Lo chungo viene cuando este reptil gigante no le pasa una a nadie y se va zampando a todo el que no le viene bien. A una vecina, a unos chavales, a la maestra, al policía… Bueno, es verdad, no a todo el mundo… ¿A quién respetará Kiki?


Con una narración sin muchas florituras, los autores de este libro construyen una historia que se puede interpretar desde dos visiones muy diferentes. Por un lado Kiki puede ser la mascota imaginaria de un niño que canaliza su ira a través de él. Y por otro Kiki, además de ser real, obedece a sus instintos primarios de animal salvaje que finalmente se deja domesticar gracias al poder del amor. ¿Y ustedes? ¿Qué piensan?
Con un estilo realista que recuerda al estilo de ilustradores como Chris Van Allsburg o Loren Long, el artista italiano juega con los planos y con el formato para construir una narrativa muy sugerente en la que el lector también se vuelve partícipe del apetito voraz de ese dinosaurio que parece un poco amargado o se venga de los amargados. Elijan ustedes.

miércoles, 13 de marzo de 2024

La moda del abrazo


El patio. Una vuelta tras otra. Y a cada paso, un abrazo. Unos y otras, otras y unos. ¡Venga abrazos! No se acababan nunca. Sentidos o diplomáticos, absurdos y entrañables. De inmediato, recordé mis años de juventud. No había tantos abrazos. Si acaso algún que otro beso, y nada de repartirlos a diestra y siniestra. ¿Será que el cariño ha irrumpido en nuestra sociedad? Sinceramente, lo dudo…
Lo que sucede es que, tanto la infancia, como la adolescencia, son momentos en la vida en los que las relaciones interpersonales se intensifican mucho, bien por cuestiones de la bioquímica (recuerden que ciertas hormonas, como la oxitocina, sobrevuelan la estratosfera), bien por cuestiones sociológicas (reconocimiento entre iguales, básicamente).
Si bien es cierto que podría suceder lo mismo con los besos, parece ser que los teenagers han encontrado en el abrazo una fórmula inmejorable para diluir las diferencias y el sexismo, ya que estos se contemplan como un código cariñoso aceptado entre personas de cualquier sexo y condición.


El abrazo puede ser afectuoso, estar lleno de complicidad, puede evidenciar amor, también velarlo. Grupal o en petit comité, familiar o amistoso. El abrazo tiene un significado muy plural que sirve en esta sociedad del postureo como arma a blandir para todos aquellos que apuran la falsedad en una cultura terapéutica donde la salud emocional pasa por ser aceptado y arropado socialmente.
Por mi parte, y a sabiendas de mi talante huraño, abogo por la dosificación de las muestras de cariño, no solo para ser conscientes de la realidad, sino por evitar la equiparación entre unos y otros. Que aquí todos parecen más amigos que gorrinos, pero luego, detrás de tanto abrazo, abundan las puñaladas traperas.


Si quieren darle una vuelta a mis palabras, pueden ponerle un poco de contexto con Alexander von Biscuit y la búsqueda del abrazo perfecto, un álbum de Oren Lavie y Anke Kuhl que acaba de publicar Takatuka y que aborda este tema sin demasiadas pretensiones (cosa que abunda últimamente en esto de la LIJ).
Alexander von Biscuit es un sapo con nombre de aristócrata (me ha encantado y traído a mi memoria al protagonista de El viento en los sauces) que ha soñado con el abrazo perfecto y, sin pensárselo dos veces, se dispone a hacerlo realidad. Empieza con sus amigos, pero todo parece inútil. La jirafa Georgette tiene el cuello demasiado largo y el pez dorado Jerry es muy húmedo. Así que, con tan poco éxito en su empresa, decide convocar un concurso de abrazos en el parque. ¿Lo encontrará?


Desde un prisma entrañable y con mucho humor blanco, el escritor israelí y la ilustradora alemana se adentran en el universo sentimental. ¿Qué destila el abrazo perfecto? ¿Acaso su tacto? ¿Su sabor? ¿Cómo lo definirías tú? Valorar los gestos cariñosos es demasiado subjetivo e implican sensaciones personales e intransferibles muy difíciles de comunicar, así como extrapolar a otras personas.


