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martes, 29 de abril de 2025

A la luz de la vela


Si lo de ayer le resultó anecdótico a mis alumnos, a los que peinamos canas se nos intuyó revelador. No solo por la vulnerabilidad de una sociedad ensimismada que descubrió las flaquezas de esa vida fácil que nos prometen los avances, sino también por el regreso a un pasado no muy lejano en el que sí sabíamos distinguir lo básico de lo secundario.
La dependencia de la electricidad se ha vuelto un castigo para Occidente. Volcado en la tecnología y bajo el yugo de las compañías energéticas, las grandes corporaciones que controlan las formas de comunicación (entre iguales, que las de masas siempre las han manipulado), el transporte e incluso la alimentación, el ciudadano ha perdido su autonomía y su capacidad de respuesta. Sí, no hay nada más vulnerable que un ser humano dependiente.
Por eso, los gobiernos temen a los decididos y autosuficientes. A los que saben encender un fuego y trabajar la tierra, a los que conocen los frutos silvestres y destripar un conejo. Sin embargo, nos venden una libertad basada en la banca digital (¡Billetes, nene, billetes!), la inteligencia artificial (¿Acaso sabe freírse un huevo?), los coches eléctricos (Todavía no hay vehículo que iguale a mis piernas) y hasta los zapatos de plástico (Todo muy verde, pero ¿vestimos petróleo y quemamos pieles?). Mentira. No hay nada más libre que un hombre que no tiene miedo a la luz de las estrellas.
Ciberataques, teorías conspiratorias, fenómenos atmosféricos, guerras encubiertas, una Europa debilitada… Cualquier planteamiento era factible, pero al final, tenía que ver con el descontrol que suponen las renovables, unas fuentes que provocan picos enormes de producción energética (¿Recuerdan cómo corría la brisa y brillaba el sol ayer?) que descompensaron enormemente la oferta y la demanda de una red eléctrica con fallos estructurales. Tomen buena nota de lo acontecido porque, según los expertos, el de ayer no será el primer y último apagón.


No obstante, yo prefiero quedarme con el encanto del momento, pensando en los vecinos que pasaron la tarde en los parques comiendo pipas y esas familias que se reunieron en torno a la noche y contaron historias como las que se disfrutaban antaño. Incluso vi la cara de mi madre iluminada por una vela. La misma que, en los cortes de luz que tanto abundaban en los primeros años ochenta, intentaba buscar chascarrillos con los que entretenernos cuando todo se quedaba a oscuras, la televisión era un objeto inútil y solo quedábamos los unos para los otros. Todo era más bonito que este tiempo en el que deambulamos vacíos y rotos.
Para la próxima, además de candiles, linternas, pilas alcalinas, transistor en mano y un camping gas, lean un cuento de Andersen que siempre me ha parecido bastante inspirador para nuestra realidad más actual. La bujía y la vela se centra en la historia de estos dos objetos. Uno de origen humilde, otro encargado de iluminar los salones más fastuosos. Mientras la vela servía a una costurera viuda con tres hijos pequeños, la bujía contemplaba el baile que había organizado la condesa. Pero ¿hay alguna luz que se iguale al brillo que aparece en los ojos de los niños?
Sutil y delicado, Andersen regresa a sus metáforas de la vida cotidiana para crear una parábola donde las diferencias en la idiosincrasia son la forma de acercarse a lo moral con mucha plasticidad, cosa que siempre agradecemos los monstruos.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Yo conocí a Marina Abramovic



Corría 2014 y yo decidí pasar aquel verano en Londres para evadirme un poco de los problemas personales que habían caído sobre mí como una losa de tristeza. Respirar un poco y dar rienda suelta a nuevas experiencias era el leitmotif de un paréntesis necesario.
Me alojé en una residencia universitaria cerca de Old Street, el East London, y por las mañanas iba a correr por Shoreditch Park o a dar un paseo alrededor de los London Fields en Hackney. Estaba estirando un día cuando un tipo se puso a darme palique. Tenía más o menos mi edad. Benjamin Sebastian, artista australiano que pretendía abrirse un hueco en el panorama londinense del arte efímero. Simpático y buen conversador. Del look mejor ni hablar.


