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domingo, 17 de diciembre de 2023

¿Marisco por las orejas?


“¡Bienvenidos a la fiesta del colesterol y el ácido úrico!” claman todos los anuncios navideños, mientras la gota y la aterosclerosis se frotan las manos. Los profesionales de los atracones andamos equilibrando los excesos con algo de ejercicio, fruta y verdura, de tal manera que las cenas y comidas no hagan muchos estragos.
Chuletones, cordero asado, mantecados, vino y cerveza, jamón y embutidos ibéricos... Menos mal que el marisco y sus derivados están a precio de oro y no vamos a poder concedernos demasiados lujos estas fiestas. Si acaso, chupar alguna cabeza, que ya es bastante.
Y quién no tenga ni siquiera para eso se tendrá que conformar con las rimas de hoy, una pequeña aventura que nos cuenta la cabra chismosa que protagoniza este libro por el que transitan historias disparatadas de animales como el oso polar, el ciempiés, el orangután o la sardina que se presentan en diferentes formatos que abarcan desde la poesía al cómic. ¡Disfrútenlo!

¿Pero qué alegría es esta?
Es que va a haber una fiesta.
-¡Vámonos al restaurante!
Anuncia el bogavante.
Enseguida, el langostino
busca su traje de lino.
El mejillón, más tranquilo,
usa su camisa de hilo.
Con sus diez patas, la gamba
quiere bailar una samba.
Al pulpo y al calamar
les apetece cantar
¡Vaya fiesta glamurosa!
Además hay salsa rosa.
¿Salsa? ¿Rosa? ¿Salsa rosa?
Que alguien aclare la cosa.
Mal asunto, adivina,
la fiesta es en la cocina.
Alguien dice: “Vaya cisco!
¡Es un cóctel de marisco!”.
Todos se dan a la fuga,
solo queda la lechuga.

Rafa Ordóñez.
¿Pero qué fiesta es esta?
En: Palabra de cabra.
Ilustraciones de José Fragoso.
2023. Madrid: Loqueleo Santillana.


viernes, 15 de mayo de 2020

Libertad de movimiento



Durante la jornada número 63 de confinamiento toca hablar de libertad. Sí, como lo oyen. Libertad. Porque creo que ya está bien...
Ni un solo estado europeo, ni siquiera aquellos que han sido más duramente golpeados por el virus como Francia, Italia o Reino Unido, han declarado un “estado de alarma” como el nuestro, ni mucho menos lo han extendido durante tanto tiempo.
Recordemos que dicho estado es excepcional y, aunque constitucional, se enmarca en un vacío democrático reservado para ciertas situaciones entre las que a priori no se encontraría la actual, pues esto es más bien un “estado de emergencia”. Sin embargo los que nos gobiernan han aducido siempre razones de salud pública para hacer uso de él, algo que la sociedad ha entendido y permitido a lo largo de estos dos meses, pero sobre la que comienza a desconfiar teniendo en cuenta los daños colaterales que se esperan de ella, así como las actuaciones poco decorosas y democráticas del gobierno en materia sanitaria, económica y sobre todo, legislativa.


En vez de velar por la prevención (¿Y los test? ¿Dónde están?) y el cumplimiento de las medidas sanitarias (¿Por qué no plantean el uso obligatorio de la mascarilla en vez de jugar a la ambigüedad?), se están dedicando a meter miedo (Todos acojonaditos para pedir de rodillas que nos encierren para mantenernos a salvo del coronavirus) y a cercenar la libertad de movimiento y expresión, algo que recuerda más a regímenes totalitarios que a democracias parlamentarias. Si a ello añadimos una nula capacidad de actuación y planificación de un tiempo futuro que se prevé más que difícil, no es de extrañar que el pueblo empiece a hacerse preguntas sobre las mentiras vociferadas por los asalariados medios de comunicación y saltarse a la torera unas normas que ni siquiera los políticos respetan.


Con ello no quiero decir que comparta las manifestaciones en vivo o en diferido que realizan algunos sobre la gestión de esta crisis (eso de poner en peligro a mis congéneres u ofrecer una coartada al gobierno para más “estados de alarma” ante un repunte muy probable, no va conmigo)  ni mucho menos a valorar el outfit de los coronapijos o  perroflauters (siempre me ha parecido de muy poca clase eso de juzgar un libro por su portada), pero si diré que entiendo el malestar generalizado de una ciudadanía que sufre medidas policiales propias de las dictaduras (censura, toques de queda y sucedáneos de allanamiento de morada) y un escenario de incertidumbre en el que mentiras (ya me dirán que fiabilidad tiene el estudio de inmunidad) paguicas, chivateo y división social son el único plan B.