Recursos secuenciales del cómic, una atmósfera desenfadada y llena de detalles, y una caracterización de personajes muy cómica, ensalzan una obra que, si bien pretende emocionar, también nos abre nuevos caminos en el universo de las parejas (¿Han visto que dispares?) o las ideas preconcebidas. Que lo disfruten y abracen a mucha gente en el día de hoy.

jueves, 7 de marzo de 2024

Los silencios en el álbum ilustrado


Duelo, enfado, desconcierto, situaciones fuera de lugar, mucha vergüenza o alegría desaforada. El silencio está presente en todas estas situaciones, y por tanto, se configura como una práctica necesaria e imprescindible para observar, internalizar y comprender el mundo. En ese sentido, el silencio está profundamente conectado con el ser humano, y por tanto, con todas las facetas de este.
Tampoco me negarán que el silencio es una dimensión muy complicada. Un fenómeno muy difícil de traducir, pues en él subyacen las palabras que no decimos, los pensamientos que somos incapaces de verbalizar o incluso la nada. Si a ello añadimos que de él pueden participar una, dos o más personas, todo es más complejo.


Es lo que sucede en el acto literario, que los lectores yuxtaponen nuevos silencios que contribuyen a esa multiplicidad discursiva que tanto nos gusta a los críticos. ¿Pero cómo es posible narrar el silencio en un medio lleno de palabras como el literario? Puntos suspensivos, punto y aparte, un nuevo capítulo o incluso la palabra “silencio”. La literatura tiene sus recursos para hacernos llegar un momento en el que no verbalizamos.
El silencio también participa de la narrativa en los libros infantiles. Y si hay unos silencios que me gusten sobremanera, son los que pertenecen a las llamadas narrativas gráficas, como el álbum o el cómic. En ellos, la interacción palabra/imagen crea significados más versátiles e intrincados, planteando nuevos desafíos para el silencio en historias secuenciales que se parecen mucho a lo cinematográfico.


En este contexto de la literatura multimodal, avistamos nuevos recursos narrativos donde la composición, el color, la forma, el tamaño, la luz, el espacio, en definitiva, la plasticidad, tiene mucho que aportar a ese diálogo entre libros y lectores, creando una atmósfera donde contextualizamos ese silencios que, de algún modo, adquiere un nuevo estatus.
No es lo mismo un silencio en penumbra que a plena luz del día. No es igual un silencio con el mar de fondo que dentro de un armario. Nada tiene que ver el silencio de una muchedumbre que el que se establece entre dos amantes. Si bien es cierto que el silencio en una producción verbal puede ser igualmente efectivo, en estos formatos se dibujan nuevos perfiles que constriñen o amplían la cosmovisión de autores y lectores, algo que siempre se agradece en historias con enjundia y calado.
Como este artículo no consiste en un tratado sobre el silencio, sino que solo pretende señalar un hecho evidente en muchos álbumes y al que deben prestar atención, aquí les traigo un ejemplo de álbum con silencios.


¿Te acuerdas? un libro del siempre silencioso y sorprendente Sydney Smith, se abre camino en las librerías gracias a la que se ha convertido en su editorial de cabecera, Libros del zorro rojo. El autor de libros como Un camino de flores, Sam, una sombra rebelde, Pueblo frente al marPerdido en la ciudad o Hablo como el río, se adentra esta vez en la conversación que un niño mantiene con su madre. Ambos están en la cama, dormitando. Ojos entreabiertos, respiración calmada. Hacen uso de esa frase tan manida que da título al libro y comienzan con el juego de los recuerdos. El niño los tiene grabados en la memoria. El día que su padre y él recogían vayan durante un picnic. Cuando el abuelo encendió la lámpara de aceite durante la tormenta o la bicicleta caída sobre el heno. Y en el ahora, ellos dos.


Diferentes planos se suceden para articular una historia mínima que ahonda en el pasado que se desdibuja, un presente nítido y un futuro desconocido. El paso del tiempo aflora entre dos escenarios diferentes, uno muy rural y otro más urbano. La acción es quieta y muy sugerente.


Los silencios aparecen desde el principio hasta el final del libro. Su portada es silenciosa y el protagonista nos mira de frente (¿Ven su boca cerrada?), como si se asomara tímidamente a la ventana. Escenas de luz escasa que a modo de fotogramas se suceden y crean una atmósfera tranquila, pero al mismo tiempo misteriosa (¿Dónde están el padre y el abuelo del protagonista? ¿Dónde se quedaron aquellos momentos?). También, los silencios nos llenan de suspense y crea espacios, huecos que el lector puede rellenar a su antojo, descifrar con su propia experiencia. Y así, de silencio en silencio, continua el cariño y la vida, que bien mirado, no es poco.

sábado, 23 de diciembre de 2023

Llenos de reflejos


Durante la tardebuena, ese previo navideño en el que los albaceteños nos dedicamos a familia y amigos desde el universo más callejero (ya saben que somos muy gambiteros en esta ciudad de tan inmerecida fama), me dio por sacar mi cuaderno de campo y empecé a recopilar datos sobre las coincidencias entre unos seres humanos y otros, dándole forma a la hipótesis del reflejo.
Padres, hijos, hermanos, primos, sobrinos, algún abuelo, parientes lejanos, amigos y compañeros de trabajo. Todos a una se agolpaban en las calles y reflejaban sus vínculos y parecidos razonables. La nariz de este y la risa de ese, un humor finísimo y la elegancia en las formas, torpezas varias y mucha simpatía. Una amalgama de coincidencias que iban y venían.


