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lunes, 7 de abril de 2025

Juegos de artificio


Por lo que tengo entendido, los críos de hoy día no se entretienen con cualquier cosa. Ya no les sirven las piedras, el barro o los palos. Ni siquiera les vale con la montonera de juguetes que con tanto esmero les regalan por su cumpleaños o por Navidad. Nada es suficiente para ellos. ¿O quizá para sus padres…? ¡Equilicuá! ¡He aquí el quid de la cuestión!


Yo no sé ustedes, pero yo solo veo montones de padres que buscan acicates con los que rizar el rizo en el universo lúdico de sus hijos. Hípica, kite-surf, robótica, paddle, waterpolo, gafas de realidad virtual y hasta campus de inteligencia artificial. Unas aficiones de altos vuelos con las que buscan entretener a sus hijos. ¿Y esto? ¿A qué se debe?
En primer lugar tenemos la culpa. Los padres se pasan el día en sus respectivos trabajos y desatienden incesantemente a sus hijos, algo que sucede también cuando están con ellos porque: “¡Yo también necesito tiempo para mí!” “¡Es muy duro todo esto!” “¡Como no desconecte me voy a pegar un tiro!”
En segundo término tenemos los complejos paternos proyectados sobre la realidad filial. Y es que, amigos, hay mucho traumatizado en esto de la crianza. Gente que en su tierna infancia no ha tenido un duro y soñaba con los fuegos (¡Ups, quería decir "juegos"!) artificiales de Beverly Hills 90210 y las sitcoms de clase media americana, se dedica a relanzar sus frustraciones de forma exponencial.


Me acuerdo cuando mi madre nos llevaba al médico y, mientras esperábamos (¡Las colas de los ochenta sí que eran colas!), nos entreteníamos con montones de juegos, sobre todo verbales. Enlazábamos palabras por la última sílaba, nos inventábamos otras tantas, repetíamos refranes, trabalenguas y coplillas y modificábamos los que ya conocíamos. Todo ello aderezado con pequeñas riñas que se olvidaban fácilmente.
Hoy en día, cuando algún nene se aburre, el padre o madre de turno le endiña en móvil y la criatura se pasa las horas embobado con las gilipolleces que pasan ante sus ojos, su encefalograma se vuelve plano y sus padres lo aparcan como un objeto inanimado que no necesita atención. ¡Espabilen, coño! Que lo que necesitan los críos es tiempo de calidad.


Para que vayan inspirándose, hoy les traigo ¡Ahora tú! un libro de William Cole y Tomi Ungerer que ha publicado la editorial catalana Entredos para disfrute de los monstruos menos dormilones. Con el subtítulo de Un libro para ir a dormir, los autores nos invitan a conocer las peripecias nocturnas de Frances y su padre, un hombre con mucha inventiva que sabe esquivar las intenciones de una hija nada somnolienta. Así, el hombre le propone un pequeño juego de expresiones faciales. ¿Sabrá poner cara de enfado? ¿Y de sorpresa? ¿De distraída? ¿Y tú, sabrías?


Este librito, además de darnos las buenas noches con una historia bien simpática, se interna en las relaciones paterno-filiales desde una perspectiva lúdica que Ungerer se encarga de aderezar con detalles animales. Un búho, una cabra y otros cuantos personajes más acompañan las muecas de la protagonista para hacer las delicias de los utilitaristas de la LIJ. Para los que quieren seguir jugando les propongo una variante: tápense la mitad inferior de la cara con este libro abierto y esperen que el otro adivine que cara están poniendo.

viernes, 19 de noviembre de 2021

Locura navideña


Desde mediados de octubre estoy alucinado. Los supermercados atestados de turrones, panetones, bombones y peladillas, los bazares a rebosar de árboles de navidad, gorros de papá Noel y espumillón, anuncios de colonias y juguetes se suceden en los cortes publicitarios de la televisión… ¡Esto es una locura!
Mientras algunos ya se han cargado la primera flor de pascua y van a por la segunda, yo he preferido poner algo de cordura en sus vidas gracias al Loop Navideño, una iniciativa de La biblioteca de los peques para seleccionar libros navideños con un poco de chicha y que padres, docentes o mediadores desarrollen actividades (pre)navideñas con cierta enjundia.


