He de reconocer que tengo un chorro de voz, algo que me viene de perlas en el ámbito profesional. Por un lado, mis alumnos pueden escucharme desde cualquier rincón del aula a la hora de tomar apuntes y no es necesario que utilice micrófonos ni otros artilugios. Y por otro, cuando me enfado, el estruendo puede ser terrible. Con una voz, se quedan de una pieza, sobre todo si los pillo con alguna fechoría entre manos.
No les voy a negar que la cosa también tenga su lado negativo, sobre todo cuando me topo con personas que sufren hiperacusia, gente demasiado sensible a la potencia de los sonidos. Que si petardos, fuegos artificiales, cláxones en mitad de un atasco, berridos infantiles, ferias y bullicios... Todo esto y mucho más, las saca de sus casillas. Por eso hay que entender que hagan uso de tapones o eviten ciertos eventos y lugares.
Otra cuestión son las manipulaciones de muchos niños y algunos mayores que, adueñándose de lo sensible, se visten de víctimas para salirse con la suya. Y es que las llamadas de atención no le gustan a nadie. Así que más les vale dejarse de trastadas y aprender a comportarse. Y si no, siempre pueden echar mano de la imaginación. Como la protagonista de hoy, que mezcla vocablos, inventa versos y juega con otras fieras. ¿Quién le teme a la domesticación?
No me tigres que lloro,
y no quiero llorar.
Mira, está venado,
vayamos a jugar.
Cuando tú me tigras,
mis orejas pato.
Tampoco te miro,
que paso un mal rato.
Aunque esté venado,
ya no quiero jaguar,
ahora das miedo
y no sé qué pensar.
Te me haces loba
dentro, en la garganta.
Me voy a la cama,
me tapa la manta.
[…]
Nanen.
No me tigres.
Ilustraciones de la autora.
2026. Barcelona: A buen paso.

















