La templanza del padre se reflejaba en la del hijo (¿o era al revés?), los primos eran un par de canallas a pesar de vivir separados seiscientos kilómetros, tío y sobrino como dos goticas de agua, aquel grupo de amigos con el mismo gracejo y las chicas igual de estiradas. Unos y otros, otros y unos reverberamos en la misma frecuencia, nos parecemos física y psicológicamente, nuestros destello y brillo se parecen, nunca idénticos pero sí de un modo similar.
Podríamos decir que no he descubierto América y que mi teoría es una copia barata de la filosofía orteguiana, y en vez de reflejos llamarlos circunstancias, pero no me digan ustedes que no queda más bonito que todos seamos espejos y que esta sociedad sea un caleidoscopio.


Otra versión de esta teoría es la que expone Marion Kadi en Los reflejos de Hariett, un álbum que ha publicado la editorial Barbara Fiore este otoño. En él nos cuenta la historia de una cría que una mañana, harta de ser esa niña buena y dulce que todos adoran en el colegio, encuentra en mitad de un charco la imagen de un león feroz y poderoso. Divertida y entusiasmada, Hariett se deja llevar por ella y liará la de San Quintín en la escuela comportándose como una bestia salvaje. ¿Logrará encontrar el equilibrio entre sus diferentes reflejos?


De este modo, la autora explora el concepto de identidad utilizando la metáfora visual desde un prisma conceptual bastante interesante que se queda apartado de la fábula pedagógica para abrir nuevos recorridos en padres e hijos. ¿Por qué usa espejos y charcos? Lo artificial y lo natural, lo formal y lo informal. Hay todo un lenguaje subyacente que  me encanta.
Imágenes poderosas y coloristas, donde el trazo y el contraste imprimen mucho ritmo y belleza, son el acicate a un texto bastante abierto que, con mucho humor, explora esa dicotomía tan infantil del deseo y la obligación. Una lectura que seguramente gane mucho desde lo colectivo a base de preguntas y respuestas, otros animales y nuevos reflejos.


viernes, 15 de diciembre de 2023

Recomponer los platos rotos


Occidente está a rebosar de psicólogos. Una plaga. Y cuando hago semejante afirmación, no solo me refiero a su capacidad de proliferación, sino a otras connotaciones más devastadoras.
Como ya he dicho en otras ocasiones, esto de estar en manos de la neuropsicología, la psicología afirmativa y demás terapias exploratorias, si bien es cierto que a algunos les aligera sus miedos, a otros nos señala como culpables en una sociedad cada vez más frágil e infantilizada donde cualquier palabra es susceptible de ser manipulada y sacada de contexto.
A lo que yo respondo: ¿No querían asertividad? Pues aquí tienen una poca. Sobre todo cuando nos echan los perros sin mediar palabra, tergiversan lo que decimos y nos acusan de destructivos.


Lo más inteligente no es ponerse a lanzar improperios a diestro y siniestro, sino saber convivir con lo que nos toca de la manera menos dañina posible, un ejercicio que si bien hacíamos hace cientos de años, parece que se ha olvidado en unas sociedades donde el paternalismo de los gobiernos, los medios de comunicación de masas y ese gran laboratorio que son las redes sociales, hacen de las suyas.
Que los demás digan lo que les apetezca, que ya me las compondré yo para levantarme. No hay que cebarse en ese mensaje de eternas víctimas y esperar que todo cambie para, supuestamente, dar forma a ese mundo mejor prometido desde el Walhala político. Más nos vale dejar que las lenguas se desaten, que unos y otros digan, y yo vaya a mi aire. Máxime si lo respiro, que es lo verdaderamente importante. Y bocanada a bocanada, sentir que flotamos en mitad de los que murmuran.


Y aquí viene Issa Watanabe para recordárnoslo con su Kintsugi, un nuevo álbum silente que acaba de publicar Libros del Zorro Rojo y en el que lo poético sobrevuela por todas sus páginas.
Todo empieza con un encuentro entre su protagonista y un pájaro. Ambos se sientan en el extremo de una mesa sobre la que crecen los momentos que los unen. En un instante, una taza se rompe, el pájaro huye y una sombra lo cubre todo. La relación se quiebra, se desmorona, y el conejo comienza una frenética carrera en pos del pájaro. Atraviesa la maleza, bucea en las profundidades. ¿Llegará hasta él?