Aunque ya lo incluí en esta selección de libros relacionados con la navidad, he decidido participar con Allumette, un álbum navideño del gran Tomi Ungerer y publicado hace unos años por Kalandraka, con el que espero sembrar algo de sentido crítico sobre el modus operandi que hemos interiorizado a la hora de celebrar la navidad.
Desde que se publicara por primera vez en 1974, este libro adapta La pequeña cerillera, un cuento de H. C. Andersen empapado en dramatismo (seguro que todos acaban de ver sobre la nieve el cuerpo sin vida de la protagonista), para traerlo a nuestra realidad en marcha con un punto de vista muy particular.


La historia comienza de manera muy parecida... Allumette va de un sitio a otro con sus fósforos intentando conseguir algo de dinero, pero la venta de cerillas en un mundo de mecheros y luz eléctrica es más que floja. Llega el invierno y, mientras todo quisqui prepara la navidad, ella sólo intenta resguardarse el frío y conseguir algo de comida. En estas anda cuando de repente empiezan a caer del cielo montones de cosas. Todos los deseos que había realizado a lo largo de su vida comienzan a materializarse como por arte de magia. Una lluvia de objetos cubre las calles de la ciudad y todo el mundo (incluido el espectador) se queda perplejo.


Ungerer, como Andersen, contrapone la miseria que envuelve a la protagonista a una sociedad cruel, egoísta y superficial, pero en vez de liquidar a la pobre Allumette, prefiere ponerla a prueba, concediéndole el deseo de saborear todos esos excesos que anhela. La sorpresa viene después, cuando esa niña decide fundar una ONG y ayudar a todos los pobres y personas sin hogar. Todo muy sui generis.


Resumiendo: Tomi se lanza a la parodia con su habitual tono jocoso y alocado, pero encontrando la manera de abrir un resquicio por el que puedan colarse la concordia y la solidaridad sin hacer gala del sentimentalismo que rebosa en otras historias navideñas.
Se regodea de la vulgaridad humana, se burla del poder y también de la impostura. Todo ello gracias a un contraste de luz y oscuridad en las ilustraciones (fíjense en el fondo negro que rodea a Allumette en la primera mitad del libro), a marcos hechos a base de chorizos, muñecas con cara diabólica y un ordenado inventario de todo lo que va cayendo del cielo.


Mención aparte merece la paradoja de ese ejercito que, por orden del señor alcalde, tiene que mantener a raya a los pobres, mientras que los que de verdad van a la guerra son los "soldados" de la fundación de Allumette.
Por último les invito a encontrar la foto del autor escondida en las ilustraciones y el guiño a otro libro de Tomi Ungerer que va volando entre las páginas.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Primeras palabras


Los padres de hoy día, esas entelequias que han puesto todo su empeño en libros de crianza pero que se han olvidado de atender a sus churumbeles (“Es que es muy duro, Román, es muy duro…” Menos mal que yo ya lo sabía y me decanté por otros menesteres), sólo saben preocuparse. Unas veces con razón pero la mayoría por obligación, se desviven por la más mínima cosa que les pase a sus criaturas. 
Lo último en preocupaciones paternales obligatorias -al menos de las que conozco-, es la de las primeras palabras de los infantes. Que si al año y pico, que si a los dos años, que si las niñas son más precoces, que si los críos se lo toman con más calma, que si se pasa, que si no llega, que primero las agudas, después las llanas y por último las esdrújulas. Vamos, un sinvivir. 


Según tengo entendido cada crío es un mundo y cada uno tarda lo suyo en pronunciar los primeros vocablos. Si la cosa se demora mucho, habrá que acudir al logopeda para que nos saque del entuerto lingüístico, pero mientras tanto, la espera es la mejor de las escuelas. 
También hay que considerar la posibilidad de que sean precisamente los progenitores los causantes de esas taras verbales… Padres que les hablan como si fueran subnormales (obviedad de la que hasta los propios niños se dan cuenta) o que pronuncian las palabras con su misma lengua de trapo (que ellos no controlen ese músculo indomable es una cosa, pero que su padre o madre les emulen, otra), les hacen flaco servicio en la adquisición del lenguaje. Si a esto añadimos el bilingüismo, una premisa apta para parejas internacionales y todo tipo de aspirantones (¡Mis hijos deben ser más listos que un cepo y no dejar el estatus familiar por los suelos!), la cosa se pone más que turbia. 


En definitiva, yo siempre apelo a la paciencia que es la mejor de las consejeras; no intentar forzar la máquina a pesar de las odiosas comparaciones -que tanto niños-loro, como corredores de fondo han existido desde antaño-, pues cada uno tiene su ritmo de aprendizaje y, a pasos cortos o zancadas más grandes, todos avanzamos. No se preocupen si se tiran un año diciendo “agua” “pillín” o “camión”, ya tomarán carrerilla. La cuestión es que a base de palabras como las que recoge Esto y aquello, el último libro de Tomi Ungerer, vayamos haciendo camino. 