Podría haber hablado de la irresponsabilidad ciudadana, de cómo todo quisqui se dedica a hacer de su capa un sayo, de los niños desorbitados, del comadreo en parques y vías públicas, de las terrazas y de las malas cabezas, pero hoy no va a ser el día (ya ha habido otros previos y los habrá posteriores), sobre todo porque el ciudadano de a pie ha sufrido mucho durante estos 63 días y necesita respirar y aligerar sus cargas personales y emocionales (que son muchas algo que se desprende del notable aumento en la venta de ansiolíticos y antidepresivos), necesitamos sentirnos unidos y libres para empezar a digerir una difícil anormalidad que ya tiene mucho de jaula.


Aunque para ello podría haber elegido muchos álbumes, al ser viernes y festivo en muchas localidades, me he decantado por el tono siempre simpático, alegre y esperanzador de  mi querida Margarita del Mazo, que junto al siempre vitalista e imparable José Fragoso, han tejido La princesa Sara no para (editorial NubeOcho), una historia divertida que habla de una princesa llena de vitalidad, que no puede estarse quieta ni un momento y que mina las expectativas de unos padres que prefieren una hija tranquila y sosegada. Sara está fuera de control y eso no les gusta para el futuro del reino, llegando a buscar incluso una cura para su “Nomepuedoparar” galopante.


Mientras descubren el secreto y disfrutan de una narración con mucho humor, tanto verbal, como gráfico (les recomiendo buscar detalles y guiños en las desenfadadas imágenes del artista), sólo me queda invitarles a ser libres (sin molestar a nadie, como nuestra protagonista) a pesar de los grilletes que nos quieren imponer algunos.

sábado, 12 de mayo de 2018

Sólo le pido a Dios que termine Eurovisión


Tras realizar mis tareas domésticas y echarme algo al buche, pongo la tele para dejar de ser un indocumentado (estoy peor que mis alumnos: viviendo en la ignorancia…) y me encuentro ¿a que no saben a quién? ¡Pues a la Amaia y el Alfred! ¡Otra vez! ¡La millonésima! (¿Notan ese deje ácido, verdad?) Sinceramente, me hallo hasta el escroto de estos nenes. Y no precisamente porque un servidor esté en contra de que los jóvenes hagan realidad sus sueños (cosa que debería pasar siempre), sino más bien porque no tenemos bastante con pagar los costes de la broma “eurovisiva” (y sus precuelas, claro está), sino que además nos toca sufrirlos a todas las santas horas del día (Resoplido)…
No es que canten mal (ni mucho menos), pero esta tortura vietnamita a la española se está yendo de madre por ñoña, insulsa y aséptica. Hasta la Rosa, con sus tragedias y miserias, tenía más guasa y sobrasada. O es que lo ibérico se está europeizando hasta cotas insospechadas, o es la imagen, el estereotipo juvenil hispano que se desea potenciar desde la televisión patria. Sólo faltan las de “Lo malo” para acrecentar este tormento... Sinceramente, esta noche nos toca festival de la canción y echo de menos a Massiel.
Hace cincuenta años que María de los Ángeles Félix Santamaría Espinosa (que así se llama)  ganó Eurovisión gracias a una canción del Dúo Dinámico y a las presiones “indepes” sobre Juan Manuel Serrat. Todo muy español (ya saben…) y nada que ver con este panorama tan apocado y pusilánime que llevamos padeciendo tres meses (que se dice pronto, ¡¿eh?!). Y como no me quiero poner negro confrontar personalidades (que si no, apaga y vámonos) sólo les dejo con esta entrevista sin desperdicio a la Massiel-ísima (no deja títere con cabeza esta pájara) y comparen ustedes mismos.
De repente, me paro a pensar y caigo en que todo este conreo (denótese el mancheguismo) se debe a una de esas cosas que nos hace humanos: la voz. Y es que las cuerdas vocales, el lenguaje, el habla, es lo que nos hace únicos frente al resto de los animales. Como bien dice José Fragoso en Mi voz, con ella nombramos a las cosas, podemos hacer pedorretas, contar historias, llamar a tus amigos, y, sobre todo, cantar (cosa que nos ocupa hoy). Y es que en este álbum ilustrado editado por Narval, se incluyen con mucho salero (menos mal que algunos españoles, a pesar de pulular por EE.UU., lo siguen conservando) toda una suerte de actividades que se relacionan con el mundo de las ideas y la palabra. En definitiva, un libro a caballo entre la ficción y la no ficción muy recomendable para parlanchines, vendepeines y cantantes en ciernes.
Y hasta aquí, la perorata del sábado. A ver qué pasa esta noche. Esperemos que el martilleo de “su canción” (ironías de los pronombres posesivos) no dure como los cincuenta años del “La la lá”, aunque por la parte que me toca, sigo diciendo de como Massiel, nadie (o en su defecto Salomé). Ea, así es la vida. Y Eurovisión.