lunes, 19 de octubre de 2026

Hacer el holgazán


Últimamente, tengo encima una perrería que no es normal. No sé si se debe al otoño galopante o que se abren tantos y nuevos frentes, que me he cruzado de brazos en señal de protesta. Cuando no es una cosa es otra. Estoy harto de obligaciones. Solo quiero rascarme la barriga. ¡Con lo bien que he vivido durante los últimos meses! Así ha pasado, que me he puesto como un atún del mar Cantábrico. Y no puede ser, que ahora me toca lanzarme desde un tercero para embutirme en los pantalones.


Eso de parar y dejarse llevar está de lujo cuando duermes como un campeón y sabes controlarte con la cuchara, el cuchillo y el tenedor. Si no, estás perdido. Y es que a muchos cuerpos humanos nos viene de perlas la actividad. Que si levantarse temprano, darle una vuelta a la casa, hacer unas flexiones, salir pitando para el trabajo, bregar con los alumnos, dedicarle tiempo a la cocina, comer a tu hora, cambiar la siesta por una hora de piscina, recorrerse toda la ciudad a base de recados y llegar molido a casa. Resultado: un bálsamo reparador que agradecen buche y cabeza.
Pasar el verano de cerveza en cerveza, de hamaca en hamaca y de verbena en verbena, es una delicia, pero los músculos y las neuronas se acostumbran y, poco a poco, blandean. No hay peores alimentos que la procrastinación y la pereza, más todavía si nos indigestamos. Descanso y juerga, en pequeñas dosis. El chute de vidilla justo y necesario.


Y así, haciendo un poder, poquito a poco, nos vamos animando y volvemos a la actividad, sin darnos cuenta. Como en Nana de nada, el álbum de Gigi Pataro que acaba de publicar la editorial Apila.
En esta historia con estructura de sketch, uno de los dos conejos protagonistas ha decidido no hacer nada de nada, algo que se encarga de repetir una vez tras otra a modo de mantra. De repente, aparece su amigo, que le invita a hacer algo. Autoconvencido de quedarse tirado a la bartola todo el día, le responde que no, pero, inconscientemente y con una pizca de curiosidad, comienza a interaccionar con su compañero.


Basándose en la disyunción, esta obrita bastante honesta y sin pretensiones, aborda el hacer o no hacer desde la inocencia y la contradicción infantil, algo que siempre pone un puntito muy chistoso. Producir o no producir, he ahí el dilema. Así, gracias al “algo” y la “nada” se construye una paradoja llena de surrealismo que, aparentemente, utiliza el diálogo de besugos, pero nos hace cavilar cuando leemos y miramos al mismo tiempo. Ver para creer.


Sobre los aspectos técnicos hay que animar al lector-espectador a fijarse en detalles como las guardas peritextuales que, además de funcionar a modo de prólogo y epílogo, resuelven la acción con un giro tan simpático como elegante. Tampoco hay que pasar por alto los juegos visuales basados en el uso de los materiales, las tipografías de color que asignan el contenido a los interlocutores y esa construcción tan especial que puede desbordar el discurso en las artes plásticas.
Y como creo que, por hoy, ya han tenido bastante reseña, tomo nota de estos dos lagomorfos, me coloco la corona y me voy a tirar a la bartola para decirle adiós a este lunes.

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