Recién publicado por Kalandraka, este libro presenta más de una treintena de palabras ilustradas a modo de pequeño diccionario (N.B.: Siempre me refiero así a este tipo de álbumes porque a pesar de la parquedad textual, es la ilustración quien construye el significado de cada palabra). Dirigido a los ¿prelectores? (disculpen las interrogaciones pero podría ser leído por más de un cuarentón), este álbum tan sincero en el que confluyen montones de elementos discursivos, además de entrañable y evocador, es algo canalla. 


Presentadas por parejas, estas palabras que hacen referencia a diferentes acciones se complementan con imágenes que juegan con las dobleces o desbordan el sentido, algo con lo que Ungerer siempre disfrutaba. Pues no es lo mismo “ver” que “mirar”, ni “amar” y “compartir”. Diferencias sutiles que, enriquecidas por la visión personal de este genio y figura logran construir un vocabulario con sentimientos propios. 
Recomendadísimo en estos días de emociones indescriptibles y palabras contenidas.

martes, 28 de enero de 2020

Un libro nuevo para un mundo extraño



Se ve que el pasado lunes algunos celebraron (si ese es el verbo adecuado) el llamado “Blue Monday”, el -supuestamente- día más triste del año. Que si la cuesta de enero, que los fallidos desafíos del año nuevo, que si la última paga se ha desvanecido casi por completo, que si días cortos y grises… Vamos, que según Cliff Arnall, el psicólogo que lo definió tomando como referencia todos estos parámetros, deberíamos acostarnos y no levantarnos hasta el día siguiente…, pero va a ser que no. Al menos conmigo. Voy a mandar el Blue Monday al carajo.
Pero, ¿qué es eso de que las marcas comerciales sean las prescriptoras de nuestros estados de ánimo? ¿Acaso no son nuestras circunstancias las que los definen? Lo que me quedaba…, depender del calendario para esbozar sonrisas o dejar correr las lágrimas. No, no y no. Déjense de chorradas, aquí lo que hace falta es un poco más de es-pe-ran-za.


Y sin más dilación (que hoy no tengo mucho tiempo para andarme por las ramas), enlazo con, Non Stop, el último trabajo de Tomi Ungerer publicado en España por Kalandraka. Como sabrán, el genio de Estrasburgo nos dejó el año pasado pero aún siguen resonando en las casas editoriales un montón de títulos inéditos de su prolífica obra. Quizá la de hoy es una de las obras más personales del autor, pues condensa en ella muchas ideas que le anduvieron rondando la cabeza en el último periodo de su vida, como el humanismo, pero sin dejar atrás el antibelicismo de sus primeras obras infantiles.


En esta historia, su protagonista, Vasco, un hombre con gorra al que en ningún momento podemos ver la cara -una figura anónima que podríamos encarnar cualquiera de nosotros-, deambula por una ciudad donde el abandono es patente. No sabemos muy bien cuales han sido las causas para que todo el mundo se haya  de allí (En este caso a la Luna, un sitio más simbólico que físico. Como Babia, ese sitio lleno de atontaos, creo yo). Quizá los desastres naturales, quizá los conflictos bélicos, han sido las razones que los han llevado a este panorama tan triste y desolador.
Fijémonos en las formas cúbicas que rodean al personaje. ¿Acaso no les recuerdan a esos juegos de construcción derrumbados por las manos infantiles? ¿Acaso no trae a su memoria los movimientos vanguardistas? (Permítanme ver a los cubistas o a Escher en algunas escenas de la historia) ¿Acaso no ven el movimiento de los muros y calles? Hay mucho significado en esa  supuesta apariencia sencilla del paisaje.


Deténganse también en la patente oscuridad que todo lo envuelve y que nos deja ver con claridad un foco de luz (¡Teatralidad al poder!) que se centra en Vasco y proyecta una sombra sobre las ruinas de ese universo ficticio. Vemos como le hace señales, como lo dirige en su constante búsqueda. ¿Querrá decirnos que esa misma negrura tan inquietante es la misma que lo guía hacia la salida?