Watanabe retoma sus metáforas y su fondo negro para narrarnos una experiencia personal que puede extrapolarse a cualquiera de las nuestras. Poesía, melancolía y delicadeza se dan la mano en una amalgama emocional donde la soledad lleva la voz cantante.
Me encantan los objetos reconstruidos, el simbolismo de la taza, ese universo submarino en el que las formas de vida pierden su color. Lo que pueden parecer fantasmas, me recuerdan a esas imágenes que Ernst Haeckel dibujó para su Kuntsformen der Natur, una de las obras magnas de la ilustración científica.


Todo eso y mucho más, establecen más de una razón por la que la autora peruana elige el arte japonés para dar título a esta obra, haciendo así hincapié en esa dicotomía entre la fractura y las segundas oportunidades que tanto merece la pena recordar a la hora de entender que nada volverá a ser como antes, pero que siempre queda un resquicio para hacer germinar nuevos instantes.

domingo, 26 de noviembre de 2023

El abrigo de la naturaleza


El otoño tiene algo que irrumpe de lleno en el corazón. Sobre todo cuando te acercas a un bosque de hoja caduca y te dejas seducir por los contrastes. Robles, hayas, tilos, arces y castaños se combinan en una colorida sinfonía de amarillos, ocres, anaranjados, y rojizos que embelesan al visitante.


Las hojas caídas, los hongos que amanecen entre ellas, amanitas y boletos, colmenillas y negrillas. El furtivo vuelo del mirlo, un petirrojo escurridizo, el silencio roto por algún trino. Corre un riachuelo a lo lejos mientras una ráfaga de viento hace volar los vestigios de un verano en ruinas.
Es curioso que, en mitad de esa aparente calma, uno no se siente solo. Una sensación extraña te recorre y empiezas a formar parte de ese todo inmenso llamado mundo. Del siseo de la lechuza, el crepitar de las cortezas y el brillo del musgo. Tú también estás en ellos. En ese momento.


Siempre he creído que, hasta que uno no experimenta esa sensación, es incapaz de respetar la naturaleza. Es por ello que siempre que viajo con mis alumnos a uno de estos parajes, realizo un pequeño taller que consiste en sentir lo que nos rodea. Cerrar los ojos y buscar pequeños sonidos, por ínfimos que sean. Acariciar las piedras, palpar la yerba, abrazar un árbol y saborear el rocío. Crear un vínculo, entender el mundo y sobrecogerte.


Con tanta intensidad (¡Hoy te ha picado la biología, Román!) me acerco a Trébol, un álbum con texto de Nadine Robert e ilustraciones de Qin Leng, que acaba de traer a España la editorial Corimbo. Premiado en numerosos certámenes, este libro tiene un algo especial.


La granja de Trébol tiene mucho trajín. Ella y sus hermanos no paran de hacer cosas. Recoger arándanos, buscar setas o coger mejillones. El problema es que Trébol es muy indecisa y nunca sabe qué hacer y siempre se deja llevar por lo que decide el resto. Un día, mientras están en el río, Trébol se acerca a la orilla y ve que Peonía, una de sus cabras, se adentra en la espesura del bosque y empieza a seguirla por miedo a que se pierda. Así comienza una búsqueda en la que Trébol deberá enfrentarse a lo que más se le atraganta: elegir su propio camino.


Ambientada en un bosque exuberante donde la vida bulle silenciosamente, la historia de Trébol carece de pretensiones. Sencilla y honesta nos presenta un problema de la infancia que crece en su propio seno, el de apartarse de los demás y seguir un personal sendero. Con paso firme y sin amedrentarse por las bifurcaciones, todos debemos encontrar el nuestro.


Ilustraciones de corte clásico donde las líneas entintadas y las aguadas pastel nos ofrecen un universo más que agradable en el que árboles majestuosos y ruidosos riachuelos son coprotagonistas de una acción que discurre tranquila pero a paso firme.


Una óptica muy cinematográfica, silencios que invitan al suspense y la fragmentación del texto en cada doble página, imprimen diferentes ritmos narrativos y sensaciones que se saborean en la lectura. Intranquilidad, derrota, indecisión, calma, arrojo, urgencia, sorpresa, alivio… Todo se mezcla en una historia entrañable donde lo silvestre toma la palabra sin pronunciarse.