Empezamos a coincidir dos o tres veces por semana y entablamos amistad. Como estaba en stand by por culpa de las trabas administrativas y otras miserias gubernamentales, se dedicaba al ocio. No tenía prisa y las charlas se alargaban yendo de las ovejas merinas a las houseboats de Regents Canal.
Un día me dijo que no podía ser tan indiferente hacia el arte moderno y, ni corto ni perezoso, me montó en un par de autobuses, el medio de transporte favorito entre los londoners, y me llevó hasta la Serpentine Gallery en Hyde Park, un espacio dependiente de la Tate Modern que se ubica en el citado parque y donde Marina Abramovic celebraba sus 512 Hours, la prueba definitiva para acabar con mi animadversión hacia este tipo de instalaciones.
La entrada era gratuita (sorprendentemente, porque para entrar a la Tate hay que pagar aunque los museos de titularidad pública en Reino Unido sean gratuitos) y se nos pedía que depositáramos mochilas, bolsos, dispositivos móviles, cámaras de fotos y relojes en una taquilla. Esto, aunque podía resultar caprichoso o excéntrico, era una cuestión de suma importancia para considerar aquello desde una perspectiva completa.


Era un miércoles quizá, y la primera sala era la más concurrida. Era un espacio muy amplio y había bastantes personas sobre una tarima en forma de cruz con los ojos cerrados y una especie de auriculares. El Benjamin se agenció unos y, ni corto ni perezoso, se encaramó allí. Yo, sin embargo, preferí seguir pululando.
En la sala contigua no había ni dios, solo una especie de pupitres sobre los que había un puñado de granos de arroz de diferentes colores. Me senté y empecé a trastear con aquello. No tenía nada mejor que hacer. Al cabo de un rato y satisfecho con mi trabajo -que bien merecía una foto que nunca pude echar-, levanté la vista y la sala se había llenado. ¿Cuánto tiempo había pasado?


Salí y me encontré al Benjamin hablando con una señora vestida de negro muy animadamente. Me dijo que me acercara. Lo hice pero puse algo de distancia. Charlaban, unas veces con solemnidad, otras, como dos viejos conocidos. De repente, él, refiriéndose a mí, dijo “Es escéptico” y ella, con una sonrisa demasiado serena, respondió “O quizá ha aprendido a convivir con sus miedos”. Yo metí baza, nos reímos y, tras algún chascarrillo más, cercanía y mucha amabilidad, Marina Abramovic desapareció casi flotando. 
Lo peor de todo es que hoy, casi ocho años después e indagando sobre sus concepciones artísticas, he entendido lo que quiso decirme, patitos feos mediante.



lunes, 22 de octubre de 2012

Novedades con parecido razonable (1)





Comienzo esta sección de presentación de algunas novedades, a tenor del parecido razonable que muchas de ellas tienen con otras obras de la LIJ, bien sean noveladas o ilustradas, que lo mismo da, que da lo mismo. Esto no quiere decir que esté denunciando un plagio evidente, ya que, como casi todo lo que se reseña en este lugar, todas ellas tienen motivos de calidad que las hacen, si no imprescindibles, sí especiales.
Lo que también deben de notar es que, cuando se han leído muchos libros, es inevitable que unos recuerden a los otros ya que, la literatura, como cualquier otro proceso inventivo, está basado en los pasos y avances que los primeros dan respecto a los segundos, por lo que la creación se convierte en un entramado temporal y miscible de haceres e ideas, que no sólo consiste en revolucionar los paradigmas, sino en mejorar y actualizar las creaciones de otros que siguen funcionando entre los lectores.
La primera de estas obras otoñales con semejanzas es El soldado de plomo, del ganador del Premio Internacional de Ilustración Feria de Bolonia-Fundación SM en su edición del año 2011, Page Tsou, que como bien supondrán es una adaptación ilustrada del clásico de H. Ch. Andersen, El soldadito de plomo, remezclado con imágenes, tipografía y traducciones unas centenas de veces, entre las que también recomiendo El soldadito de plomo de Jörg Müller (Lóguez).
Además de señalar la calidad de la edición, en la que destaca el diseño de las tapas (exquisito, atractivo y con gran reclamo comercial), el formato y  la tipografía, hay que hacer un larga pausa para analizar unas ilustraciones que, además de imprimir ritmo narrativo a la historia, nos permiten descansar en cada una de ellas por diferentes motivos como son: la gama de colores cálidos que presentan (sólo he encontrado un color frío, el verde), los detalles que se camuflan en ellas, cierto aire nostálgico a caballo entre los años setenta y ochenta, y esa doble lectura que permiten, en la que el pacifismo final vence al cuento clásico inicial.
Aunque prefiero la adaptación de Jörg Müller, esa en la que se prescinde de las palabras, en la que las ilustraciones poseen un lenguaje más cinematográfico, donde el argumento narrativo está ambientado en nuestros días, y en la que el mensaje es más próximo al niño (materialismo versus utilitarismo), diré que ambas realizan un gran trabajo de reinterpretación, que al fin y al cabo, es de lo que se trata, de seguir caminando.

lunes, 25 de abril de 2011

De regreso...