Toda la obra está llena de mucho surrealismo (estético y semántico, of course). Desde una historia que parece no tener ni pies ni cabeza, hasta las perspectivas imposibles de algunas ilustraciones, pasando por detalles y elementos disruptivos y evocadores (¿Ven a Dalí?), que alimentan al espectador, invitan al juego y enriquecen el marco de lectura.
Para terminar, una pequeña comparativa. Y es que tanto en Pedro y Juan en el vertedero de Maurice Sendak, otro genio del álbum ilustrado, como en esta del inolvidable Tomi, se pueden observar ciertas similitudes que los acerca todavía aún más… El homenaje a sus seres queridos (vean la dedicatoria al principio del libro), la denuncia de los males de la sociedad occidental (guerras, pobreza y demás miserias), la salvación de los inocentes (si en Pedro y Juan… se trataba del niño negro, en este caso tenemos el hijo de unos extraterrestes), las referencias bíblicas (fíjense en el nombre de ese barco encallado), y ese canto de esperanza final hacia las generaciones futuras (que en el caso de Ungerer tiene forma de refugio dulce y almibarado), son puntos que acercan su legado y forma de pensar.
Sintetizando: un libro extraño para un mundo nuevo. O mejor dicho: un libro nuevo para un mundo extraño.



lunes, 7 de octubre de 2019

De bestias y otras soledades



A veces veo muertos. También vampiros, fantasmas, zombis, enanos y brujas. Tantas cosas veo que a veces me es difícil distinguir realidad de fantasía. Como lo oyen, llego a confundir términos que no debería… Ya saben que los niños eternos como yo, nos dejamos llevar por lo fantástico y nos es difícil volver a pisar la tierra (¿Será por las alas? ¡Qué bien se está en Nunca Jamás!).
No diré que ser crédulo no nos vaya a acarrear algún que otro malentendido, pero prefiero mis espejismos y visiones, a tener que estar todo el día desenmascarando lo imposible e imaginario. Es bonito pensar que un monstruo nos roba el postre, que nos hemos enamorado de un vampiro o que la vecina es una bruja mala (que se lo digan a las de Valencia).


Lo verosímil depende, no sólo de las pruebas o del rigor científico, sino de lo que cada uno queramos creer (tranquilos, que no me pondré filosófico), de uno mismo y sus necesidades vitales (ya saben que un servidor se inventa lo que le conviene, que para eso es dueño de su existencia). Es por esto que me parece fabuloso que la gente haga por insuflar vida a sus monstruos e ideas, una especie de catarsis para sobrellevar mejor los días y sus contratiempos, para hacerle frente a los miedos, deseos, e incluso la soledad, algo que sucede en el libro que les traigo hoy.
Este otoño sale a la luz La bestia del señor Racine, uno de esos libros de Tomi Ungerer, el genio del álbum que nos abandonó hace unos meses, que nunca se había publicado en castellano. Este libro del año 1971 que edita Blackie Books, nos presenta una historia ambientada en Francia en la que un hombre que cultiva peras ve alterada su tranquila vida por la aparición de una extraña bestia en su huerto.


La relación entre el señor Racine y esa extraña criatura roba-peras se hace cada vez más estrecha, algo que el curioso señor Racine aprovecha para investigar más a fondo a este ser. Toma anotaciones, lo mide y busca información acerca de él, hasta el punto de ser invitado a presentarlo ante la sociedad científica de París.
El desenlace no tiene desperdicio, no sólo porque incluya una sorpresa final bastante entrañable, sino por las consecuencias que tiene, así que, ya saben... Aunque todas las ilustraciones tienen su aquel y contienen muchos de los recursos del gran Ungerer (fíjense en cómo muchas figuras entran y salen de los marcos proporcionando dinamismo a la escena e interactuando con el universo del espectador), destaco la imagen a doble página en la que la muchedumbre parisina ve alterada sus vidas por culpa de la bestia. Llena de detalles que encantarán al lector (ese gendarme sin mano y el paraguas clavado en el cráneo de un señor, me vuelven loco) es una escena que pone en evidencia ese carácter subversivo de la Literatura Infantil, que hace posible lo imposible y rompe ese mundo reglado por los adultos a golpe de fantasía... y bestias.



lunes, 2 de octubre de 2017

Espirales de todo tipo


Es lunes. Ayer pasaron muchas, demasiadas cosas, y como ante los sentimientos sobran los pensamientos, creo que lo más apropiado para comenzar la semana (y el mes) es hablar deeee... ¡espirales!
Se conoce como espiral a la línea curva generada en un punto que se va alejando progresivamente de él conforme gira. A pesar de confundirse frecuentemente con su prima hermana tridimensional, la hélice, es una forma plana. Aunque es difícil de creer, existen muchos tipos de espirales... Tenemos la de Fermat, la hiperbólica o la logarítmica que, aunque nos parecen la misma, varían en apertura de giro, línea y disposición espacial. Hay espirales demasiado estrictas como la de Arquímedes (estos griegos clásicos siempre tan cuadriculados...), otras muy biológicas como la espiral áurea o de Fibonacci (galaxias, borrascas, hojas de helechos y caracoles), otras dobles e incluso más juguetonas.


Apunte de Leonardo Da Vinci.

Dejando a un lado lo geométrico podríamos decir que las espirales están muy presentes en nuestras vidas, no sólo en las curvas que dibujan algunos objetos, véanse la de los regalices (¡lo que me encantaba desenrrollarlos cuando era un crío!), los mecanismos de algunos relojes, y ¡hasta el juego de la oca!, sino también en la dimensión más personal: la política se presta mucho a las espirales (muy a mi pesar), también los noviazgos y muchos matrimonios, e incluso la historia, que también suele adoptar formas espirales.


Son muchas las que han acompañado a la humanidad desde sus comienzos en sus ritos y credos. Todos, desde mayas a masones, hemos trazado ideas espirales. Unos por el simple gusto de ver como se curva la arena al paso de nuestros dedos, otros por mera superstición.. Se han encontrado montones de espirales sobre muchos monumentos funerarios megalíticos celtas, egipcios o precolombinos que hacen alusión la tríada nacimiento-muerte-renacimiento, son representaciones del sol, de la evolución o el crecimiento personal y colectivo... ¡Ups! Se me olvidaba:¡Miren el sophar judío! ¡También es una espiral!
Tampoco el arte se queda atrás a la hora de girar. Serpientes, dragones, cuerdas y laberintos adoptan esa forma enroscada en las obras de muchos autores como Salvador Dalí o el holandes Escher que aludió a las espirales en muchas de sus obras, bien por el enfoque del discurso, bien centrándose en el propio juego creativo.



Y así llegamos a Tomi Ungerer, otro genio que quizá no se informó tanto sobre estos engendros geométricos (o quizá sí, este hombre es un misterio...) cuando concibió su Caracol, ¿dónde estás?, un álbum editado por Kalandraka recientemente aunque data de 1962. Pero el caso es que a través de sus páginas he llegado a la conclusión de que este juego de buscar espirales y coincidencias en todo aquello que nos rodea es bastante satisfactorio, ¿a que sí?


miércoles, 15 de octubre de 2014

De moda: Colección Otoño-Invierno 2014/2015


El primer mundo vive una pasión desatada por todo aquello que gira en torno a la ropa. Proliferan grandes empresas textiles, las rebajas se convierten en una locura desenfrenada, hordas de adolescentes buscan un estilo personal (y no se percatan de que van uniformados… y si no, visiten cualquier centro de educación secundaria), cada vez son más los blogs dedicados a las tendencias (incluido el de la esposa ñoña de Bustamante), la gente se da de palos por acudir a pasarelas donde descubrimos el glamur y las excentricidades de la próxima temporada, y un sinfín de “outlets” virtuales hacen las delicias de las clases medias con grandes marcas al alcance de su bolsillo en pro del enriquecimiento de las empresas de transporte.
Que me gusta la moda es algo innegable, pero afirmo que la sigo desde un prisma estético más que desde el personal. Prefiero la comodidad diaria a una imagen acorde con el fondo de armario del momento. Es cierto que hay que elegir en consecuencia y colgarse lo que se lleva, pero no tengo demasiado tiempo ni dinero para ello...
Estampados salvajes o motivos repetitivos en suéteres y camisetas, la piel (con pelo mucha y sin él también), la lana y el punto (menos gruesa que en temporadas anteriores), el rojo, el negro y los colores oscuros, las parkas acolchadas, un destierro paulatino del vaquero y el regreso del zapato, son las banderas de este otoño-invierno 2014-2015 (así que tomen buena nota los hombres). Pese a ello, me pondré lo primero que pille y dejaré lo más “trendy” para otro día en el que haya que lucir las vestiduras y conquistar miradas incautas.