Les resumo mi viaje en una impresión… Generalmente, después de visitar un lugar, acostumbro a pensar con quién iría acompañado en el caso de regresar a él. Hay sitios perfectos para recorrerlos de la mano de una pareja, otros que se prestan a las correrías con los amigos, con desconocidos los menos, e incluso los hay para disfrutarlos con uno mismo. Pero, déjenme que les diga que, Italia, sin mis alumnos, sería simplemente nada.
Si les soy sincero, antes de emprender la marcha por el país de los Apeninos, el joven profesor que soy, sentía cierto temor… Por las trastadas de los alumnos, por los errores de uno, por lo descontrolado del destino... A pesar de todo, he, hemos regresado sanos y salvos allende una sonrisa descomunal, multiorgásmica, no sólo por el hermoso caos de Roma, la belleza articulada de Florencia o la sencillez de Pisa, sino por las anécdotas, las peleas y riñas absurdas, los momentos de tranquilidad, las paradas del camino y sus carcajadas, y los sueños compartidos.
Si alguien subraya que viajar es aprender, está en lo cierto. En sí mismo, el viajar, el deambular, el empaparse de la experiencia, es descubrir, hecho que siempre aupa el conocimiento, bien sea de lo desconocido, de los otros o de uno mismo. Lo afirmo con conocimiento de causa, la mejor manera de hacerlo.
Y para despedirme, confiarles una de esas cosas aprendidas, una de esas curiosidades lijeras que les gustan tanto… Deambulábamos por la ciudad de Florencia en pos a nuestra guía, una italiana de clase muy agradable, cuando topamos con el famoso jabalí de bronce de la vía Porta Rossa. Tras unas cuantas fotos, me percaté de una placa en mármol dedicada a Hans Christian Andersen y, por curiosear, le pedí a nuestra acompañante una rápida traducción. Me confío que en honor a “Il porcellino”, uno de los muchísimos relatos de este autor, el pueblo florentino le ofreció este reconocimiento, por describir su ciudad en lo que llamaron “un entero libro ilustrado”.

lunes, 30 de marzo de 2009

Ahorradores



Esta mañana de lunes nos ha sorprendido con la intervención de Caja Castilla-La Mancha por parte del Banco de España. Está claro que a todo gorrino le llega su San Martín, pero algunos esperaban que, como por arte de magia, la fecha señalada se demorase un poco más… Y es que cuando políticos y prestamistas se hermanan, es mejor echar a correr, ya que, no sé cómo, siempre somos los mismos quienes pagamos el pato (me incluyo porque todos mis ahorros están en la citada caja de ahorros y monte de piedad). Se rumorea que aeropuertos, obras faraónicas y empresas inmobiliarias son los deslices inversores que han llevado a la ruina a esta entidad bancaria, pero me atrevería a decir que los que manejaban este cotarro no tenían ni puta idea de economía y a lo más que aspiraban era a enriquecerse a costa de las pensiones de los jubilados. Y así pasa…
Ya lo dijo Andersen: ser algo en la vida cuesta trabajo… Así que tomen buena nota, amigos y amigas: si algún día les toca educar en el arte de la vanagloria, háganlo lejos de los ardides de la picaresca y del tema morrocotudo, que algunos estamos hartos de tanta jeta y preferimos a los que aspiran a un reconocimiento digno fabricado con el trabajo diario y el esfuerzo constante… Y si ahorran una peseta, guárdenla debajo del colchón…

Yo aspiro a ser algo, decía el hermano mayor de otros cinco: quiero ser útil en el mundo. Aunque de humilde oficio, si de él reportan mis semejantes algún provecho, llegaré a ser algo. Voy a ponerme a ladrillero, y como los hombres no pueden pasar sin ladrillos, he aquí que ocupándome en fabricarlos, podré decir que sirvo de algo.
-Es verdad, contestó el segundo; pero con muy poco te contentas. ¿Qué significa hacer ladrillos? ¿Quién no es capaz de fabricarlos?
[…]

Andersen, H. C. 1983. Algo. En: Cuentos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

El cisne que contaba cuentos


Si tuviese que elegir alguna de entre las obras de Hans Christian Andersen, sin lugar a dudas señalaría dos de ellas, “Algo” e “Historia de una madre”. Ambas tienen un alto contenido moral (como casi todos los cuentos de Andersen…), una, de un modo práctico y la segunda, más pasional, pero las dos me calaron profundamente cuando las leí por vez primera (no mentiría si dijese que fue hace mucho tiempo ya que un servidor contaría aproximadamente los ocho años de edad).

Mi padre, gran aficionado a las ofertas de “Galerías Preciados” (todo un clásico, ya inexistente, de los grandes almacenes que han existido en este país), encontró un volumen de los cuentos de Andersen y lo adquirió sin reparos. Probablemente, es una de las acciones que me haya hecho sentirme enormemente agradecido a mi progenitor (la otra es la de darme sus genes de forma altruista –también es cierto que, biológicamente, el instinto de perpetuación de la especie contribuyó a ello-).
Todavía releo ese tomo de canto dorado (le da cierto toque de glamour al asunto literario…aunque creo que el cambio en las modas está repercutiendo negativamente en él), paso de página a página y disfruto de la genialidad del autor danés, de su capacidad para acercar ciertos conceptos extremadamente complejos a los pequeños lectores: el afán de superación, el valor de la voluntad, la humildad, lo deleznable de la vida, lo efímero de la belleza, la sencillez, la contribución de lo absurdo a nuestra existencia, …
¿Y por qué “Algo” e “Historia de una madre”?... Es cierto, podría haber elegido “La Pulgarcilla” o el conocidísimo cuento de “El patito feo”, pero creo que mi sentido romántico de la vida, me hizo decantarme por dos historias algo más trágicas.
Yo aspiro a ser algo, decía el hermano mayor de otros cuatro: quiero ser útil en el mundo. Aunque de humilde oficio, si de él reportan mis semejantes algún provecho, llegaré a ser algo. Voy a ponerme a ladrillero, y como los hombres no pueden pasar sin ladrillos, he aquí que ocupándome en fabricarlos, podré decir que sirvo de algo […]. Un gran comienzo para una historia que se introduce en la condición humana, en algo tan vigente como la ambición de ser respetable y reconocido, el placer que conlleva un logro, poder contribuir a la construcción del mismo mundo, de sentirse satisfecho tras la propia obra y disfrutar del afán de superación.
Del mismo modo que aborda estas facetas del ser humano, también se puede contar entre las obras que tratan una cuestión bastante importante en la juventud de hoy día: la desidia y la falta de voluntad para contribuir a esa empresa que es la del avance de nuestra realidad actual.
La motivación, esa gran carencia que no sólo afecta a nuestra juventud, sino a todas las que han poblado nuestro planeta a lo largo de la Historia, es uno de los pilares de este sencillo cuento que ahonda en la idiosincrasia humana.

Hasta que no leí “Historia de una madre” no fui consciente del lado humano de la muerte y su necesidad. La muerte en la Literatura Infantil es un tema funesto, desagradable, que roza el tabú, casi prohibido (Breve inciso: esto es lo que ocurre actualmente, pero en épocas pasadas, la niñez no era un periodo tan longevo, así como la sobreprotección de la infancia no era extrema, como ocurre hoy día, por lo que estos temas podrían tratarse con más naturalidad), pero Andersen lo convierte en una necesidad. Explica de una manera abierta y simple la función que la muerte tiene sobre la humanidad entera, sobre nuestras vidas, enfrentándose y encontrándose con sentimientos opuestos como son el valor, el coraje, el dolor, el duelo y la resignación de la pérdida.
Mención especial es la que merece la descripción del invernadero que cultiva la muerte: […] Ésta la tomó luego de la mano y juntas entraron en el vasto invernáculo donde crecía formando soberbias espesuras una vegetación maravillosa. Jacintos delicados colocados bajo campanas de cristal estaban junto a peonías hinchadas y vulgares. Veíanse plantas acuáticas, las unas exuberantes de savia y las otras casi marchitas y con las raíces rodeadas de asquerosas culebras. Algo más lejos se erguían esbeltas palmeras, copudas encinas y frescos plátanos, y en un rincón extraviado ostentábanse grandes cuadros de perejil, tomillo y otras yerbas de cocina […].
En definitiva, toda una delicia… como “la sopa al asador”, pero esa es otra historia…