Seguramente muchos/as digan que están fuera de toda onda y que esto de los trapos se la/o suda, pero he comprobado con mis estudios cinegéticos de fauna callejera que, a pesar de estos desprecios, todos tenemos un punto fetichista en lo que a prendas de vestir o complementos de moda se refiere. Corbatas, calcetines, ligueros, gorros, sombreros, bolsos, bufandas, sujetadores, calzones y cinturones, son los preciados objetos que muchos coleccionan como si de chucherías se tratase. Un servidor prefiere el calzado: zapatillas, botas y zapatos. Cómodos, de piel o de serraje, de corte clásico o más transgresores, ruidosos o muy silenciosos, callejeros, deportivos o elegantes, juegan un papel fundamental para nuestros pies, esos que tanto trabajan y de los que poco nos acordamos. Y sin más dilación, aquí les dejo con un libro-juego de Tomi Ungerer titulado ¿Dónde está mi zapato? (editorial Kalandraka) para que, como si de un maravilloso catálogo se tratase, elijan el más adecuado a su estilismo.

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Cómo ser un genio del álbum ilustrado?


Tras muchos años recorriendo librerías y bibliotecas he constatado estupefacto la cantidad de bazofias que se publican anualmente en este género del álbum ilustrado, mientras otras obras, supuestamente más antiguas, consideradas ya clásicos, mantienen su ritmo de ventas más o menos constante. En muchas ocasiones se debe a estrategias puramente comerciales, otras tiene su base en el gusto exquisito y buen hacer de sus propietarios y trabajadores, y algunas se fundamenta en la trascendencia que tienen sobre los lectores. No sé a cuál de estas se debe que la editorial Kalandraka, ese gigante de la LIJ patria, haya adquirido la mayor parte de los derechos de autor de las obras clave de Maurice Sendak, pero lo cierto es que tras la reciente edición de Donde viven los monstruos y La cocina de noche me he permitido el lujo de pensar sobre qué cualidades ha de tener un gran autor. ¡Y aquí el resultado!




El mundo de la literatura infantil (ese gran desconocido… ¡Snifff!), a pesar de considerarse el hijo pequeño de la edición, nos proporciona figuras de cierto renombre que han sabido dar forma a libros chiquitos que hoy día son gigantes. Quizá en esa compleja magia que envuelve a las historias sencillas, reside el éxito y la importancia de libros como el que da nombre a este lugar.
La genialidad, ese patrimonio con el que sólo nacen unos pocos, a veces ha de ir acompañada de otras cualidades y vivencias más mundanas, pero igualmente necesarias. Seguramente si Sendak, Ungerer o Lionni no hubieran sufrido el vértigo del siglo XX, no hubieran escrito jamás La cocina de noche, Los tres bandidos o Frederick.



Si nos fijamos, todos ellos comparten ciertas características que llaman notablemente la atención:
En primer lugar decir que los tres adquieren una educación tradicionalmente europea, incluido Maurice Sendak que, a pesar de nacer en el barrio neoyorkino de Brooklyn, es educado en el seno de una familia polaca con gran arraigo a las tradiciones del Viejo Continente y que considera importante que los hijos no pierdan el vínculo con sus orígenes.
Por otro lado, decir que todas las obras más importantes de estos tres autores son pergeñadas en los Estados Unidos de Norteamérica, concretamente en Nueva York, uno de los núcleos culturales más importantes del mundo durante todo el siglo XX. Mientras que Lionni y Ungerer viajaron allí como emigrantes (Lionni desde Italia en el periodo que va desde 1939 a 1962, y Ungerer desde Estrasburgo en la década de los 50 para permanecer allí unos quince años), Maurice Sendak desarrolla toda su carrera en esta ciudad, centro del diseño gráfico, la publicidad y la edición de vanguardia, lo que supone para todos ellos, no sólo el quedar expuestos a múltiples influencias, sino al intercambio de ideas con otros artistas contemporáneos.




En tercer lugar debemos prestar atención a una cuestión que no es en absoluto baladí. Todos ellos comparten o simpatizan, véase el caso de Ungerer (N.B.: No olvidemos que a principios del siglo XX, el 80% de los judíos franceses vivían en Alsacia y su cultura estaba muy presente en la vida diaria del resto de habitantes), una religión común: el judaísmo (una coincidencia digna de estudio que seguramente muchos intelectuales/enteraos de este mundo "lijero" habrán denotado con frecuencia). El semitismo, esa religión docta y extremadamente arraigada en las tradiciones y el estudio, es más liberal que otras (léase la islámica o la católica) ante los cambios sociales (algo que, a mi juicio, favorece cierta apertura mental a la hora de exponer las ideas ante los pequeños lectores) y tiene un humor muy particular que permite jugar con las dobleces y las sutilidades e ironías de la vida, hecho al que Ungerer se ha referido con frecuencia, por ejemplo en este enlace (¿Tendrá Ungerer un origen judío nunca reconocido o desconocido para él mismo?).


Cabe señalar que los tres (como muchos otros escritores e ilustradores) también sufren las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial (unos en su propio pellejo, otros colateralmente), una de las partes más tristes de nuestra historia humana y que ha condicionado los posteriores siglos XX y XXI, periodos en los que, no olvidemos, ve la luz el álbum ilustrado, un género literario contemporáneo cuya concepción no se puede entender sin todo su contexto. 



Los avatares de los conflictos bélicos, la Shoah o exterminio en los campos de concentración nazis, las corrientes migratorias que se establecen hacia el Nuevo Mundo como vía de escape de miles de personas, la miseria como inmigrantes y el insulto, el relego y el miedo, son constantes se reflejan en las grandes obras de los álbumes ilustrados clásicos que, con una sonrisa exponen las bases sociales en las que el pasado siglo revolucionó el pensamiento infantil a transgresor y subversivo (algo que sufrimos y/o disfrutamos hoy día… para gustos, colores…).
Por último, apuntar que todos ellos acabaron en esto de la literatura para niños de forma accidental, como si de un juego del destino y un designio se conjugaran para darles una oportunidad en un negocio que despuntaba con las primeras democracias mundiales y una nueva concepción pedagógica.



Y como colofón y a modo de conclusión (seguramente muchos de ustedes no estarán de acuerdo) estas son mis tres premisas para dar al mundo álbumes ilustrados inolvidable:
1.      Olvidar los prejuicios y derrochar imaginación, en definitiva, ser un gran niño (bien por naturaleza, bien por los traumas vitales).
2.      Hay que ver el mundo en su conjunto para poder dibujarlo.
3.      Hay que sentir las penas y alegrías de la vida para transmitirlas a otros. 

lunes, 7 de abril de 2014

¡Semos rarunos!


El empeño del personal es criticar. Comentar, definir, juzgar o mofarse de los demás está a la orden del día, una serie de tareas que ensalzan la costumbre tan sureña del modus vivendi basado en escudriñar a otros antes que a uno mismo, regla de oro que ha conseguido concluir en que un servidor (y otros tantos) sea un bicho raro.
Señores, señoras, se ve que soy raro, extraño, diferente o simplemente algo excéntrico de la tónica imperante. Quizá soy yo, sólo que algunos de mis congéneres no están acostumbrados a la gente tan maravillosa como el que aquí suscribe. Quizá lo que suceda es que los tenga desorientados y no saben qué opinar (o todavía no se les ha ocurrido…). El caso es que primero maman prejuicios… Que si “¡Este es un cretino!”, “¡Míralo, qué pedantón!”, “¡Madre mía, ese retorcido y malaje!”, “De ese no se puede fiar uno, siempre con sus dobleces”, “¡Parece mentira que sea maestro…!”, “¡Podría dedicarse a provocador profesional!”, “Uy, uy,uy, ¡del de DVLM LIJ, mejor ni hablar!”. Acto seguido se decantan por cuchichear que si estoy loco, mi cabeza no lubrica adecuadamente o que ha sufrido diversos traumas que me han dejado de los nervios. Y por último, cuando se dignan a conocerme, veo que sus caras reflejan cierta perplejidad porque, aunque constatan todo lo anteriormente dicho y pensado, dan fe de que soy de carne y hueso y sufro la mayor parte de los avatares de una vida perra como la humana, algo que les deja deshinchados y hasta un poco decepcionados.

Si les soy sincero, aunque la mayor parte de las veces me da por culo que el vecino se dedique a vigilar mis movimientos y conspirar contra mi persona,  me alegra sentirme la estrella de la escalera, me divierte dar que hablar, que los demás tengan tal empobrecimiento personal que pasen los días fijándose en mis aciertos y torpezas, en que les moleste el colorido de mi ropa, que las plantas florezcan en mi balcón, que mis palabras sean afiladas, leves o punzantes o que las arrugas no hayan aparecido en mi rostro. En definitiva, al personal (rebosante de envidia) le jode todo y yo les digo desde este lugar: que se anden con ojo, que no cuchicheen con tanta ligereza a los monstruos que, como yo o la Adelaida de Tomi Ungerer (Editorial Kalandraka), además de tener rasgos que nos diferencian de los de nuestra especie, pueden que esos mismos, algún día, salven a más de uno de un incendio o, por qué no, de sí mismos.


lunes, 4 de noviembre de 2013

Amansar a las fieras


De amansar a las fieras, algo sé. Si no me creen, les invito a una de mis clases al grupo del segundo curso de E.S.O., ¡toda una delicia!... Que si siéntate bien, que sí deja de chinchar al compañero, que si veo una tiza volando, que si otra de regreso, que si Fulano me insulta, que si Zutano pone los pies en mi silla, que si me levanto a tirar un papel, que si la pizarra me refleja… Todo eso a la vez y un servidor el encargado de administrarlo. Sólo espero no morir en el intento de hacerles aprender el verbo “to be”…
Esconder el lado más salvaje que todos acarreamos dentro de nosotros mismos es una dura tarea que para muchos resulta cuesta arriba (yo incluido). Constatada una naturaleza animal sin precedentes, el hombre ostenta la medalla de oro en cuanto a salvajismo se refiere, un hecho probado a raíz del belicismo, la pornografía, la competencia laboral, y el constante destrozo de todo lo que nos rodea. Para paliar este caos y con bastante inteligencia, griegos y romanos -los artífices de toda cosa bien pensada- crearon la institución educativa, esa que fabrica ciudadanos, y que, con el paso de los siglos, ha ido adaptándose al cambiar de los tiempos y sus necesidades.
A pesar de encargarle ese cometido a la Escuela, la televisión nos ha provisto de programas como “Hermano Mayor” o  “Super Nani” que se encargan de dar buena cuenta del grado de mala educación que, dada la relajación paternal y social, ostenta la juventud de un occidente cada vez más herido. Sólo espero que a estos gurús del constructivismo no les lluevan las hostias de tanto nene desagradecido (o de sus abuelas encabritadas), algo que me extraña sabiendo que los más exitosos en este cometido de inculcar buenas prácticas y normas de comportamiento son madres monjiles, asistentes sociales pusilánimes o maestrillos complacientes, lobos con piel de cordero que saben cómo hacernos caer en sus redes, y a los que junto a niñas rubias, de mejillas sonrosadas y cara de inocentes como Zeralda, la protagonista que el afamado Tomi Ungerer se sacó de esa chistera para reprimir las incivilizadas costumbres de una caterva de ogros, siempre se salen con la suya a la hora de mangonear a los demás.


Y si no encuentra la forma de llevarlos a su terreno, lléveselos de excursión. Siempre hay alguna ocasión para que encuentren el amor y, de paso, convertirse en tiernos cachorritos…

UNGERER, Tomi. 2013. El ogro de Zeralda. Caracas: Ekaré.

jueves, 17 de enero de 2013

En la luna...



Aunque la mayor parte de mis alumnos viven en la luna, todavía no saben que nuestro satélite sólo nos muestra una cara noche tras noche… Todavía no se han enterado de que la fuerza de la gravedad es despreciable comparándola con la de la Tierra, e incluso tengo una alumna que desconocía que el ser humano había deambulado sobre el polvo que la cubre (verídico, créanme…). Lo mejor de todo es que, pese a los esfuerzos de sus profesores en la Educación Primaria y de los actuales en la Educación Secundaria, son incapaces de reconocer que es la luz del sol la que la ilumina en mayor o menor medida originando así sus distintas fases… Por lo que, a pique de sufrir un colapso nervioso ante tanta dejadez (a cada cosa por su nombre), me rendí en la butaca y esperé, con cara de hastiado, al hombre que vive en la luna para compartir una botella de whisky que me permitiera olvidar las realidades educativas…
Mientras la vaciábamos, no pude controlar mis temores… “¿Será capaz el mundo de sobrevivir a esta raza de ignorantes?...” “¿Alguien es consciente de que jamás saldremos de la crisis?...” “Mucho darwinismo pero, ¿y la involución de las especies?...” Este hombre, rebosante de una luz clara y tranquilizadora, me sonreía al tiempo que rellenaba mi copa. Brindábamos una y otra vez, por todos los cuerpos celestiales, por Newton y Copérnico, por Galileo y el telescopio, por los licántropos y por todos esos hombres de ciencia que jamás utilizaron el Whatsapp®… Y cuando la noche se cerró sobre nosotros y la última gota espiritosa cruzó mi garganchón, aquel hombre bañado en plata, se elevó en lo alto, yo cerré el libro que sostenía en mi regazo y me eché a dormir, esperando que, tras este baile etílico a la luz de la luna, se abriese un nuevo día en el que la inteligencia  se derramase por el mundo.

Ungerer, Tomi. 2012. Hombre Luna. Ilustraciones del autor. Barcelona: Libros del Zorro Rojo.